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Acerca de Mukali

En este viaje tan largo me encontré no con una sino con !!DOS!! semillitas preciosas. Crecieron en la maleta de mi barriga durante 9 meses inolvidables, Y ahora por fin están aqui, conmigo, regalandome cada segundo la experiencia que supone ser madre.

Por el desfiladero de los Cañones.(I). Mis sensaciones sobre la ruta. Un relato homenaje al Jaén olvidado.

Levanté la vista y un abismo de piedra y agua me golpeó el corazón. Con el cuerpo sumergido en aquella poza helada y el sonido del desfiladero crujiendo mis miedos, llegué a creer que nunca más vería algo tan hermoso.

Pensé. La de cosas sin descubrir que tenemos al lado de casa y ni las conocemos a fondo. Un entorno en el que he crecido, una montaña que he explorado desde otros ángulos y posiciones…¡y no haber venido hasta aquí mucho antes!

Nadé tiritando. El frío es un traje que se ciñe a tí y te achica las convicciones. Apenas te deja pensar con claridad. El río, salvaje y fugitivo, te golpea el pecho llevándote hasta los recovecos del cañón, donde descansas el cuerpo y preparas la mente.

A contracorriente, sin saber la profundidad, los trucos o las trampas, me movía por instinto…era capaz de saber que estaba viviendo en una naturaleza que me era familiar, una adrenalina que había mantenido dormida.

Sopesé el valor de mi vida. Miré el pasillo de rocas por el que la luz del sol hacía horas que se había ido. Rugía el agua como un silbido macabro y aún así, iba decidida a valorar mi talento. Recuerdo que entonces él  nadó hasta mi posición, tiró de mi y me detuvo. Sus pupilas me taladraron cuando me dijo: No conozco lo que hay ahí…estamos solos. Anda, te prometo que volveremos.  Aquella voz que había escuchado durante años, que había sido como mi segunda conciencia, se transformó en eco al instante y se propagó por toda la oquedad como un trueno, haciendo más relevante el mensaje.

Volví hacia la zona  más orillada dejándome arrastrar por la corriente del río como un pez. El venía detrás mío, preocupado por saber si estaba contenta con los limites de su decisión.

Toqué tierra, él  tras de mí . Un sol agradable vistió mis poros de una templanza que me agradó. “No me importa” le confesé. “El miedo es el peor compañero de escena, estoy dispuesta a esperar. Pero volveré, quiero ir hasta la cascada”. “Claro que sí” – me dijo, “es solo que por un momento, me he acobardado pensando la de gente que ha perdido la vida aquí… a lo largo de décadas”.

Río abajo me sentía conectar de nuevo con el mundo y las gentes que se orillaban a disfrutar del día en las partes tranquilas, donde se situaban los merenderos. La basura y  los rastros  los iban delatando sin piedad, sin  ley ni conciencia que los detuviese.

Bajé por el sendero en el que el río ya quedaba de lado, y con él, el frío de mi cuerpo. Me adentré por entre los olivos observando como mis pasos iban cogiendo altura. Ahora todo lo que había andado a través del agua, lo hacía mucho más rápido por tierra.

Quedaban ahí abajo mis huellas bañadas por el curso eterno de la corriente y se alzaba majestuosa la montaña que antes había sido mi techo, iluminada por los últimos rayos de la tarde. Llegué hasta las pasarelas de hierro corroídas por el oxido y la dejadez. Había tramos en los que la baranda había sido derruida o se hallaba enclenque y tenía la sensación de caminar sobre un alambre, desafiando al aire. A la izquierda, quedaba el rastro de un canal  ya olvidado, lleno también de desperdicios y ripios. Algo que en otro tiempo debió desempeñar alguna función logística dentro de aquel paisaje.

Seguí despacio, disfrutando de las vistas y de la posibilidad de no sentir vértigo. Cada paso era un camino hacia la concienciación de la desvaloralización y el olvido de los entornos. Me preguntaba como era posible aquella inutilidad por parte de las autoridades para promocionar lo que nos era único, esos rincones oriundos de  nuestra tierra dejados de la mano de Dios y que, en otro lugar y otras manos, representarían auténticos valores a tener en cuenta.

