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Mini relatos: Lluvia críptica.

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Aquella tarde se sentía intranquila. No conseguía fijar su atención en la lectura, así que se quitó las gafas y se asomó a la ventana. Las gotas de agua golpeaban el cristal creando una música cadenciosa y melódica. De pronto se imaginó en medio de un aguacero estrepitoso y como si de una extraña locura se tratase se dispuso a salir.

Era septiembre, el verano tocaba techo.  Una  tormenta estival de truenos y relámpagos empantanaba la tarde, convirtiendo un día que había amanecido prometedor en una jornada intratable. Lo cierto es que odiaba la lluvia, empaparse no era algo que le gustase demasiado……. pero aquel día nada pareció frenarla.

Tenía un encuentro con la lluvia. Lo había sentido, una extraña fuerza magnetica la conducía a la temeridad de sentirse bajo las oscuras fuerzas de lo natural.

Caminó sin rumbo sintiendo el agua atizar su piel y su vestido empezó a absorver las incesantes gotas con el consiguiente peso que ello suponía. No pareció notar absolutamente nada. Estaba hipnotizada por algo a lo que no supo poner nombre…estaba ciega en una sensación que no supo descifrar.

Mientras caminaba un grupo de caracoles salían al encuentro de la lluvia, los pájaros buscaban cobijo contra el furioso aguacero…..y ella se paró en seco y cerró los ojos. Se sentía tan pequeña!!……ella, la misma que se había creído meses atrás que la vida la podemos controlar, que somos los artífices de lo que nos pasa, que tenemos potestad para elegir y lograr nuestras batallas….

Allí bajo el paraguas transparente se dio cuenta de cuanto pesan los sueños, de que hay fuerzas grandes que nos condensan hasta convertirnos en vapor, fluido de agua, aire de lluvia…vapor…que se escapa y vuela.

Abrió de nuevo los ojos y la tormenta estaba remitiendo. Las gotas reducían en frecuencia y cantidad, los charcos empezaban a convertirse en espejos de quietud y transparencia.

Se miró en uno de ellos y al ver su imagen en el agua la tocó con uno de sus dedos…..como si de una varita mágica se tratase…zas!!! volvió de repente de ese estado de shock que la había conducido hasta allí.

Se sintió confusa y rara, ¿como había ido a parar hasta aquel lugar?……estaba empapada, empezó a sentir frío, comenzó a recobrar los sentidos que se habían dormido en un extraño hechizo  de lluvia….volvió a habitar en ELLA.

Cerro el paraguas, que ya era objeto inútil,  y decidió volver a casa por el mismo sitio por el que había venido. Con una extraña incertidumbre y la memoria nublada a  trazos, fue marcando confusa los pasos de vuelta.

Desde la montaña, unos metros más arriba, alguien la había estado observando todo el tiempo. Sin decir una palabra, sus lagrimas, sus pasos desconcertados, su todo……robando un trocito del corazón de aquella chica….el había sido espectador silencioso de aquel majestuoso momento.

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Puesto que me encanta esto de inventar a partir de ahora incorporaré al blog esta sección llamada DE FICCIÓN en donde recogeré de vez en cuando mini relatos que se me ocurran. No tienen nada de real, son pura invención, una vía de escape para dejar volar la imaginación.

Espero os guste.

Feliz Jueves a todos!!

SIN PARAGUAS- Relato

Camino-mojado-a18878410Domingo de lluvia y nos cogió sin paraguas. Salimos confiados buscando los rayos de sol tramposos que pronto se esfumaron bajo nubarrones grises. Poco nos importó. Seguimos caminando en la misma dirección. Ese sendero de recuerdos inmóviles, esquivando los charcos de las últimas lluvias, toreando recuerdos mojados con la mirada fija hacia un horizonte lleno de vida: el vuelo fugaz de los pájaros, el viento meciendo melódicamente los árboles, los pasos bajo la cadencia del chasquido de nuestras botas. Y el sendero, nuestro sendero de risas alineadas sobre una ringlera de pinos y olivares. Ese camino nos es cómplice a rabiar, conoce de nuestras desdichas a través de los años, de nuestros esfuerzos por hacer ese recorrido en el menor tiempo posible, aguantando los embistes de un corazón acelerado. Hoy no teníamos prisa, solo queríamos respirar ese perfume de libertad extraviada, despojarnos de dudas e incertidumbre y sentir el titubeo de una primavera vacilante.

El trayecto siempre es el mismo llegar hasta la orilla del río y volver a casa. Esta vez, trazamos un nuevo plan de ruta, movidos por el misterioso afán de la novedad, deseosos de introducir una nueva variable en la ecuación de la rutina.

