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Un ángel caído del cielo

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Para que luego digan que las mujeres somos las “cheffas” de la perversión. Que jugamos al arte de provocar sin más. Que somos crueles a destajo o vamos dejando a  hombres con la miel en los labios. Bobadas. Tonterías. A veces (suele coincidir que las más decisivas) no las tenemos todas con esa, nuestra equivocada “fama”..

Estaba yo tan tranquilita pasando el sábado en casa, cuando a media tarde llaman al portero:

  • Marina, ¿te la meto?- dice una voz grave conocida, al otro lado del telefonillo.
  • ¿Quien eres? – digo aturdida y algo pizpireta al escuchar tremenda frasecita. Reconozco que pensar bien no está entre mis virtudes.
  • Soy Ángel. Deseo verte…y que me veas
  • ¡¡¡¿Angel?!!!!!….voy, en seguida te abro (sino me descalabro, claro).(Diossantobendito Angel prometiéndome el ángelus…el guapo de Ángel, ¡no me lo puedo creer! voy, voy,…no te vayas, voy…)

Bajo las escaleras a toda ostia, me miro en el espejo de la entrada, me averiguo estos pelos rebeldes de bruja de estar por casa, me coloco las “esas”, respiro a fondo tratando de serenarme mientras descorro las tres vueltas de llave interminables de la maldita puerta blindada…

Lo que veo al otro lado me deja sin respiración.

Es Ángel.

No hay duda.

El mismo de mis sueños.

Viene sudado y con una sonrisilla de oreja a oreja. En su hombro izquierdo porta una bombona que reza escrito “¿Te la meto?”. Tiene que ser mentira ¡esto tiene que ser una broma, butanero!

  • ¿A que mola mi disfraz? – dice el puñetero. ¡Me han dejado hasta el uniforme!.
  • Si….si….¿aaalgo pesaaadooo me pareceeee eeeel meeeensaje, noooo?… tartamudeo con la poca compostura que me queda. No se si entenderá a que me refiero pero no sale otra cosa por mi boquita, sedienta de ángel por cierto…, parezco un dibujito manga al que le han lanzado un yunque desde el cielo,…
  • Oye, Marina, de verdad, que rara eres…¡la única que no se ha reído!…vete arreglando y vámonos de fiesta que estamos de carnaval. ¿Ves? por eso he venido, para animarte a salir que se que últimamente andas algo alicaída. ¡¡¡ Venga, mujer, venga!!!.

 

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Recuerdos y olvidos

Aquel lugar estaba plagado de musas, personajes que habían sido y representado una época, un tiempo, una década. Entre bambalinas sorbí con sed la copa, a mi lado una chica con pelo infinito tocaba al piano unas notas. Por un momento sentí que algunas de aquellas imágenes sin color, tan profundamente bellas, me miraban difusas desde un balcón lejano. Esa eternidad que no muere.  La canción del pasado, la música de algún recuerdo. Con todas las conexiones que atan hilos a capricho de una memoria que quedó estancada, en interminable huida.

  • Todo acaba olvidándose– me dijo, tan convencido que no pude más que oponerme a la contundencia de aquella frase.
  • No estoy segura – le confesé. Creo que la vida está plagada de elipses. No es un fluir constante, sino una fuente que mana y desaparece bajo tierra y luego vuelve a resurgir como un hilo, como una laguna.

Nos quedamos en silencio un rato, él tratando de entenderme, yo escuchando la voz que me llevaba a territorios que yo misma conocí.

  • Todo lo que tiene nombre, existe. – añadí. A veces siento que he tenido que colocar en un paréntesis invisible el desafuero, el injusto trato, la humillación que como mujer, recibí. Como si nada hubiera pasado. Creo que todo este tiempo no me devolverá la que fui, aunque tampoco quiero. Todos cambiamos, es necesario. La angustia es el precio que a veces debemos pagar por la libertad.
  • No eres convencional. Yo, que te conozco, lo sé. No quiero una de esas mujeres comunes que transitan por la vida, ni patrones que me dicten lo que debo amar. Mi instinto me lleva a quererte con todas las piezas. E igualmente acabarás haciendo tú, cuando aceptes tus formas. No somos lo que tantas veces nos hicieron entender, jarrones frágiles o irreparables, decorados y pintados exquisitamente para luego recibir los infortunios del trayecto… no estamos abocados a ese destino, más bien creo que podríamos ser la masa por definir, el conjunto que se moldea con el pasar de los hechos, mientras en el hueco, se va aposentando parte de la sabiduría.