La ruta tocaba su fin con esa sensación de rabia. Llegamos hasta al coche y abrí el maletero. Saqué de la mochila una manzana y unas nueces…y las compartimos. Todavía sentía en mis piernas la corriente de agua latigueando y el sabor satisfactorio de las emociones del fluir del viaje.

Cogí el  móvil que había dejado con todo lo demás en el coche. Era una pena, no tenía fotos de aquel lugar tan inaccesible, de aquel paraiso oculto en el que me había adentrado. Creo que así son algunos momentos grandes: huellas de retina que calan, instantes que hay que vivir sin más equipaje que uno mismo.

Sabía que al llegar a casa abríría este cuaderno para rememorar lo vivido, aún en vacaciones con lo que cuesta…, necesitaba más que nunca dejar mi voz al hilo de los acontecimientos, lo visto y sentido….

Era mi correspondencia mínima a Los Cañones por una jornada como la que me habían regalado.

 

Touché!

Era aquel un día de agua en el chalet de Marta y las historias se sucedían. Pequeñas y minúsculas se esparcían por grupos, como racimos por la lonja. Eramos tantos que todavía el tiempo se resistía a separarnos. No había música, porque la melodía era un componer intenso, disfrutón, que poníamos  nosotros; amotinado a veces por las ganas de charlas y confesiones o el precipitar de las risas entre  manjares y alcoholes de la buena mesa.

Nos habíamos doblado en número, junto con los michelines y arrugas, habían crecido también nuestras responsabilidades. Ahora la felicidad la entendíamos de otra forma más practica,  que pasaba por el bienestar de esos locos bajitos dispuestos a sacar de nosotros hasta la ultima gota de imaginación y energías. Habíamos triplicado los bronceadores, llenado la piscina de manguitos y artilugios e incluso ensayado el correturnos de vigilancia para que todos pudiéramos disfrutar de las copas y el juego.

Y entre medias, habíamos hecho espacio para las carreras de coches y los ensayos de tacones y “ropa mayor” de las niñas más presumidas. Sabíamos que nadie dijo que fuera fácil, pero estaba resultando una aventura motivante.

En el fondo, y si nos hubiéramos observado de lejos, nos habríamos reconocido en la misma piel tatuada de recuerdos variopintos, algo menos rígidos y más espontáneos aunque en el fondo los mismos.

Esos locos bajitos nos habían dado otro giro, que tampoco sería -probablemente- el último, aunque nadie se detenía a perplejarse de algo tan evidente. Y aún así, a mi me parecía algo mágico, que cada año se obrase el milagro de juntarnos a la trupe  y de cerca contarnos las vidas.

Me veía más vieja diciendome: ¿Recuerdas aquellos tiempos? síiiiiiii, estabamos lozanos y felices y no lo veíamos…tal como ahora vislumbramos lo que es unico y fugaz de otras épocas.

Me repetía que la vida había que mirarla hacia delante para buscarle el verdadero sabor pero que también era fundamental celebrar quien seguía estando de forma repetida, ahí, año tras año, viéndonos crecer y madurar en todos los sentidos. Esos eran tesoros que, estaba segura, algún día echaría mucho de menos cuando extendiese la mirada o me hiciese mayor.

Sabía ,aún sin saber, que  los caminos o las decisiones nos hacen perder a mucha gente. Que se separan las historias a veces sin motivo y que nos volvemos seres más solitarios y reflexivos. Ensimismada en esa burbuja de la que todavía no tenía conocimiento pleno, creía intuir que cuando echase la vista atrás -entre todos esos seres- reconoceríamos a unos pocos (muy pocos) – touché!- que nos habrían tocado de verdad.

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Un juego

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Era jueves, mediados de julio y la playa ya empezaba a llenarse. Desde no más de cien metros un hombre con libro en la mano, se acerca a una mujer tumbada con libro sobre la arena.

