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Cada canción es una ventana en el tiempo

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No he olvidado aún el aspecto de aquella habitación-  decía, mientras sorbía delicadamente su elegante copa de vodka naranja. Tenía la mirada embriagada de ternura y recuerdos; y mientras hablaba soltaba algo de mí que había estado dormido durante años.

Era justo el paradigma de espacio que todos los adolescentes hubiéramos deseado: un lugar propio al margen de los padres en el que soñar, fumar y estar exento del mundo. Y tú la tenías, suertuda. Con aquel  viejo ordenador heredado de tu tío con el que hacíamos trabajos y las colecciones de libros del circulo a las que nos suscribimos para hacernos con una biblioteca medio decente. Había una ventana con vistas al tejado, un gran tocadiscos, con vinilos de los últimos y la radio sonaba siempre de fondo. También recuerdo aquel armario a medida grande en el que una vez nos metimos para ocultarnos de tus padres. Planeamos allí tantas pamplinas y romances. ¿recuerdas?

Mis ojos la miraban embelesada, como si de repente su discurso hubiera abierto aquella ventana  del cuarto y se hubiera colado una bocanada de perfume reconocible.  Sus palabras resultaban ser algo así como el hallazgo de uno de esos libros viejos con notas personales intimas,   que al desempolvar entre sus páginas, hace florecer la memoria al hilo del sentimiento con el que se escribió sobre los márgenes.

Sigue, sigue… reclamé obnubilada por la entrañabilidad con la que lo estaba contando y ansiosa por seguir visualizando las imágenes de un pasado que se me había escapado de algún modo.

Por aquel entonces, te enamoraste del tipo de la radio. ¡De su voz! ¡Qué sensual era, madre!…Y una tarde llamamos para dedicarle una canción de tu parte . Fue tan caballero modesto que ni siquiera mencionó el detalle, en cambio te la dedicó a tí ¿Te acuerdas?

Una risilla conmovedora se coló entre mis facciones. Era reconocible que aquella era yo en la expresión máxima adolescente. Una tontuna pintoresca que iba desentrañando con especial afecto. Como si de repente tal evocación me hubiera desatado las ganas de volver a aquellos tiempos de inocencia y mocedad en que tan poco sabíamos de la vida y el amor.

Esta canción que está sonando fue la que le dedicaste a él. – afirmó con un guiño de delicadeza en su boca

. ¡Que retentiva!-  pude decir al fin, asentía  yo misma en medio del estupor  que me iba generando que se fueran abriendo los telones de la memoria. ¿Como podía haber olvidado todo aquello que  -en otros días –  fue tan prioritario?

Te volviste loca cuando pronunció tu nombre porque tu eras esa clase de chica enamoradiza e intensa a la que no le impresionaban los  tipos normales. Y esa anécdota la estuviste disfrutando durante semanas. ¿En serio ya no te acuerdas?

La miré con mimo, no sabía que decir. En verdad aquello me había pasado a mí  pero dadas las circunstancias era más que claro que me había vuelto una selecta olvidadiza en el propio diario de vida. Sentía como a menudo presenciamos el caprichoso sendero de la memoria sin poder desviarlo, haciendo de ella un bloque de plastilina con infinitas formas; cambios de tecnicas y buriles que nos dejan los años.

Y aquel olvido catatónico me trajo cuenta de lo importante que es conservar a personas que nos quieran tal cual, con nuestras idas y venidas, nuestros cambios e intensidades. Era una fortuna tremenda contar con amistades como la que tenía en frente, con sus sencillas palabras rebelándome a mi misma desde otro cariz y otros ojos, con la suerte de haber crecido paralelamente compartiendo capítulos de vida.

La abracé unos instantes y en ese calor que desprenden los cuerpos bajo la confianza, desee más que nunca hacerla participe de esa otra parte desconocida de mí que la costumbre, madurez o hermetismo me habían hecho cerrar a cal y canto. Sorbí un poco de la copa ya casi acabada mientras sonaban las ultimas notas de la canción. Música es la ventana de un recuerdo y también la puerta por la que se cuela el calor de alguna conversación sin tiempo ni barreras.

