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Líquida la noche

paisajes de noche con figura humana

Se escurre el sudor.

Embota.

Galopa mis poros.

Aplasta mis sentidos y me nubla la razón.

La piel mojada.

Los pies descalzos. 

Escucho nostálgica las señales del verano.

Camiones de basura yendo para el vertedero

la  media luz de la farola,

los ruidos de la madrugada.

La gente que dialoga en sueños.

y el agua obscena de la piscina

invitando a su banquete.

El tiempo se vacía por los rincones

como gota que atraviesa el estío y se llena de suciedad

sin yo poder aclararla,

sin tú poder detenerla

la fragua que de la fuente mana…

y se desangra

la neblina gris de tus ojos

se cuela por mi boca como un veneno.

Hoy se te olvidó – otra vez- besarme.

Yo era como una pompa de jabón

y temías que tocarme fuera el fin de la infancia,

sentías pavor de que vertiese mis entrañas sobre tu ciega armonía ,

que me evaporase con el aire brillando hasta el exilio.

Quizas el espanto fuere otro.

Puede ser.

El frente a frente.

El pensar en el escenario.

Las lunas de hoy cayéndose

sobre los espejos del antes,

 luces en el techo, arañas y  mosquitos,

toda esa atmósfera evidenciando las carencias,

y nuestra incapacidad de reírlas.

Afluente loco, potente, arrollador…

ven aquí a llenarme de escarcha y de frío 

como la lagrima de una mujer

capaz de embeber el universo.

Quítame este fuego 

que arde en los confines de mi memoria.

paisajes de noche con figura humana

 

 

 

 

Conexiones

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Podría hablar de como mis ancestros -hábilmente-
estudiaron los  materiales para dar con la formula correcta de guiar los elementos,
hasta hacerlos parte integrante del medio
sin que la naturaleza los aniquilase.
De como estudiaron los huecos y las formas,
y de cuantos derrumbes hubieron de levantar
hasta dar con la plenitud de la solidez.

 

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Podría hablar de esas flores que a ningún poeta inspiraron,  
de sus olores anodinos que no llegarían ni por asomo a ser la nota contenida de un perfume,
de la olvidada geometría que respiraban sus racimos de antenas y filamentos,
trazando esquemas que entre mis ojos y el ocaso se van marchitando.

 

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Podría hablar de como Junio atiza con su sol inclemente los pastos,
hasta colorear de amarillo pajizo la hierba que ahora cruje bajo mis zapatos.
Hablar y hablar, tal como camino y camino,… sin tiempo ni ruidos,
hasta dar con un movimiento que me hace sospechar que alguien -con disfraz aranero- quiere alientar mis pensamientos.
Y es fácil que justo aquí,  lejos del mundanal abismo de humanidad y prisa,
me sea más irrisoria la idea de todo cuanto a nuestro alrededor fluctua…y es imposible detener.

 

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Podría hablar del hambre.
De los frutos prohibidos.
De las manchas que van dejando en mis manos y luego quiero lamer.
De la acidez y de la dulzura
o del punto exacto en el que una lengua se confabula con el gusto
para mandar cerrar unos ojos a placer.

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Podría hablar de los bailes y de las luces que conocieron las ruinas de estas tierras,
confundirlas en medio de los arrabales de mi presente,
hasta llegar a la danza que ahora el viento traza  sobre el forraje.
Hacer que las luces de los candiles  -antaño iridescentes-
fueren como este cielo que de repente me colma,
pintor de tonos a relevo de un sol fatigado.

 

 

 

Y aunque podría hablar y  hacer poesía de lo cercano…
¡qué más da!
si las conexiones que se me vuelan y las que callo
todavía me llevan a tí.
De un modo caprichoso y enigmático.
Así como reliquias de un sarcófago rojo. 

 

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-Anoche-

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Aún la arena no tenía ese calor residual típico del verano.  Aunque el sol empezaba a querer colarse temprano, la maraña espesa de nubes seguía dominando el cielo. Me quité las botas y recorrí la parcela de arena que lindaba con el mar. Buscaba la línea divisoria que aún no había sido tocada por la espuma, la grava virgen, intacta todavía del baile del agua, mientras mis pies se iban rindiendo a las caricias de la tierra suelta. Iba  dejando  tras de mí surcos de apariencia inamovible, que no eran sino estelas de caminos espontáneos sobre los que no prestaba atención. Tenía los ojos nutridos en el horizonte, al que no alcanzaba a poner finitud, ¡eso es lo que hacía! mirar lo inabarcable sin atender a mis huellas. ¿Habría captado ya la parte indómita que hay detras de cada senda?. La arena escapándose entre los dedos era la imagen que clarificaba la idea.