  • Hola ¿te apetece jugar a un juego? – pregunta él.

Ella levanta la vista por encima de las gafas. Recorre al tipo de pies a cabeza, es alto como él solo y al avanzar por su figura, se topa con el contraluz solar.

  • No me guiñes los ojos que ya se que guapo no soy.

Ella sonríe. No es de las que se animan de buenas a primeras a jugar con desconocidos pero el chiste la saca del ensimismamiento de la lectura.

  • Entonces que…¿te apuntas?
  • Podrías haberme preguntado primero el nombre. Me llamo Rita.
  • Hola Rita.  ¡y yo que te había visto cara de Macarena!
  • Jajajjaaj… llorona soy, pero virgen ya no.- dice atrevida.
  • Lo podía intuir, es solo que me recordabas a alguien.
  • A ver ,de que se trata el juego, si se puede saber…
  • Es muy sencillo, no quiero molestarte mucho. Yo te leo el último párrafo de la pagina 15 del libro que tengo en la mano y tú me lees el último párrafo de la página 15 del tuyo. Fácil ¿no?…
  • Uy! que peligro! jajajaj…, parece simple, pero no lo es.
  • ¿Y porque no?
  • Pues porque tú ya sabes de antemano tu frase. Vas predispuesto en una dirección que -previamente- has elegido. Sino ¿porque escogiste precisamente la pagina 15?.
  • Ahhh, el numero lo elegí  por tí. Eres la niña bonita. Aunque ya sabes, cualquier juego tiene sus riesgos. En todo caso, los de éste me parecen nimios para lo mucho que puede, por el contrario, aportarnos.
  • ¿Siempre te metes así de lleno en los libros de la gente? ¿O es que crees que hay un destino detrás de unas cuantas palabras?
  • Me gusta que me preguntes. No, no creo en el destino, sí en la conjunción de azares.
  • Pero no es un azar que tu me hayas elegido para acercarte. Lo has hecho conscientemente.
  • Te equivocas. Sí que lo es. El azar me colocó a una chica guapísima delante, que curiosamente estaba leyendo el mismo libro que yo hace algunos meses. De otro modo, no me hubiera acercado a tí.
  • ¿Y te interesa saber lo que pone en un libro que ya has leído?
  • No, me interesa saber como el juego casa las palabras de dos libros totalmente distintos, como dos vías de tren  que confluyen y dan lugar a otro recorrido.
  • Eres zalamero, de nombre, ingenioso. Está bien, jugaré a tu juego.  ¡Empieza pues!

Él la mira sonriendo de forma interesante, se atusa el pelo, mantiene el silencio torrido del instante…y se dispone a leer.

Hiciste bien en quererme todos estos años pasados, todos estos años atrás… Seguramente no hayas hecho nunca nada mejor.

Eso es todo, he sido breve. – dice él.

  • Esta bien, me toca- contesta ella.

Jonh vio o supuso lo que me ocurría y por una vez me abrió su corazón, aquel corazón que normalmente tenía envuelto en una coraza. Con los corazones abiertos, el suyo y el mío, nos corrimos al mismo tiempo. Para él, esa primera apertura pudo y debió significar un cambio radical. Pudo haber marcado el inicio de una nueva vida juntos. Pero ¿que sucedió en realidad?

  • Para, no pases de página, Rita- dice él. Solo era el último párrafo.
  • ¿No te parece que se queda a medias en esa escena?
  • ¿Y a tí no te parece que ya casan los dos fragmentos perfectamente? De alguna manera mágica pueden dar lugar a una historia de la que nosotros -y solo nosotros- podemos inventar el final.
  • Jajajaja…que oportunista eres. Es muy fácil que en dos libros se hable de amor, la posibilidad podría estar en un 70 a 30.
  • Naaaa, era una cuestión de azar, y las reglas eran esas. Podría haber salido algo aprovechable o podría haber salido una chufa. Reconocelo: La literatura fue agradecida con nosotros.
  • Y bien  ¿cual es el premio a esta batalla ganada de azares y letras?
  • Por lo pronto, unas cervecitas contigo, vale ya de achicharrarnos en pro de la cultura.
  • Jajajajajaj… ahí sí que me has ganado, campeón.
  • Jajajajaj…. ¡vamos! por cierto…me llamo Óscar.