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-Anoche-

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Aún la arena no tenía ese calor residual típico del verano.  Aunque el sol empezaba a querer colarse temprano, la maraña espesa de nubes seguía dominando el cielo. Me quité las botas y recorrí la parcela de arena que lindaba con el mar. Buscaba la línea divisoria que aún no había sido tocada por la espuma, la grava virgen, intacta todavía del baile del agua, mientras mis pies se iban rindiendo a las caricias de la tierra suelta. Iba  dejando  tras de mí surcos de apariencia inamovible, que no eran sino estelas de caminos espontáneos sobre los que no prestaba atención. Tenía los ojos nutridos en el horizonte, al que no alcanzaba a poner finitud, ¡eso es lo que hacía! mirar lo inabarcable sin atender a mis huellas. ¿Habría captado ya la parte indómita que hay detras de cada senda?. La arena escapándose entre los dedos era la imagen que clarificaba la idea.

Sentí volar mi alma en aquel espacio, como una cometa ansiosa ante la obertura, con todos sus hilos y volantines prendiendo por primera vez el cielo, maravillada con el inquieto nerviosismo de la milocha recién estrenada. Y allí, bajo la bóveda de aquel cielo de juguete comprendí cuanto te quise, ¡ fue allí donde fui consciente de lo insondable que puede llegar a ser un cuerpo!… y lo supe porque yo ya no sentía como mía la piel que te besó. Era en mí misma nueva y desconocida, tersa y nublada como aquella cometa brillante sin rasguños. Habían ardido sumas de instantes, el recuerdo de olores, sabores, y palabras, el delirio de los ojos…había ardido hasta la saliva en una fogata de sal y tempestad. Y esa nueva nada ante mí se colaba en una mezcla contradictoria, una esencia de inquietud y regodeo, una mezcla de jubilo y desazón como quien por vez primera contempla el mar.

Comprendí las dimensiones que tomaste en el sueño, al que yo puse silencio y melodía sin prestar atención a la leve fragilidad de la sinfonía que nos iba meciendo, eramos las notas discordantes de una música abocada al estruendo. ¡Y como la armonía mudó  pronta a la voz del estrépito!. Así como este espejo de agua, ora calmada, ora salvaje.

Fue durante un tiempo nuestra perdida como una onda en mí, una rueda que encontraba ecos allá donde yo fuese. Y me era tan complejo desprenderme de todo aquel equipaje, quería que todo se lo tragase el agua y sin embargo permanecía aferrada a la llama oscura. No eran espinas o veneno, era yo contra mis elementos intentando amarrar las velas de la barca desbocada.

Soñé  sin comprender -anoche- que volvía a manejar la barca enajenada, que me adscribía a algún viaje del que yo no tenía conocimiento y esta vez, quieta y mansa, me hallaba sentada entre caras desconocidas que me obligaban a buscarte. 

Contemplé al albor de este paseo, desmigajando el sentido al sueño, que la memoria no deja de ser un templo que, entre la aplastante lógica y raciocinio,  arrastra un instante de regodeo, abriendo la brecha que nos hace olvidar los frutos beneficiosos del olvido. 

Es esa grieta como una puerta al pensamiento, que deja colarse el viento árido y desértico trayendo esquirlas con olor a humedad. Y es tambien volver la vista atrás y resituarse, respirar la belleza de la magnitud, recordar la carcasa que el tiempo construyó alrededor. Al fondo, el coche, mi casa, la guarida…

Recuerdo que- anoche- antes de temblar leía: “decir adiós es como tener pájaros feroces en las manos”.

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La hora de las tres ces.

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Lauri llegó como  solía hacer siempre, con un titulillo bajo el pico.

  • Ana, ¿te ha llegado ya el carnet de conducir renovado?
  • No, aún no ¿y a tí?
  • Pues a mí tampoco. Que sepas que la furgoneta espres en la que estuvimos para acelerar los trámites fue un timo
  • ¡Anda ya, Lauri!. ¿Y los exámenes médicos? y todas la pruebas que nos hicieron? ¿todo eso iba a ser un montaje? ¡tu sueñas!.
  • Mira, si mal no recuerdo, el doctor apuntó  una cruz en mi expediente justo donde señalaba falanges  o miembros intactos….y ¡coño! ¡mira tu lo que son las cosas! a mi me falta un dedo desde el año de María Castaña!. Ese medico estaba más ciego que un topo. Todo sucedió muy rápido, si lo piensas, como si quisieran sacarnos el dinero y largarse.
  • Claro, Lauri, es que era una furgoneta para acelerar tramites ¿recuerdas?, me parece que todo estaba en orden para tratarse de un timo.
  • Esta mañana hable con los policías locales y ninguno sabía nada del asunto de la furgoneta, como si lo hubiéramos soñado, nena. Me huele a fraude.
  • Jope Lauri, mira que me vas a hacer dudar. No se si recuerdas que pusieron publicidad por todas partes..
  • Ya ¿y qué?. Tendrían que promocionar para engañar a los cuatro tontos como nosotras. Piénsalo, ya hace un mes de aquello y tráfico sigue sin enviarnos los carnets.
  • Lauri, me estas acojonando… ¡que eso no puede ser!.
  • ¿Tienes el teléfono de los tipos?
  • Espera y lo busco… eso fue el día 5 de abril….
  • Anda, pasamelo por wassap.