Pegué otro sorbo a la copa y me quedé pensando en sus palabras. Me parecieron reveladoras, francamente bellas. Todo tenía que tener un sentido, hasta lo aparentemente improductivo y amargo, pero no debía precipitarme a descubrirlo. Llegaría solo. Al fin y al cabo no era otra sino la curiosidad la que me había hecho darle una oportunidad a la vida.

 

Gel de Argán

Estaba tomando una ducha, tan tranquilito. Cuando Mari Puri llama a la puerta y entra.

-¿Interrumpo? ¿puedo pasar?- me dice… y ya está dentro

Le informo que estoy apañándomelas como puedo con el nuevo gel de Argán que se le ha antojado comprar…y que me gusta más el antiguo: el de coco. Obvio, hace más espuma. Seguro que  no se ha fijado.

Espera, un momento, ¿que hace ahora?. Empieza a cantar todo lo que le he dicho, mi sermón al traste, que graciosilla es… ¡¡y le añade baile!! ¡¡y se está desnudadando!!… jajajaja…tiene arte. No puedo evitar reirme, menuda forma de tomarme por el pito de un sereno.(nunca mejor dicho)

¡ Qué pava eres!- le digo sacándole la lengua.

Mari Puri me mira, se cruza en jarra ¡¡se pone seria!!. De repente, fija sus ojos en el gran delator,  y en pelotas sigue chapurreando y bailoteando sin parar de apuntarse y tararear al espejo …

¡Hey, Pava, todo este tiempo,….

¿ donde has estado!? que no te encuentro.

¿donde te has ido? sin fundamento….

Vale. Hay cosas de esta mujer que verdaderamente me pillan en bolas. No puedo hacerme un guión porque tiene esa capacidad natural de destrozármelo. Y con risas. Así, ni modo, no hay quien la intuya. Acabaré pensando que la felicidad es el viso de frescura que tan grácil mueve con sus ….¡antojos!.

Ya no puedo más. Me rindo.

  • Bésame, porfa.- le ordeno meloso, todavía impregnado en ese olorcillo de Argán que tan harto me tiene.

Y ella presta viene a mí, seguro que el maldito gel no lo compra, ¡que más da!

**********

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La fábrica de papel

Han pasado muchos años,  mujeres por mi vida, pero todavía cuando camino por este lugar, la sigo recordando entre las demás. Tenía un aire de desquiciada que me volvía loco, al que yo me asemejaba con fuerza, además de una sonrisa que ocultaba el vértigo que a todas horas batallaba en su interior.

Vivía en un pequeño barrio del pueblo que yo frecuentaba cada verano o cuando tomaba pequeñas estancias vacacionales. Mis padres al jubilarse se asentaron en la pequeña localidad y de vez en cuando aprovechaba para visitarlos y escapar de la vorágine de mi ciudad. No es algo que me gustara especialmente, a mi me encantaba vivir envuelto en la prisa, tener opciones, elegir entre la baraja de posibilidades que me proporcionaba la gran urbe. Sin embargo, mis viejos cada día me requerían más y yo veía que mis visitas les llenaban de júbilo, cuando la soledad y el desatino comenzaba a instalar sus raíces.

Ella vivía cerca de mis padres, al lado de la antigua fabrica de papel. Un proyecto de los años 60 con el que un par de maleantes se hicieron con la confianza y los ahorros de todo un pueblo. La idea como tal, nunca llegó a funcionar, se invirtieron millones en las plantas pero la industria -que supuestamente iba a proporcionar trabajo a los muchos parados de la época- solo resultó ser polvo de sueños. Los timadores se fugaron sin tardar mucho,  dejando tras de sí una serie de pabellones obsoletos que jamás estuvieron preparados para generar ganancias.