– !Hoy cruzaremos el río!- me dijo mientras descubría un  fino  hilo de locura en sus ojos y esbozaba una fugaz sonrisa.

El río bajaba más caudaloso que nunca, con un color pardusco nada cristalino. Los deshielos de las ultimas nevadas y las incansables lluvias lo habían coloreado así: turbio y salvaje. Casi daba miedo cruzar aquel torrente agreste, un paso en falso sobre la pasarela de rocas y nos mojaríamos hasta las cejas. Aún así nos envalentonamos como niños que persiguen una aventura que coleccionar o como adultos ansiosos de sentir el rubor de la adrenalina en nuestros cuerpos.

Fuimos diseñando pasos temerosos sobre una hilera de rocas mojadas, con el sonido del agua violenta amedrentando nuestra valentía. Aún así  nada nos detuvo, hubo pasos y manos que se entrelazaban buscando un equilibrio perfecto, un simple juego de destreza y coordinación.

Finalmente, nada nos impidió llegar a la otra orilla donde nos recibieron las risas desatadas por una emoción olvidada de quien se siente triunfador durante segundos. Lo habíamos logrado, él y yo, desviarnos de un sendero conocido para adentrarnos en otro mucho más excitante y desconocido.

Es impresionante caminar en una dirección anónima, lejos de los paisajes conocidos y fotografiados hasta la saciedad por tu memoria. Saberse descubridor de un nuevo viaje lleno de sensaciones distintas, de momentos de complicidad sostenidos en el tiempo, de una libertad indómita acariciándonos como nunca. Risas, palabras, confesiones prohibidas nos acompañaron hasta el final del estrecho e inhóspito sendero, tal vez tratando de hacernos sentir menos imprudentes.

La lluvia empezó a caer en forma de finas gotas, primero nos recibió refrescándonos para después arreciar y acabar empapando nuestra ropa. No llevábamos paraguas y corrimos como nunca. Hacía demasiado tiempo que no nos mojábamos de aquella forma tan salvaje, solo algunos arboles nos guarecían con sus ramas desnudas, pero poco podían hacer contra aquella lluvia violenta y majestuosa.

El sendero y la tormenta nos condujo a una carretera muy transitada, no había otra alternativa posible, de haberla existido hubiéramos esquivado el cicular de vehículos apresurados a quien sabe que destino. Nos adentramos en la calzada y nuestros pies ya no percibían el acolchado de hojas y ramas, solo una superficie dura e infranqueable que tras dos kilómetros  empezó a castigar nuestros pies. La lluvia fue cesando pero para aquellas alturas, ya estábamos hechos una sopa. La gente nos miraba desde la guarida de sus vehículos, con caras estupefactas y atónitas, deberían pensar que solo eramos un par de locos que habían salido sin paraguas.

La carretera fue conduciéndonos a una parte de la ciudad conocida por nosotros, por fin estábamos en territorio explorado, por fin nuestro instinto de supervivencia empezó a relajarse y nuestros sentidos dejaron de estar alerta.

Le miré de arriba abajo. Sus rizos goteaban en su frente. Sus ojos tenían un verde más azulado que nunca, ese inestable color que siempre me ha fascinado.

– ¿Te apetece  un Smöoy?- le dije sonriendo mientras mi mente evocaba el sabor del chocolate de la última vez.

-¿Estás loca?, estamos empapados!!, pillaremos un catarro seguro- me dijo desconcertado.

– Me apetece mucho uno… – le dije mientras esbozaba un mohín de congoja.

-Está bien!!….siempre me convences ¿cómo lo haces?- añadió sintiéndose un poco derrotado.

Yo me encogí de hombros y él sonrió.

Entramos en la tienda goteando sobre un suelo blanco impoluto, la dependienta nos miró con cara de pocos amigos pero no esbozó ninguna queja….!!faltaría más!! encima que íbamos a salvarle la tarde con una pequeña caja….La yogurtería estaba vacía, ningún loco se hubiera atrevido a ir un domingo de lluvia y frío allí……solo nosotros. Estábamos siendo cómplices de una locura sorprendente, estábamos siendo un poco idiotas a la vez, pero eso nos divertía aún más.

De camino a casa nos escoltó el dulce sabor del chocolate negro bajo una capa de yogur helado. El había escogido también las fresas, yo en mi línea golosa:  una dosis doble de chocolate. Fuimos charlando hasta casa sobre el deleite de sensaciones que habíamos vivido aquella tarde.  El dulzor del helado nos embelesó aún más, abandonándonos a una felicidad embriagadora.

Por fin llegamos a casa: exhaustos pero radiantes. Probablemente habíamos rejuvenecido unos cuantos años.

Sólo fue una tarde de domingo sin paraguas, una tarde que nos enseñó muchas cosas.