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Regalo estratosférico.

Poco a poco fueron llegando los invitados. Cada uno traía un regalo para la cumpleañera, que iban dejando encima de la mesa mientras la felicitaban. La tarta casera a los mil chocolates aguardaba en la nevera. En la cocina, unas velas con el número 23.  V. (que venía entrenado de las fiestas navideñas) se ofreció voluntario para abrir los paquetes.

¡Cualquiera le habría dicho que no a aquella ilusión ocupando una criatura!…. Además -todos coincidían- el chico a pesar de sus tres añitos tenía destreza para el asunto. Rasgaba el papel con furia y sin contemplaciones, como había de ser.

Conforme iba desenvolviendo sorpresas, cogía más y más energía y velocidad…, un encanto dominante que acaparaba las miradas de los presentes.

  • ¡Un libro!, tita. Vamos a ver el siguiente.- ¡ unas preciosas botas! ¡que bien, tita!…una bufanda, una mochila , un pijama……. había un poco de todo.

En esas estaba cuando sacó del papel aquel  bonito sujetador…….

  • Ummmmmm- frunció el ceño a lo Charles Homes- mira tita,- dijo….   ¡unas tetas preciosas para ponerte guapa!.

Fue ahí que se troncharon de la risa todos a una. Poco después, cuando el chiste ya había pasado (algunos hasta lloraron de la risa) alguien le susurró amablemente a V., que aquel artilugio tan estratosférico se llamaba “sujetador”. ¡Que más daría el palabor! cuando sabía lo que había debajo y se había fijado en lo realmente fascinante.

A la mañana siguiente, nada más despertar, V. recapitula lo vivido. Los recuerdos ya empiezan a florecer en forma de regalos, velas, tarta… Pero su madre, ¡su madre es una gran petarda! -amante de las buenas risas- y quiere ponerlo otra vez en aprieto.

  • V. ¿y te acuerdas lo que le regaló mamá a la tita?.

Ummmmmm… de nuevo ese ummmm sospechoso y cantarín…

De repente su vocecilla débil y su mirada esquiva hacen acto de presencia metiéndose sin más remedio en el charco…

¿ Un…….. flo-ta-dor?

……………………

……………….

Otra vez a reír.

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Conviene saber

 

Conviene saber que madurar también implica reconocer aquellas cosas en las que no compensa detenerse.

Conviene saber que la soledad arrastra a muchas personas a entretenerse con las vidas ajenas.

Conviene saber que a la única persona a la que has de demostrarle que eres mejor es a la persona que eras ayer. Utiliza tu inteligencia y tu autoestima en esa dirección.

Conviene saber que una mariposa nunca necesita que se le ayude  a salir de la crisálida, ¡lo logra sola!.

Conviene saber que  grandes retos de una vida exigen tiempo y reflexión, no esquemas rápidos de solución.

Conviene saber distinguir que momentos son bellos y únicos en tu linea de tiempo, cada etapa tiene una esencia  , detente y valora.

Conviene saber que las personas no  suelen querer consejos a menos que los pidan.

Conviene saber que el mejor depósito de felicidad que puedes regalarle a alguien es amarla por como es.

Conviene saber que el tiempo es algo finito, no te dejes sueños por cumplir, ni palabras o perdones que decir a quienes más quieres. Cultiva la grandeza de ser transparente contigo mismo.

Conviene saber que hay cosas que en realidad no nos conviene saber,  ¿que sabemos del otro más que lo que creemos o queremos saber?.

Conviene saber que la realidad del vecino/a no es la mía y por consiguiente, cultivar la benevolencia o la ignorancia ante la crítica siempre han sido los mejores caminos hacia la sabiduría emocional.

Conviene saber que la vida es un camino, un boceto, un sendero… nada es eterno, ni el río siempre el mismo. Se consciente y ábrete a lo nuevo por descubrir.

 

 

La senda misteriosa

Salimos de casa de los abuelos cuando el reloj marcaba casi la media noche. Íbamos con la sonrisa y  complicidad adheridas entre las múltiples capas que hacían como que abrigaban, pero no. Un 5 de enero frío como él solo, amenazando lo típico para las fechas: nieve y tormenta de regalos.