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El ingenioso V.

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Estabamos en esos famosos almacenes de corte conocido cuando, de repente, se me acerca V. (tocando como siempre mi pierna para acaparar atención) y señalando en la dirección de su mirada, me comenta  muy serio:

  • Mami, ¿ese hombre no tiene cabeza?

Lo miro con una sonrisa…

  • Es un maniquí, hijo. No la necesita.
  • Ahh, un maniquí- repite para sí mismo, muy lentamente, reflexionando a cerca de la palabra en cuestión.
  • Pues el maniquí tiene frío, mami.

Miro hacia el muñeco. Esta forrado de ropa. Esa manía de vendernos prendas que no casan con las temperaturas del momento.

  • Eso es porque tiene que ir elegante y donde va hace frío- le digo, examinando para mí misma si la elegancia es eso, la representación de una chaqueta y no mucho más.
  • Mami, pues yo le voy a poner una cabeza grande y gorda. No puede ir sin cabeza.
  • Es verdad, V. No puede ir sin cabeza por ahí, ¡que estropicio!. Eso si que no es elegante.

5 minutos después….

  • ¡¡Mami!! mira ¡¡¡un maniquí con cabeza!!- grita efusivo ante el gran hallazgo. Tiene ojos, boca, pelo, cejas…  y….mira ¡ tiene un moco!.- señala, hurgando en la  disimulada nariz del muñeco
  • ¿Un moco?- le pregunto sorprendida, aguantándome la risa que achuchaba como un tren.
  • Síiiiiiii, tiene frío y tiene un moco…
  • ¡Vaya! ¿necesitará un abrazo?… pregunto, consciente de que a veces la ropa no es suficiente abrigo para el cuerpo.
  • Sí, sí, sí, mamá…¡un abrazo grande de oso es lo que necesita!

 

Aquellos. Nosotros dos. ¿ O eramos realmente tres?.

El ingenioso V. y yo entregados en cuerpo y alma a la energía y ponderación del abrazo. Sopesábamos los pulsos de un corazón de maniquí. Muy probablemente observados y etiquetados como clientes no deseables. O quien sabe, quizás donde más se vigilen las formas, esas imágenes sean lo esperado y memorable.

 

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¡Qué vida dan las vueltas!

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De vez en cuando gusta que te digan cositas ricas ¿y a quien no?, aunque solo de vez en cuando…que las vueltas innecesarias ya sabemos que marean.  Eso sí, ni las féminas somos siempre las pastelosas poéticas enamoradas hasta de la brisa, ni los hombres los prácticos cazurros simplones, incapaces de decir algo dulce. Pero tenía que forjarse el chiste, lo aplaudo. Me he reído un montón ¿para que os voy a engañar?. Aunque el bigotillo ese más que distinguir, sobra…
Lo mejó de lo mejó : que exista complicidad para pasar de uno a otro extremo con confianza, sin perder la sonrisa. (aunque se inviertan los papeles).

¡Y que viva la diferencia y el amor!.

 

 

Solsticio. Verano. Años. Universo.

 

 

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Es raro el año en que llega el verano  y me mantengo ajena a los pensamientos que estas fechas van escribiendo en mi cabeza. Observo que es un tú a tú placentero en el que la estación y yo vamos conversando. Y aunque lo pareciera  nunca es igual lo que me cuenta.

Salgo a tumbarme bajo la cúpula de la noche o navego lo que solo son unos pocos metros cuadrados de agua, y no, no es para contar estrellas o pedir deseos, sino procurando buscar algo de fresco y sosiego a estos días que están siendo más hijos de Julio que de Junio.

