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…rojitas las orejas

Hoy os dejo con un blog amigo “cocinaparagordos” que ha tenido el honor de mencionar un trocito de mis relatos y colocarle ilustración al texto, conforme a lo que le sugiere. Me he puesto muy contenta (digamos que se me han puesto rojitas las orejas…jajaja) primero por el gran detalle y segundo porque todo lo que sea imaginación y creatividad, tiene mi admiración…y este blog es toda un joyita en ese sentido. Os recomiendo que lo visitéis si no lo conocéis,¡no os defraudará!

Y gracias por la parte que me toca, amigo.

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Más tarde cuando el juego ya ha acabado subimos a la torre y miramos al horizonte. Todavía llevamos la travesura cosida a la espalda mientras divisamos las primeras luces de civilización al otro lado de la montaña. Aquí se hace fácil vivir sin ideales impuestos. Da igual que no haya tostador, ni secador o que la wifi sea casi de chiste. Da igual que los besos por hoy se compartan, porque encierran cariño y esa es la idea.                         Mukali – mi camino buscando-T

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A un océano de distancia

A menudo cuando me paraba a fotografiar aquellos edificios me preguntaba que es lo que  atraía mi atención para terminar  siempre focalizando el objetivo en ellos.

La fotografía era a partes iguales, pasión  y trabajo: la verdadera culpable de mantenerme distraída el tiempo que andaba fuera de casa. Regresar al hogar había ido transformandose de un manantial claro y cristalino a un océano turbio de aguas revueltas.

James y yo nos conocíamos desde muy jóvenes. Nos habíamos dedicado media vida a querernos y  de un día a otro me ví en la tesitura de no saber quien era. Me sentía autóctona y al mismo tiempo, forastera de su vida.

Como había llegado hasta allí, me era una incógnita. De repente, un día lo encontré aferrado a una terrible desidia, deambulando puerta tras puerta de cada uno de los pasillos que nos separaban, como si a cada paso que yo daba, James se diluyera en una sombra que iba escapando de mi presencia.

Durante un tiempo creí que volcarme en el trabajo ayudaría a solapar las heridas que yo misma no era capaz de afrontar, que mientras estuviese distraída y con los ojos puestos en otros asuntos las cosas se solucionarían solas y el reloj de manecillas no andaría tan lento y abotargado.

Esquivar el dolor es un instinto con el que nacemos. El primer indicio de miedo y egoísmo es considerar que los acontecimientos van a remediarse por sí mismos. Estaba convencida de que James se recuperaría a su ritmo, de  otra forma no me hubiera encerrado como lo hice en mi despacho, auto convenciéndome de que así le dejaba libre para avanzar sobre aquel océano subterráneo, del que me veía incapaz de traerlo.

Una tarde, mientras trataba de fotografiar y entender las señales que habían dejado los canteros sobre las rocas de una catedral, una mujer (que parecía ser guía)  les iba recitando un poema a un grupo de turistas que curiosos escuchaban su voz en la antesala

” dentro de tí se abre, interminablemente, bóveda tras bóveda”

Me quedé pensativa unos minutos sin saber como reaccionar. Si las palabras fuesen liquidos, aquel día hubieran sido ácidos efervescentes que hendieron la grieta con la que ví diluirse mis certezas . Guardé la cámara y regresé a casa pensando en aquella poderosa frase. Supe que algo me estaba sucediendo .

Cuando llegué, James se encontraba en el mismo lugar de siempre, recostado sobre el sofá que daba al vano del jardín, con el sol trazándole figurillas sobre la cara y los ojos mirando en alguna dirección inimaginable.

Tuve  la convicción de cuales eran las conexiones o cabos que podía mostrarle, que no eran otras que las que yo dominaba:  la fotografía. No podía forzarlo a abrir las bóvedas si él no estaba dispuesto, pero sí podía hacerlo darse cuenta del letargo en el que estaba inmerso.

Aquel día, le pregunté si le importaba que le tomase algunas fotos. Antes de la enfermedad, detestaba ser el centro de mi cámara, pero esta vez se dejó.  Aceptó que me adentrase en él y no solo eso, la fotografía se convirtió en nuestra vía de conexión.  A través de ella navegábamos distancias y abismos e incluso, me atrevo a asegurar que de aquella manera, James fue más consciente de sí mismo y de todo lo que le estaba pasando.

Teníamos un libro sobre el que diariamente registrábamos sus cambios. De vez en cuando yo intercalaba aquellos retratos suyos con  fotos del mar calmo en sus veranos de infancia en Castine, junto con las mías en la ciudad de Portland con las aguas verdes y la arboleda. Le solía decir “Hay un mar que nos separa y nos atraviesa,  vamos a  ir prestos a recorrerlo”. Y de aquella forma, al hilo de pasado y presente, comenzamos a encontrarnos en algún punto del recorrido.

Mirarlo desde mi cámara me hizo comprender lo prodigioso que es detenerse en la profundidad de alguien, nunca hasta entonces había visto a James con tanta claridad a pesar de sus brumas. Tal vez resultó util aquel acercamiento para descubrir lo pequeños y lo solos que podemos llegar a sentirnos y lo necesario que es siempre tener a alguien que nos sepa ver (en el sentido más verdadero del verbo).