Teníamos un plan de choque francamente bestial, un remedio adquirido de nuestra filosofía de padres en apuros capaz de disipar aquel descoloque de emociones y nerviosismo que suelen traer la llegada de los de oriente a los más pequeños.

Aquellos dos remolquillos que llevábamos atrás, enemigos del sueño, tan llenos de energía como de estrategias para luchar contra Morfeo a capa y espada, nos miraban con la misma inocencia con la que no se es capaz de atisbar la ultima llave de los que saben de puntos débiles. “Quiero jugar toooooooodaaaaaaaaaa la noche” – me había dicho segundos antes uno de ellos, bajando las escaleras hacia la calle y con la farola relampagueando sus ojos verdes, en los que si te fijabas, se apreciaba un avión de juguete.  Ummmmmmm- respondí irónica, interesante propuesta para un día festivo-

Luego miré a mi marido, haciéndole un gesto giratorio con los dedos y de seguido arrancó, camino de la senda milagrosa. Nos adentramos en la penumbra dejando atrás las luces de la ciudad que palidecían como luciérnagas extintas a lo lejos.

“¿A donde vamos?”- sonó temerosa la pregunta, en boca de aquel  niño que agarraba todavía con esmero el avión y que de manera inteligente, ya reconocía perfectamente el camino a casa.

  • Vamos a hacer un mandaillo y luego vamos a casa- respondió la voz de mi izquierda que iba al volante.

“Si, Si, un mandaillo y luego, de que terminemos, a casa”- repetía el otro niño intentando tranquilizar a su hermano de la normalidad del asunto.

Minutos después ya habíamos penetrado hacia un mar negro de olivares que solo se hacían visibles a golpe de faros. La carretera, atestada de curvas y sinuosidad, poseía un trazado perfecto: un viaje hacia el aburrimiento capaz de dormir a cualquier jilguero en un largo etcétera.

Nos miramos y nos reímos como dos amantes sabedores de lo fácil. El plan estaba ya en marcha. “vamos a tener que bautizarla como la senda misteriosa”- le susurré bajito.

Poco después encendí la linterna del móvil y enfoqué  la parte trasera del automóvil. Ahí estaban las caritas de la rendición que aplaudían al son de mi ganas de fiesta.

Apagué el aparato y regresé hacia el trazado de la carretera. A partir de ese momento se instauró un silencio extraño en el coche que meció de soterramiento la familiaridad con que siempre había observado aquella vía. Pensé que tal vez fuera el sueño o el cansancio de todo un día de energía tras ellos el que iba empujándome en alguna dirección especulativa lejos de la lógica y la realidad.

El trayecto gozaba de una ventaja añadida. Un poco más adelante había un desvío y una intersección que confluía con un sombrío puente atestado de pinos, en donde (si lo deseabas) podías regresar a la ciudad por una vía alternativa, girando bruscamente hacia la izquierda. Y esa era la idea, desde el principio: que el dulce motor acunara a los niños y nos dejara a nosotros un pequeño espacio de tiempo para comunicarnos y disfrutar.

¿Sabéis de lo macabro y ruin de algunos deseos? Íbamos a girar cambiando el rumbo al completo, cuando escuché aquel pitido, como salido de las entrañas de la noche. Lo miré con los ojos envenenados de alerta “¿has oído?”. Asintió sin mediar palabra y luego enmudeció. “Parece un silbato” anticipé extrañada mientras el coche se iba deteniendo y mi corazón aceleraba como un desalmado los pulsos. Teníamos que reducir, ¡¡¡¡¡Dios sabe que teníamos que reducir para coger adecuadamente la curva y no estrellarnos… y además, arrebatados por la celeridad de ese ruido gritando en  mitad de la nada!!!!.

“Creí que sería cosa mía”- le informé, mientras él se limitaba a negar con la cabeza.