Observar un techo así inmenso sobre tí mismo, es un ejercicio de liberación y tiempo. De repente él te saluda y lo tienes  abierto de par en par como un balcón, escuchando de sus latidos y, a pesar de esa facilidad engañosa que es mirar, cuesta dejarlo ser en su máxima u ofrecerle de buenas a primeras, las riendas para que te sacuda.

Imagino que pueda ser un resquicio de orgullo humano,  la creencia de que mientras el día te hace sentir la heroína dueña y señora de tus horas, la noche viene y te despoja de las certezas, mostrándote a placer la perspectiva opuesta de la hormiga. Que  no somos nada más que un minúsculo punto de luz a comparación de ese universo que unos ojos  ni siquiera pueden  acaparar.

Bajo mi cuerpo, tendido en horizontal,  al otro lado de la esfera, se sienta la luna. La presiento en la cara opuesta de  este globo con su luz genuina y amarillenta, esperando ser descubierta. Ahora allí: lejana y usurpadora, más tarde aquí tangible y  amable,como una madre.

Reflexiono sobre todo cuanto en la vida se riega de esa doble paradoja,  de esas dos mitades equidistantes que poseen las verdades que más me enseñaron: el dolor- la alegría, los sueños- las desilusiones, los amores- los desamores, la paz- la inquietud, la salud- la enfermedad… . Hasta la palabra verano me parece que representa una fracción contraria , un punto en el centro del calendario trazado para avisarme de la linea divisoria, de que siempre se ha de cortar la naranja  para degustar las dos mitades  del jugo.

En estas fechas me pongo tontorrona, ¡lo se!… me adhiero a la vieja calma de la noche y veo cuanto soy de espejo de mis batallas y cuanto de universo que ha sido tocado por el azar. Observo como los días han traído el aire cálido del solsticio, las olas que a borbotones nos levanta la alegría,  las toallas que acaparan la hierba seca,  el alcohol a deshoras, la mesa entregada al placer y desorden, la música de un piano que atesora los besos de los amantes.

¿Y no es esto  que ahora pienso otra cosa que una pequeña gota de mi universo? . Un cosmos inquieto y travieso que imagino siempre en constante expansión. Como la reunión de lunares de mi cuerpo sobre los que voy acariciando rincones de mi historia. Con ella acerco mis dedos a una cifra, a unos años ,  a un quizás -y con suerte- solo la mitad de una vida.

Esta estación recién estrenada es como la tarta dulce que me trae a mí misma por entera en la noche más corta. Con mis  deleites  y amarguras,  con las cerezas y sus huesos,  con las velas y la oscuridad,….en definitiva, con todo ese haz de luces y sombras que siempre he sido yo.

¡¡Ay, el verano!! ¿Como no amarlo?. Siempre tan contradictorio y poético como  yo le dejo ser. Me divide haciéndome gajos y soplándome penas,  mostrándome cuantas soy, he sido y seré a través del tiempo.

…Aunque esta ultima parte me sigue pareciendo una incógnita cegadora y  prefiero que así sea,  un viaje enigmático hacia un universo tan singular como apasionante.

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Líquida la noche

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Se escurre el sudor.

Embota.

Galopa mis poros.

Aplasta mis sentidos y me nubla la razón.

La piel mojada.

Los pies descalzos. 

Escucho nostálgica las señales del verano.

Camiones de basura yendo para el vertedero

la  media luz de la farola,

los ruidos de la madrugada.

La gente que dialoga en sueños.

y el agua obscena de la piscina

invitando a su banquete.

El tiempo se vacía por los rincones

como gota que atraviesa el estío y se llena de suciedad

sin yo poder aclararla,

sin tú poder detenerla

la fragua que de la fuente mana…

y se desangra

la neblina gris de tus ojos

se cuela por mi boca como un veneno.

Hoy se te olvidó – otra vez- besarme.