Ella misma me contó la historia, una noche, bajo la luz de la luna, cuando nos detuvimos en los muros de piedra que rodeaban el recinto. Quedé conmovido por la forma en que relataba los hechos, así que me acerqué lentamente para besar su boca delatora y se escurrió de mis brazos como un pez brioso, astuto, atezado.

La tenía justo detrás de mí, agarrando mi mano con firmeza e invitándome a seguirla por aquel perímetro de  hormigón y polvo, de rejas oxidadas que circundaban la oscuridad subyacente de un edificio inútil y abandonado.  Me condujo hasta una grieta en donde la valla había sufrido los desgastes del oxido y con hábil astucia manipuló la cerca para colarnos dentro. En aquel momento no se me ocurrió pensar lo que hacía, ni cuan abatido me tenía su belleza, iba guiado por un deseo más fuerte que yo, así que la seguí con religiosa obediencia envuelto en su estela intrépida. Atravesamos la zona ajardinada de los cipreses, sintiendo el áspero roce de sus hojas imperecederas en nuestra piel…  una gran explanada, los almacenes y, a golpe de zancadas y respiraciones nerviosas, llegamos hasta la puerta de entrada como dos sombras que se hacen con los hilos de noche y que son absorbidas por el corazón de un edificio.

Con todos los sentidos latentes,  ella se isinuó brevemente ante mis  ojos y tocando la puerta con ansiedad me dijo “ábrela, por favor”. Por supuesto que yo no tenía en ese momento las llaves pero en sus pupilas ardía tal delirio hipnótico que me era imposible negarme, así que saqué una pequeña navaja multiusos que guardaba en el llavero e intenté por todos los medios forzar el candado. Como era viejo cedió al instante y nos infiltramos ansiosos en aquella oscuridad velando para no ser vistos.

Pronto nos acostumbramos como dos gatos a caminar por el espesor de la negrura. Estábamos en la sala de los pozos, según ella me indicó, una gigantesca estancia con 8 contenedores enormes de hormigón que habían sido ideados para mezclar la resina y el resto de ingredientes hasta formar la pasta que daría lugar al papel.

Se sentó al borde del tercer pozo, las piernas rozando el aire, el cuerpo en tierra. Era como si dos mundos la habitasen y me senté a contemplarla. Sus ojos formaban dos abismos y dos puentes mientras mi deseo corría hacia la frontera entre la nada y el todo, ese lugar sin mapas en donde un cuerpo viaja al son del calor del otro.

Y me abandoné a esa sensación de estar varado a su lado, a dejar que fuera su piel la que estrechara la mía y luego que aquella latitud nos embriagase eternamente, como  un veneno dulcísimo del que es improbable renunciar. Era nuestra respiración más y más fuerte, acompasada, ungida en delirio animal,  jadeos convertidos en eco que iban añadiendo grados extra al deseo.

Cuando acordé sus manos ya se habían adueñado de mi sexo y su boca, de mi razón. Puse mi abrigo sobre aquel suelo helado a modo de camastro, y ella se recostó  ya desnuda, mientras mi lengua -ávida de placer- iba indagando los rincones de la piel caliente, postrada con la lujuria de la tierra recién conquistada, exaltada, tórrida.

Solo me detuve cuando su cuerpo halló una órbita paralela al mío, algún universo o estancia invisible en la que por un momento fuimos uno y no dos los que se hacían y se deshacían como una estrella en mitad de la oscuridad.

Cuando abrimos los ojos y aterrizamos, el suelo comenzó a helarnos de repente, y también la imagen de aquellos ocho pozos, que empezó a producirnos inquietud. Nos vestimos y nos miramos haciendo caro el silencio, sintiendo los primeros embistes de realidad. Luego ella volvió a cogerme la mano (quizás para calmarme) y siguió dando voz y sentido a aquel laberinto de salas y estancias, como si nada hubiera pasado, con la habilidad de una fugitiva de la noche que me iba llevando poco a poco y sin darme cuenta, hasta el punto de salida.

