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Trilero

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Mañana del finde.

Estoy con J. haciendo uno de esos libro-puzles en el que si se mezclan toooooooodas las piezas puede darnos un infarto. Y se han mezclado por accidente….

Nos sentamos con calma. Le explico como separarlas (el revés de cada puzle tiene un color distinto correspondiente al fondo, para diferenciarlos unos de otros), me aseguro de que entienda eso. Hacemos 5 grupos distintos (por colores) y comenzamos a montar los puzles.

Ya casi tenemos formado el primero. Lo hemos hecho en equipo. Miro entre los montones y alrededor…

Falta una pieza– le digo, debe haberse perdido (ayer sacamos el puzzle de casa y parece posible). Confundida entre los colores del dibujo, no veo que tengo la pieza delante de mis narices. Pero él es rápido y  observador y la coge veloz al grito de mamá, ¡aquí está!.

  • Que bien, J!– le aplaudo el descubrimiento. He estado despistada y tú muy atento. – le felicito sorprendida.

Pero la anécdota  no queda en un simple despiste mío. Todavía quedan 4 puzzles por montar  y J. piensa. ¿Como puedo hacer que mamá me siga diciendo cosas lindas? ¡Quiero ser mas listo y rápido que ella!. Quiero que eso vuelva a pasar. Es curioso como desde pequeños batallamos para repetir con lo que nos mola.

Nos ponemos a la tarea. Yo ni huelo su destreza para idear. Le cojo el montón de piezas naranjas para que no se confunda y le digo: Estas son las del puzzle de Dumi, ahora las volteamos para formarlo …Entre tanto, aprovecha que no estoy mirando para esconder una pieza bajo el libro ¡a proposito!. Yo, ni notarlo. Quiere despistarme y asegurarse con premeditación que al final del puzle, él sabrá el paradero y mamá no. Imagino que buscando mi asombro y mi aplauso.

Llegamos al momento clave… “falta una pieza para completar. ¿Donde está? . Él no me da pistas …espera a que yo lo descubra tranquilamente. Luego añade: “no se ha perdido, estaba debajo, mamá”, como diciendo “es algo obvio, despistada”. Ay que bien! que no falta ninguna…y mamá toda inocente, sin imaginar las dulces mañas de J.

Vamos a por otro puzzle y es aquí donde lo descubro. Le voy sirviendo las piezas, esta vez toca amarillas, cuando lo veo deslizar y colar suavemente por debajo de la cubierta, como quien hace algo automático …

Ehhhhhhhh! ¿Que metes ahí, bandido?– me mira, se ríe al ver mi cara (entre el asombro y el descojone);junto a los laureles, la risa contagiosa es otra de las cosas que le fascinan y le vuelven loooooocoooo.

Coge la pieza, se levanta y va corriendo por todo el salón, dando saltitos y gritando:

¡¡la pieza, la pieza que faltaba!!!

¡Bueno estábamos!, él mismo se hace los honores a falto mío.

Por un momento, me gustaría parar esta risa floja que me ha pillado  con la guardia abierta…  decirle que tal vez hacer triquiñuelas no sea lo mejor, ni merezca ovaciones de cara a la vida.

Lo miro. Nos lo estamos pasando bomba…¿puede ser trampa aquello que hace a dos felices?.

 

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Ser padre o madre es estar continuamente en la cuerda floja de la contradicción.
Te equivocarás de todas formas, haz lo que te plazca. 

 

 

 

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Pequeñas personitas. Locas locuciones de mis locos bajitos.

A primera hora de la mañana, en el baño…

  • Mama, me gusta eso que te has puesto hoy, ¿ que es?– dice señalando mi elección de ropa, que llama poderosamente su atención.
  • Es un mono.
  • ¿Un mono mamá? ¿y donde está el mono?

Me río a carcajadas. Son las 8 de la mañana y tengo un sueño del copón. Reir a estas horas me es extraño, pero increíble. Respiro, cojo aire, vuelvo a estallar… para ese momento ya lo he contagiado de mi cachondeito. ¡que rapido se apuntan a la diversión!… comienza a moverse de un lado a otro de la habitación…¡¡un mono, un mono mamá!!!….se rie pero no sabe del asunto. Quiero aclararselo utilizando la fantasía, que es su medio:

  • Es que el mono es invisible, J. Está escondido. Es el mono que se esconde en los monos. ¡¡¡tachan!! (abro los brazos mostrando la ropa y pongo cara peliculera aunque creo que lo he dejado más confuso aún).
  • ¿Y come plátanos, mamá?

