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Juego de prejuicios.

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Hoy era sábado y en la carnicería había menos gente de lo habitual. Es cierto que las horas invitaban a almorzar, pero Alberto aún tenía que trabajar otras dos más antes de relevar turno.

Eran algunas las ocasiones que cuando estaba hastiado y aburrido, se apoyaba en el quicio del mostrador y dejaba perder la mirada al otro lado del pasillo. Observaba la dimensionalidad y disparidad en las gentes que atravesaban las cajas registradoras con sus respectivas compras. Y mientras lo hacía se dejaba llevar por esa música redundante que emitían los códigos de barras, como si al sonar el pitido el también pudiese leer automáticamente lo que había debajo de aquellas apariencias.

Con el tiempo había aprendido a hacer radiografías fugaces de individuos, como un juego más de entretenimiento prejuicioso. Él mismo, en su silencio y dedicación, había llegado a la fantástica conclusión de que el mundo se dividía solo en dos flancos: los tímidos y los sociales, con ciertas variaciones sobre las que le gustaba fantasear. No se posicionaba en ninguna preferencia, solo los estudiaba atentamente, en sus gestos, movimientos, actitud, modulaciones de voz…en fin, lo que diese el momento. A veces eran milésimas de segundos y otras, franjas de minutos, según fuese la cuenta en su magnitud.

Esta vez la caja registradora se quedó parada más tiempo del normal. Sucedía a veces.

Esperaba una mujer con su hijo pequeño a que le confirmasen el cálculo pero había habido algún error en el recuento de los productos. La dependienta llamaba solicitando información y mientras tanto, esta chica,quedaba a mirilla abierta, a espensas de las validaciones y el tasante ojo de Alberto.

  • ¿Y porqué te han puesto esa maquinilla en los dientes?– preguntó el niño al descubrir la ortodoncia que llevaba su madre. A Alberto le hubiera gustado añadir ¿es que quieres ser aún más guapa?.
  • Ah, ¿esta?… Es para inflar globos imaginarios gigantes ¿quieres uno?

El niño asintió rapidamente, sorprendido por la propuesta y ella empezó a soplar hasta ponerse colorada, como el jamón que él acababa de empaquetar. Sus manos y su cuerpo entero se movían acordes, como si en verdad tuviese un globo entre ellas, pero solo era, valga la redundancia: aire y mímica.

Alberto la observaba con ojos inquietos y curiosos… Trataba de escucharla, su tono era bajito pero los gestos la agraciaban.

  • Y ahora lo cogemos por los dedos, ¿lo tienes agarrado bien fuerte?¡que no se te escape! ….Suéltalo, vamos: Adios globo!!!! adios!!!!

Esta vez Alberto había olvidado hacer la lectura al completo. No al menos de una manera distante y objetiva como solía. Quizás no todas las personas se pudiesen almacenar en dos o tres sacas y algunas fuesen tan extraordinarias que las renociésemos en el simple olvido de nuestras lacras.

Lo ultimo que escuchó mientras se marchaban fue al pequeño decir:

Mamá, ¡¡que yo también quiero una maquinilla de esas!!

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Un ejemplo clarividente

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Sabía que todo comenzaba con una sensación. Fugaz y cadente, hasta instalarse en las entrañas del cuerpo, como un flujo salvaje que se apodera de la razón .

Tragó saliva y se revolvió en su asiento. No podía dejar de perplejarse ante aquella imagen, contigua a sus efectos, como la enfermedad: el rubor de los grados… esa nada química ascendiendo virtuosa sobre su piel…que pulsaba y latía…pulsaba y latía en el henchido delator . ¡Poderoso cuerpo que reclama y atrapa como un narcótico!

Miró hacia sus ojos y luego en otra dirección. Por un instante se sintió  nerviosa. No quería ser descubierta todavía. Y sin embargo, ese oscilar camuflado de pupilas era un juego demasiado tentador al que no iba a renunciar.

Se cruzó hasta la mesa comprobando de soslayo si él la estaba mirando. Todo era un recreo de libertades candentes. Dejo los folios, tomó unas notas. Luego se atusó el pelo con destreza natural. Estudió cada paso mientras él la observaba. O eso creía imaginar.

De repente, aquella presencia camiseta color fluor se le acercaba. Chillaban los ojos…y algo más. La necesidad de decir una tontería para disfrutarlo más cerca. El corto atrevimiento, la fiebre, ¡que sabía ella!. Había algo que no le permitía vocalizar lo que tenía en mente y sospechaba por experiencia lo que podía ser.

¿Sabes que tus ojos le roban protagonismo a tu camiseta?– le hubiera gustado soplarle. Así, sin filtros ni holas… ¿porque no decir u hacer lo que bulle en primera instancia?. Siempre esa batallita de inseguridad planeando cada palabra y sus consecuencias… Esta vez estaba negada a hacer caso del recato e iba a poner en marcha sus mejores armas.