 

Ha pasado tanto tiempo. Camino sobre esta tierra baldía con la única certeza de que la vieja fabrica de papel fue derribada, que nada de ella queda sobre la luz de este sol. Mi perro se detiene un segundo, tal vez haya sentido la opresión de mi pecho, la convicción de que sobre esta planicie se levantaron sueños y fracasos, uno detrás de otro.

Nada ha borrado aún esa memoria, ni siquiera la demolición ante los ojos atónitos de quienes la sentíamos todavía cómplice. Una fabrica de papel de la que nunca salieron libros y ella, paradójicamente, una valija de letras que me detuve un instante a leer.

 

 

 

 

 

Sopa de fobias y manías

Nos reúniamos en torno a una hoguera que habíamos encendido para calentarnos, justo despues de comer, mientras llegaba la hora de reengancharse al trabajo.

Mara miró a Sonia y le dijo:

  • Tienes un saltamontes en la espalda, Sonia, pero no te asustes…tranquila que voy a...

Quería decir “quitartelo” pero antes de terminar la frase Sonia ya estaba cagando leches de un lado a otro, sacudiendose el bicho como una loca.

  • Pero mujer, ¡como te has puesto!– le dijo Mara cuando la chica volvió en sí.
  • ¿Es que tu nunca has tenido una fobia irracional?. Cuando era pequeña, mi primo Juan Carlos, me metió una pluma  debajo del jersey, acariciandome la espalda luego me dijo al oído que se me había colado un saltamontes. Parecía tan verídico. Estuve tres meses diciendole a mi madre que tenía algo por el cuerpo, que me lo mirase a fondo..
  • Yo tengo fobia a los nidos y los pájaros.- dijo Luisa, sumandose a la conversación.  Mi padre era cazador y recuerdo un día que abrí la nevera y encontré un montón de perdices muertas en el estante. Fue una imagen impactante que aún hoy me persigue en forma de ornitofobia.
  • Pues que contradicción que andes loca por ese cazador!
  •  Jajajajaj…síiiii, es curioso ¿verdad? pero hay que saltar los parapetos del miedo- dicen… quizás mi inconsciente de alguna manera se siente atraído hacia ese asunto sin resolver, instando a enfrentarme a ello, para valorarlo de forma más objetiva.
  • La mente es tan extraña… aunque yo no recuerdo ninguna fobia, más bien lo catalogaría de manía. Por ejemplo me da miedo olvidarme de ponerme bragas nuevas para el campo…
  • ¿¿¿¿¿ Como??????– dijeron todos, que en ese momento la miraron con la estupefacción en la sonrisa.
  • Si, si, vosotros reíros…¿es que no sabeis la frase esa de por aquí que dice “das más por culo que la gomilla de unas bragas anchas en la aceituna”?…ea pues eso…manía, practicidad y fobia.

Las mujeres rieron y asintieron pensando en las suyas, los hombres…quien sabe que pensaban los hombres . Todavía quedaba Mari Puri por confesar.

  • ¿Sabeis cual es mi fobia a día de hoy? ¡Los cabrones!.

Todos se pusieron serios. ¿A ver porque cerros iba a saltar la loca de Mari Puri? ¿Tendría alguna relación con alguno de la cuadrilla? ¿Estaría comprometiendole en público?.  El silencio y las miradas se asentaron frente a las llamas. Viendo que nadie decía nada, ni se atrevían a preguntar… finalmente añadió entre carcajadas….

  • ¡Pero que mal pensados sois! jajajajajaj….. me refería a los cabrones que el otro día me rallaron el coche.

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La número 8

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Aquella nochevieja. La recuerdo como si todavía tuviera los 19 años de entonces. La diversión consistía en ir de garaje a cochera y alguna otra casa que acabaría hecha una pocilga.  Mamen se lío con Juli y luego con Luisma. Al día siguiente me dijo que le gustaban los dos y yo le insinúe si no había posibilidad de mantener el idilio…Nos reímos con un 2000 recién estrenado y que venía con cariz enigmático.

Lucia, por contraposición, seguía dando largas a Luis, quizás por la costumbre que entonces algunas chicas tenían de alargar lo inevitable. En realidad, le encantaba jactarse en sus propios encantos y que el chico se esgrimiera el cerebro planeando la conquista. Aquel día tampoco el vodka pudo catapultarla al asiento trasero de la furgoneta, pero hubo algunos besos de cigarro en mitad  del patio y  la noche, mientras los demás observábamos el idilio desde un rincón más confortable.