Vaya por Dios! ya tenemos otra… y ahora ¿para donde tiro?

 

A medio día, hora del almuerzo, casi terminando.

  • ¿quieres un melocotón?– pregunto.
  • No.
  • ¿Como que no? pero si te encantan. Mira este, parece un culito. Cierto que las madres nos agarramos a todo con tal de que coman.
  • ¿Un culito? ¡ah sí!….– se ríe. ¡es igual que un culito suave!, lo coge entre sus manos, lo observa, lo levanta hacia arriba…
  • ¿quieres que te lo monde?
  • Siiiiii, quiero culito de melocotón.

 

A la tarde, momento de pipi.

  • Oye mamá, me gustan mucho estos cartoncillos.
  • Se dice “calzoncillos”, V.
  • Me gustan mucho estos.
  • y eso?
  • ES que son mis calzoncillos del caracol presumido.
  • Ahhhhh, vaaaaaale.

Es verdad, había un caracol minúsculo repetido mil veces…¿de donde habría sacado el adjetivo? observando no pude dilucidar bien en que parte del dibujo habría visto su coquetería. ¡Era más feo que robarle al diablo!

 

A la noche, hora de ir a la cama.

  • Venga J. que hay que irse a dormir– le aconsejo.
  • No quiero ir a la cama, estoy triste. – me dice.
  • Triste ¿porque?– pregunto
  • Porque no me quieren todas las personas.
  • ¡Vaya! ¿quieres que te quieran todas las personas?
  • Nooo…
  • ¿Entonces?…¿quien quieres que te quiera?
  • Celia.
  • Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh, ya!

 

Al día siguiente, camino del cole…

  • Oye, chicos ¿que podemos comer hoy?– les pregunto, a ver si me dan ideas y de paso, los entretengo caminando…
  • Lentejas– dice V. ¡están ricas!.
  • Mamá, mamá… exclama J., poseído por la luz de una idea.Tira de  mi mano, la suelta, se coloca delante, escucha lo que podemos hacer… me dice…..¡y empieza a mover el trasero con una gracia que ni pa qué!…- puedes hacer culito de melocotón.
  • Si, siiiiiiii, ¡buena idea!. Y me voy partiendo de risa, ¡partiendo el culito, vaya!

 

¡Como crecen!

 

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Recuerdo que movían la boca como ahora lo hace mi sobrina. Parecían pequeños leoncitos de la Golden Mayer. Hace tan poco de aquellos días que casi puedo cerrar los ojos y visualizarlos, durmiéndose sobre mi regazo o meciéndose  en las hamacas mientras yo los observo y giro para que el sol de invierno abrigue sus cuerpecitos. Tan pequeños. ¡Tan dependientes de vida!.

 

“Algo hemos logrado”- pensaba esta mañana “y a la vez, otra etapa se abre ante sus ojos”. Me han dado un beso generoso: ¡iba con abrazo!. Se movían tímidos y asustados mirando al gentío que se agolpaba en torno al aula, haciendo fotos y secando lágrimas.

Los he conducido hasta la fila….¡Oh Dios, me han parecido tan indefensos como cuando eran bebes!, me he agachado para tenerlos a mi altura y hemos recordado lo hablado durante la semana. Sí, lo sé, soy una cansina…¡¿que le hago?!… Ellos me miraban con esos ojos de inquieta inocencia, atentos al instante como si intuyesen que las palabras de mamá eran fundamentales para sobrevivir.

Y todo eso corre  tan fugaz y pendenciero….Milésimas de segundo en los que la fila avanza y los sueltas mientras ellos van dirigiéndose hacia el aula para encontrarse con su “seño”.

“La seño es como la mami en el cole. Cualquier cosa, se la contáis a ella”- les iba aconsejando antes de llegar al centro…

Ahora que ya no los veía y se perdían entre la masa de niños, recordaba mis propios discursos, argumentos y definiciones sobre la escuela y toda la letra pequeña que me dejé sin contar. Una no puede revelar nunca la vida a los demás: obstáculos  y fascinaciones ¡¡¡sí!!! pero cada cual debe encontrar su oportunidad para descubrirla.

Mientras me alejaba de la puerta iba siendo aún más consciente de esta realidad, de que tener hijos es ir soltando, poquito a poco, pasito a paso hasta hacerlos totalmente autónomos e independientes de tus bases, dejando que ellos busquen otras más personales y eficientes que les sirvan para sentirse individuos realizados . Y eso tan simple es un milagro, una alegría y una nostalgia; por cuanto empeño pones en el trayecto y cuantas etapas de quebraderos y sueños dejas atrás, haciendo de tí mismo un ser diferente: más curtido, generoso y flexible con la vida .