Al principio temí que mi cámara lo hiciese notar aún más acorralado, pero aquello nunca pasó. Verdaderamente le sirvió para conectar con partes de sí mismo que eran importantes de atender. Aquellas instantáneas fueron como las ventanas de Andrew Wyeth, pequeños instantes fugaces  que se abrieron  entre ambos mostrándonos el camino y la forma.

Ha pasado tiempo y, con la mirada repleta de un arte que aún nos abruma, hemos aprendido que determinadas vivencias pasan a un segundo plano cuando nos ocupamos de ellas y las miramos de frente. No se trata de recrearse en los momentos de pena, pero tampoco de huirlos.

Recuerdo cuando dijo… en mi psyque siempre existirán puertas cerradas y caminos cortados, ahora ya no trato de abrirlos porque entiendo que esos mismos entresijos existen en todas las personas y ¿sabes? tal vez así deba ser.

Creo que llevaba razón, no era un auto consuelo simple cuando las expectativas se nos truncan sino una reflexión que había elaborado a partir de lo vivido.

Por mi parte, he dejado de interesarme en fotografiar aquellas casas solitarias que por alguna razón, sin duda importante,  me atraían. .  No era su diferencia, sino su similitud lo que en aquellos días me preocupaba. Soledad y hermetismo, bajo el trasfondo de la inquietud que sentía hacia James, no podía verlas de otra manera más que con la mirada llena de preguntas.

 

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Y para acompañar relato e imágenes, ¿que mejor que el “these days” de Jon?. Un clásico de mi época…jijiji.

¡Que disfruteis del día!

 

 

 

 

 

Historia de una cueva un tanto peculiar

Erase que se era una cueva muy pequeñita y acogedora en la que un día decidieron convivir 32 gigantes blancos. Ninguno quería renunciar a las delicias de un lugar tan agradable, ni mucho menos abandonarlo, así que con el paso del tiempo, se fueron habituando a la angostura, tomando cada cual su gesto y  su manía y procurando darle vida a su pequeño rincón.

El caso es que no podían apenas moverse y si lo hacían debía ser de un modo tan sutil como inapreciable… pero daba igual, ellos se sentían felices en aquella vaguedad enfilados de ese modo tan poco armónico. No tenían que preocuparse de los modales y cada uno regía achuchando al otro, en un tira y afloja sin norma, en el que solía ganar el más fuerte.

Había dos habitaciones en la cueva. La de arriba gozaba de más espacio pero la de abajo era un caos absoluto. Los gigantes que habitaban la segunda vivian muy estrechos, aunque disponían de una gran intimidad. Los que frecuentaban la de arriba estaban más expuestos y tenían que cuidar su apariencia, esa era la pega……Lo bueno y lo que de verdad atesoraban eran las vistas y el cotilleo.

Por si alguno no se enteraba de lo que se cocía en el exterior, Doña Babosa, que era la dueña y señora de aquella cueva, les traía noticias a todos al instante. Ella se movía a la velocidad del rayo y era capaz de contorsionarse sobre sí misma, algo que no todas las babosas de su especie sabían hacer.  Era tan desvergonzada como cariñosa, así que nunca olvidaba a sus gigantes y los acariciaba uno a uno como si fueran sus hijos. Los gigantes adoraban verla llegar cargada de dulces manjares que luego degustaban todos juntos en un banquete sin fin.

Un día -de repente- pasó algo inesperado en la habitación de arriba. Los gigantes empezaron a quejarse de que habían colocado vallas y barrotes metálicos para delimitar sus posiciones. La intención -según fuentes secretas- era leerles la cartilla a aquellos tunos para que ninguno tomase el ordeno-mando y se hiciese con el poder de la cueva.

Los de abajo, al enterarse, como eran egoístas e ignorantes siguieron forcejeando sin ningún tipo de conciencia, pensando que aquello no les sucedería a ellos. Ahora si que estamos bien- se decían… esta habitación es lo más… aquí nunca sucederá nada.

¿Cuantas veces pasan estas cosas en los cuentos? ¡por ignorantes, premio!….valgame que tambien es extensible a la vida real. Si es que no se puede presumir, compañeros.

Total, prosigo…ya estamos casi rozando el desenlace.

La habitación de abajo estaba a punto de convertirse en la habitación del pánico. De pronto, sin avisar, entraron unas supermegamaquinas de lo más estratosféricas que por sus respetos se pusieron cabezonas para ir a por dos de los gigantes más representativos. Tenían la orden secreta de eliminarlos sin ningún miramiento y de golpe. El currículo de estos chicos era impecable, llevaban años y años habitando aquella casita, pero nada de eso importaba. Los arrancaron de su tierra y corrieron los ríos de sangre. ¡Dios mio!¡Que dolor y pena más grandes!.