Mientras teclea, Ana, se equivoca y cuando localiza el numero en lugar de copiarlo, le da sin querer a la tecla de llamada. Nerviosa intenta colgar…

  • Nenas, que le he dado a llamar sin querer y no se como cortar. Jajajaj…. ay, madre! que me lo van a coger
  •  Jajjaajjajaj….¡¡¡¡Ana cuelga, por el amor de Dios!!!! jajajajajaj.
  • ¡¡¡¡Que no!!!! Que no puedo,  que este movil se me rebela a veces…
  • Jajajaja…Ana traicinada por su mobil….

Mientras,al otro lado del hilo, como es natural, alguien finalmente responde a la llamada.

  • Diga? Diga? Hay alguien ahí?

Se oyen las risas de tres mujeres  “ya me lo ha cogido, me cachissss”- resopla Ana.

Resignada , se coloca el movil en la oreja y comienza la conversación. ¿Que le digo a este tío? Va pensando mientras improvisa. Se levanta de la silla nerviosa por el cachondeito al que la han apuntado  sus amigas, se va a otra habitación para lograr ponerse seria y comienza a explicarle el asunto de los carnets y la furgoneta.

Sus compañeras Lauri y Rosa la observan como dos jovencitas de instituto, fraguando historias disparatadas a partir de lo que van pillando de las palabras de Ana.

  • Sí, si…gracias por molestarse en mirárnoslo. Entonces está en tramite. De acuerdo, genial.- concluye Ana con una sonrisa de alivio.

Parece que todo queda aclarado. No hay timo por ninguna parte, pero ahora eso da igual porque Lauri y Rosa no están dispuestas a abandonar el jolgorio y siguen mirando a su compañera con sonrisas juguetonas.

  • Vaya Ana! ¡qué dulce te pones al telefono!. A ese te lo has ligado ya, fijo.  Era todo enrollarse para no colgar jajajajaj. – se carcajea Lauri .
  • Es que son las horillas del picaflor, Lauri, le habrá sorprendido su inesperada llamada. Estaría en la cama aburrido y de repente ha escuchado la vocecita de Ana como salida del paraíso- añade Rosa, arqueando una ceja y partiendose de risa.
  • Estáis fatal, nenas. ¿Os lo habéis mirado? voy a mandarle un aviso a vuestros respectivos para que os “echen un cable” de aquí a las diez jajajaj.
  • Es que tenías que haberte escuchado, Ana. Melosa para descrirte se queda corto.
  • Jajajajaj… ¡Estáis locas! Y Lauri Negrillo Lopez ahora no pienso contarte por donde viene tu expediente, ea. – dice Ana sacándole la lengua.
  •   Ehhhhhhhhh, yo no tengo la culpa. Es esta franja en la que nos ha tocado trabajar,  la hora de las tres ces: café- cama y cachondeo.
  • ¡!Desgraciaicas somos por faltarnos la más mejor!..
  • Ya veo, ya. ¡tendréis que soñarla! porque lo que es yo… estoy por dejaros e irme con mi desconocido…
  • jajajajaj…¡¡¡eso ya lo sabíamos!!
  • jajajajaj
  • jajajajaj…

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Un ángel caído del cielo

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Para que luego digan que las mujeres somos las “cheffas” de la perversión. Que jugamos al arte de provocar sin más. Que somos crueles a destajo o vamos dejando a  hombres con la miel en los labios. Bobadas. Tonterías. A veces (suele coincidir que las más decisivas) no las tenemos todas con esa, nuestra equivocada “fama”..

Estaba yo tan tranquilita pasando el sábado en casa, cuando a media tarde llaman al portero:

  • Marina, ¿te la meto?- dice una voz grave conocida, al otro lado del telefonillo.
  • ¿Quien eres? – digo aturdida y algo pizpireta al escuchar tremenda frasecita. Reconozco que pensar bien no está entre mis virtudes.
  • Soy Ángel. Deseo verte…y que me veas
  • ¡¡¡¿Angel?!!!!!….voy, en seguida te abro (sino me descalabro, claro).(Diossantobendito Angel prometiéndome el ángelus…el guapo de Ángel, ¡no me lo puedo creer! voy, voy,…no te vayas, voy…)

Bajo las escaleras a toda ostia, me miro en el espejo de la entrada, me averiguo estos pelos rebeldes de bruja de estar por casa, me coloco las “esas”, respiro a fondo tratando de serenarme mientras descorro las tres vueltas de llave interminables de la maldita puerta blindada…

Lo que veo al otro lado me deja sin respiración.