Pilar, por su parte, nos invitó a la reserva de vino de su padre, guardada con esmero  en el mueble bar, aunque no lo bastante  bien escondida. Era una botella enorme con un grifito plateado muy molón del que dimos buena cuenta todos los que nos reuníamos en torno al árbol navideño, entre charlas, saludos y encuentros. Eran aquellos unos tiempos fáciles en los que teníamos horizontes y donde el grupo siempre permanecía abierto, esperando historias y vidas que sumar.

En cuanto a mí, me pasé toda la noche mirando a Rafa con el rabillo del ojo . Tenía el pelo largo y una de esas diademas que entonces se llevaban. De copa en copa bailamos acercando nuestra complicidad al calor de la música. Logró conquistarme del todo cuando sacó su guitarra y nos deleitó con aquel famoso tema de Los Piratas. Tenía una voz infalible pues quebraba con dulzura en medio de aquellas paredes de hormigón..

Un poco después de las 12, del confeti, el algarabío y las uvas, él y yo aprovechamos para despistarnos y fuimos a la casola de la abuela de Marcos. Nos dejó las llaves y creímos ser los reyes del mundo. Hicimos el amor y follamos en un colchón viejo, mitad y mitad, rodeados de polvo y enseres, bajo un techo cubierto de grietas. Había fotos en blanco y negro de una familia que ya no existía y que nos pareció que observaba nuestro arrebato con mala cara. Rafa me contó del tabú que se escondía en el seno de aquella gente. Debería haber sentido canguelo, pero en aquel  momento, solo noté abrigo en los brazos del chico.

Al volver a la fiesta con los demás, nuestra sonrisa y placidez desató las bromas.

Todavía quedaba alcohol y leña en la chimenea, para inventar historias de terror de esas que tanto nos gustaban. Recuerdo cuando Jose, el más ingenioso para el género, nos hizo callar a los 8 que quedábamos…

“¿Os habéis dado cuenta, vosotros, si…si, vosotros,  que tanto bromeáis sobre la veracidad de mis historias, del número de ganchos que hay en el techo? Tiene explicación:  es porque cada uno de los que estamos aquí tendremos una muerte prematura”

Miramos hacia arriba y contamos con lentitud y torpeza, como cuando eramos niños. Eran los que habían, 8,  los mismos que estábamos. Un escalofrío nos recorrió el cuerpo con la inocencia residual de aquellos 19 años.

Hoy, casi dos décadas más tarde,  la observo detenidamente tras el cristal,  mi corazón está henchido de rabia. No me acostumbro a  tener de nuevo ese escalofrío rondandome las venas, susurrando que soy la ultima con vida de aquella broma sellada en la lumbre.

Ahora solo me queda lo más difícil: batallar el cuento maldito. Así que, cada noche, antes de que el sol haga su entrada, sigo el mismo ritual:  enciendo el fuego mientras juro  que este hechizo no me llevará a sus aposentos, que no soy  yo la número 8 y que un día burlaré al miedo con la serenidad de mis arrugas.

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El efecto Forer

Conforme avanzaba en mi paseo por el centro me topé de bruces con este lugar. Una tienda impecable en el número 4 de la plaza de Mirasol, justo al lado del negocio de toda la vida de Mercedes, el puesto de golosinas.

Al pasar por tan deslumbrante escaparate me detuve a mirar sin más pretensión que alimentar mi siempre viva curiosidad que a esas horas del día andaba ciertamente desocupada.

Era una boutique exquisita de ropa infantil para celebraciones fastuosas. Un negocio que no llevaba más de dos años en funcionamiento, pero que en poco tiempo se había hecho popular en la villa, gracias al boca a boca. El nombre al que respondía, “El efecto Forer”, no pretendía despertar ningún interés añadido, simplemente  había sido heredado al traspasar otro antiguo negocio del que solo habían quedado en la tienda reminiscencias muy pobres. O eso parecía.