Sentí volar mi alma en aquel espacio, como una cometa ansiosa ante la obertura, con todos sus hilos y volantines prendiendo por primera vez el cielo, maravillada con el inquieto nerviosismo de la milocha recién estrenada. Y allí, bajo la bóveda de aquel cielo de juguete comprendí cuanto te quise, ¡ fue allí donde fui consciente de lo insondable que puede llegar a ser un cuerpo!… y lo supe porque yo ya no sentía como mía la piel que te besó. Era en mí misma nueva y desconocida, tersa y nublada como aquella cometa brillante sin rasguños. Habían ardido sumas de instantes, el recuerdo de olores, sabores, y palabras, el delirio de los ojos…había ardido hasta la saliva en una fogata de sal y tempestad. Y esa nueva nada ante mí se colaba en una mezcla contradictoria, una esencia de inquietud y regodeo, una mezcla de jubilo y desazón como quien por vez primera contempla el mar.

Comprendí las dimensiones que tomaste en el sueño, al que yo puse silencio y melodía sin prestar atención a la leve fragilidad de la sinfonía que nos iba meciendo, eramos las notas discordantes de una música abocada al estruendo. ¡Y como la armonía mudó  pronta a la voz del estrépito!. Así como este espejo de agua, ora calmada, ora salvaje.

Fue durante un tiempo nuestra perdida como una onda en mí, una rueda que encontraba ecos allá donde yo fuese. Y me era tan complejo desprenderme de todo aquel equipaje, quería que todo se lo tragase el agua y sin embargo permanecía aferrada a la llama oscura. No eran espinas o veneno, era yo contra mis elementos intentando amarrar las velas de la barca desbocada.

Soñé  sin comprender -anoche- que volvía a manejar la barca enajenada, que me adscribía a algún viaje del que yo no tenía conocimiento y esta vez, quieta y mansa, me hallaba sentada entre caras desconocidas que me obligaban a buscarte. 

Contemplé al albor de este paseo, desmigajando el sentido al sueño, que la memoria no deja de ser un templo que, entre la aplastante lógica y raciocinio,  arrastra un instante de regodeo, abriendo la brecha que nos hace olvidar los frutos beneficiosos del olvido. 

Es esa grieta como una puerta al pensamiento, que deja colarse el viento árido y desértico trayendo esquirlas con olor a humedad. Y es tambien volver la vista atrás y resituarse, respirar la belleza de la magnitud, recordar la carcasa que el tiempo construyó alrededor. Al fondo, el coche, mi casa, la guarida…

Recuerdo que- anoche- antes de temblar leía: “decir adiós es como tener pájaros feroces en las manos”.

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El concierto de esa noche

A ti, que tiñes las cuatro esquinas de este cuarto

que fuiste mía y luego… ¡no recuerdo si derrota u olvido!,

vuela lejos donde yo no te encuentre

deja de posarte sobre este árbol viejo

y hacer de su sombra lúgubre, tu cuna.

***

A tí, que has sido niña, mujer y luego madre, 

que has ido al lugar donde nunca volver,

donde la madrugada todavía exige y derrama estrellas

olvida lo que viste en el espejo de las cien noches

los rostros que te abrumaron y aún gritan, 

los astros que como mil llamas vistes arder,

el concierto de ese otro mundo.

**

A tí, que te vestiste con harapos de ceniza

e hiciste de tu ser un cuerpo impenetrable

deja que el sol cuele sus horas y joyas,

que como un bálsamo entre al cristal,

vaya a tí y luego vuelva en su incansable oportunidad,

posándose desde las arrugas hasta el infinito:

de repente, tu desnudez

**

¡deja el alma tranquila sobre la cama deshecha!

y que el cielo azul revele la soledad

que dejaron tus brumas.

 

A tí, Tierra.

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Ya, ya se me cierran los ojos.

Ya, ya se me duermen las manos.

A hombros llevo el cansancio de nuestro encuentro

Y mis oídos todavía tararean tus silencios.

Mecías la ausencia entre fardos y frutos

y a tí me agarraba yo,

con la calma del lento hacer,

escurriendo el sudor por tus hileras

cantando al sol las fortunas del pan

trepando tu tierra bondadosa

(luz de trinchera y sabiduría)

que ha forjado mis años y  raíces

con los caprichos de tu siembra.

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Miradas

 

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Si abro el objetivo,

veo una muralla al fondo,

un par de miradas acercándose a ella, no más.

 

No os equivoquéis, que las miradas,

me dijeron que engañan.