Finalmente, convencida de que no podría sostener tal galentería decidió preguntarle el teléfono de la profesora, síii, aquella podría ser buena escusa. Según sus calculos de empatía, lo entretendría un poco más… o no.

Sobre la marcha, mientras escribía los números en el papel, se perplejaba con aquellos ojos color verde aceituna. En directo eran casi esféricos e hipnotizaban aún más cuando reía. Tenía un atractivo frágil y tímido en sus facciones que le recordaba a Marwan, pero en guapo. Marwan no era guapo, obviamente, pero él sí. Fue un análisis extraño desde que lo vió. Creía que esa era la razón por la que – por vez primera- se había visto sobrepasada por aquel físico. O quien sabe… tal vez todo el mundo fuese alguna vez débil a ese tipo de belleza “fácil”.

¿Tienes idea de como se conjugan los futuros en este contexto?– volvió a preguntarle, deseosa de conversación y excusando su despiste con una sonrisa “ese día falté a clase”. Realmente no quería que se marchase ¿se le estaba notando demasiado? ¡que más daría con tal de “tenerlo” un ratito más. Conversación, gestos, y ese cuerpo de medidas apoteósicas rondándola cerca.

  • Te he dejado el número en esta nota. – concluyó él, con los ojos llenos de travesura . Una cosa muy importante: no es el de la profesora, es el mío. Mañana te explico como se conjugan los futuros ¿te parece?…¡¡¡es muy fácil!!!

 

Ella asintió carcajeándose por el embiste de audacia. Esperaba todo menos un hombre directo y perspicaz: buen chiste aquel giro.

Un ejemplo clarividente de que ni los físicos ni el dialogo verbal son lo que parecen. Detrás se esconden campos de locuciones dignos de ser atendidos y vistos.

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Así se iba riendo la mesa.

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Así se iba riendo la mesa. El fresquito en la terraza- restaurante de Pepe acompañaba,  y casaba de maravilla con la agusteza con la que las chic@s hilaban cañas, tapas y conversación.

Era la ultima por desmantelar, cerca de la barra y del solitario parque infantil, los camareros luchaban porque no se les escapase ninguna mirada furtiva,  pues los reunidos parecían tener de todo, menos prisa.

Con la llegada de las copas, la charla había girado hacia el atrevimiento. Lo que siempre pasa: uno/a empieza y anima al resto.  Y esta vez inició el juego Sonia..

  • Voy a contaros una locura si prometéis rebelar cada uno la vuestra, de parecido calibre.

Todos asintieron y se apuntaron a la diversión, aunque Manuel miraba con esa cara-sonrisa de quien conoce a la personaja “cuenta, cuenta que luego ya si eso…me planto”… parecía decir sin mediar palabra.

  • Hoy he vuelto al trabajo, puntualizo:¡ en calzoncillos!–  dijo entrerisueña una chisposa Sonia, cerrando los ojos y sorbiendo del vaso.- No os lo creeréis pero tuve una experiencia catatónica este verano . Me los dejó mi chico -una noche-  luego no pude desprenderme de ellos. Se fijaron a mi piel con tal suavidad…  ¡¡que acabé robándoselos!!.
  • ¿ Y que pasó en el trabajo? ¿Alguien te lo notó? – preguntó un Manuel sumamente intrigado.
  • Mi compañera de departamento aseguró verme muy feliz para ser el primer día post vacaciones…  le solté que aquel verano había entendido mejor a los hombres. Se extrañó y yo me metí pitando para el almacén, aguantando risas. Lo que más me emocionó fue el llevarlos  delante de las narices de mi jefe (sin que se coscara)  mientras me recordaba la absurda norma de maquillarse.

Todos rieron.

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  • Es una anécdota chula– dijo Alejandra. La mía no tiene tanta gracia, pero es curiosa . Todo comenzó un día que me pasé por una feria de libros. Adquirí un ejemplar de Sartre, La Nausea y comencé a leerlo aquella misma noche. Me enganchó y al llegar a la página 183 descubrí  un pasaje subrayado y una nota a lápiz justo al margen.  Sartre decía algo como: Lo sé. Se que nunca más encontraré nada ni nadie que me inspire pasión, se necesita energía, generosidad, ceguera…saltar un precipicio. Si uno reflexiona, no lo hace. Se que nunca más saltaré.”