Durante las 24 horas que sucedieron al desastre, el vacío y la oquedad se apoderaron de la cueva, al igual que el silencio. Doña babosa apenas musitó palabra alguna, ni trajo comida para los demás. Estaban todos impactados y descolocados con el asunto, miraban alrededor y solo veían las huellas de la desgracia.

¿Que iban a hacer con aquel espacio tan enorme? Acostumbrados como estaban a vivir en un peo …. ¿En que medida era prospera una postura tan radical?

Nada sabían de nada. Futuros inciertos. Solo podían detenerse a mirar la herida.

Tristeza y agotamiento, a ración doble… como aquel par al que nunca más volverían a ver.

A pesar de todo este no es el final …

tenían que seguir,

algo les decía que tenían que seguir como seguirá este relato….. si la escritora no espelecha, claro.

 

++++++++

* A mis dos gigantes grandes que ya no me acompañan en el camino les escribo este simpático cuento desde el cariño, homenajeando toda su presta labor. Que sepáis que os hecho muuuuuuuuuuuuucho de menos, que los cambios que ahora me visitan espero que algún día me serenen (esto es una puta mierda no es vida!) y que no es culpa vuestra sino de la cueva que no daba más de sí, la jodía.

Voy a tener que entenderme con el resto de blanquitos que ahora ven en vuestros huecos una fiesta que montar y bailan- los graciosillos- a cada poco. Confío en que todo vaya a mejor y las heridas terminen por cicatrizar, os guardo con cariño bien escondiditos, como cuando era enana y os colocaba bajo la almohada para que Pérez me trajese una moneda.

Solo que ahora no hay moneda, ya se….. ibuprofeno en vena y santas pascuas.

A dormir.

 

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Los besos de carnet

 

Somos como niños traviesos. A la sombra de las encinas el sol se filtra con la temperatura exacta para dejarnos ser. Bebemos igual aunque seamos diferentes.  Sentimos que algo detrás de cada muro individual, nos une poderosamente. Ha de ser la picardía que nos sale de serie al descorchar los recuerdos que nos enlazan. Esos eslabones forjados a base de vivencias y amistad nos pertenecen casi tanto como las risas que ahora mueven el reloj sin que nos demos cuenta. En mitad de esta llanura, más allá de donde las vacas pastan y los ciervos merodean entre los pinos, encontramos el goce en las viejas costumbres, dejando que se nos cuelen lentos los deseos y traviesas las palabras.

Los instantes de oro son descabelladamente crueles porque pasan rápido sin que puedas atraparlos para siempre. Después no resultan más que materia de invención y carne de melancolía. Yo lo se y me entristezco por segundos, deambulando absorta en ese pensamiento. Luego vienen otras cosas y ya ,… todo pasa, todo acaba… hay que pescar el tiempo cuando viene rodado.

Estamos a mitad de una vida y el reloj prosigue su viaje, pongamos que los niños que nos precederán corretean felices por la finca inventando juegos. Nosotros hacemos lo mismo con las cartas que nos va dejando tras de sí los años:, la responsabilidad, la experiencia, o  el descaro de trasgredir cada vez con menos reparo la norma.

Ahora mismo esos miniyos ni nos ven, ni nos oyen…si lo hicieran sentiríamos su presencia como la sombra siempre vigilante de nuestros padres, pero no es el caso.

Ya nos van necesitando cada vez menos y -a veces- los dejamos que se las apañen. Crecer también es investigar a tu aire. Hay días que hay que relajarse y olvidar las costumbres del deber, las nuestras incluídas,  puesto que probablemente sean las peores.

Con las copas casi vacías, gallinas y gatos revolotean a nuestros pies buscando granos de arroz perdidos…Al fondo suenan las ovejas y de cerca mi pequeño altavoz nos trasporta, es la música que nos vió nacer y besar, con la que los obligo a levantarse y bailar.

En medio de un ambiente tan paradójico, puedo sentir el palpito agradable en el que el alcohol te va abriendo sus alas y te dejas mecer, sabiendo que la conversación y la charla van rozando cotas interesantes.

  • Sólo se que soy mala- les digo para provocar. Lo se y lo se. – ratifico cerrando los ojos y mirando hacia la mesa, mientras me sale sin querer la sonrisa.
  • ¿Porque lo piensas?- pregunta Carlos, haciéndose el interesado al tiempo que agota el ultimo poso de whisky.
  • Porque se me acaba de ocurrir un juego al estilo de aquellos que inventábamos los seis- Me mira … no necesitamos aclaraciones…
  • Fueron tiempos magníficos- añade Arturo- ¡aquellos tangas del mundial!… claro que ahora estáis más buenas todas.
  • Más buenas y más petardas que nos volvemos- ríe Isabel, giñandole un ojo a Arturo.

Les cuento mi idea, escuchan atentos los cinco. Sobre la mesa hay un montoncito de dnis con los que ayer acreditamos la factura de nuestra estancia en la casa. Todavía siguen  apilados ahí encima, como si la diversión de habernos reunido no nos hubiera dado tiempo a guardarlos, como si hacerlo nos condujese  a nuestra faceta más seria.