Dejábamos atrás la inconsciencia de lo sucedido en aquel puente. Froté mis ojos tratando de serenarme. No estaba dispuesta a ver a ninguna muchacha muerta en ninguna de las curvas restantes como me habían contagiado tantas y tantas leyendas absurdas. Mi lógica se negaba de pleno a caer en las fauces sencillas del miedo aunque, sentía por momentos  y con claridad, como el pánico y el hedor de los hechos lúgubres incrementaba la atmósfera del coche, de manera densa y tranquila, así como un gas que no eres del todo consciente a valorar.

Lo miré, sus ojos eran dos circunferencias ignotas. Dos luces incapaces de vislumbrarme.

Segundos después solo recuerdo un ultimo flash inconexo, el volantazo… la sombra de un animal enorme en el asfalto.

 

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  • ¡Mamá, mama!  Tienes que despertarte. Bruno ha traído una sorpresa al hospital: ¡Hemos descubierto que el avión hace sonidos!.

Abrí los ojos lentamente aterrizando con retintín en la sátira de la vida, como si de una curva más se tratase. Aquel ruido de silbato volvió a sonar.

 

El poeta

 

 

¿Sabes mamá? yo ya se leer– aseguró el pequeño.

Ella estaba con su e-book, tumbada en el sofá procurando  vencer al sueño y proseguir con la historia, aunque ya era la tercera vez que se le caía en la napia el aparatito

.-Ummmmm, dime,  hijo …masculló al sentir de repente el peso del niño en su regazo, abriendo los ojos  y la boca en un gesto de amodorramiento infinito.

-Mira, mami….¡te lo voy a enseñar! para que lo veas.

Entonces se bajó de su vientre y se fue corriendo a buscar algo entre los juguetes. Venía con una enorme sonrisa y un pequeño libro entre sus brazos. De esos de paginas duras y sonoridad acentuada, que acercan  a los más pequeños a la poesía y el lenguaje.

-Ahora verás…– dijo emocionado, y lo abrió con la impaciencia aturullando sus manos. Luego se dispuso a versar, en realidad, con la misma disposición y aplomo que cualquier poeta en una plaza anónima y fría, a ojos de viandantes curiosos que quieren calentar su alma con letras…

-Luna, luna luna, luna,…. sol– señalaba con el dedito cada palabra y su dibujo, mientras ella lo miraba atenta: luna, luna, luna, luna, ….girasol , luna, luna, luna, luna,…. ruuuuu….  Se quedó entonces atascado y dudoso…¿como era este? ¡nunca me acuerdo!- refunfuñó. – Ruiseñor– susurró ella muy despacito en su oreja. – Si, si, ya sé, – volvió a comenzar …Luna, luna, luna, luna,….¡Ruiseñor!,  Luna, luna, luna, luna,…. caracol, ….Luna, luna, luna, luna,….¡Y esto no es una luna, ¿ a que no, mamá?!- recalcó señalando el ultimo dibujo de la serie. ¡Corazón!– exclamó al fin levantando los brazos en señal de victoria…¡yo tengo mi corazón aquí dentro! -indicó cerrando el libro y poniendo su mano en el pecho.

Cierto, – una mueca de orgullo se pintaba en la comisura de los labios de la mujer. “El tiempo pasa pero tu corazón siempre estará contigo. No puedes huirlo. Has de escucharlo…suena como un reloj… Toc, toc, toc, toc”.

Siiiiiiiii, mamá, mi reloj corazón– exclamó abriendo los ojos y alejándose, derramando energía y versos por el pasillo.

La madre se quedó pensativa, en ese estado de alegoría y contemplación en que a veces te dejan los poetas.

Podrían pasar lunas y soles, noches y días, tal vez perder la noción de tiempo y poesía en un ciclo de palabras encadenadas, que algún ruiseñor cantase, caminar lentos como un caracol, anclarnos a la tierra y la luz como un girasol……..

Al final,  lo único realmente importante para huir de la costumbre o conducirnos a la esencia más intima de nuestro ser,  es ese CORAZÓN  incansable de memorias que no es otra cosa que la brújula que alenta pasos y  da sentido a nuestra aventura en la Tierra.

 Cuidarlo para que brille incluso en la oscuridad, – deseó ella despacito, tocándose el pecho de la misma forma que lo había hecho segundos antes “el poeta”.