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  • ¿Y que ponía en la nota a lápiz?
  • Una reflexión que me dejó fría, me pareció un pulso al filósofo con tintes de experiencia de vida
  • ¿Se puede saber lo que había escrito?
  • … ” Hay suicidas irredentos del trapecio del amor que no hay porrazo que los llame a recato. Simétricamente, hay temerosos que jamás sentirán las mariposas del vértigo. Pero también hay perversos, asesinos del alma, que coleccionan víctimas como mariposas en un álbum, solo para solaz de cierto ego-onanismo. Por cada un@ que repite con Sartre “Se que nunca…” hay otr@ que dice “una figurita menos..”.
  • Madre mía! da un poco de repelús y resulta cercano.- dijo Ana.
  • ¡Eso pensé yo!– aseguró Alejandra. Y me intrigué tanto por ese anónimo que no he dejado de buscarlo sin éxito. Tengo curiosidad de saber que le llevó a esas conclusiones.
  •  ¿Sabes que la curiosidad, mata, Alejandra?- aconsejó Isabel, que había permanecido hasta entonces  callada.
  • Puede ser,  por eso no queremos palmarla sin que nos confieses tu hazaña…- espetó un Alejandra con ganas de aventura.

 

  • Esta bien, está bien. La mía sucedió hace algunos años. Ïbamos a ligar. Bea y yo, tan contentas de la vida.  El sitio se llamaba  La Vestida , un lugar de copas de moda, en el que yo acabé desnuda…valga la contradicción.
  • Entonces la cosa no estuvo mal del todo,  ¿ligasteis pues?
  • ¡que va!…nos metimos en los baños y estaban  asquerosamente inundados. Bea me esperaba en la puerta relatando, yo llevaba veneno en el cuerpo… ¡ten cuidado, nena, que se resbala!…¡que no te preocupes, cansina!. le decía yo, tan autosuficiente. Un segundo  y …vaaaaaaaaaaaaa¡¡¡tortazo contra el suelo!!!. Me hace gracia, cuando vas mosca, nunca te ves haciendo el ridiculo, me levanté rapido, como las balas ¡aquí no ha pasado nada!… Pero Bea había huído ya de mí como de una mofeta. Tenía los vaqueros empapados y al salir aseguraba que no me conocía. En fin, tuvimos que irnos y sí, lo se: le eché la noche a pique. Menos mal que conducía ella y estaba más serena…me metí en su coche no sin antes quitarme los pantalones  y quedarme en tanga… y yo en tanga, esa prenda tan incomoda, lo único que podía pensar era en secar mis preciados pantalones, así que ,ni corta ni perezosa, saqué la prenda por la ventanilla procurando airearlos con el vientecillo de la noche! ¿sabeis lo que pasó despues, no?
  • Se volaron  y Bea te mandó a la mierda, ¿no?- apuntó Manuel.
  • Exacto, los pantalones no tardaron en salir escopeteados por la ventanilla¡ era lógico!. Pero lo segundo, no sucedió. Todavía tuvo paciencia para bajarse en la oscuridad de la carretera y buscármelos. Después me sermoneó de lo lindo y  me llevó a casa. Así son las buenas amigas.
  • ¡Que bonito! ¡Y será verdad! – dijeron varios.
  • Claro que sí,- asintió Isabel-

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  • Ana y Manuel, ¡faltáis vosotros!¡no nos  hemos olvidado!
  • Mañana volamos para Jamaica.- dijeron al unísono
  • Ya lo sabíamos, pero eso ¿que tiene de  locura?.
  • Puede que eso no, la locura será no volver fumados y no traeros tabaco.

 

Y así se iba riendo la mesa y la noche. Buena dosis de atrevimiento y complicidad, con una luna de media sonrisa como telón de fondo. Nada mejor que vestir con descaro las ultimas horas del verano.

 

 

 

 

 

 

 

Y entonces, ella dijo…

 

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Permanecíamos sentados en la azotea de una casa, estudiada y acogedora pero a la vez, sencilla. Abrigados con una tela muy suave mirábamos el que decían era el cielo más limpio del país. A 1350 metros de altitud y lejos de cualquier atisbo de contaminación lumínico-sonora.

Ella dijo: ¡Que gozada.. sentir frío en agosto y ver el polvo cósmico!.

Acompañados por el sonido del agua del arroyo e iluminados por la ingente manta de estrellas bebíamos el silencio, la copa, la noche… . Alrededor una estampa de antaño. Cortijos y campos, soledad y desagravio. Ella dijo: … es como nuestra infancia ¿recuerdas?.

Estudiábamos en voz bajita  las sensaciones que nos había dejado el  trasiego del día y no hallábamos fin. El cómo habíamos penetrado por todos aquellos parajes solitarios que tiene la sierra, en donde no parece posible la vida y sin embargo, ahí está. El oxígeno, el pulmón. Como un milagro evocador que se encumbra más allá de lo imaginable, porque al fin y al cabo, vivir no precisa de tanto artilugio al que acostumbramos…y el progreso también contamina, si lo miras bien.