  • ¿Veis esto?- les digo enseñándoles los carnets. Como parece ser que no os interesan, pongamos que esta tarde cobrasen un valor distinto. Yo los barajo y cada uno de vosotros debe coger uno al azar. El que te toque es la persona que en suerte has de besar. Así de fácil. Cada ronda ha de ser ligeramente diferente. Por ejemplo la primera , podrán ser besos en los labios, pero la segunda no, la tercera ha de ser alguna caricia, la cuarta una frase al oído…
  • ¡Madre mía, Lucía!. Tu no eres mala, eres buenísima-  me dice Arturo con la ilusión pintada en sus ojos de media luna.
  • ¿ Y si me toca una mujer?- pregunta Marieta.
  • Pues te aguantas, deben ser besos abiertos, sin convencionalismos de ningún tipo.
  • ¿Y si nos sale nuestro propio DNI?- añade Isa muy ávida.
  • Habrá que inventar algo para eso- digo – Id proponiendo…
  • ¡Un streaptease, por favor!- exclama Javier muerto de risa.
  • ¡Ni hablar!se vuelve a barajar, – añade Isa, aunque a Marieta parece no importarle.

La tarde se vuelve lozana y el cielo cautivador, como una mujer u hombre que se dejan. Se posan  urgentes la nube caricias y el vientecillo de besos arreciando vínculos y dejando revolotear las mariposas que llevamos escondidas dentro.

Lo que suceda en este valle es nuestro, aquí quedará prendido,  junto con los ganados y  mieses que nada saben. Van cayendo besos, risas, atrevimientos… algunas bromas sobre nuestra edad en las fotos y  la época a la que nos lleva, lo que parecemos y no somos…

Más tarde cuando el juego ya ha acabado subimos a la torre y miramos al horizonte. Todavía llevamos la travesura cosida a la espalda mientras divisamos las primeras luces de civilización al otro lado de la montaña. Aquí se hace fácil vivir sin ideales impuestos. Da igual que no haya tostador, ni secador o que la wifi sea casi de chiste. Da igual que los besos por hoy se compartan, porque encierran cariño y esa es la idea.

A estas horas, los niños ya piden bocado y en el cielo arremolinado y dulce se prevee la caída de la noche. De aquí a poco organizamos maratón de duchas y una fiesta de disfraces con la que divertirse de nuevo, buscando ser otros un ratito, en este finde de apegos y roces .

  • Voy a recordar estos días mucho tiempo-  confiesa Javier.
  • Es porque lo hemos pasado bien, ¿verdad?- le refiere Marieta.
  • No exactamente, no es solo por eso.- añade Javier- Tengo la boca escocía porque solo me tocaron barbudos, ¡menudo desgraciado soy!. Me voy con vuestro recuerdo en la piel, que lo sepáis… ¡afeitaros ya, coño!.

 

Reímos. Detrás los momentos cada vez nos parecen más pequeños y adorables. Como el paisaje de Sierra Morena que va perdiéndose diáfano en la luneta trasera del coche, volviéndose borroso entre la nube de polvo que vamos levantando a la vuelta, sobre la pista forestal.

 

 

 

 

 

Un streaptease desvergonzado a veces viene bien.

Empezaba a colarse por mi chaqueta. Ese frío confuso de octubre que me hacía andar  deprisa para torearlo. Iba mi mente en busca del calorcito de casa, para que engañarnos: iba buscando la cocina. Ummmmmm…!!! La mesa y el te humeantes entre las manos. Los mejores minutos del día .

Justo cuando iba a llegar,  ví algo en el suelo que captó mi interés. Fijado entre la acera y el muro, se debatía contra las leyes de la naturaleza. Y parecía espabilado. Miré alrededor y no logré encontrar su casa. Me pareció extraño. No recordaba haber visto un caracol sin concha, ¿lograría sobrevivir?.  Me agaché a observarlo de cerca, le tomé unas fotos …¡no se asustaba el valiente del juego de mis manos!.

A veces tenemos que despojarnos de mochilas,- pensé, porque pesa más la incomodidad que el abrigo que puedan darnos.

…. Luego supuse que la necesidad nos hace tirarnos al monte, volvernos  locos  y abandonar la dulce comodidad para seguir el camino…

Bien mirado, las razones de ese caracol para tan brava decisión, no las podría yo saber por más que supiese de biología y  moluscos…o estuviese haciendo una tesis de mañana a tarde.  Pienso: una parte de nosotros siempre permanecerá oculta aunque estemos desnudos.

Más tarde, ya en casa  mientras mordía con gana la tostada, sonreí levemente. Quizás el sabor de la fresa me hizo variar  la historia. Era como si lo hubiese escuchado en la calle tararear alegremente:

“¡¡¡Mundo, ven por mí, ¿ves? la fealdad no existe!!!.

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Tarde en el museo: encuentros, análisis, teoría y bromas.

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Al entrar en la sala donde se exponía la obra  de Conrad Roset, la descubrí mirando atentamente las pinturas. Bajo el foco, su pelo parecía refulgir un tono o más del suyo natural. Su cara era un espectáculo, permanecía impasible e inmóvil ante uno de los cuadros, intentando ver que se cocía más allá de su mirada y el papel.