Con todo ese pasado detrás,  el Efecto Forer  se había colado a paso veloz en los armarios de la mitad de las familias con hijos de aquel municipio.

El genero de la tienda, casi en su totalidad, se componía de una buena selección de  vestidos principescos con vuelos exagerados, tules y cancanes que solían mostrar unos refajos infantiles llenos de bordados, adornos  y lacitos. Es cierto que sobre gustos no hay nada escrito, pero realmente me conmovía la fama y el prestigio que le habían dado a la tienda mis vecinos y no podía parar de observar y preguntarme, si aquellos mismos trajecitos – más oropeles que árboles de navidad- no habían salido de la Ilustración o de la misma casa de la pradera.

Me asomé por el cristal para dilucidar restos de prendas masculinas por la tienda ya que el escaparate estaba ocupado casi al cien por cien de vestidos y tenía empacho de halo princesa. No vaya a ser que a alguna niña se le ocurra ser elegante en pantalón…¡valgame el atrevimiento!

Al fondo, casi al lado del almacen, entreví lo que parecían algunos modelos de hombrecitos beckelard, colgados sin penas ni glorias. ¿Tan poco vendible sería aquel género?¿Que imagen podía dar una tienda así, más que la idea de que las niñas son las que se lucen y por las que se gasta uno los cuartos y que a los niños se les puede vestir más asequible y menos refinado?

Volví a fijar mi mirada en el escaparate. Había fotos de niñas repartidas entre los vestidos, lucían refinadas bajo fondos y focos, como etiquetas acreditativas de glamour y buen vestir. Y en un cartel en letras grandes se ofertaba:

“Por la compra de un vestido,

se regalan sesiones que luego publicaremos en la revista y en la web”

Al leer aquello caí en la cuenta de algo. Valía más la imagen y el aparentar en aquellos días, que la comodidad o el sentido común. Simplemente pararse a considerar si los niños son los maniquíes de exposición que estamos haciendo que sean. Y sentí pena. Y sentí rabia. Y algunos sentimientos contradictorios más se agolparon en mi  sin tapujos.

¿ Con que idea se harían mayores esas niñas disfrazadas para la foto de la revista o el face? ¿Crecerían con la percepción de que estar monas y femeninas era su principal quehacer de cara a su género? ¿ Como podían esos padres -supuestamente tan preocupados por el porvenir de sus hijos- actuar de forma tan materialista y sexista sin darse cuenta?

Al lado, la tienda de caramelos de Mercedes ya olía a palomitas recién hechas. Suerte que no se especificaba el género, todos podían comerlas sin remilgos.

Caminé hacia una fuente, alejándome de toda aquella patraña…y se me ocurrió beber agua para salir del estupor en el que yo mismita me había metido. Al volverme, leí  de nuevo en letras azules luminosas: el Efecto Forer.

¿Sería yo la misma  que -bajo el efecto forer- había errado catalogando a los padres de esa forma tan sesgada? ¿ o serían los mismos clientes y asiduos a la tienda los que -influenciados por tan contagioso efecto- compraban aceptando como válidas falacias en torno a  la compra de aquellos vestidos?.

No encontré otra respuesta más que la clara estupefacción de que somos a menudo  facilmente vulnerables.

Ultimo relato del año

Quiero despedir el año con  un relato muy especial para mí en este 2016. Habla del paso de la vida, los acontecimientos y los obstáculos    Vistos desde dos lineas temporales que acaban fusionándose.

A los que me leéis desde hace tiempo, os sonará; a los nuevos ojalá os guste a pesar de su perspectiva intimista y algo abstracta.Lo adapté para presentarlo a un concurso de relatos  y cual sería mi sorpresa, recibí el primer premio.

Con las letras de este cuento y su pequeña moraleja quiero invitaros de paso a recordar el valor de vuestras vidas, viendo esta como un viaje que, a titulo personal, siempre está reiniciándose.

Os envío mis mejores deseos para el nuevo año y que la salud os proteja a todos.

Sed felices.