Recordábamos lo que habíamos aprendido a lo largo de las horas. Que allí no existía la prisa, que el pan y el cordero te hacían la boca ca-ra-me-lo…. o que la guardia civil jamás hacía controles por drogas y sí por cazas furtivas y robo de borregos. Reímos. “nos podían haber avisado antes” – dijo ella. cuando los ví aparecerse casi a los pies de nuestra casa, ¡¡temblé!! pensé que nos caería la de San Quintín por una copa.

La verdad es que apenas habíamos bebido pero nos sentíamos borrachos con la experiencia, recordando el que pronto se convertiría en un recuerdo más.

Ahora todo estaba pausado, yo la miraba desde la lejanía de quien contempla tan cerca. Fue entonces que le pregunté que pensaba y no se me olvidarán las palabras.

La naturaleza es como un poema, yace oculto bajo una forma secreta y maravillosa. Es por eso que si no te paras a considerarla no eres capaz de descifrar lo bello que tiene por decir.

Un momento perfecto para indagarla y besarla. Cuando reflexiona y me pierde.

A estas alturas, el poema para mí era otro. Yo quería ir de forma secreta hacia su más que salvaje naturaleza, recorrer los versos de la carne, cruzar las estrofas de las curvas… merodear en las silabas del arrebato.

Más tarde, le pregunté socarrón si habría escuchado yo  bien la poética de la naturaleza. Si había sido lo suficientemente perspicaz.

No dijo nada y lo dijo todo. Su risa.

 

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Por el desfiladero de los Cañones.(I). Mis sensaciones sobre la ruta. Un relato homenaje al Jaén olvidado.

Levanté la vista y un abismo de piedra y agua me golpeó el corazón. Con el cuerpo sumergido en aquella poza helada y el sonido del desfiladero crujiendo mis miedos, llegué a creer que nunca más vería algo tan hermoso.

Pensé. La de cosas sin descubrir que tenemos al lado de casa y ni las conocemos a fondo. Un entorno en el que he crecido, una montaña que he explorado desde otros ángulos y posiciones…¡y no haber venido hasta aquí mucho antes!

Nadé tiritando. El frío es un traje que se ciñe a tí y te achica las convicciones. Apenas te deja pensar con claridad. El río, salvaje y fugitivo, te golpea el pecho llevándote hasta los recovecos del cañón, donde descansas el cuerpo y preparas la mente.

A contracorriente, sin saber la profundidad, los trucos o las trampas, me movía por instinto…era capaz de saber que estaba viviendo en una naturaleza que me era familiar, una adrenalina que había mantenido dormida.

Sopesé el valor de mi vida. Miré el pasillo de rocas por el que la luz del sol hacía horas que se había ido. Rugía el agua como un silbido macabro y aún así, iba decidida a valorar mi talento. Recuerdo que entonces él  nadó hasta mi posición, tiró de mi y me detuvo. Sus pupilas me taladraron cuando me dijo: No conozco lo que hay ahí…estamos solos. Anda, te prometo que volveremos.  Aquella voz que había escuchado durante años, que había sido como mi segunda conciencia, se transformó en eco al instante y se propagó por toda la oquedad como un trueno, haciendo más relevante el mensaje.

Volví hacia la zona  más orillada dejándome arrastrar por la corriente del río como un pez. El venía detrás mío, preocupado por saber si estaba contenta con los limites de su decisión.

Toqué tierra, él  tras de mí . Un sol agradable vistió mis poros de una templanza que me agradó. “No me importa” le confesé. “El miedo es el peor compañero de escena, estoy dispuesta a esperar. Pero volveré, quiero ir hasta la cascada”. “Claro que sí” – me dijo, “es solo que por un momento, me he acobardado pensando la de gente que ha perdido la vida aquí… a lo largo de décadas”.

Río abajo me sentía conectar de nuevo con el mundo y las gentes que se orillaban a disfrutar del día en las partes tranquilas, donde se situaban los merenderos. La basura y  los rastros  los iban delatando sin piedad, sin  ley ni conciencia que los detuviese.

Bajé por el sendero en el que el río ya quedaba de lado, y con él, el frío de mi cuerpo. Me adentré por entre los olivos observando como mis pasos iban cogiendo altura. Ahora todo lo que había andado a través del agua, lo hacía mucho más rápido por tierra.

Quedaban ahí abajo mis huellas bañadas por el curso eterno de la corriente y se alzaba majestuosa la montaña que antes había sido mi techo, iluminada por los últimos rayos de la tarde. Llegué hasta las pasarelas de hierro corroídas por el oxido y la dejadez. Había tramos en los que la baranda había sido derruida o se hallaba enclenque y tenía la sensación de caminar sobre un alambre, desafiando al aire. A la izquierda, quedaba el rastro de un canal  ya olvidado, lleno también de desperdicios y ripios. Algo que en otro tiempo debió desempeñar alguna función logística dentro de aquel paisaje.