Llamé su atención. Me reconoció al instante. Hola, ¿Que te trae por aquí?– me preguntó. “lo mismo que a tí, supongo- . Pura ociosidad.”

Ella volvió a mirar hacia la hilera de pinturas. Parecía que la hubiera despertado de algún pensamiento y ya no pudiera regresar a él.

-¿Que crees que las une? – le pregunté, intentando traerla desde su ensoñación hasta mí.

  • ¿Qué? ¡perdona!– volvió la cara, frunció el ceño y me miró entre abstraída y confusa.
  • Te decía que qué piensas sobre las láminas, si crees que pudieran unirse por un mismo hilo conductor.

Hizo un breve silencio .

  • Es una pregunta interesante, pero compleja-  dijo pensativa. Luego volvió a callarse unos instantes y  añadió – La líbido y el misterio, tal vez.
  • ¿Te fascinan ?
  • Me fascina el magnetismo que tienen ambas, el poder sobre las emociones humanas.
  • ¿Y no podría ser  la sensibilidad y el placer?. ¿Que te hace pensar que hay algo irrevelable en todas esas imágenes?.
  • Su postura, no me refiero al desnudo, sino a su gesto. También el uso que hace el artista de los tonos neutros, como dejando entrever una reserva o extrañeza.
  • Es curioso, tú miras hacia dentro,  yo hacia fuera. Casi puedo imaginar la historia que se cuece alrededor de cada uno de esos instantazos… jejejee.
  • Vemos del color del momento en el que nos encontramos y vemos conforme a lo que somos y esperamos del mundo.
  • Eso es una verdad como una casa… ¿Te puedo decir tres cosas que también son verdad?
  • Siiiiiiiiii, adelante.
  • Uno, me gusta tu complejidad, porque es símbolo de vivencias y mundo interior. Dos, quiero colorearla y enriquecerla del modo más simplón que conozco que es invitándote a comer en la terraza de este museo. Tres, te he tomado una foto robada mientras estabas abstraída en el Conrad. 
  • Jajajajaj …¿y eso?
  • Pues mira, puro placer y sensibilidad hacia la chica ¡que te voy a contar!
  • Me parece bien. Tendrás que enseñármela, uno y borrarla si yo quiero, dos. De lo demás acepto a regañadientes…
  • Sí, sí, claro, mujer….

Se acerca a mí con un atisbo de desconfianza y ternura. Permanece atenta a mis movimientos mientras voy sacando la cámara y llego hasta la toma. Al verse, se le escapa una  risilla encantadora. Es este el momento en que más cerca la tengo, siento calorcito, puedo percibir en su melena ligeras notas de sándalo y almizcle. ¡Oh Dios!, A veces los hombres también nos derretimos.

  • Sabes? Me acordé al verte en esta foto de algo que leí hará un par de años.
  • ¿El qué?– pregunta removiéndose un poco, ahora la veo más ansiosa que nunca…y puedo saber que el  misterio del que hablaba en los cuadros, en verdad la posee de cara a la realidad.
  • Decía que según una teoría todos nacemos con una caja de fósforos dentro, pero que no podemos encenderlos solos… Necesitamos la ayuda del oxígeno y una vela. El oxigeno sería el aliento de la persona que queremos, la vela en cuestión cualquier tipo de música, caricia, palabra, imagen…etc, que engendrara una explosión. Por un momento nos deslumbra una emoción intensa y una tibieza crece dentro nuestro, desvaneciéndose con el tiempo hasta que llega una nueva explosión a revivirla. Cada persona tiene que averiguar que disparará esas explosiones que nutren el alma. Para poder vivir, ese fuego es necesario.
  • Es buena la metáfora, ¿pero que tengo yo que ver en ella?
  • Creo que contigo no me faltaría fuego para arder, sabes de la cantidad de oxigeno necesaria para que las cosas simples lleguen a emocionar.
  • Ahhhhhh, ¡vaya!…muchas gracias.
  • No solo mérito tuyo, ¿eh?…. ¡la chispa está en tu pelo!…jijijiji.
  • Jajaja…vaya, vaya, vaya. Anda, vámonos a comer echando mistos, antes de que me arrepienta, señor graciosillo romántico.

 

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Ella

 

Loui Jover - Tutt'Art@ - (15)

Escondida tantos días en esa guarida de la que solo ella tiene llave. Deseada por muchos, sentenciada por otros..se acostumbró a vivir sin medidas y sin medidas que llegó.

La observaba acercarse: transparente, danzarina, maestra; se deslizaba despacio, colándose a través de las rendijas de la noche, esa noche en que dormir no podía. Estaba emocionada y me desvelé. Su llegada desprendía una música y un olor tan particulares que se fueron colando cuan notas y aromas por toda la habitación.

Quería que él viniera a presenciar aquel momento, juntos hubiéramos sido testigos de su aparición enérgica, agazapándose entre nuestra piel, nos habríamos bañado en su recuerdo mundano y hubiéramos sido otros. Tal vez habríamos bailado hasta el amanecer ensordecidos por su canto y regodeados por su atmósfera tenue. Nos habría dejado su delicada luz. A pequeños sorbos. Esa luz que solo los amantes ven. ¡El gozo que nos hubiera entrado vestidos solo con sus sombras!.