Es Ángel.

No hay duda.

El mismo de mis sueños.

Viene sudado y con una sonrisilla de oreja a oreja. En su hombro izquierdo porta una bombona que reza escrito “¿Te la meto?”. Tiene que ser mentira ¡esto tiene que ser una broma, butanero!

  • ¿A que mola mi disfraz? – dice el puñetero. ¡Me han dejado hasta el uniforme!.
  • Si….si….¿aaalgo pesaaadooo me pareceeee eeeel meeeensaje, noooo?… tartamudeo con la poca compostura que me queda. No se si entenderá a que me refiero pero no sale otra cosa por mi boquita, sedienta de ángel por cierto…, parezco un dibujito manga al que le han lanzado un yunque desde el cielo,…
  • Oye, Marina, de verdad, que rara eres…¡la única que no se ha reído!…vete arreglando y vámonos de fiesta que estamos de carnaval. ¿Ves? por eso he venido, para animarte a salir que se que últimamente andas algo alicaída. ¡¡¡ Venga, mujer, venga!!!.

 

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Recuerdos y olvidos

Aquel lugar estaba plagado de musas, personajes que habían sido y representado una época, un tiempo, una década. Entre bambalinas sorbí con sed la copa, a mi lado una chica con pelo infinito tocaba al piano unas notas. Por un momento sentí que algunas de aquellas imágenes sin color, tan profundamente bellas, me miraban difusas desde un balcón lejano. Esa eternidad que no muere.  La canción del pasado, la música de algún recuerdo. Con todas las conexiones que atan hilos a capricho de una memoria que quedó estancada, en interminable huida.

  • Todo acaba olvidándose– me dijo, tan convencido que no pude más que oponerme a la contundencia de aquella frase.
  • No estoy segura – le confesé. Creo que la vida está plagada de elipses. No es un fluir constante, sino una fuente que mana y desaparece bajo tierra y luego vuelve a resurgir como un hilo, como una laguna.

Nos quedamos en silencio un rato, él tratando de entenderme, yo escuchando la voz que me llevaba a territorios que yo misma conocí.

  • Todo lo que tiene nombre, existe. – añadí. A veces siento que he tenido que colocar en un paréntesis invisible el desafuero, el injusto trato, la humillación que como mujer, recibí. Como si nada hubiera pasado. Creo que todo este tiempo no me devolverá la que fui, aunque tampoco quiero. Todos cambiamos, es necesario. La angustia es el precio que a veces debemos pagar por la libertad.
  • No eres convencional. Yo, que te conozco, lo sé. No quiero una de esas mujeres comunes que transitan por la vida, ni patrones que me dicten lo que debo amar. Mi instinto me lleva a quererte con todas las piezas. E igualmente acabarás haciendo tú, cuando aceptes tus formas. No somos lo que tantas veces nos hicieron entender, jarrones frágiles o irreparables, decorados y pintados exquisitamente para luego recibir los infortunios del trayecto… no estamos abocados a ese destino, más bien creo que podríamos ser la masa por definir, el conjunto que se moldea con el pasar de los hechos, mientras en el hueco, se va aposentando parte de la sabiduría.

Pegué otro sorbo a la copa y me quedé pensando en sus palabras. Me parecieron reveladoras, francamente bellas. Todo tenía que tener un sentido, hasta lo aparentemente improductivo y amargo, pero no debía precipitarme a descubrirlo. Llegaría solo. Al fin y al cabo no era otra sino la curiosidad la que me había hecho darle una oportunidad a la vida.

 

Gel de Argán

Estaba tomando una ducha, tan tranquilito. Cuando Mari Puri llama a la puerta y entra.

-¿Interrumpo? ¿puedo pasar?- me dice… y ya está dentro

Le informo que estoy apañándomelas como puedo con el nuevo gel de Argán que se le ha antojado comprar…y que me gusta más el antiguo: el de coco. Obvio, hace más espuma. Seguro que  no se ha fijado.

Espera, un momento, ¿que hace ahora?. Empieza a cantar todo lo que le he dicho, mi sermón al traste, que graciosilla es… ¡¡y le añade baile!! ¡¡y se está desnudadando!!… jajajaja…tiene arte. No puedo evitar reirme, menuda forma de tomarme por el pito de un sereno.(nunca mejor dicho)

¡ Qué pava eres!- le digo sacándole la lengua.