Ay! la vida!, hoy me topé con ella de golpe… sin frenos.

No podía marcharme sin asomar mi careto por ese  cristal, como la típica madre boba  que busca embelesada una última imagen de sus hijos. Y  la tuve, ¡como no! …allí estaban los dos:  a duo, estrechados de la mano buscando la seguridad del vínculo. Expectantes ante el nuevo acontecimiento por llegar.

Luego la seño -amablemente- les indicó cuales eran sus sillas, se sentaron y sonrieron.

Yo también lo hice.

Era tiempo de volver a casa  con los ojos encharcados y el corazón henchido de orgullo. Preveía tiempos y realidades distintos y  una mamá siempre al frente y al fuerte, facilitando lo bueno y alejando lo malo que viniese.

¡¡Como crecen y que rápido va este barco!!.

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El ingenioso V.

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Estabamos en esos famosos almacenes de corte conocido cuando, de repente, se me acerca V. (tocando como siempre mi pierna para acaparar atención) y señalando en la dirección de su mirada, me comenta  muy serio:

  • Mami, ¿ese hombre no tiene cabeza?

Lo miro con una sonrisa…

  • Es un maniquí, hijo. No la necesita.
  • Ahh, un maniquí- repite para sí mismo, muy lentamente, reflexionando a cerca de la palabra en cuestión.
  • Pues el maniquí tiene frío, mami.

Miro hacia el muñeco. Esta forrado de ropa. Esa manía de vendernos prendas que no casan con las temperaturas del momento.

  • Eso es porque tiene que ir elegante y donde va hace frío- le digo, examinando para mí misma si la elegancia es eso, la representación de una chaqueta y no mucho más.
  • Mami, pues yo le voy a poner una cabeza grande y gorda. No puede ir sin cabeza.
  • Es verdad, V. No puede ir sin cabeza por ahí, ¡que estropicio!. Eso si que no es elegante.

5 minutos después….

  • ¡¡Mami!! mira ¡¡¡un maniquí con cabeza!!- grita efusivo ante el gran hallazgo. Tiene ojos, boca, pelo, cejas…  y….mira ¡ tiene un moco!.- señala, hurgando en la  disimulada nariz del muñeco
  • ¿Un moco?- le pregunto sorprendida, aguantándome la risa que achuchaba como un tren.
  • Síiiiiiii, tiene frío y tiene un moco…
  • ¡Vaya! ¿necesitará un abrazo?… pregunto, consciente de que a veces la ropa no es suficiente abrigo para el cuerpo.
  • Sí, sí, sí, mamá…¡un abrazo grande de oso es lo que necesita!

 

Aquellos. Nosotros dos. ¿ O eramos realmente tres?.

El ingenioso V. y yo entregados en cuerpo y alma a la energía y ponderación del abrazo. Sopesábamos los pulsos de un corazón de maniquí. Muy probablemente observados y etiquetados como clientes no deseables. O quien sabe, quizás donde más se vigilen las formas, esas imágenes sean lo esperado y memorable.

 

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De pijamas selváticos

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Jamás te enamores de un pijama de color verde. Vuelvo a escribir: jamás te enamores de un pijama de color verde: con tintes selváticos. Insisto: Jamás imagines que con esa dulce prenda  de color verde tu niño (al cuadrado) estará requeteguapo y requetesanto entre estampados de serpientes, tigres, elefantes y Mogli, el niño salvaje,… Nada más parecido a sacar la caja de los truenos. Nada más parecido a hacer una deducción de churro ¿en que estaría yo pensando cuando los compré?

¿Os acordais de esa peli de Batman en la que el traje contiene algún tipo de hechizo que al contacto con la piel, lo vuelve digamos “maligno”?. Algo así debe haber pasado con el pijama. Tan bonito, tan requeteprecioso, tan de camufluje e ideal para las manchas de los hijos sayones…me tenía francamente convencida y ahora ando en la esfera contraria, divagando a cerca de los porqués de esa prenda diabólica y lo que aconteció en los ultimos días.

Resulta que habíamos estado en el zoológico y les había gustado tanto la experiencia de ver en plano real a esos animales salvajes, que en algún momento debí pensar que sería buena idea vestirles con ese pijama. Debio ser eso de que ser maestra me saca sin querer el lado educativo de las experiencias y quiero extrapolarlas a la casa. Ea, pues, no, mejor estate quietecita y sigue vistiendolos con ositos y conejitos pastelosos.