Yo era como una pompa de jabón

y temías que tocarme fuera el fin de la infancia,

sentías pavor de que vertiese mis entrañas sobre tu ciega armonía ,

que me evaporase con el aire brillando hasta el exilio.

Quizas el espanto fuere otro.

Puede ser.

El frente a frente.

El pensar en el escenario.

Las lunas de hoy cayéndose

sobre los espejos del antes,

 luces en el techo, arañas y  mosquitos,

toda esa atmósfera evidenciando las carencias,

y nuestra incapacidad de reírlas.

Afluente loco, potente, arrollador…

ven aquí a llenarme de escarcha y de frío 

como la lagrima de una mujer

capaz de embeber el universo.

Quítame este fuego 

que arde en los confines de mi memoria.

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Conexiones

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Podría hablar de como mis ancestros -hábilmente-
estudiaron los  materiales para dar con la formula correcta de guiar los elementos,
hasta hacerlos parte integrante del medio
sin que la naturaleza los aniquilase.
De como estudiaron los huecos y las formas,
y de cuantos derrumbes hubieron de levantar
hasta dar con la plenitud de la solidez.

 

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Podría hablar de esas flores que a ningún poeta inspiraron,  
de sus olores anodinos que no llegarían ni por asomo a ser la nota contenida de un perfume,
de la olvidada geometría que respiraban sus racimos de antenas y filamentos,
trazando esquemas que entre mis ojos y el ocaso se van marchitando.

 

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Podría hablar de como Junio atiza con su sol inclemente los pastos,
hasta colorear de amarillo pajizo la hierba que ahora cruje bajo mis zapatos.
Hablar y hablar, tal como camino y camino,… sin tiempo ni ruidos,
hasta dar con un movimiento que me hace sospechar que alguien -con disfraz aranero- quiere alientar mis pensamientos.
Y es fácil que justo aquí,  lejos del mundanal abismo de humanidad y prisa,
me sea más irrisoria la idea de todo cuanto a nuestro alrededor fluctua…y es imposible detener.

 

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Podría hablar del hambre.
De los frutos prohibidos.
De las manchas que van dejando en mis manos y luego quiero lamer.
De la acidez y de la dulzura
o del punto exacto en el que una lengua se confabula con el gusto
para mandar cerrar unos ojos a placer.

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Podría hablar de los bailes y de las luces que conocieron las ruinas de estas tierras,
confundirlas en medio de los arrabales de mi presente,
hasta llegar a la danza que ahora el viento traza  sobre el forraje.
Hacer que las luces de los candiles  -antaño iridescentes-
fueren como este cielo que de repente me colma,
pintor de tonos a relevo de un sol fatigado.

 

 

 

Y aunque podría hablar y  hacer poesía de lo cercano…
¡qué más da!
si las conexiones que se me vuelan y las que callo
todavía me llevan a tí.
De un modo caprichoso y enigmático.
Así como reliquias de un sarcófago rojo. 

 

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Me sacó de mi fría casa con el calor de su mano. Me llevó a toda prisa por esas calles por las que nunca había pasado. Con temple y sin aspavientos tiraba de mí y me apretaba su prisa, el sudor de su piel era un volcán que se acoplaba a mi escarcha. Atravesamos puentes, escaleras, calzadas ¡tantos mundos desconocidos para mí!. Luego se nos fugó el sol. O nos cubrió algún techo de sombra que percibí como una cueva. Iba mirando por las rendijas lo que ella me iba dejando… había música y olores desconocidos y gente aparenciéndose en los espejos… 

Recorrimos un gran pasillo atestado de objetos inquietantes y percibí como me abandonaba en aquel agujero. Con que dejadez su mano dejó de ser, y me noté tan sola. ¡En un socavón tan grande como extraño!. Alguien debió avisarle que no era un lugar hecho a mi medida, que yo no era como las demás ni tenía las formas estudiadas para ser un cuerpo estándar comportándose según leyes de gravedad naturales.

Alguien, pero nadie se lo dijo.