 

Encuentros,confesiones y rarezas. O lo que es lo mismo “Cada mochuelo entiende su olivo”. (fdo. mukali experta en cargarse refranes y títulos de post, ustedes ya me entienden: 28D)

Quedaban 8 ¿se puede decir que los justos? ¿los más borrachos? ¿los más fiesteros o los más rebeldes?. Es igual, hay cosas que no cambia el tiempo.

Con el pub casi vacío, las canciones que sonaban eran las adecuadas. Es porque uno de los de la comitiva se encargaba de pedirlas en la barra, para animar el cotarro. Quizas por esa razón, las conversaciones eran de lo más reveladoras.

Una de ellas, la emparejada del musiquero , decía: “estoy en una etapa de mi vida en que me apetece experimentar…¡y me llaman las mujeres!. -aclaraba entre risas a las otras tres,  mientras miraba con perspicacia  a una. Luego hizo un ademán y añadio: ¡qué síiiiii!, que me encantas R.!– confesó abiertamente a la ya halagada afortunada que reía como solo ella sabía hacer.

Luego la charla se centró en las lencerías … parece que el alcohol y la fiesta tenían las direcciones claras.

R. estaba contenta y se delató…” Tengo un cajón lleno de cositas que voy coleccionando y que el me va regalando. A nosotros nos encanta y lo tengo claro, hay que sorprender con el paso de los años, las mujeres tenemos un gran papel, estas novedades alejan la rutina y hacen que no llegue el aburrimiento”.

  • No  estoy de acuerdo del todo– dijo la que estaba a su lado.  No estoy dispuesta a disfrazarme siempre que  haya tema como alegato a mi yo-mujer, ni creo que  sea esa razón exclusiva de rutinas y fracasos. ¿Que hay que cuidarse? pues sí. ¿Que a veces mola vestirse de pendón? pues también. Pero sobretodo que me quiera al natural, de diario, con la camiseta de béisbol y el tanguita de los gatos.
  • Yo pienso igual… dijo una tercera. La verdad es que a mi todo ese glamour me pilla casi siempre en bragas…jajaja.  Nosotros preferimos la visión y el tacto de la piel ¡y rapidito! jajajaja.
  •  A ver, a ver…dijo algo mosqueada R., no me malinterpreteis, que es un juego…¡un juego visual!y es muy placentero…¡seguro que lo habéis practicado, mamonas!
  • Pues sí, ¡es genial!, pero sin meterle la obligación.  Claro que  lo que a mi me vuelve loca últimamente es que me conquisten (o yo conquistar) por la oreja, en los previos. 
  • ¿Por la oreja? pero eso se supone que sobre la marcha.
  • Sobre la marcha y antes de. Te aseguro que no explotamos ni la mitad del lenguaje sexual por vagancia o desconocimiento. Y ahí hay todo un mundo, un mundo que me gusta.
  • Habrá que explorar, pero a mi donde se ponga un buen maromo… quitate tú de literatos. jajajaja.
  • Jajajaaj…no hay que ser un literato, R.  Lo que si hay que tener es chispa, visión verbal, en ambos sentidos. Me parece un sexo inteligente ya que la mayor parte del deseo nace del pensamiento… es por eso que si se practica bien, pone mucho.
  • ¡Que rarita eres! estamos en edad de disfrutar del cuerpo visualmente porque todavía es bello…
  • Llevas razón, pero no es lo fundamental para mí.

Cuando el discurso parecía que no iba encontrar fin,  llegó una tercera (la más clara) y soltó al fin zanjando, con esa voz que igual tenía altavoz incorporado:

Nenas, que yo me pierdo si me tocan los pies y me enfado si me soban las tetas. ¡que rarezas y peculiaridades tenemos todas!– luego sorbió su Ron y lo levantó en señal de amistad…

Rieron . En ese momento sonó “mi colega de siempre”. Que bueno cuando la musica y la magia del alcohol se unen logrando hacer bailar y cantar a todos, hasta matizar las diferencias, … convirtiendo  la tarde en un soplo fugaz de acercamientos e intimidades.

