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MISCELÁNEA DE DOMINGO

El domingo  es el territorio del beso,

lugar extinto para la calma,

para que la cama se queje del garboso sábado,

para que la arruga calque los mapas de la semana,

sobre la piel, la revancha,

pintura en las palmas,

el plato caliente,

la tostada en los labios después de la carne.

 

El domingo es la paz contigua y salvaje,

el viaje de los instintos más clásicos

la galaxia de lunares perdidos,

el cohete de las risas,

la terapia del vino,

el mandil de la tradición al servicio de la olla de cornucopia,

la sencillez de lo casero al abrigo del lecho

la siesta y su redil de lorzas campantes.

 

El domingo es abrazo, modelaje, trofeo.

Te viste de mujer aventada y peligrosa

para que te lo creas,

arrima la caldera de lo silvestre,

aplaude al morbo del equilibrio,

con dos tanques negros perfuma el viento

empolva las pecas,

dispara suspiros de carmín,

te expulsa divina a la gélida calle del ajetreo.

Con la música de las apariencias

el cantor de la copa recatada

y el trasiego de la amistad y su leña.

 

El domingo es el amigo glamuroso

que te divierte para después decirte “ciao, ciao”

para anunciarte que ya has tenido bastante

“amiga, tu puedes hacer de cada día un domingo” – susurra filosófico.

¿será pendejo?

¡¡maltrecha la  hora que puso la miel en estos labios…!!

Él sonríe, con su recato malévolo,

al tiempo que me voy colocando la bata, los rulos y las pantunflas…

para besarlo o echarlo. O ambas.

¡La próxima semana nos vemos!

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SIN PARAGUAS- Relato

Camino-mojado-a18878410Domingo de lluvia y nos cogió sin paraguas. Salimos confiados buscando los rayos de sol tramposos que pronto se esfumaron bajo nubarrones grises. Poco nos importó. Seguimos caminando en la misma dirección. Ese sendero de recuerdos inmóviles, esquivando los charcos de las últimas lluvias, toreando recuerdos mojados con la mirada fija hacia un horizonte lleno de vida: el vuelo fugaz de los pájaros, el viento meciendo melódicamente los árboles, los pasos bajo la cadencia del chasquido de nuestras botas. Y el sendero, nuestro sendero de risas alineadas sobre una ringlera de pinos y olivares. Ese camino nos es cómplice a rabiar, conoce de nuestras desdichas a través de los años, de nuestros esfuerzos por hacer ese recorrido en el menor tiempo posible, aguantando los embistes de un corazón acelerado. Hoy no teníamos prisa, solo queríamos respirar ese perfume de libertad extraviada, despojarnos de dudas e incertidumbre y sentir el titubeo de una primavera vacilante.

El trayecto siempre es el mismo llegar hasta la orilla del río y volver a casa. Esta vez, trazamos un nuevo plan de ruta, movidos por el misterioso afán de la novedad, deseosos de introducir una nueva variable en la ecuación de la rutina.

– !Hoy cruzaremos el río!- me dijo mientras descubría un  fino  hilo de locura en sus ojos y esbozaba una fugaz sonrisa.

El río bajaba más caudaloso que nunca, con un color pardusco nada cristalino. Los deshielos de las ultimas nevadas y las incansables lluvias lo habían coloreado así: turbio y salvaje. Casi daba miedo cruzar aquel torrente agreste, un paso en falso sobre la pasarela de rocas y nos mojaríamos hasta las cejas. Aún así nos envalentonamos como niños que persiguen una aventura que coleccionar o como adultos ansiosos de sentir el rubor de la adrenalina en nuestros cuerpos.

Fuimos diseñando pasos temerosos sobre una hilera de rocas mojadas, con el sonido del agua violenta amedrentando nuestra valentía. Aún así  nada nos detuvo, hubo pasos y manos que se entrelazaban buscando un equilibrio perfecto, un simple juego de destreza y coordinación.