Mari Puri me mira, se cruza en jarra ¡¡se pone seria!!. De repente, fija sus ojos en el gran delator,  y en pelotas sigue chapurreando y bailoteando sin parar de apuntarse y tararear al espejo …

¡Hey, Pava, todo este tiempo,….

¿ donde has estado!? que no te encuentro.

¿donde te has ido? sin fundamento….

Vale. Hay cosas de esta mujer que verdaderamente me pillan en bolas. No puedo hacerme un guión porque tiene esa capacidad natural de destrozármelo. Y con risas. Así, ni modo, no hay quien la intuya. Acabaré pensando que la felicidad es el viso de frescura que tan grácil mueve con sus ….¡antojos!.

Ya no puedo más. Me rindo.

  • Bésame, porfa.- le ordeno meloso, todavía impregnado en ese olorcillo de Argán que tan harto me tiene.

Y ella presta viene a mí, seguro que el maldito gel no lo compra, ¡que más da!

**********

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La fábrica de papel

Han pasado muchos años,  mujeres por mi vida, pero todavía cuando camino por este lugar, la sigo recordando entre las demás. Tenía un aire de desquiciada que me volvía loco, al que yo me asemejaba con fuerza, además de una sonrisa que ocultaba el vértigo que a todas horas batallaba en su interior.

Vivía en un pequeño barrio del pueblo que yo frecuentaba cada verano o cuando tomaba pequeñas estancias vacacionales. Mis padres al jubilarse se asentaron en la pequeña localidad y de vez en cuando aprovechaba para visitarlos y escapar de la vorágine de mi ciudad. No es algo que me gustara especialmente, a mi me encantaba vivir envuelto en la prisa, tener opciones, elegir entre la baraja de posibilidades que me proporcionaba la gran urbe. Sin embargo, mis viejos cada día me requerían más y yo veía que mis visitas les llenaban de júbilo, cuando la soledad y el desatino comenzaba a instalar sus raíces.

Ella vivía cerca de mis padres, al lado de la antigua fabrica de papel. Un proyecto de los años 60 con el que un par de maleantes se hicieron con la confianza y los ahorros de todo un pueblo. La idea como tal, nunca llegó a funcionar, se invirtieron millones en las plantas pero la industria -que supuestamente iba a proporcionar trabajo a los muchos parados de la época- solo resultó ser polvo de sueños. Los timadores se fugaron sin tardar mucho,  dejando tras de sí una serie de pabellones obsoletos que jamás estuvieron preparados para generar ganancias.

Ella misma me contó la historia, una noche, bajo la luz de la luna, cuando nos detuvimos en los muros de piedra que rodeaban el recinto. Quedé conmovido por la forma en que relataba los hechos, así que me acerqué lentamente para besar su boca delatora y se escurrió de mis brazos como un pez brioso, astuto, atezado.

La tenía justo detrás de mí, agarrando mi mano con firmeza e invitándome a seguirla por aquel perímetro de  hormigón y polvo, de rejas oxidadas que circundaban la oscuridad subyacente de un edificio inútil y abandonado.  Me condujo hasta una grieta en donde la valla había sufrido los desgastes del oxido y con hábil astucia manipuló la cerca para colarnos dentro. En aquel momento no se me ocurrió pensar lo que hacía, ni cuan abatido me tenía su belleza, iba guiado por un deseo más fuerte que yo, así que la seguí con religiosa obediencia envuelto en su estela intrépida. Atravesamos la zona ajardinada de los cipreses, sintiendo el áspero roce de sus hojas imperecederas en nuestra piel…  una gran explanada, los almacenes y, a golpe de zancadas y respiraciones nerviosas, llegamos hasta la puerta de entrada como dos sombras que se hacen con los hilos de noche y que son absorbidas por el corazón de un edificio.

Con todos los sentidos latentes,  ella se isinuó brevemente ante mis  ojos y tocando la puerta con ansiedad me dijo “ábrela, por favor”. Por supuesto que yo no tenía en ese momento las llaves pero en sus pupilas ardía tal delirio hipnótico que me era imposible negarme, así que saqué una pequeña navaja multiusos que guardaba en el llavero e intenté por todos los medios forzar el candado. Como era viejo cedió al instante y nos infiltramos ansiosos en aquella oscuridad velando para no ser vistos.