Distintos en verdad pero tan iguales en esencia, así suelen ser la mayoría de “mochuelos” humanos.

 

 

 

Paisajes que van quedando grabados en unos ojos

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Edurne Pasaban

Recorro enérgica el intermedio silente entre tu voz y la mía, el palpitar del corazón acelerado que dicta el pulso sin torcerlo. Es para lo que he venido y siempre regreso, para escuchar el candor de la montaña que me  hace sentir pequeña y grande al unisono, ese silbido de roca que tiene voz humana, la mía.

Lugar de trampas que jamás me contraen. Está mi corazón  aclimatado a los pasos helados y la determinación, al blanco horizonte de huellas y marcas que son como mi sangre. He nacido para ser piel de invierno, materia de perspectiva o carne de metas. No pretendo que nadie lo entienda, es este espíritu inquieto que jamás piensa en su suerte o posición.

Si miro hacia abajo, -lo confieso- a veces puedo marearme. Y no  es esta una razón de vértigo, como pudiera parecer. Admito que sentí la muerte rodar a mi lado como una pelota, ahí abajo sobre la casa y sus habitantes, bailaba tenaz a lomos de una existencia ligera y cómoda, sobre las gentes como yo, que en nada me parecían. Todo era predecible y estable en ellos…..¡yo en el fondo quería imitarles a pesar de mis sueños!. Y ese era el dolor: el azotar de la edad y la presión social.

Reconozco que me pilló a contrapie, me escurrí o me despisté…¿quien sabe? pero rodé sin bastones ni abrigos que me protegiesen, pues no creía necesitarlos….

Ella, la muerte, o la idea, siempre tan locuaz y resbaladiza, venía despacio y sabia sobre la tierra fiable,  disfrazada de una normalidad que yo no supe ver, ¡Entended que  existen otros precipicios aún más temibles que los temidos!- .

Segundos en que todo se  muestra frágil y la vida estalla con sus tesituras y aviares, haciéndote sentir perdida y sin norte. La pregunta era ¿Como orientarse sin brújula ? Sin ese juicio sano que marca los pulsos vitales para continuar-  todo aquello leía en la densa niebla de mis ojos, en la ciudad infalible.

A casi todos, al menos una vez por existencia, se nos cae un cielo o nos nace- de repente- la cumbre siniestra. ¿Como es posible que a mí -precisamente a mí- me sucediese en el medio equivocado?¿ Podía la vida tener ese humor tan mezquino conmigo?. .

He descubierto en este habitar arriba y abajo, las señales de peligro ante las cuales debo resguardarme.  Solo ahora sé que los héroes que de verdad importan no son los hercúleos, sino esos que transitan anónimos y tropiezan (como todos) superando adversidades y reconociendo flaquezas. Algo de aquello ha debido quedar grabado en mis ojos, ahora húmedos cuando lo cuento, como una tormenta que ya se apagó y deja un paisaje claro e imperfecto.

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…rojitas las orejas

Hoy os dejo con un blog amigo “cocinaparagordos” que ha tenido el honor de mencionar un trocito de mis relatos y colocarle ilustración al texto, conforme a lo que le sugiere. Me he puesto muy contenta (digamos que se me han puesto rojitas las orejas…jajaja) primero por el gran detalle y segundo porque todo lo que sea imaginación y creatividad, tiene mi admiración…y este blog es toda un joyita en ese sentido. Os recomiendo que lo visitéis si no lo conocéis,¡no os defraudará!

Y gracias por la parte que me toca, amigo.

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Más tarde cuando el juego ya ha acabado subimos a la torre y miramos al horizonte. Todavía llevamos la travesura cosida a la espalda mientras divisamos las primeras luces de civilización al otro lado de la montaña. Aquí se hace fácil vivir sin ideales impuestos. Da igual que no haya tostador, ni secador o que la wifi sea casi de chiste. Da igual que los besos por hoy se compartan, porque encierran cariño y esa es la idea.                         Mukali – mi camino buscando-T

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A un océano de distancia

A menudo cuando me paraba a fotografiar aquellos edificios me preguntaba que es lo que  atraía mi atención para terminar  siempre focalizando el objetivo en ellos.