El caso es que durante el primer día el ponerles aquel pijama no revertió consecuencia alguna. Ellos tan bellos, mamá tan enamorada. Todo tan ideal de la selva.

Imagino que la tela,al contacto de la piel, estaría cogiendo el influjo necesario…. que al segundo día no más, la selva, las fieras y el animalismo llegaron en todo su esplendor. Yo acababa de salir de la ducha, con el albornoz echandome mis potingues mientras papá en la cama tumbado consultaba su mobil. De repente escuché un gruñido a mis espaldas, algo así como: Grrrrrrrrrrrrrr, giré la cabeza y allí estaba: el  horror. Mi hijo convertido en tigre. ¡¡¡¡¡Toda la cara rallada con rotulador gordo indeleble!!!!!.

El pequeño tigre de la selva se reía con su chupete y sus rayas negras, mientras a mí me iban poseyendo los Dioses malignos del Amazonas a partes iguales con un espíritu de comicidad espontáneo que poco a poco se iba apoderando de mí. Tragué saliva y me dirigí a la habitación del pánico en la que se había gestado todo el asunto, detrás de mí, papá iba grabando la hazaña.

No sabía lo que me iba a encontrar ni de donde había salido aquel maldito rotulador, ni si las paredes, muebles, suelo…estarían también pintarrajeados… aunque de forma contradictoria, por el pasillo iba luchando contra el poder de la risa, procurando sacar esa faceta de madre, que ante situaciones como la que relato, se queda escondida entre toneladas de polvo.

Encendí el interruptor y allí estaban los dos tigres, caritas ralladas, con el rotulador en mano sacado del fondo del cajón de mis pinturas. Ni siquiera yo sabía que estaba allí.

Debí haberlo imaginado, ¡qué tonta! pijama de camuflaje requería tambien maquillaje a lo Rambo. Y allí estaban saltando en el sofá, luchando uno encima de otro metiendose en la piel del personaje. Se habían dedicado a caracterizarse y lo habían hecho de “beautiful”. ¿Sería la magia negra del pijama la responsable de toda aquella peripecia?

Los miré tapandome la boca e intenté decirles que eso no se hacía, pero la risa floja-flojísima me convertía en mera espectadora cachondeandose del numerito.

Lo dicho: ahí empecé a sospechar de aquella prenda y los episodios extravagantes se fueron sucediendo sin yo poder hacerles frente.

El escenario siempre resultaba el mismo: la mami en el baño  y ellos campando a sus anchas por el piso superior.  Esta vez estaba preparándome para salir, maquillandome en el espejo y escuchandolos de fondo. A no más de 5 zancadas detrás mío los sentía jugar en la cama pero realmente no había prestado atención a su juego. De repente oigo el sonido de una caja y el de un plástico…miro extrañada al espejo como si este pudiera darme las respuestas buscadas, y al no encontrarlas me giro y los diviso allí tranquilos, con la caja de Durex cantando: un sobre de azucar, uno de cola cao, uno de café………………..

Vuelvo a mirar para el espejo y me troncho de risa sin que me escuchen….

Este pijama verde va a terminar por acabar con mi ánimo de madre.

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Y a mi quien me manda sentir atracción por los precipicios y las piedras. Embobarme en las alturas mientras suena la melodía de un violín por estas callejuelas empedradas.

-“¡No te asomes, por favor! ” – grita detrás mía, con un alarido voraz que se pierde entre el trajinar de la aglomeración turística.

-“Ni se te ocurra dar un paso más al frente!!!”- vuelve a pronunciar rotundo, en la intentona de que mis pies se anclen al suelo. Lo miro sorprendida. Todos tenemos nuestros limites, el temor siempre humano, que se apodera de uno..

Ese miedo a la altura, que desconozco, creo que se llama vértigo. Como si las baldosas y el suelo se volvieran blandos y uno sintiera que todo tiembla. Es el borde de un abismo que  se  hace mantequilla y penar. Que cantonea las aristas de la mente, hasta hacer escapar  un trozo de la parcela de nuestro zapato y de repente…la angustia del vuelo. Como si fuéramos pájaros aprendiendo a volar…

¡NO lo somos! me repito, todavía siento el suelo firme y cálido bajo mis zapatos, aunque haya sido capaz de hacer una breve introspección hacia la emoción que circunda su cabeza, envolviéndolo en angustia.

