Archivos Mensuales: agosto 2017

Y entonces, ella dijo…

 

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Permanecíamos sentados en la azotea de una casa, estudiada y acogedora pero a la vez, sencilla. Abrigados con una tela muy suave mirábamos el que decían era el cielo más limpio del país. A 1350 metros de altitud y lejos de cualquier atisbo de contaminación lumínico-sonora.

Ella dijo: ¡Que gozada.. sentir frío en agosto y ver el polvo cósmico!.

Acompañados por el sonido del agua del arroyo e iluminados por la ingente manta de estrellas bebíamos el silencio, la copa, la noche… . Alrededor una estampa de antaño. Cortijos y campos, soledad y desagravio. Ella dijo: … es como nuestra infancia ¿recuerdas?.

Estudiábamos en voz bajita  las sensaciones que nos había dejado el  trasiego del día y no hallábamos fin. El cómo habíamos penetrado por todos aquellos parajes solitarios que tiene la sierra, en donde no parece posible la vida y sin embargo, ahí está. El oxígeno, el pulmón. Como un milagro evocador que se encumbra más allá de lo imaginable, porque al fin y al cabo, vivir no precisa de tanto artilugio al que acostumbramos…y el progreso también contamina, si lo miras bien.

Recordábamos lo que habíamos aprendido a lo largo de las horas. Que allí no existía la prisa, que el pan y el cordero te hacían la boca ca-ra-me-lo…. o que la guardia civil jamás hacía controles por drogas y sí por cazas furtivas y robo de borregos. Reímos. “nos podían haber avisado antes” – dijo ella. cuando los ví aparecerse casi a los pies de nuestra casa, ¡¡temblé!! pensé que nos caería la de San Quintín por una copa.

La verdad es que apenas habíamos bebido pero nos sentíamos borrachos con la experiencia, recordando el que pronto se convertiría en un recuerdo más.

Ahora todo estaba pausado, yo la miraba desde la lejanía de quien contempla tan cerca. Fue entonces que le pregunté que pensaba y no se me olvidarán las palabras.

La naturaleza es como un poema, yace oculto bajo una forma secreta y maravillosa. Es por eso que si no te paras a considerarla no eres capaz de descifrar lo bello que tiene por decir.

Un momento perfecto para indagarla y besarla. Cuando reflexiona y me pierde.

A estas alturas, el poema para mí era otro. Yo quería ir de forma secreta hacia su más que salvaje naturaleza, recorrer los versos de la carne, cruzar las estrofas de las curvas… merodear en las silabas del arrebato.

Más tarde, le pregunté socarrón si habría escuchado yo  bien la poética de la naturaleza. Si había sido lo suficientemente perspicaz.

No dijo nada y lo dijo todo. Su risa.

 

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Por el desfiladero de los Cañones.(I). Mis sensaciones sobre la ruta. Un relato homenaje al Jaén olvidado.

Levanté la vista y un abismo de piedra y agua me golpeó el corazón. Con el cuerpo sumergido en aquella poza helada y el sonido del desfiladero crujiendo mis miedos, llegué a creer que nunca más vería algo tan hermoso.

Pensé. La de cosas sin descubrir que tenemos al lado de casa y ni las conocemos a fondo. Un entorno en el que he crecido, una montaña que he explorado desde otros ángulos y posiciones…¡y no haber venido hasta aquí mucho antes!

Nadé tiritando. El frío es un traje que se ciñe a tí y te achica las convicciones. Apenas te deja pensar con claridad. El río, salvaje y fugitivo, te golpea el pecho llevándote hasta los recovecos del cañón, donde descansas el cuerpo y preparas la mente.

A contracorriente, sin saber la profundidad, los trucos o las trampas, me movía por instinto…era capaz de saber que estaba viviendo en una naturaleza que me era familiar, una adrenalina que había mantenido dormida.

Sopesé el valor de mi vida. Miré el pasillo de rocas por el que la luz del sol hacía horas que se había ido. Rugía el agua como un silbido macabro y aún así, iba decidida a valorar mi talento. Recuerdo que entonces él  nadó hasta mi posición, tiró de mi y me detuvo. Sus pupilas me taladraron cuando me dijo: No conozco lo que hay ahí…estamos solos. Anda, te prometo que volveremos.  Aquella voz que había escuchado durante años, que había sido como mi segunda conciencia, se transformó en eco al instante y se propagó por toda la oquedad como un trueno, haciendo más relevante el mensaje.

Volví hacia la zona  más orillada dejándome arrastrar por la corriente del río como un pez. El venía detrás mío, preocupado por saber si estaba contenta con los limites de su decisión.

Toqué tierra, él  tras de mí . Un sol agradable vistió mis poros de una templanza que me agradó. “No me importa” le confesé. “El miedo es el peor compañero de escena, estoy dispuesta a esperar. Pero volveré, quiero ir hasta la cascada”. “Claro que sí” – me dijo, “es solo que por un momento, me he acobardado pensando la de gente que ha perdido la vida aquí… a lo largo de décadas”.

Río abajo me sentía conectar de nuevo con el mundo y las gentes que se orillaban a disfrutar del día en las partes tranquilas, donde se situaban los merenderos. La basura y  los rastros  los iban delatando sin piedad, sin  ley ni conciencia que los detuviese.

Bajé por el sendero en el que el río ya quedaba de lado, y con él, el frío de mi cuerpo. Me adentré por entre los olivos observando como mis pasos iban cogiendo altura. Ahora todo lo que había andado a través del agua, lo hacía mucho más rápido por tierra.

Quedaban ahí abajo mis huellas bañadas por el curso eterno de la corriente y se alzaba majestuosa la montaña que antes había sido mi techo, iluminada por los últimos rayos de la tarde. Llegué hasta las pasarelas de hierro corroídas por el oxido y la dejadez. Había tramos en los que la baranda había sido derruida o se hallaba enclenque y tenía la sensación de caminar sobre un alambre, desafiando al aire. A la izquierda, quedaba el rastro de un canal  ya olvidado, lleno también de desperdicios y ripios. Algo que en otro tiempo debió desempeñar alguna función logística dentro de aquel paisaje.

Seguí despacio, disfrutando de las vistas y de la posibilidad de no sentir vértigo. Cada paso era un camino hacia la concienciación de la desvaloralización y el olvido de los entornos. Me preguntaba como era posible aquella inutilidad por parte de las autoridades para promocionar lo que nos era único, esos rincones oriundos de  nuestra tierra dejados de la mano de Dios y que, en otro lugar y otras manos, representarían auténticos valores a tener en cuenta.

La ruta tocaba su fin con esa sensación de rabia. Llegamos hasta al coche y abrí el maletero. Saqué de la mochila una manzana y unas nueces…y las compartimos. Todavía sentía en mis piernas la corriente de agua latigueando y el sabor satisfactorio de las emociones del fluir del viaje.

Cogí el  móvil que había dejado con todo lo demás en el coche. Era una pena, no tenía fotos de aquel lugar tan inaccesible, de aquel paraiso oculto en el que me había adentrado. Creo que así son algunos momentos grandes: huellas de retina que calan, instantes que hay que vivir sin más equipaje que uno mismo.

Sabía que al llegar a casa abríría este cuaderno para rememorar lo vivido, aún en vacaciones con lo que cuesta…, necesitaba más que nunca dejar mi voz al hilo de los acontecimientos, lo visto y sentido….

Era mi correspondencia mínima a Los Cañones por una jornada como la que me habían regalado.