La vida tal como un paseo.

 

Cuando desperté las luces de las farolas aún seguían encendidas. La ventana abierta dejaba pasar un viento más fresco y las cortinas se movían cadenciosas alrededor del alfeizar. Me lavé y me vestí…y luego hice lo mismo con mis hijos. Desayunamos juntos compartiendo cereales y algunos bostezos. Era temprano pero se hacía tarde. No  era la prisa, ni la haragana con que cada día se acude  a los colegios… había tiempo de sobra y había decidido regalárselo a mis criaturas. Al salir ,uno de ellos, se fijó en  el cielo y me lo  hizo constar señalando con su dedo. Tantos días bajo  un sol justiciero de septiembre no cuadraban, tampoco para él que era aún muy niño y ya empezaba a hilar sus primeros atisbos con el entorno.

Bajo aquella niebla densa fuimos bajando poco a poco de la montaña, acumulando los  primeros ruidos de la mañana y esquivando la prisa contagiosa de la gente. Sus pasos y el calor de sus manos entre las mías eran una sabiduría extraña con la que comenzaba a conectar. Eran un lazo que me hacía sentir aquella energía  intuyendo cuan necesaria es la virtud de la lentitud sobre los obstáculos y cuan impávida hemos de mantener la ilusión sin decaer, permitiendo que calles y esquinas cobren otra luz.

El paseo me iba aligerando algunas heridas. Contábamos la distancia que había entre sumideros o nos maravillábamos con el tamaño de una grúa mientras observábamos como algunas mujeres pintaban la fachada de su casa. Los veía respirar aquella vida tan común y meridiana y me deleitaba el que, como yo, pusieran atención a detalles tan mínimos.

Aquellas sonrisas, llenas de candor y credulidad,  coloreaban un futuro que ya no me daba miedo. Ya no sentía el  quemar de los acontecimientos ni el peso de una culpa que había dejado de traspasarme las entrañas. Iba alejando de mí fantasmas que yo misma había alimentado y vejaciones que  había sentido tan reales…sencillamente pensé que empezaba a exigir lo necesario para mí.

No tenía razón de ser haberme olvidado de mi valía como mujer, pero aquel hecho me había otorgado algunas verdades fundamentales…no siempre se está preparada para todo lo que  llega y no es del todo malo que las estructuras emocionales se tambaleen si con ello llegamos a una parte de nosotros que desconocíamos, estaba gritando y merecía ser atendida.

Ahora me veía más preparada para andar con lo puesto… quererme y querer a los míos con todas las consecuencias, sabiéndome responsable y  afortunada por darme cuenta a tiempo. Reivindicar mis derechos y dignidad se había convertido en lo primero, por otro lado corregir lo olvidado: mi concepto de mujer más allá de un cuerpo y un sexo y por ultimo sentirme afortunada por tener a mi lado personas que habían curtido siempre la parte amable de mi misma. Era voluble y humana y tenía sólidos principios con los que expresarme y opinar, alegrándome de haber vencido un tiempo que fue obtuso y sumiso.

Con toda una vida  por delante la estaba volviendo a coger bien fuerte, con la ilusión que merecía, sabiendo que iba en la dirección acertada. Avanzaba ladera abajo de la mano de ellos, sin defensas, sin prisas, sin frenos en lo que a fluir respecta. Nada había lo suficientemente mezquino o deplorable como para detenerme y tampoco era una mujer negada en vida. Tenía capacidades bondadosas, creativas y únicas que merecía sacar al mundo y que estaba dispuesta a ofrecerles a ellos con toda la generosidad y el amor que solo una madre puede dar.

Iba a ser un reto y una oportunidad inigualable, cargada de sueños y momentos que aprovechar…

la vida tal como un paseo.

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