 

EL PRINCIPIO DEL VIAJE

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Al salir del edificio me dirigí a  la calle principal, la de las tiendas. Llovía y había niebla pero la gente parecía no necesitar paraguas. La Navidad y el abolengo de las fechas parecía volver a todos más incautos. También yo, en la puerta, me detuve ante aquella estampa: un hombre mostraba un cocodrilo gigante a una niña, mientras le contaba una historia. Mi oreja izquierda, rezagada tras los soportales, intentaba atrapar alguna frase…

  • El viaje comienza aquí– dijo aquel hombre.

Fue curioso… al escucharlo, reí  y  mi mente trenzó un río de posibilidades. Recordé el anuncio de un vino, el sabor del óxido de la fruta bien macerada, el cristal de aquellos labios. Algo debió arder en mí como la bebida  en la garganta, que me acerqué a él y le dije:

  • Le invito a ese vino ¡que sea en Bilbao!-

Él sonrió, yo también. Supo que adiviné algo, ambos sabíamos de ese vino. La niña nos miraba sin entender, desconociendo aún el matiz con que los adultos a veces tirititean con las palabras, guiñándoles el ojo. ¡Ay, bendita inocencia!. La larga distancia entre el entendimiento y la experiencia, la batalla y la conquista…y luego la pérdida del candor.

Se despidieron de mí y los vi alejarse como dos sombras difuminadas por la neblina. Me pregunté qué historia guardaría aquel cocodrilo y entré en una juguetería a buscarlo. Anduve todos los estantes, pero estaban agotados. Caminé de regreso a casa abstrayendo mis ojos sobre el borde de los edificios. Despuntaban buscando la amplitud del cielo. Las nubes  comenzaban a alzarse, bosquejando curiosas figuras de cocodrilo. Avancé hasta la tienda de decoración de la esquina en la que a menudo  me detenía a soñar. Me pareció que la banqueta que antes había visto de tela,  ahora lucía con piel de cocodrilo. Seguí caminando hasta que un rayo de sol se posó tontorrón en mi mejilla, con ese calorcito de invierno desacostumbrado. Tomé asiento en un banco e intenté acaparar con mis brazos los rayos. Quería relajarme pero me era difícil. Me sentía como un cocodrilo ansiado por calentar su fría sangre. Estiré los miembros, miré a mi alrededor, ¡todo caminaba tan despacio!, lento como una película de pensamientos obtusos. Observé como la mayoría de los caminantes vestían como yo, de llamativo verde, arrastrando sinuosas colas de escamas, todos ellos tan verdes, con sus hogares verdes de obstinadas cortinas verdes y estanques verdes con crías de cocodrilo, también verdes. Pensé en lo mágico y trágico de las locuras, ese caminar desafiante, casi de funambulista que tiene cruzar la cuerda que separa lo real de lo imaginario.

Al llegar a casa tomé aliento, me sentía desbordada por aquella historia. Cogí un lienzo y brocha en mano, traté de aunar respuestas. Quería saber hasta que punto mi cognición padecía de cocodrilo. Pero ¿sabéis que? El animalito no salía. Justo en ese momento sonó el teléfono. Era el tipo de la calle. –¿quieres escuchar la historia del cocodrilo?- me dijo, como si supiera del desasosiego que azizañaba silencioso en mis adentros. – Acepta la vida. Despréndete de todo, que pasen los acontecimientos como una caricia. Y no cierres nunca la puerta ni siquiera al vendaval.

Tras aquellas palabras dulces, como de cuento, abrí los ojos y ví frente a mí al cocodrilo gigante – el de mis peores pesadillas- sobre la cabeza de ese hombre. Me había contado una historia muy real sobre ese animal que tanto miedo me daba. Y yo, aun siendo la protagonista, estaba tranquila. Quedamos absortos, frente a frente, mirándonos con sonrisa de abrazo blanco. Luego me subió en volandas y fuimos calle arriba agitando el viento con el muñeco. Era el último día del año, curiosamente el principio del viaje. Ese que siempre está comenzando.

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Capitán en mares revueltos

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A media tarde, con paso veloz y zapato gastado, bebía los sueños, bajo la mirada silente de mi madre; luego, ella desistía un momento y yo desataba el cordel que minuciosamente nos ataba, para perderme del rabillo de su dedo y capitanear el barco.