Pronto nos acostumbramos como dos gatos a caminar por el espesor de la negrura. Estábamos en la sala de los pozos, según ella me indicó, una gigantesca estancia con 8 contenedores enormes de hormigón que habían sido ideados para mezclar la resina y el resto de ingredientes hasta formar la pasta que daría lugar al papel.

Se sentó al borde del tercer pozo, las piernas rozando el aire, el cuerpo en tierra. Era como si dos mundos la habitasen y me senté a contemplarla. Sus ojos formaban dos abismos y dos puentes mientras mi deseo corría hacia la frontera entre la nada y el todo, ese lugar sin mapas en donde un cuerpo viaja al son del calor del otro.

Y me abandoné a esa sensación de estar varado a su lado, a dejar que fuera su piel la que estrechara la mía y luego que aquella latitud nos embriagase eternamente, como  un veneno dulcísimo del que es improbable renunciar. Era nuestra respiración más y más fuerte, acompasada, ungida en delirio animal,  jadeos convertidos en eco que iban añadiendo grados extra al deseo.

Cuando acordé sus manos ya se habían adueñado de mi sexo y su boca, de mi razón. Puse mi abrigo sobre aquel suelo helado a modo de camastro, y ella se recostó  ya desnuda, mientras mi lengua -ávida de placer- iba indagando los rincones de la piel caliente, postrada con la lujuria de la tierra recién conquistada, exaltada, tórrida.

Solo me detuve cuando su cuerpo halló una órbita paralela al mío, algún universo o estancia invisible en la que por un momento fuimos uno y no dos los que se hacían y se deshacían como una estrella en mitad de la oscuridad.

Cuando abrimos los ojos y aterrizamos, el suelo comenzó a helarnos de repente, y también la imagen de aquellos ocho pozos, que empezó a producirnos inquietud. Nos vestimos y nos miramos haciendo caro el silencio, sintiendo los primeros embistes de realidad. Luego ella volvió a cogerme la mano (quizás para calmarme) y siguió dando voz y sentido a aquel laberinto de salas y estancias, como si nada hubiera pasado, con la habilidad de una fugitiva de la noche que me iba llevando poco a poco y sin darme cuenta, hasta el punto de salida.

 

Ha pasado tanto tiempo. Camino sobre esta tierra baldía con la única certeza de que la vieja fabrica de papel fue derribada, que nada de ella queda sobre la luz de este sol. Mi perro se detiene un segundo, tal vez haya sentido la opresión de mi pecho, la convicción de que sobre esta planicie se levantaron sueños y fracasos, uno detrás de otro.

Nada ha borrado aún esa memoria, ni siquiera la demolición ante los ojos atónitos de quienes la sentíamos todavía cómplice. Una fabrica de papel de la que nunca salieron libros y ella, paradójicamente, una valija de letras que me detuve un instante a leer.

 

 

 

 

 

Sopa de fobias y manías

Nos reúniamos en torno a una hoguera que habíamos encendido para calentarnos, justo despues de comer, mientras llegaba la hora de reengancharse al trabajo.

Mara miró a Sonia y le dijo:

  • Tienes un saltamontes en la espalda, Sonia, pero no te asustes…tranquila que voy a...

Quería decir “quitartelo” pero antes de terminar la frase Sonia ya estaba cagando leches de un lado a otro, sacudiendose el bicho como una loca.

  • Pero mujer, ¡como te has puesto!– le dijo Mara cuando la chica volvió en sí.
  • ¿Es que tu nunca has tenido una fobia irracional?. Cuando era pequeña, mi primo Juan Carlos, me metió una pluma  debajo del jersey, acariciandome la espalda luego me dijo al oído que se me había colado un saltamontes. Parecía tan verídico. Estuve tres meses diciendole a mi madre que tenía algo por el cuerpo, que me lo mirase a fondo..
  • Yo tengo fobia a los nidos y los pájaros.- dijo Luisa, sumandose a la conversación.  Mi padre era cazador y recuerdo un día que abrí la nevera y encontré un montón de perdices muertas en el estante. Fue una imagen impactante que aún hoy me persigue en forma de ornitofobia.
  • Pues que contradicción que andes loca por ese cazador!
  •  Jajajajaj…síiiii, es curioso ¿verdad? pero hay que saltar los parapetos del miedo- dicen… quizás mi inconsciente de alguna manera se siente atraído hacia ese asunto sin resolver, instando a enfrentarme a ello, para valorarlo de forma más objetiva.
  • La mente es tan extraña… aunque yo no recuerdo ninguna fobia, más bien lo catalogaría de manía. Por ejemplo me da miedo olvidarme de ponerme bragas nuevas para el campo…
  • ¿¿¿¿¿ Como??????– dijeron todos, que en ese momento la miraron con la estupefacción en la sonrisa.
  • Si, si, vosotros reíros…¿es que no sabeis la frase esa de por aquí que dice “das más por culo que la gomilla de unas bragas anchas en la aceituna”?…ea pues eso…manía, practicidad y fobia.