“Déjame disfrutar un ratito de este momento”, le digo tranquila. “Hay una reja enorme anclada delante de mí, no me pasará nada. Date un paseo con los niños por los alrededores mientras tomo algunas fotos.”

Me hace caso y le guiño el ojo. Pobre, yo misma se que el miedo no tiene lógica pero toma raíces y forma de manera vertiginosa…!el jodío!

Quedo sola frente a este pueblo construido en vertical. Las casas miran al puente, el puente las mira a ellas. Y yo me hago con todas esas miradas. La estructura es abrumadora y se fija a la retina. Aunque he estado en precipicios mayores, esta mezcolanza de gentes transitando  por tan pintoresco lugar, me va conquistando. Es como si el pueblo aunara rincones recónditos deseosos de ser descubiertos más allá de lo que – a priori- ven mis ojos. Hay música y romanticismo entre las calles, se respira algo, poesía antigua tal vez. Tengo que volver aquí sin tiempo y sentarme en una de las terrazas con vistas para dejarme escribir.  Miro ahora hacia abajo, donde tiene puestos los pies el megalómano de piedra. Veo personas que se adentran por senderos entre la maleza, que acunan el sudor entre la aventura, y las observo preguntándome como será el mirar hacia arriba por esos ojos de senderista. También siento envidia, también deseo probar. Sería volver a lo que ya conozco. Mi corazón está ansioso está mañana.

A todo esto….¿Donde se habrán metido?

Los localizo en la lejanía. Voy tras ellos, ya casi los pillo. Papá y sus cucos. Es tan dulce esta imagen que quiero mantenerme en anonimato el mayor tiempo posible. Así, de espía. ¡Hasta que me descubran!. Me resulta tierna la estampa porque representa la evolución inexorable del tiempo, lo imposible que esto hubiera resultado hace un año, transitar así tan libremente por las calles, sin carros ni carretas, sin tropezones ni traspiés. Sonrío de sabernos en esa libertad que  ya va trayendo otras preocupaciones y ventajas. Me gusta saberles fuertes para resistir los pasos que tiene el descubrir, confiar en sus capacidades como viajeros recién estrenados, motivarlos en el arte del postre con algún huevo sorpresa y si acaso a la vuelta, un helado para refrescarse. Para V. el más grande, que es un ansioso.

Y ahora de nuevo viaje largo,… a la casita del hotel…a descansar.

” Mami, ya no me da tusto el vintilador”…. dice J. , pues a ver si le chivas el truqui a tu padre- le digo muerta de risa.

 

 

 

 

El sueño y J.

A mi me gustaría saber que hacer con el sueño. El sueño es un  misterio y el como se pierde también. Una indaga e indaga y a veces no obtiene las respuestas soñadas. Soñar con imposibles es tan fácil como tener sueños cercanos y desfallecer en el intento. Jope! me encantaría adivinar como J. perdió su sueño continuo para poder rescatar esa placidez  que cuando cumplió un año y medio, perdió.

Mis gemelos dormían estupendamente. De cuento, vamos. Los dejaba en su cunita y ellos solos caían rendidos. Cuando lo contaba con otras madres me decían lo afortunada que era…y sí, con todo mi trabajo, al menos, podía descansar..pero era un idilio que aquella situación se manteniese.  Ahora, que hemos pasado al lado oscuro, nos comemos la noche de aquí para allá capturando los despertares de J. y acunando sus miedos.

Durante el día, mi avecilla nocturna demuestra ser un niño de sobresaliente, rebelde, porque lo es, pero con capacidades cognitivas que saltan a la vista. Su conocimiento del lenguaje y de los números es realmente asombroso, nunca había visto colorear a un niño de 2 años con la perfección con la que el lo hace, o contar hasta 30 e incluso regresivamente sin ninguna dificultad. Conoce ya el alfabeto en ingles y español, aprende canciones al instante y tiene una capacidad de observación y escucha muy significativa.

A veces no me explico como en medio de toda esa madurez cognitiva le nacen tantos temores irracionales. O inseguridades… cuando es un niño que a la vista se empapa rapidamente de todo cuanto entra por su retina. Le dan miedo las campanas, los relojes, los ventiladores, sonidos estridentes… a veces cosas sin explicación que ni nosotros sabemos ¿y que hacemos?.  He barajado que pueda ser esta misma inquietud y motivación por conocer, lo que, al mismo tiempo, lo hace temer al chocar con lagunas de desconocimiento a las que todavía no le ha puesto lógica…o puede que simplemente forme parte de su carácter, sin más explicación.