En cambio empezó a correr y a correr, desentendida de mí, como si el mundo se acabase en alguna parte…y yo empecé a resbalar y resbalar sintiendo el embiste de su determinación….

Caí al fin desplomándome bajo sus piernas, apunto de enredarla con mi batacazo. Con el impacto quedé inmóvil sobre el suelo, sintiendo como me taladraba su iracunda mirada,

…  Y doliéndome aún de mis magulladuras, la escuché exhalar:

¡maldita botella! ¿porque no puede ser como las demás y estarse quietecita en la cinta?

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Lo que aprendí tras la barra

No soy maestra en el corazón- la oí decir– pero si te puedo decir que he sido (hasta ahora) una buena alumna.

En la barra, desplomado, un joven con rastas escuchaba compungido las palabras de la camarera. Yo tomaba mi café de cada tarde y no pude evitar prestar atención al discurso tan interesante que mantenían.

Te diré lo que me hubiera gustado que me dijeran. Yo, que he vivido décadas enteras detrás de esta barra, como escuchadora, consejera o búho del insomnio, como papelera de tantas y tantas historias sobre corazones arrugados que han llegado a mí hasta enriquecerme. Te diré que me parece eso a lo que todos llaman amor.

Y es que sin ser algo físico, se palpa por los cinco sentidos: los ojos, ¡que brillan más!,  los olores de la persona (aún sin ser agradables) nos conquistan, esas leves caricias que nos elevan el vello, la voz que sale por unos labios  y  nos tranquiliza, y…¿que me dices del sabor de sus besos? ummmmmmm…

Ay! toca suspirar….¿quieres saber más?

El amor es como un ser vivo, nace, crece, se reproduce y, lo siento mucho, pero muere. Cada ciclo hay que vivirlo intensamente sin intentar detener el tiempo en ninguno. Todos tienen su sentido y no hay que hacer trampas tratando de estirarlos,  tan solo alimentarlos para que duren lo máximo posible, porque de eso se trata cuando queremos a alguien y ese alguien nos quiere. Te repito: CUANDO QUEREMOS A ALGUIEN Y ESE ALGUIEN NOS QUIERE. Si no es recíproco, de poco sirve y el fin está garantizado. Podría extenderme más pero quiero llegar a la última etapa, esa tan dolorosa en la que el amor muere. ¿Como saberlo?.

¡Es tan sencillo y complicado!, otra contradicción puñetera de esta vida.

Debes fijarte en los signos delatores, esos  que resultan incuestionables y que caen por su propio peso. La persona que te quiere bien, no te insulta, ni te menosprecia, ni te hace sentir inferior, ni te engaña, ni juega a darte celos, ni te hace dudar, ni te quiere  hoy y mañana ya veremos, ni te expone a situaciones peligrosas, ni te hace la persona más feliz tres días y la más desdichada quince. ESO NO ES AMOR. Eso tiene otro nombre, ponle un D.E.P. a esa relación si te han tratado así. Y huye, huye de algo que está muerto.

Porque tú eres una persona llena de vida y te  quedan todavía muchos tramos que cruzar. No tengas miedo,  solo haz acopio de valor. Eso que llevas dentro un poco dormido. Zarandea y despiertalo para que sepa que no estas dispuesto a rendirte.

Y pase el tiempo que pase otro amor llegará, nacerá y crecerá. No lo dudes. Recuerda que según como lo alimentes, durará. No te olvides de los signos positivos que va dejando en tí, son la prueba más fiable de que está vivo y te colma. 

Y no hay más. Bueno sí, en realidad, ¡muchas más cosas!… pero ahora te toca descubrirlas a tí.

 

No me quedó más remedio que aplaudir aquellas palabras, aún a sabiendas de que descubrirían que había estado poniendo la oreja. ¡¡¡Mecachis!!!, aquella mujer había resumido con tantísima cercanía lo que yo pensaba que de repente se me fugó la vergüenza. Los dos se volvieron para mirarme.  Rió la camarera y al instante, el chico.

Había en él ya, como en su vaso, menos posos de pena.

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