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Miré por la ventana otra vez. Esta vez la sentí lejos y fugándose por entre los bosques. Embarraba terca los senderos y lo llenaba todo de lodo y niebla gris plomizo.  Los corazones se removían  cuando resonaba en ellos su gruñido. Ella, -decía el campesino – ¡ella es una atormentada!.

Entonces desee que estuvieras lejos y a salvo, que te protegieras de esa tristeza añeja que se había colado por un segundo entre mis ropas, poseyendo mi paz. Desee que no pudieras sentirla tal como yo lo estaba haciendo en ese momento, que no despertara en tí los fantasmas dormidos que ahora me apocopaban.

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De nuevo la vuelvo a mirar para leerla. Suelto mis ojos de todo recuerdo al que se han aferrado, y el huracán de hace un instante, se vuelve quietud.

Ella, que todavía siente, soy yo. No más que una mezcla de fascinación y espanto.

La otra es lluvia y la estábamos esperando.

Puede que estemos hechos en cierto modo de recortes. No vamos a negar que todo nos hace: tijeretazos, borrones… las notas a color. Loui Jover descubrió en eso belleza y realismo, vió que se puede pintar sobre montones de historias, mientras estas pierden interés, quedando huérfanas sobre un fondo relativo. Lo bello es que la palabra no pueda abarcar la fuerza de una imagen. Que sea demoledora y nos deje atónitos. Todos queremos vivencias así. Si pudiésemos aplicar esa enseñanza a la vida: dar a la palabra la importancia justa  y centrar nuestros esfuerzos en lo concreto: una mirada, un gesto; lo que es, es; basta un golpe de vista para saberlo. Puede sonar a redundancia y tontería, pero mientras lo dicho se  va quedando lejos y obsoleto, las pinceladas fuertes salen de nuestras acciones y decisiones que son capaces de crear formas únicas y dar sensaciones a nuestro lienzo.

Y todo lo que me enrollo para decir que Vivir es un arte. Todavía no presumo de saber hacerlo, …ando en prácticas, mezclando. 

 

 

 

 

 

 

Gentes

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Se había agotado el jamón ibérico, quesos, vino y cordero….también los helados y pasteles típicos que ponían la nota dulce. Los niños jugaban en la fuente, con los juguetitos adquiridos ese día; los adultos hacían cuentas sobre la cuenta.

Estábamos muchos, la cifra a pagar era ilógica…

¿Que pasa si descubres que el camarero se ha equivocado en la suma?  Dos alternativas. O confiesas y te muestras honesto, o te callas y te aprovechas de la coyuntura.

Las opiniones, como era de esperar, estaban servidas.  Por un lado, la mayoría opinó que lo ideal sería decirlo. Otros , en cambio, creyeron que lo conveniente pasaba por no decir ni muuu… y disfrutar de esos euros de más que les había “regalado” el azar.

“No somos iguales”- pensé. No solo eso,  además algunos desechan la posibilidad de mostrarse tal cual son, por inseguridad o para aparentar en sociedad. Me explico. Al principio dos o tres personas salieron rapidamente a cantar su decisión al grupo, parecían tenerlo claro. Muchos se dedicaron a escuchar sin más, para luego unirse a una u otra alternativa. ¿Realmente hacemos uso de nuestras ideas sin miramientos o solo mostramos a conciencia lo que nos conviene, para  beneficio nuestro y de la opinión pública?. En las reuniones sociales se ven mucho este tipo de discordancias, o yo soy rarita y me fijo mucho.

Observé a uno de los que preferían no decirle al camarero. Se había pasado toda la comida molestando al personal. “Traé ese plato si no vas a comer chuletillas, que se enfrían!”- le gritó a su amigo. “¿Estás majareta? ¡que espabilen y el dinero para nosotros!”- confesó al grupo, “Cómprale al nene ya una escopeta en condiciones, que lo vas a atontar”- le inquirió a una madre.

Evidentemente a este hombre, poco le importaba la opinión que tuvieran sus compatriotas de él… le sonaría a chino eso de la empatía. Se puede decir que era un fiel reflejo de sí mismo, carente de tacto, eso sí .

 

¿Es esa la moda que tantos florean hoy día? Ser, de frente, sinceridad sin frenos… ¿O se echa de menos otro tipo de integridad,  que refleje que sabemos ser y comportarnos como parte del entramado social?. En verdad, la realidad de los otros nos compete ( porque estamos hechos en el germen de la sociedad) y saber conjugar nuestras ideas con las de los demás haciendo uso del respeto, es la clave del buen vivir.

Bien, avancemos en la historia. Nadie sabe si la idea de sincerarse ganó porque la cartera está generosa en ferias o porque casi todos querían mostrar su buena voluntad para con el prójimo. El caso es que el camarero estuvo de suerte.