Se duerme fácil, a la misma hora despues del cuento, al que presta siempre atención y devoción… pero a mitad de la noche despierta y no hay tregua. Si lo meto en mi cama, me pierdo…si lo acompaño en la suya, me duermo y descanso fatal…si espero sentada hasta que se duerma, mi cuerpo no resiste porque tarda una eternidad en volver a dormirse. Y ese cansancio lo arrastro a lo largo del día. Yo o mi marido, depende de quien sea el “afortunado”. Hace  tiempo que no descanso como debería,  hay días que lo llevo mejor y otros en que solo me apetece llorar porque no le veo fin. Me encantaría encontrar una guía que me aclarase este capítulo sin resolver, pero mucho me temo que no se halla publicada y que es algo que tendremos que resolver  a golpes de paciencia.

Tal vez  no se trate solo de lo que nosotros hagamos, como padres, y sea más esta una situación de mera evolución psicológica del niño, que nos ha tocado vivir.  Después de todo, V. sigue dormiendo como un lirón y eso me hace corroborar que cada uno de nosotros a través de los años, encontramos obstaculos en momentos diferentes. Hay que aceptarlo con sus inconvenientes, como una realidad pasajera, en la que tengo que volcar toda mi confianza y esperanza por que mejore.

Mientras se cumple este sueño que ahora mismo me parece tan lejano, voy a echarme un ratito a dormir….a ver si recupero parte del otro.

 

 

De batallas y mimos

Julio es un probador innato donde los haya. Por probar prueba incansable los límites de la paciencia de su madre. Otras veces, lo tiene más fácil y consigue rapidamente su derrota. Enciende su lengua de trapo y como por magia: ella estalla a carcajadas. ¡Bien! De un tirón el camino hecho.

En medio de tal estafa, la madre se pregunta ¿Como podré seguir yo batallando con un bribón de semejantes caracteristicas? Que tan pronto hace de su lengua apocopada el reducto más grande? Le dice muy seria ¿quien se va a comer ese tomate? señalando lo que ha dejado en el plato…y tan campante él responde: ¡Julio no!.

Ya monta frases pequeñas, banalidades de media boca y cuando atina con algún disparate y ella inevitablemente ríe,  el pequeño cerebrito lo archiva como un resorte  y lo usa y desusa a su antojo hasta sacarle el ultimo de los rendimientos. Diría que es listo o que le gusta sentir la complicidad del beso. O ambas.

Por contar cuenta hasta 20 y ella a veces tambien lo hace en silencio, como si fuera un rosario y tuviera la fe por las nubes, para que no la lleven los diablos cuando saca su cabezonería a trote. Es capaz de diferenciar todos los colores, las formas, las vocales, los animales, las frutas…le impresiona su inteligencia y en el saber siempre pide más, como las chuches ¡que no es tonto!.

Es dispuesto y bondadoso y todo eso mientras ella lo explica, la llena de  un amor incondicional del que no es del todo consciente. Lo que si reconoce bien son los defectos del pezqueñin,  que por otra parte le otorgan identidad, …como esa inagotable terquedad. Buena es porque no se rinde, mala porque habrá de descubrir la parte de esta vida que no va a estar a su alcance. A ella que razone eso -sin frustración- le parece  el mejor de los aprendizajes.

Hay tantas cumbres por hacer que a veces le da vértigo y se asoma a la ventana del “no puedo”. Ella tampoco es perfecta y se viene abajo como todo el mundo. Claro que ya entendió  que son pensamientos que nacen del cansancio. Luego pasan y ya.

Su amor es lo único que no pasa. El motor que enciende el “yo puedo” y va donde haya que ir con tal de ver esa carita feliz.

En esas noches en que el niño le hace trampas y le roba el sueño, ella le explica la necesidad del descanso. No puede estar toda la madrugada de aquí para allá y luego de allá para aquí, como el cerdito Gordi, que tiene que trabajar para amar su espacio y vencer a los fantasmas de la oscuridad como lo hacía el Momo, que un día hará de su lecho, su fortaleza, su castillo, su calma.

Anoche se le ocurrió soltarle que no la confundiera con Nix, la diosa griega de la Noche. El la miró sin pestañear, a pesar de las horas.

Le gustan los cuentos tanto como a su madre.

 

Sombras en la noche

La luz azul del piloto proyectaba  una sombra extraña en el techo. Era una incandescencia tenue, vertical que en su camino encontraba el obstáculo de una vieja lampara, convirtiéndola en sombra chinesca en mitad del oscuro de la habitación.