Seguí despacio, disfrutando de las vistas y de la posibilidad de no sentir vértigo. Cada paso era un camino hacia la concienciación de la desvaloralización y el olvido de los entornos. Me preguntaba como era posible aquella inutilidad por parte de las autoridades para promocionar lo que nos era único, esos rincones oriundos de  nuestra tierra dejados de la mano de Dios y que, en otro lugar y otras manos, representarían auténticos valores a tener en cuenta.

La ruta tocaba su fin con esa sensación de rabia. Llegamos hasta al coche y abrí el maletero. Saqué de la mochila una manzana y unas nueces…y las compartimos. Todavía sentía en mis piernas la corriente de agua latigueando y el sabor satisfactorio de las emociones del fluir del viaje.

Cogí el  móvil que había dejado con todo lo demás en el coche. Era una pena, no tenía fotos de aquel lugar tan inaccesible, de aquel paraiso oculto en el que me había adentrado. Creo que así son algunos momentos grandes: huellas de retina que calan, instantes que hay que vivir sin más equipaje que uno mismo.

Sabía que al llegar a casa abríría este cuaderno para rememorar lo vivido, aún en vacaciones con lo que cuesta…, necesitaba más que nunca dejar mi voz al hilo de los acontecimientos, lo visto y sentido….

Era mi correspondencia mínima a Los Cañones por una jornada como la que me habían regalado.

 

Un juego

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Era jueves, mediados de julio y la playa ya empezaba a llenarse. Desde no más de cien metros un hombre con libro en la mano, se acerca a una mujer tumbada con libro sobre la arena.

  • Hola ¿te apetece jugar a un juego? – pregunta él.

Ella levanta la vista por encima de las gafas. Recorre al tipo de pies a cabeza, es alto como él solo y al avanzar por su figura, se topa con el contraluz solar.

  • No me guiñes los ojos que ya se que guapo no soy.

Ella sonríe. No es de las que se animan de buenas a primeras a jugar con desconocidos pero el chiste la saca del ensimismamiento de la lectura.

  • Entonces que…¿te apuntas?
  • Podrías haberme preguntado primero el nombre. Me llamo Rita.
  • Hola Rita.  ¡y yo que te había visto cara de Macarena!
  • Jajajjaaj… llorona soy, pero virgen ya no.- dice atrevida.
  • Lo podía intuir, es solo que me recordabas a alguien.
  • A ver ,de que se trata el juego, si se puede saber…
  • Es muy sencillo, no quiero molestarte mucho. Yo te leo el último párrafo de la pagina 15 del libro que tengo en la mano y tú me lees el último párrafo de la página 15 del tuyo. Fácil ¿no?…
  • Uy! que peligro! jajajaj…, parece simple, pero no lo es.
  • ¿Y porque no?
  • Pues porque tú ya sabes de antemano tu frase. Vas predispuesto en una dirección que -previamente- has elegido. Sino ¿porque escogiste precisamente la pagina 15?.
  • Ahhh, el numero lo elegí  por tí. Eres la niña bonita. Aunque ya sabes, cualquier juego tiene sus riesgos. En todo caso, los de éste me parecen nimios para lo mucho que puede, por el contrario, aportarnos.
  • ¿Siempre te metes así de lleno en los libros de la gente? ¿O es que crees que hay un destino detrás de unas cuantas palabras?
  • Me gusta que me preguntes. No, no creo en el destino, sí en la conjunción de azares.
  • Pero no es un azar que tu me hayas elegido para acercarte. Lo has hecho conscientemente.
  • Te equivocas. Sí que lo es. El azar me colocó a una chica guapísima delante, que curiosamente estaba leyendo el mismo libro que yo hace algunos meses. De otro modo, no me hubiera acercado a tí.
  • ¿Y te interesa saber lo que pone en un libro que ya has leído?
  • No, me interesa saber como el juego casa las palabras de dos libros totalmente distintos, como dos vías de tren  que confluyen y dan lugar a otro recorrido.
  • Eres zalamero, de nombre, ingenioso. Está bien, jugaré a tu juego.  ¡Empieza pues!

Él la mira sonriendo de forma interesante, se atusa el pelo, mantiene el silencio torrido del instante…y se dispone a leer.

Hiciste bien en quererme todos estos años pasados, todos estos años atrás… Seguramente no hayas hecho nunca nada mejor.

Eso es todo, he sido breve. – dice él.

  • Esta bien, me toca- contesta ella.

Jonh vio o supuso lo que me ocurría y por una vez me abrió su corazón, aquel corazón que normalmente tenía envuelto en una coraza. Con los corazones abiertos, el suyo y el mío, nos corrimos al mismo tiempo. Para él, esa primera apertura pudo y debió significar un cambio radical. Pudo haber marcado el inicio de una nueva vida juntos. Pero ¿que sucedió en realidad?