Nuestro amigo, el fiel reflejo de sí mismo, aún siguió haciendo de las suyas. Se dirigió a hurtadillas a la barra  (sin que nadie lo viese) y  ni corto ni perezoso le dijo al del bar que tenía que invitarle a las copas  gratis, por la sinceridad. (Esa que el mismo no había defendido y a la que ahora estaba poniéndole precio).

Hay gente que se pasa tres pueblos,- pensé… como el bebé desvergonzado del cuadro, no maduran nunca.

Hay otros que tratan sus ideas con la misma temeridad que el globo sobrevuela la aldea, nunca se atreve a aterrizar pero van meciéndose a merced de las corrientes de viento que más les convienen.

Por ultimo, están las voces cantantes que normalmente enamoran pero a veces también desafinan ¡y cómo!.

En fin, ¡qué extraña sociedad y cuanto teatro de gentes!. Me olvidé de los que más me suenan, los mirones incurables, esos que de tanto observar aprendimos a entretejer historias con las que encontrar sentido a esta trupe, multicromática y polisemántica, como el entramado de un cuadro…¡como la vida misma!.

 

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Cruce de estaciones

Le gustaba el verbo tender, en modo reflexivo aún más.  Cuando se percató que era eso lo que estaba haciendo y que era ese el matiz, se le coloreó una sonrisa. Todo aquello le recordaba una anécdota que había compartido con él. Extrañaba su risa, aniñada y desenvuelta, con un deje característico que se pegaba a la piel como la resina.

Miró hacia arriba: las copas de los pinos dibujaban una malla caprichosa en el cielo, como si alguien hubiese querido tejer esa tela azulada y amarillenta, que evocaba al otoño. El viento todavía soplaba cálido y los almendros ya empezaban a querer tirar sus frutos, que se abrían a través de la cascara intentando salir. Dejó a un lado el libro que estaba leyendo y estiró la manta para intentar mullirla entre el pasto. Al volver a tumbarse sintió como las acículas se clavaban en su espalda y se movió cuidadosamente intentando esquivar sus punzadas. Es lo que solía hacer con los recuerdos que había aprisionado, cuando se volvían hirientes miraba hacia otra parte procurando rehuirlos.

Ahora sus ojos se habían desplazado sin apenas darse cuenta y se descubrió a sí misma apuntando hacia la vereda, que conducía a la vieja casilla. De repente, la paz, esa paz condescendiente que la había acompañado en los últimos tiempos, se volvió incomoda y un arranque de locura  la instó a levantarse. Aparecieron ante ella flashes de momentos que había arrinconado… como quien guarda trastos viejos, gritos que había silenciado, sentimientos como valijas y enseres polvorientos olvidados y cerrados a cal y canto. Caminaba moviendo unas llaves que habían permanecido guardadas mucho tiempo. Sus dedos sudorosos sentían el tacto acre del oxido y el corazón, desbocado, agitaba sus pasos.

Al fin se halló frente al quicio de aquella puerta. Se detuvo un instante a reconocerla. Miró hacia su alrededor los cambios: la antigua parra se había secado, había cascos de botellas por toda la lonja y ya no colgaban macetas en los soportes de la entrada. Las malas hierbas habían poblado las juntas del pavimento hasta hacer de aquel un lugar aparentemente salvaje. Respiró unos segundos y abrió decidida. Sus sentidos se le llenaron de una oscuridad y olor desagradables. Todo estaba enmohecido y carcomido por el abandono. Era aquel -con mayúsculas- EL REFUGIO, así solían llamarlo, así lo dijo ella en voz bajita, sujetándose el pecho: un pequeño cortijo de caza a donde escaparon tantas y tantas veces para amarse en secreto.

Las sillas se habían quedado inservibles y yacían tiradas avivando el desorden del cuarto, como los restos de cuadros y cuadernos por el suelo y la vieja mesa en donde se bebían a solas mientras saboreaban uvas y queso. Miró hacia la cama, el cabecero de aluminio aún brillaba y recordó haberse observado desnuda mientras lo cabalgaba, abrazando la pasión y el instante como se abrazan los sueños. Cerró los ojos y recordó como la llamaba a solas, ese timbre de voz cuando regresaba en invierno y el la esperaba con la lumbre encendida para contarle proyectos.

Cada día estaba menos segura de nada. Desconocía su paradero y existencia. El final lo había desechado de su memoria y enterrar todo aquello no había servido realmente para olvidarlo…. ¿Cómo se podía enterrar lo sentido si la piel guardaba una impronta tan genuína?… y en todo caso, ¿Qué hacía exactamente allí revolviendo todos aquellos pasados?…

Invadida por un arrebato de cordura caminó hacia la puerta cuando un folio entre los escombros captó su interés de inmediato. Lo había escrito él y databa de 1973. Habían pasado 6 años desde que lo colara por entre la puerta, esperanzado en que ella volviera. Lo cogió rápidamente y salió fuera para poder leerlo a la luz del día. Algunas letras estaban borrosas debido a la humedad pero todavía era legible.

 

Amada mía.

 He vuelto a este lugar que fue nuestro, caí en el desarraigo de buscarte.