La fotografía era a partes iguales, pasión  y trabajo: la verdadera culpable de mantenerme distraída el tiempo que andaba fuera de casa. Regresar al hogar había ido transformandose de un manantial claro y cristalino a un océano turbio de aguas revueltas.

James y yo nos conocíamos desde muy jóvenes. Nos habíamos dedicado media vida a querernos y  de un día a otro me ví en la tesitura de no saber quien era. Me sentía autóctona y al mismo tiempo, forastera de su vida.

Como había llegado hasta allí, me era una incógnita. De repente, un día lo encontré aferrado a una terrible desidia, deambulando puerta tras puerta de cada uno de los pasillos que nos separaban, como si a cada paso que yo daba, James se diluyera en una sombra que iba escapando de mi presencia.

Durante un tiempo creí que volcarme en el trabajo ayudaría a solapar las heridas que yo misma no era capaz de afrontar, que mientras estuviese distraída y con los ojos puestos en otros asuntos las cosas se solucionarían solas y el reloj de manecillas no andaría tan lento y abotargado.

Esquivar el dolor es un instinto con el que nacemos. El primer indicio de miedo y egoísmo es considerar que los acontecimientos van a remediarse por sí mismos. Estaba convencida de que James se recuperaría a su ritmo, de  otra forma no me hubiera encerrado como lo hice en mi despacho, auto convenciéndome de que así le dejaba libre para avanzar sobre aquel océano subterráneo, del que me veía incapaz de traerlo.

Una tarde, mientras trataba de fotografiar y entender las señales que habían dejado los canteros sobre las rocas de una catedral, una mujer (que parecía ser guía)  les iba recitando un poema a un grupo de turistas que curiosos escuchaban su voz en la antesala

” dentro de tí se abre, interminablemente, bóveda tras bóveda”

Me quedé pensativa unos minutos sin saber como reaccionar. Si las palabras fuesen liquidos, aquel día hubieran sido ácidos efervescentes que hendieron la grieta con la que ví diluirse mis certezas . Guardé la cámara y regresé a casa pensando en aquella poderosa frase. Supe que algo me estaba sucediendo .

Cuando llegué, James se encontraba en el mismo lugar de siempre, recostado sobre el sofá que daba al vano del jardín, con el sol trazándole figurillas sobre la cara y los ojos mirando en alguna dirección inimaginable.

Tuve  la convicción de cuales eran las conexiones o cabos que podía mostrarle, que no eran otras que las que yo dominaba:  la fotografía. No podía forzarlo a abrir las bóvedas si él no estaba dispuesto, pero sí podía hacerlo darse cuenta del letargo en el que estaba inmerso.

Aquel día, le pregunté si le importaba que le tomase algunas fotos. Antes de la enfermedad, detestaba ser el centro de mi cámara, pero esta vez se dejó.  Aceptó que me adentrase en él y no solo eso, la fotografía se convirtió en nuestra vía de conexión.  A través de ella navegábamos distancias y abismos e incluso, me atrevo a asegurar que de aquella manera, James fue más consciente de sí mismo y de todo lo que le estaba pasando.

Teníamos un libro sobre el que diariamente registrábamos sus cambios. De vez en cuando yo intercalaba aquellos retratos suyos con  fotos del mar calmo en sus veranos de infancia en Castine, junto con las mías en la ciudad de Portland con las aguas verdes y la arboleda. Le solía decir “Hay un mar que nos separa y nos atraviesa,  vamos a  ir prestos a recorrerlo”. Y de aquella forma, al hilo de pasado y presente, comenzamos a encontrarnos en algún punto del recorrido.

Mirarlo desde mi cámara me hizo comprender lo prodigioso que es detenerse en la profundidad de alguien, nunca hasta entonces había visto a James con tanta claridad a pesar de sus brumas. Tal vez resultó util aquel acercamiento para descubrir lo pequeños y lo solos que podemos llegar a sentirnos y lo necesario que es siempre tener a alguien que nos sepa ver (en el sentido más verdadero del verbo).