J., desde su cama,   contemplaba el escenario con cierto recelo, tumbado al lado de su madre, que lo interrumpía de vez en cuando con algún beso o caricia para invitarlo al fantástico viaje del sueño. Pero J. no podía cerrar los ojos ¿Cómo iba a hacerlo si allí había algo inexplicable y extraño? Una presencia que él no conocía y a la que no sabía poner nombre.

Finalmente señaló con su dedito hacia arriba y emitió un leve sonido quejumbroso salido de las antípodas de la piel. ¡Que fácil es leer el miedo verdad!¡no hacen falta palabras! es como un humo tóxico que nos embebe, conduciéndonos ciego a sus dominios.

Mamá intentó con bastante inexactitud explicarle que aquello que él veía ante sus ojos solo se trataba La sombra y que tenía una base lógica, pero… ¡que osada es mamá! si  J. aún no disponía de conocimientos científicos, ni de cine, ni de comic….¿como iba a entender quien demonios era La sombra?

Se quedaron los dos en silencio mirando hacia arriba, sobre la bóveda que siempre los envolvía, secuestrados por la misteriosa imagen. Una buscando un norte, el otro preparando una huída.

Finalmente mamá pronunció lo que más tarde serían las palabras mágicas:

“!es un pez¡”

Milagro. La sonrisa de J. entonces se encendió, iluminando toda la estancia. Con ella salió tambien la voz de J. (la valiente) que había estado escondida gran parte del tiempo, mientras el relajo comenzaba a instalarse de nuevo en el cuerpo del niño, moviendose con la inquietud con la que acostumbraba.

Es un pez¡ es un pez¡ es un pez¡ – grito varias veces emocionado a su madre, señalando La sombra.

Después ella le susurró muy bajito: El lenguaje y la imaginación siempre nos salvan.

Pero esto último J. todavía no lo entendió.

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Poesía otoñal.

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El otoño es una estación que me encanta para salir a hacer rutas y excursiones. Sí, ya se que el verano y la primavera son más calidas y que quizás apetece más al cuerpo por las temperaturas. De acuerdo. Además te puedes bañar, desnudar, .. todo muy bonito y muy hermoso, pero seamos justos,  el otoño goza de otras ventajas que -a mi parecer-  resultan de lo más interesante. Y no, no es coger castañas ni almedras,  cosa que dado mi perfil rumiante, tambien me gusta, mira tú…jejeje.

La razón fundamental es que aún no hace ese frio aterrador del invierno, ni el calor soporífero del verano… y por ende, se puede campar a tus anchas y viajar a todas las horas del día sin que esos pequeños inconvenientes molesten. Por otra parte, está el sindrome brasero, como digo yo, en el que ya, a estas alturas, la gente empieza a incurrir. La humanidad  en masa borreguil  se va resguardando en sus casitas  para ponerse el pijama de pelillo, activando a su vez el modo On- hivernación. Las chimeneas dibujan sobre los cielos su cuadro particular de cafes y tes humeantes, la rutina de camino al colegio, pipipi, papapa, prisas, interiores, estufas, tele, libros……reconozcamoslo:  los humanos en el otoño dejamos de barajar las salidas al aire libre  para pasar a una postura mucho más cómoda y sofisticada que es… sofa+ mantita. Todo tiene su aquel, como todo tiene su provecho.

Y ahí es donde yo me beneficio,¡ mira tú que aprovechada soy!… pero es que todo esto me conduce a pensar con gran estupor y alevosía: ¡Qué maravilla es ir a un lugar natural y no encontrarse ni al Tato!. Un sitio que sabes está petado en las fechas claves de desvarío vacacional y que dos meses despues, milagrosamente, yace desierto. Llamadme asocial, ser solitario…. lo que queráis…. Pero ¡qué placer, leches! Poner la manta y el culete donde te de la gana, caminar sin toparte con domingueros borrachos, ni mesas de picnic, ni radios o sonidos  mobiles que irrumpan estridentes en medio de la naturaleza….

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Estaréis conmigo en que a estos espacios se acude precisamente para todo lo contrario, huir de la muchedumbre y empaparse de ese silencio tan enriquecedor, que son lugares que cobran más sentido desde la calma y el reencuentro con los sentidos, la esencia mínima de lo que somos y  no para asitir atónitos a ver como un arroyo se convierte en piscina municipal sobre la que se vierten basuras y se bañan perritos.

El otoño escapa de todo ese gentío succionador de lo bello. Es soledad, paleta de colores y lluvia de hojas.  Por todo eso, que para mí es poetico y al mismo tiempo algo frivolo, me encanta y por todo eso (tambien)  he vuelto a un lugar al que ya había ido hace ahora algo más de dos años.