Las mujeres rieron y asintieron pensando en las suyas, los hombres…quien sabe que pensaban los hombres . Todavía quedaba Mari Puri por confesar.

  • ¿Sabeis cual es mi fobia a día de hoy? ¡Los cabrones!.

Todos se pusieron serios. ¿A ver porque cerros iba a saltar la loca de Mari Puri? ¿Tendría alguna relación con alguno de la cuadrilla? ¿Estaría comprometiendole en público?.  El silencio y las miradas se asentaron frente a las llamas. Viendo que nadie decía nada, ni se atrevían a preguntar… finalmente añadió entre carcajadas….

  • ¡Pero que mal pensados sois! jajajajajaj….. me refería a los cabrones que el otro día me rallaron el coche.

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La número 8

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Aquella nochevieja. La recuerdo como si todavía tuviera los 19 años de entonces. La diversión consistía en ir de garaje a cochera y alguna otra casa que acabaría hecha una pocilga.  Mamen se lío con Juli y luego con Luisma. Al día siguiente me dijo que le gustaban los dos y yo le insinúe si no había posibilidad de mantener el idilio…Nos reímos con un 2000 recién estrenado y que venía con cariz enigmático.

Lucia, por contraposición, seguía dando largas a Luis, quizás por la costumbre que entonces algunas chicas tenían de alargar lo inevitable. En realidad, le encantaba jactarse en sus propios encantos y que el chico se esgrimiera el cerebro planeando la conquista. Aquel día tampoco el vodka pudo catapultarla al asiento trasero de la furgoneta, pero hubo algunos besos de cigarro en mitad  del patio y  la noche, mientras los demás observábamos el idilio desde un rincón más confortable.

Pilar, por su parte, nos invitó a la reserva de vino de su padre, guardada con esmero  en el mueble bar, aunque no lo bastante  bien escondida. Era una botella enorme con un grifito plateado muy molón del que dimos buena cuenta todos los que nos reuníamos en torno al árbol navideño, entre charlas, saludos y encuentros. Eran aquellos unos tiempos fáciles en los que teníamos horizontes y donde el grupo siempre permanecía abierto, esperando historias y vidas que sumar.

En cuanto a mí, me pasé toda la noche mirando a Rafa con el rabillo del ojo . Tenía el pelo largo y una de esas diademas que entonces se llevaban. De copa en copa bailamos acercando nuestra complicidad al calor de la música. Logró conquistarme del todo cuando sacó su guitarra y nos deleitó con aquel famoso tema de Los Piratas. Tenía una voz infalible pues quebraba con dulzura en medio de aquellas paredes de hormigón..

Un poco después de las 12, del confeti, el algarabío y las uvas, él y yo aprovechamos para despistarnos y fuimos a la casola de la abuela de Marcos. Nos dejó las llaves y creímos ser los reyes del mundo. Hicimos el amor y follamos en un colchón viejo, mitad y mitad, rodeados de polvo y enseres, bajo un techo cubierto de grietas. Había fotos en blanco y negro de una familia que ya no existía y que nos pareció que observaba nuestro arrebato con mala cara. Rafa me contó del tabú que se escondía en el seno de aquella gente. Debería haber sentido canguelo, pero en aquel  momento, solo noté abrigo en los brazos del chico.

Al volver a la fiesta con los demás, nuestra sonrisa y placidez desató las bromas.

Todavía quedaba alcohol y leña en la chimenea, para inventar historias de terror de esas que tanto nos gustaban. Recuerdo cuando Jose, el más ingenioso para el género, nos hizo callar a los 8 que quedábamos…

“¿Os habéis dado cuenta, vosotros, si…si, vosotros,  que tanto bromeáis sobre la veracidad de mis historias, del número de ganchos que hay en el techo? Tiene explicación:  es porque cada uno de los que estamos aquí tendremos una muerte prematura”

Miramos hacia arriba y contamos con lentitud y torpeza, como cuando eramos niños. Eran los que habían, 8,  los mismos que estábamos. Un escalofrío nos recorrió el cuerpo con la inocencia residual de aquellos 19 años.

Hoy, casi dos décadas más tarde,  la observo detenidamente tras el cristal,  mi corazón está henchido de rabia. No me acostumbro a  tener de nuevo ese escalofrío rondandome las venas, susurrando que soy la ultima con vida de aquella broma sellada en la lumbre.