  • Para, no pases de página, Rita- dice él. Solo era el último párrafo.
  • ¿No te parece que se queda a medias en esa escena?
  • ¿Y a tí no te parece que ya casan los dos fragmentos perfectamente? De alguna manera mágica pueden dar lugar a una historia de la que nosotros -y solo nosotros- podemos inventar el final.
  • Jajajaja…que oportunista eres. Es muy fácil que en dos libros se hable de amor, la posibilidad podría estar en un 70 a 30.
  • Naaaa, era una cuestión de azar, y las reglas eran esas. Podría haber salido algo aprovechable o podría haber salido una chufa. Reconocelo: La literatura fue agradecida con nosotros.
  • Y bien  ¿cual es el premio a esta batalla ganada de azares y letras?
  • Por lo pronto, unas cervecitas contigo, vale ya de achicharrarnos en pro de la cultura.
  • Jajajajajaj… ahí sí que me has ganado, campeón.
  • Jajajajaj…. ¡vamos! por cierto…me llamo Óscar.

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Me sacó de mi fría casa con el calor de su mano. Me llevó a toda prisa por esas calles por las que nunca había pasado. Con temple y sin aspavientos tiraba de mí y me apretaba su prisa, el sudor de su piel era un volcán que se acoplaba a mi escarcha. Atravesamos puentes, escaleras, calzadas ¡tantos mundos desconocidos para mí!. Luego se nos fugó el sol. O nos cubrió algún techo de sombra que percibí como una cueva. Iba mirando por las rendijas lo que ella me iba dejando… había música y olores desconocidos y gente aparenciéndose en los espejos… 

Recorrimos un gran pasillo atestado de objetos inquietantes y percibí como me abandonaba en aquel agujero. Con que dejadez su mano dejó de ser, y me noté tan sola. ¡En un socavón tan grande como extraño!. Alguien debió avisarle que no era un lugar hecho a mi medida, que yo no era como las demás ni tenía las formas estudiadas para ser un cuerpo estándar comportándose según leyes de gravedad naturales.

Alguien, pero nadie se lo dijo.

En cambio empezó a correr y a correr, desentendida de mí, como si el mundo se acabase en alguna parte…y yo empecé a resbalar y resbalar sintiendo el embiste de su determinación….

Caí al fin desplomándome bajo sus piernas, apunto de enredarla con mi batacazo. Con el impacto quedé inmóvil sobre el suelo, sintiendo como me taladraba su iracunda mirada,

…  Y doliéndome aún de mis magulladuras, la escuché exhalar:

¡maldita botella! ¿porque no puede ser como las demás y estarse quietecita en la cinta?

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Lo que aprendí tras la barra

No soy maestra en el corazón- la oí decir– pero si te puedo decir que he sido (hasta ahora) una buena alumna.

En la barra, desplomado, un joven con rastas escuchaba compungido las palabras de la camarera. Yo tomaba mi café de cada tarde y no pude evitar prestar atención al discurso tan interesante que mantenían.

Te diré lo que me hubiera gustado que me dijeran. Yo, que he vivido décadas enteras detrás de esta barra, como escuchadora, consejera o búho del insomnio, como papelera de tantas y tantas historias sobre corazones arrugados que han llegado a mí hasta enriquecerme. Te diré que me parece eso a lo que todos llaman amor.

Y es que sin ser algo físico, se palpa por los cinco sentidos: los ojos, ¡que brillan más!,  los olores de la persona (aún sin ser agradables) nos conquistan, esas leves caricias que nos elevan el vello, la voz que sale por unos labios  y  nos tranquiliza, y…¿que me dices del sabor de sus besos? ummmmmmm…

Ay! toca suspirar….¿quieres saber más?

El amor es como un ser vivo, nace, crece, se reproduce y, lo siento mucho, pero muere. Cada ciclo hay que vivirlo intensamente sin intentar detener el tiempo en ninguno. Todos tienen su sentido y no hay que hacer trampas tratando de estirarlos,  tan solo alimentarlos para que duren lo máximo posible, porque de eso se trata cuando queremos a alguien y ese alguien nos quiere. Te repito: CUANDO QUEREMOS A ALGUIEN Y ESE ALGUIEN NOS QUIERE. Si no es recíproco, de poco sirve y el fin está garantizado. Podría extenderme más pero quiero llegar a la última etapa, esa tan dolorosa en la que el amor muere. ¿Como saberlo?.

¡Es tan sencillo y complicado!, otra contradicción puñetera de esta vida.