Finalmente, nada nos impidió llegar a la otra orilla donde nos recibieron las risas desatadas por una emoción olvidada de quien se siente triunfador durante segundos. Lo habíamos logrado, él y yo, desviarnos de un sendero conocido para adentrarnos en otro mucho más excitante y desconocido.

Es impresionante caminar en una dirección anónima, lejos de los paisajes conocidos y fotografiados hasta la saciedad por tu memoria. Saberse descubridor de un nuevo viaje lleno de sensaciones distintas, de momentos de complicidad sostenidos en el tiempo, de una libertad indómita acariciándonos como nunca. Risas, palabras, confesiones prohibidas nos acompañaron hasta el final del estrecho e inhóspito sendero, tal vez tratando de hacernos sentir menos imprudentes.

La lluvia empezó a caer en forma de finas gotas, primero nos recibió refrescándonos para después arreciar y acabar empapando nuestra ropa. No llevábamos paraguas y corrimos como nunca. Hacía demasiado tiempo que no nos mojábamos de aquella forma tan salvaje, solo algunos arboles nos guarecían con sus ramas desnudas, pero poco podían hacer contra aquella lluvia violenta y majestuosa.

El sendero y la tormenta nos condujo a una carretera muy transitada, no había otra alternativa posible, de haberla existido hubiéramos esquivado el cicular de vehículos apresurados a quien sabe que destino. Nos adentramos en la calzada y nuestros pies ya no percibían el acolchado de hojas y ramas, solo una superficie dura e infranqueable que tras dos kilómetros  empezó a castigar nuestros pies. La lluvia fue cesando pero para aquellas alturas, ya estábamos hechos una sopa. La gente nos miraba desde la guarida de sus vehículos, con caras estupefactas y atónitas, deberían pensar que solo eramos un par de locos que habían salido sin paraguas.

La carretera fue conduciéndonos a una parte de la ciudad conocida por nosotros, por fin estábamos en territorio explorado, por fin nuestro instinto de supervivencia empezó a relajarse y nuestros sentidos dejaron de estar alerta.

Le miré de arriba abajo. Sus rizos goteaban en su frente. Sus ojos tenían un verde más azulado que nunca, ese inestable color que siempre me ha fascinado.

– ¿Te apetece  un Smöoy?- le dije sonriendo mientras mi mente evocaba el sabor del chocolate de la última vez.

-¿Estás loca?, estamos empapados!!, pillaremos un catarro seguro- me dijo desconcertado.

– Me apetece mucho uno… – le dije mientras esbozaba un mohín de congoja.

-Está bien!!….siempre me convences ¿cómo lo haces?- añadió sintiéndose un poco derrotado.

Yo me encogí de hombros y él sonrió.

Entramos en la tienda goteando sobre un suelo blanco impoluto, la dependienta nos miró con cara de pocos amigos pero no esbozó ninguna queja….!!faltaría más!! encima que íbamos a salvarle la tarde con una pequeña caja….La yogurtería estaba vacía, ningún loco se hubiera atrevido a ir un domingo de lluvia y frío allí……solo nosotros. Estábamos siendo cómplices de una locura sorprendente, estábamos siendo un poco idiotas a la vez, pero eso nos divertía aún más.

De camino a casa nos escoltó el dulce sabor del chocolate negro bajo una capa de yogur helado. El había escogido también las fresas, yo en mi línea golosa:  una dosis doble de chocolate. Fuimos charlando hasta casa sobre el deleite de sensaciones que habíamos vivido aquella tarde.  El dulzor del helado nos embelesó aún más, abandonándonos a una felicidad embriagadora.

Por fin llegamos a casa: exhaustos pero radiantes. Probablemente habíamos rejuvenecido unos cuantos años.

Sólo fue una tarde de domingo sin paraguas, una tarde que nos enseñó muchas cosas.