Ahora solo me queda lo más difícil: batallar el cuento maldito. Así que, cada noche, antes de que el sol haga su entrada, sigo el mismo ritual:  enciendo el fuego mientras juro  que este hechizo no me llevará a sus aposentos, que no soy  yo la número 8 y que un día burlaré al miedo con la serenidad de mis arrugas.

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El efecto Forer

Conforme avanzaba en mi paseo por el centro me topé de bruces con este lugar. Una tienda impecable en el número 4 de la plaza de Mirasol, justo al lado del negocio de toda la vida de Mercedes, el puesto de golosinas.

Al pasar por tan deslumbrante escaparate me detuve a mirar sin más pretensión que alimentar mi siempre viva curiosidad que a esas horas del día andaba ciertamente desocupada.

Era una boutique exquisita de ropa infantil para celebraciones fastuosas. Un negocio que no llevaba más de dos años en funcionamiento, pero que en poco tiempo se había hecho popular en la villa, gracias al boca a boca. El nombre al que respondía, “El efecto Forer”, no pretendía despertar ningún interés añadido, simplemente  había sido heredado al traspasar otro antiguo negocio del que solo habían quedado en la tienda reminiscencias muy pobres. O eso parecía.

Con todo ese pasado detrás,  el Efecto Forer  se había colado a paso veloz en los armarios de la mitad de las familias con hijos de aquel municipio.

El genero de la tienda, casi en su totalidad, se componía de una buena selección de  vestidos principescos con vuelos exagerados, tules y cancanes que solían mostrar unos refajos infantiles llenos de bordados, adornos  y lacitos. Es cierto que sobre gustos no hay nada escrito, pero realmente me conmovía la fama y el prestigio que le habían dado a la tienda mis vecinos y no podía parar de observar y preguntarme, si aquellos mismos trajecitos – más oropeles que árboles de navidad- no habían salido de la Ilustración o de la misma casa de la pradera.

Me asomé por el cristal para dilucidar restos de prendas masculinas por la tienda ya que el escaparate estaba ocupado casi al cien por cien de vestidos y tenía empacho de halo princesa. No vaya a ser que a alguna niña se le ocurra ser elegante en pantalón…¡valgame el atrevimiento!

Al fondo, casi al lado del almacen, entreví lo que parecían algunos modelos de hombrecitos beckelard, colgados sin penas ni glorias. ¿Tan poco vendible sería aquel género?¿Que imagen podía dar una tienda así, más que la idea de que las niñas son las que se lucen y por las que se gasta uno los cuartos y que a los niños se les puede vestir más asequible y menos refinado?

Volví a fijar mi mirada en el escaparate. Había fotos de niñas repartidas entre los vestidos, lucían refinadas bajo fondos y focos, como etiquetas acreditativas de glamour y buen vestir. Y en un cartel en letras grandes se ofertaba:

“Por la compra de un vestido,

se regalan sesiones que luego publicaremos en la revista y en la web”

Al leer aquello caí en la cuenta de algo. Valía más la imagen y el aparentar en aquellos días, que la comodidad o el sentido común. Simplemente pararse a considerar si los niños son los maniquíes de exposición que estamos haciendo que sean. Y sentí pena. Y sentí rabia. Y algunos sentimientos contradictorios más se agolparon en mi  sin tapujos.

¿ Con que idea se harían mayores esas niñas disfrazadas para la foto de la revista o el face? ¿Crecerían con la percepción de que estar monas y femeninas era su principal quehacer de cara a su género? ¿ Como podían esos padres -supuestamente tan preocupados por el porvenir de sus hijos- actuar de forma tan materialista y sexista sin darse cuenta?

Al lado, la tienda de caramelos de Mercedes ya olía a palomitas recién hechas. Suerte que no se especificaba el género, todos podían comerlas sin remilgos.

Caminé hacia una fuente, alejándome de toda aquella patraña…y se me ocurrió beber agua para salir del estupor en el que yo mismita me había metido. Al volverme, leí  de nuevo en letras azules luminosas: el Efecto Forer.

¿Sería yo la misma  que -bajo el efecto forer- había errado catalogando a los padres de esa forma tan sesgada? ¿ o serían los mismos clientes y asiduos a la tienda los que -influenciados por tan contagioso efecto- compraban aceptando como válidas falacias en torno a  la compra de aquellos vestidos?.

No encontré otra respuesta más que la clara estupefacción de que somos a menudo  facilmente vulnerables.