Debes fijarte en los signos delatores, esos  que resultan incuestionables y que caen por su propio peso. La persona que te quiere bien, no te insulta, ni te menosprecia, ni te hace sentir inferior, ni te engaña, ni juega a darte celos, ni te hace dudar, ni te quiere  hoy y mañana ya veremos, ni te expone a situaciones peligrosas, ni te hace la persona más feliz tres días y la más desdichada quince. ESO NO ES AMOR. Eso tiene otro nombre, ponle un D.E.P. a esa relación si te han tratado así. Y huye, huye de algo que está muerto.

Porque tú eres una persona llena de vida y te  quedan todavía muchos tramos que cruzar. No tengas miedo,  solo haz acopio de valor. Eso que llevas dentro un poco dormido. Zarandea y despiertalo para que sepa que no estas dispuesto a rendirte.

Y pase el tiempo que pase otro amor llegará, nacerá y crecerá. No lo dudes. Recuerda que según como lo alimentes, durará. No te olvides de los signos positivos que va dejando en tí, son la prueba más fiable de que está vivo y te colma. 

Y no hay más. Bueno sí, en realidad, ¡muchas más cosas!… pero ahora te toca descubrirlas a tí.

 

No me quedó más remedio que aplaudir aquellas palabras, aún a sabiendas de que descubrirían que había estado poniendo la oreja. ¡¡¡Mecachis!!!, aquella mujer había resumido con tantísima cercanía lo que yo pensaba que de repente se me fugó la vergüenza. Los dos se volvieron para mirarme.  Rió la camarera y al instante, el chico.

Había en él ya, como en su vaso, menos posos de pena.

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LABIOS

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Aquella mañana al levantarse Patricia se miró al espejo y vió algo raro en su cara. Tenía los labios inflamados de una forma en que nunca solía verlos.  Rozó las comisuras prestando atención, intentando dilucidar el origen de aquella desfiguración.

¿Sería un herpes? ¿Un grano?¿Una picadura?…Nada parecía encajar en la causa de aquella  extravagante turgencia.

Era como si al dormir hubieran aprovechado para colocarle unos labios que no eran los suyos y ciertamente, ¡le quedaban horribles!. Hizo un puñado de muecas en el espejo y comenzó a desesperarse al comprobar lo extraterrestre de su boca.

Precisamente hoy se celebraba la boda de su sobrina y no podía faltar. Se había comprado un vestido carísimo para lucirse y en dos horas tenía cita con la esteticista para que la maquillase. Bueno, al menos podría explicarle el asunto e intentar (con la experiencia y los potigues) disimular el abultamiento. Sin embargo, al llegar al salón sucedió algo insolito, y es que la chica que solía arreglarle la cara no era capaz de ver lo que Patricia le señalaba.

  • Son mis labios. ¡Fijate bien! Estan raros, entumecidos, algo les pasa. – decía la afectada.
  • Yo te veo como siempre, Patricia. De verdad. No te preocupes que estas preciosa.

Y  miraba y requetemiraba al ver la preocupación de su clienta.

 

Llegó la hora de la fiesta y Patricia seguía nerviosa. A su entender, el maquillaje no había mejorado la situación por más que se había dejado la piel la esteticista, sus labios seguían sin encajarle y los miraba con cierto espanto.

Caminó hacia la fiesta buscandose en los espejos que encontraba por las aceras y coches. No veía en aquella boca, otra cosa que la imagen de un adefesio, que la iba saludando e incordiando en cada esquina. 

Pensó que explicación podría darle a la gente cuando llegase y la viesen. Pero la gente, no sabía si por prudencia o despiste ¡no dijo nada!. En realidad, nadie vio señal alguna de anormalidad en su rostro.

Se sentía angustiada y para colmo ¡había que salir en las dichosas fotos familiares que prolongarían hasta la eternidad la angustia de aquel extraño rostro!. ¡Aunque nadie lo viese! ¿qué importaba si ella misma lo estaba reconociendo?. Sonreía a los flashes con tal desgana  que al hacerlo sentía como aquellos labios le latían más y más fuerte y se volvían más y más ardorosos.

Pidió un cigarrillo para escapar de aquella muchedumbre protocolaria. Hacia años que no fumaba pero pensó que le vendría bien. Nada más cruzar la puerta de salida, se dio de bruces con él, que caminaba casualmente en alguna dirección.

  • Hola ¿Qué ha pasado en tu boca, Patricia?- le dijo rápidamente, mirándola con cierta tristeza y preocupación.
  • ¡No lo se!¿ eres capaz de verlo?.¡dime que sí! ¡Dime que no estoy loca!- soltó ella con desesperación.
  • Claro que lo veo. Perfectamente. Además, creo que soy capaz  hasta de intuir el porque te ha sucedido eso.
  • ¡No me digas!.  Confiésamelo, por favor. ¡No sabes lo preocupada que estoy!.

Él guardó silencio y la miró . Luego se acercó a sus labios y los besó profundamente saboreándolos con la pasión que solo otorga el anhelo.

De repente ella lo paró en seco.