Nada de ti se desde hace meses  y por más que trato de convencerme, intuyo que no volverás. Ahora los crepúsculos son más largos pero la oscuridad llega de repente. Me he quedado aquí tendido una temporada, anhelando que llegaras, observando como el cielo cambiaba de un naranja opaco a un azul oscuro en cuestión de segundos.  He descubierto como cuando el último rayo de calor del día se va, empiezan a helárseme los huesos. Eso no ocurría cuando tú estabas, jamás me percaté de lo que sucedía a mi alrededor y en mis huesos lo ocupabas todo. ¡Eras una okupa en toda regla!.

Es otoño- ahora- mientras te escribo. Los almendros están dando frutos. Te guardé un tarro en el desván, por si vuelves, porque se de buena gana que eres una ratona y que te encantan… ¿sabes? Se llegan a hacer tantas cosas hermosas a fuerza de paciencia y de larga energía.

Te quiero con locura, mi chica.

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  • Nunca te había visto sincerarte así – musitó ella en voz bajita-  ¡Me emocioné tanto al leerte!. Sin duda, lo de las almendras fue una idea de las tuyas: ingeniosa, me atrevería a decir que hasta divertida, como utilizaste mi glotonería a tu favor. Tuvieron que pasar todos estos años para que una simple etiqueta me llevara hasta tu paradero. ¡Eres mi fábrica favorita! Lo sabías?

Rieron los amantes. Tendidos bajo otra ventana. Esta vez con un horizonte distinto que partía el círculo del sol.

  • Te das cuenta- dijo él – De repente una palabra nos encierra y otra nos abre, es  el amor que nos mueve…. y hay esperanza y perspectiva.

 

  • No se – añadió ella- tal vez solo haya sido un cruce de estaciones, un salto fantástico en el tiempo ¿te imaginas?… coincidieron dos otoños, el verbo tender y tantos “te echado de menos” que  nos encontramos por casualidad en los párrafos de este cuento.

 

 

Juego de prejuicios.

sdr

Hoy era sábado y en la carnicería había menos gente de lo habitual. Es cierto que las horas invitaban a almorzar, pero Alberto aún tenía que trabajar otras dos más antes de relevar turno.

Eran algunas las ocasiones que cuando estaba hastiado y aburrido, se apoyaba en el quicio del mostrador y dejaba perder la mirada al otro lado del pasillo. Observaba la dimensionalidad y disparidad en las gentes que atravesaban las cajas registradoras con sus respectivas compras. Y mientras lo hacía se dejaba llevar por esa música redundante que emitían los códigos de barras, como si al sonar el pitido el también pudiese leer automáticamente lo que había debajo de aquellas apariencias.

Con el tiempo había aprendido a hacer radiografías fugaces de individuos, como un juego más de entretenimiento prejuicioso. Él mismo, en su silencio y dedicación, había llegado a la fantástica conclusión de que el mundo se dividía solo en dos flancos: los tímidos y los sociales, con ciertas variaciones sobre las que le gustaba fantasear. No se posicionaba en ninguna preferencia, solo los estudiaba atentamente, en sus gestos, movimientos, actitud, modulaciones de voz…en fin, lo que diese el momento. A veces eran milésimas de segundos y otras, franjas de minutos, según fuese la cuenta en su magnitud.

Esta vez la caja registradora se quedó parada más tiempo del normal. Sucedía a veces.

Esperaba una mujer con su hijo pequeño a que le confirmasen el cálculo pero había habido algún error en el recuento de los productos. La dependienta llamaba solicitando información y mientras tanto, esta chica,quedaba a mirilla abierta, a espensas de las validaciones y el tasante ojo de Alberto.

  • ¿Y porqué te han puesto esa maquinilla en los dientes?– preguntó el niño al descubrir la ortodoncia que llevaba su madre. A Alberto le hubiera gustado añadir ¿es que quieres ser aún más guapa?.
  • Ah, ¿esta?… Es para inflar globos imaginarios gigantes ¿quieres uno?

El niño asintió rapidamente, sorprendido por la propuesta y ella empezó a soplar hasta ponerse colorada, como el jamón que él acababa de empaquetar. Sus manos y su cuerpo entero se movían acordes, como si en verdad tuviese un globo entre ellas, pero solo era, valga la redundancia: aire y mímica.

Alberto la observaba con ojos inquietos y curiosos… Trataba de escucharla, su tono era bajito pero los gestos la agraciaban.

  • Y ahora lo cogemos por los dedos, ¿lo tienes agarrado bien fuerte?¡que no se te escape! ….Suéltalo, vamos: Adios globo!!!! adios!!!!

Esta vez Alberto había olvidado hacer la lectura al completo. No al menos de una manera distante y objetiva como solía. Quizás no todas las personas se pudiesen almacenar en dos o tres sacas y algunas fuesen tan extraordinarias que las renociésemos en el simple olvido de nuestras lacras.

Lo ultimo que escuchó mientras se marchaban fue al pequeño decir:

Mamá, ¡¡que yo también quiero una maquinilla de esas!!

cof