Se trata de un recorrido que engloba varias paradas de interés, entre ellas: el nacimiento de un arroyo especialmente particular,  del que yo guardaba muy buenos recuerdos. Por esas tierras (por vez primera) noté algo así como un pez moverse inquieto dentro de mí. Fue una sensación parecida al fluir del agua de aquel riachuelo, un instante, una burbuja que nacía de la tierra del mismo cuerpo, tal como el agua de aquellas pozas sale del fondo, fenomeno que me dejó entonces helada  confluyendo en mí como dos montañas, formando senderos liquidos de luz, viaje y sonido.

Tengo recuerdos memorables de cada uno de esos lugares naturales que tanto me gustan y  visito, pero pocos comparables a este. Así que volver allí, sobre mis pasos, acompañada esta vez de esos dos pececillos traviesos y de mi conductor favorito, era un viaje que me debía.

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Al llegar nos sorprendió eso a lo que me he referido en parrafos anteriores, la calma. El sentirnos pequeños en medio de la majestuosidad del lugar. Porque cuando todo está sereno, se siente mejor. Porque merece la pena detenerse a ver como los arboles consiguen mirarse en el espejo del agua y el agua le es fiel devolviendoles una imagen tan cristalina que una no sabe si mirar la superficie o el fondo.

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Pues no mires, solo siente. Cierra los ojos y atrapa el instante. Y luego…¡ ábrelos! no vaya a ser que un nene se caiga a la chilanca y le de un tangay al pobre de lo fría que está .

Pero para que seais conscientes un poco la magia, hasta para la tarea de ser madre o padre, el campo es como un refugio que te abraza. En cualquier hoja hay un juguete escondido y cualquier piedra representa el mayor de los divertimentos. Hacer crujir las cascaras como una música, contar historias sobre barcos imaginarios que flotan navegando hacia lugares exoticos, escribir y zarandear sobre la tierra lo más sagrado, nuestros nombres, o probar los ardiles de tu madre tirando una zapatilla al agua.

Yavestú. Todo es posible. Hasta formar un calcetín con una bolsa de pan y todos contentos. El bocadillo sabe mejor sentados como jefes indios, compartiendo los buenos alimentos en fiambreras improvisadas y untándose las manos con aceite y choped.

Ahí, justo al lado de nuestras costumbres tan prosaicas, el ejercicio de la naturaleza sigue incansable su curso mientras los arboles con su lluvia cadenciosa, de hojas de cien colores, hacen que los niños miren estasiados.

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Es verdad. Todavía quedan restos de un verano que ya no volverá. Huellas de vestigios de un hombre y su sombra: el grifo de cerveza ya cerrado, el eco del gentío  que como fantasmas irrumpen en nuestra imaginación, la caseta con las sillas apiladas  y llenas de polvo y los carteles que siguen recordando normas de respeto que algunos -todavía- no cumplirán. Contemplamos todo este paisaje, tan ajenos, a distancia de una fecha que nos coloca como favoritos, como si el paisaje nos hubiera tejido un traje a su favor y ya fueramos habitantes suyos más que nuestros.

Nos vamos. Muy a nuestro pesar recogemos la manta y convencemos a los más pequeños e inocentes. La palabra castillo suena genial. Los juguetes desaparecerán y con ellos tambien nuestras voces menudas, escondidas entre la arboleda, donde casi no hacían bulto, ni sombra. Mientras, todavía con ganas de repetir aquella buena tarde de 2014, nos encaminamos hacia otro lugar más concurrido a las faldas de ese ya renombrado castillo.

 

El atardecer se ha estropeado con nublos que parecen sacados de Mordor, pero dos autobuses de turistas nos recuerdan que todavía quedan locos (a parte de nosotros) capaces de desafiar al tiempo con tal de caminar sobre un trocito de piedra e historia. Con los niños ya en los carros, gastamos las ultimas fuerzas del sábado, escuchando el penetrante sonido de la llamada de la iglesia y el leve arrullo de las palomas, sobre el campanal, mientras contemplamos absortos como el pueblo empieza a encender sus farolas a destiempo, convencidos tal vez por la llamada de un cielo apocaliptico.

Ya sí que nos vamos del todo. Esta vez para casa. Sonreímos al comprobar -con los ojos algo vizcos- como las primeras gotas caen sobre la protección que nos ofrece la luneta del coche. Va a caer una buena. Hemos tenido suerte. No nos ha pillado la tormenta.