A lo lejos, se distinguían islotes, montañas e hileras de árboles jóvenes sobre un cielo impecable de verano; horizontes que ella, ahíta de calma, trataba de atesorar mientras surcábamos un mar de entelequia.

Y que podía hacer, sino dejarme hacer en sus brazos, tenderme al deseo de aquella caricia de modelaje  y perderme en la música -por extensión- de sus tres últimas lágrimas. Si acaso, despistarme un segundo  mirando la mariposa de altos vuelos o inquieto estudiar el frágil motor de una libélula, que mi madre no viese que me había dado cuenta de aquel minúsculo sonido que- cuando se aleja- produce la tempestad.

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La poetisa en ciernes

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Íbamos caminando por las faldas de la Alambra y ese paseo, de los Tristes, creo que le llaman. Pero nosotras no íbamos así…¡qué va!. Confesión tras confesión, charla a charla calculo que llevábamos unas cinco cervezas de más… y digo este numerito aproximándome al pie de la rima. Más tarde entenderéis porque.

Al borde del río Darro, donde se colocan los artistas, divisé a un hombre con un cartel colgado “Se recitan poesías por 1 euro”, rezaba el cartón de su pechera. Mira, Lauri- musité, señalando el descubrimiento que me había atrapado.

Mi compañera me miró con ojillos etílicos y luego fue corriendo hacia el tipo, tal como es ella, pero a lo bestia. Cosas del alcohol- me dije- ¿¡ninguna lengua puede detener!? y entonces pegué un mordisco imaginario a la mía por haber puesto el pastel al burro.

  • ¿Dices poesías por 1 euro?- ¡pero eso es muy fácil!- añadió una Lauri que había perdido gran parte de su poca vergüenza.
  • ¿Ah si?, dime alguna entonces…. – retó el desconocido, arqueando la ceja derecha. Yo observaba rezagada, intentando desvincularme del ajo, recitándole al asfalto: ¡hazme invisible! mientras en mis haberes buscaba una poesía acorde.
  • Pues te la voy a decir……ummmmm…ummmmmm.. estaaaaaaa……a ver…. (Más tarde me confesó que se le habían ocurrido unas cuantas: la de las pupilas, la del barco y la de quien lo probó lo sabe. “un mejunje sin hilo”)
  • Jajajaj…creo que ya estás comprobando que de fácil nanai.
  • ¿Como que no? …a ver si te sabes esta: con los dedos de las manos y los dedos de los pies, con la polla y los huevos todos suman 23.  Lauri se rió como lo hacen los vencidos por la bebida, con ese punto extraño entre el ingenio y la derrota. ” Lo siento, es que me la se desde que tenía 12 años y ha aparecido así, del tirón” justificó risueña.

El tipo la miró atónito, luego añadió:

  • Me parece que la poesía no está al alcance de los borrachos.
  • ¿Ah no?  ¿y entonces que hacía Bukowski?- preguntó algo ofendida.
  • Si me dices alguna de ese borrachuzo, te doy el euro, poetisa loca.
  • ¡Está bien, está bien!, ¡ahora mismito que te la digo! faltaría más…. Lauri cogió su mobil y con ojillos intelectuales buscó el poema.  Luego recitó con voz alta y clara a todos los que por allí caminaban…

¿Ves este poema?
lo he escrito
sin beber.
no me hace falta beber
para escribir.
puedo escribir sin
beber.
eso dice mi mujer.
yo digo que es posible.
no estoy bebiendo
y escribo.
¿ves este poema?
lo
he escrito sin beber.
¿a quién le hace falta un trago ahora?

es probable que al lector.

 Al terminar el tipo cogió un boli de su bolsillo, escribió algo en su cartón y se lo colgó a Lauri.

  • Vale, me ha gustado la aportación, aquí tienes el euro-concluyó  guiñándole el ojo. Por hoy me has quitado el puesto.

Nos despedimos y Lauri, todavía algo tocada, fue paseando el resto de la tarde un cartel que ahora decía…

 Se recitan poesías por 1 euro.

(Soy una poetisa con chuleta y tonillo algo desvergonzado)

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