  • Ehhhhh ¿Qué haces?¡No me has dado una explicación plausible!. ¿Crees que puedes engañarme así y besarme despues tanto tiempo como si tal cosa?

 

  • ¿Acaso no lo estabas deseando?. No obstante te diré lo que  ha pasado: Tus labios se han obstruido de tantos besos como me has negado. Se te han quedado todos guardados ahí dentro y es natural que ahora clamen por donde siempre los enseñaste a salir. 

Ella sonrió y luego soltó una carcajada espontánea. De improviso, la mueca de su sonrisa pintó la simetría de siempre. La de los besos imparables, la de esa clase de energía que emiten unos labios que buscan a otros hasta  el anochecer.

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Cada canción es una ventana en el tiempo

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No he olvidado aún el aspecto de aquella habitación-  decía, mientras sorbía delicadamente su elegante copa de vodka naranja. Tenía la mirada embriagada de ternura y recuerdos; y mientras hablaba soltaba algo de mí que había estado dormido durante años.

Era justo el paradigma de espacio que todos los adolescentes hubiéramos deseado: un lugar propio al margen de los padres en el que soñar, fumar y estar exento del mundo. Y tú la tenías, suertuda. Con aquel  viejo ordenador heredado de tu tío con el que hacíamos trabajos y las colecciones de libros del circulo a las que nos suscribimos para hacernos con una biblioteca medio decente. Había una ventana con vistas al tejado, un gran tocadiscos, con vinilos de los últimos y la radio sonaba siempre de fondo. También recuerdo aquel armario a medida grande en el que una vez nos metimos para ocultarnos de tus padres. Planeamos allí tantas pamplinas y romances. ¿recuerdas?

Mis ojos la miraban embelesada, como si de repente su discurso hubiera abierto aquella ventana  del cuarto y se hubiera colado una bocanada de perfume reconocible.  Sus palabras resultaban ser algo así como el hallazgo de uno de esos libros viejos con notas personales intimas,   que al desempolvar entre sus páginas, hace florecer la memoria al hilo del sentimiento con el que se escribió sobre los márgenes.

Sigue, sigue… reclamé obnubilada por la entrañabilidad con la que lo estaba contando y ansiosa por seguir visualizando las imágenes de un pasado que se me había escapado de algún modo.

Por aquel entonces, te enamoraste del tipo de la radio. ¡De su voz! ¡Qué sensual era, madre!…Y una tarde llamamos para dedicarle una canción de tu parte . Fue tan caballero modesto que ni siquiera mencionó el detalle, en cambio te la dedicó a tí ¿Te acuerdas?

Una risilla conmovedora se coló entre mis facciones. Era reconocible que aquella era yo en la expresión máxima adolescente. Una tontuna pintoresca que iba desentrañando con especial afecto. Como si de repente tal evocación me hubiera desatado las ganas de volver a aquellos tiempos de inocencia y mocedad en que tan poco sabíamos de la vida y el amor.

Esta canción que está sonando fue la que le dedicaste a él. – afirmó con un guiño de delicadeza en su boca

. ¡Que retentiva!-  pude decir al fin, asentía  yo misma en medio del estupor  que me iba generando que se fueran abriendo los telones de la memoria. ¿Como podía haber olvidado todo aquello que  -en otros días –  fue tan prioritario?

Te volviste loca cuando pronunció tu nombre porque tu eras esa clase de chica enamoradiza e intensa a la que no le impresionaban los  tipos normales. Y esa anécdota la estuviste disfrutando durante semanas. ¿En serio ya no te acuerdas?

La miré con mimo, no sabía que decir. En verdad aquello me había pasado a mí  pero dadas las circunstancias era más que claro que me había vuelto una selecta olvidadiza en el propio diario de vida. Sentía como a menudo presenciamos el caprichoso sendero de la memoria sin poder desviarlo, haciendo de ella un bloque de plastilina con infinitas formas; cambios de tecnicas y buriles que nos dejan los años.

Y aquel olvido catatónico me trajo cuenta de lo importante que es conservar a personas que nos quieran tal cual, con nuestras idas y venidas, nuestros cambios e intensidades. Era una fortuna tremenda contar con amistades como la que tenía en frente, con sus sencillas palabras rebelándome a mi misma desde otro cariz y otros ojos, con la suerte de haber crecido paralelamente compartiendo capítulos de vida.

La abracé unos instantes y en ese calor que desprenden los cuerpos bajo la confianza, desee más que nunca hacerla participe de esa otra parte desconocida de mí que la costumbre, madurez o hermetismo me habían hecho cerrar a cal y canto. Sorbí un poco de la copa ya casi acabada mientras sonaban las ultimas notas de la canción. Música es la ventana de un recuerdo y también la puerta por la que se cuela el calor de alguna conversación sin tiempo ni barreras.

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