El objetivo es tan mentiroso como la pupila,

un truhan capaz de guiñar con el mismo arte del ojo,

un mundo lleno concentraciones pequeñas,

con esencias de historias, desafíos y atisbos,

… y con todo y eso que lo hace tan particular,

encuentro ojos que entre pasos, se encuentran.

 

Me detendré a analizar la azarosa dirección de esa pareja,

la que transitaba por los alrededores de la Muralla

con andares inquietos,

engañando a los siempre contaminados ojos de la obviedad.

El sol aún esta alto para dibujar sombras– iba diciendo ella

los verdes  ya no se ciernen sobre la pupila – aseguraba él

el metódico delirio de las estaciones les era cómplice

¡qué curioso!

hasta la incoherencia de las bombillas

como ideas sueltas que nacen de la escritura traviesa.

 

Más adelante,

casi tentando los pies de la roca,

se halla escrita sobre resina la historia de un guerrero inmortal

Pero ella todavía es joven  para leer más allá de la espesura,

del boscaje que manejan las miradas a su antojo.

Tan solo su alma,

enraizada ahora a la poesía,

le hará contemplar con ternura

los desalojos del tiempo,

esos imperceptibles saqueos que va dejando a su paso cada invierno.

 

Capitán en mares revueltos

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A media tarde, con paso veloz y zapato gastado, bebía los sueños, bajo la mirada silente de mi madre; luego, ella desistía un momento y yo desataba el cordel que minuciosamente nos ataba, para perderme del rabillo de su dedo y capitanear el barco.

A lo lejos, se distinguían islotes, montañas e hileras de árboles jóvenes sobre un cielo impecable de verano; horizontes que ella, ahíta de calma, trataba de atesorar mientras surcábamos un mar de entelequia.

Y que podía hacer, sino dejarme hacer en sus brazos, tenderme al deseo de aquella caricia de modelaje  y perderme en la música -por extensión- de sus tres últimas lágrimas. Si acaso, despistarme un segundo  mirando la mariposa de altos vuelos o inquieto estudiar el frágil motor de una libélula, que mi madre no viese que me había dado cuenta de aquel minúsculo sonido que- cuando se aleja- produce la tempestad.

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Tan de prestado

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Tan de prestado se torna la noche,

implacable, fugaz, 

desnuda de toda suerte y calma,

con su reguero de sueños incumplidos

derramados como  sangre por la calzada siniestra,

vistiendo su hado negro

y su fatalidad entre los silencios.

***

Tan de prestado se vuelve la noche

cuando  en picado cae sobre nosotros

¡la noticia de esta maldita noche!

Y nos burla con ojos de oscuridad hipnotizante

haciendo realidad su pesadilla de albur,

…y sus lineas discontinuas,

…y su asfalto gris maloliente,

su última rubrica en el manuscrito llamado vida

firmado a sentencia y sin permisos.

***

Tan de prestado baila ante nuestros ojos 

la estupefacción tendída sobre la vía,

las luces destellantes,

el no te vayas,

el hálito de la ausencia,

el reloj parado,

la percepción de las estrellas,

la gravedad del abismo.

***

Tan de prestado grita la noche,

¿quien sino iba a amedrentar nuestros cuerpos?

¿quien sino iba a hacernos temer su voz déspota y quebrada?

Y  entre tanto,

nos vamos despojando de harapos

¡tanta cotidianidad!,

la cordura,  las prisas, rutinas de reloj…

¿Que importa ya nada si solo somos pasajeros de lo transitorio?

Nada representan ya la culpa o los errores,

más que migajas.

Nada los problemas que tanto nos desalentaron

con sus envases vacíos de nada.

***

Tan de prestado se va fugando la noche,

con su hazaña de dolor y mugre

entre las arenas,

obligándonos a mirar al sol en medio de tanta ruina,

tasando cada  nuevo amanecer como oro incierto,

y ya no nos despista,

ya no nos despista,

¡ya no más esta maldita noche!.

***

Pirata de ojos azules

 

Hay un pirata de ojos azules que se pasea por la orilla de mi casa.

Es un pirata pequeño, travieso, de ingenio dominante,

con el mar arremolinado en su pupila

y un barco de sueños por hilar.

A su corta edad ya ha conocido el sinsabor de las alturas,

las mieles del peligro,

las batas blancas.

Observo su cicatriz en la frente,

ondeando su piel como una basta línea de fuego.

La beso como al tesoro,

mientras señala con el dedo

y de su boca se escapa una tormenta… “pupa”.

Luego se esfuma de entre mis brazos,

como las olas,

que van y vienen para buscarme,

traviesa risa de espuma que  me salpica lo más hondo,

invitándome de nuevo a su juego de huellas, mapa y arena.