Al principio temí que mi cámara lo hiciese notar aún más acorralado, pero aquello nunca pasó. Verdaderamente le sirvió para conectar con partes de sí mismo que eran importantes de atender. Aquellas instantáneas fueron como las ventanas de Andrew Wyeth, pequeños instantes fugaces  que se abrieron  entre ambos mostrándonos el camino y la forma.

Ha pasado tiempo y, con la mirada repleta de un arte que aún nos abruma, hemos aprendido que determinadas vivencias pasan a un segundo plano cuando nos ocupamos de ellas y las miramos de frente. No se trata de recrearse en los momentos de pena, pero tampoco de huirlos.

Recuerdo cuando dijo… en mi psyque siempre existirán puertas cerradas y caminos cortados, ahora ya no trato de abrirlos porque entiendo que esos mismos entresijos existen en todas las personas y ¿sabes? tal vez así deba ser.

Creo que llevaba razón, no era un auto consuelo simple cuando las expectativas se nos truncan sino una reflexión que había elaborado a partir de lo vivido.

Por mi parte, he dejado de interesarme en fotografiar aquellas casas solitarias que por alguna razón, sin duda importante,  me atraían. .  No era su diferencia, sino su similitud lo que en aquellos días me preocupaba. Soledad y hermetismo, bajo el trasfondo de la inquietud que sentía hacia James, no podía verlas de otra manera más que con la mirada llena de preguntas.

 

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Y para acompañar relato e imágenes, ¿que mejor que el “these days” de Jon?. Un clásico de mi época…jijiji.

¡Que disfruteis del día!

 

 

 

 

 

Historia de una cueva un tanto peculiar

Erase que se era una cueva muy pequeñita y acogedora en la que un día decidieron convivir 32 gigantes blancos. Ninguno quería renunciar a las delicias de un lugar tan agradable, ni mucho menos abandonarlo, así que con el paso del tiempo, se fueron habituando a la angostura, tomando cada cual su gesto y  su manía y procurando darle vida a su pequeño rincón.

El caso es que no podían apenas moverse y si lo hacían debía ser de un modo tan sutil como inapreciable… pero daba igual, ellos se sentían felices en aquella vaguedad enfilados de ese modo tan poco armónico. No tenían que preocuparse de los modales y cada uno regía achuchando al otro, en un tira y afloja sin norma, en el que solía ganar el más fuerte.

Había dos habitaciones en la cueva. La de arriba gozaba de más espacio pero la de abajo era un caos absoluto. Los gigantes que habitaban la segunda vivian muy estrechos, aunque disponían de una gran intimidad. Los que frecuentaban la de arriba estaban más expuestos y tenían que cuidar su apariencia, esa era la pega……Lo bueno y lo que de verdad atesoraban eran las vistas y el cotilleo.

Por si alguno no se enteraba de lo que se cocía en el exterior, Doña Babosa, que era la dueña y señora de aquella cueva, les traía noticias a todos al instante. Ella se movía a la velocidad del rayo y era capaz de contorsionarse sobre sí misma, algo que no todas las babosas de su especie sabían hacer.  Era tan desvergonzada como cariñosa, así que nunca olvidaba a sus gigantes y los acariciaba uno a uno como si fueran sus hijos. Los gigantes adoraban verla llegar cargada de dulces manjares que luego degustaban todos juntos en un banquete sin fin.

Un día -de repente- pasó algo inesperado en la habitación de arriba. Los gigantes empezaron a quejarse de que habían colocado vallas y barrotes metálicos para delimitar sus posiciones. La intención -según fuentes secretas- era leerles la cartilla a aquellos tunos para que ninguno tomase el ordeno-mando y se hiciese con el poder de la cueva.

Los de abajo, al enterarse, como eran egoístas e ignorantes siguieron forcejeando sin ningún tipo de conciencia, pensando que aquello no les sucedería a ellos. Ahora si que estamos bien- se decían… esta habitación es lo más… aquí nunca sucederá nada.

¿Cuantas veces pasan estas cosas en los cuentos? ¡por ignorantes, premio!….valgame que tambien es extensible a la vida real. Si es que no se puede presumir, compañeros.

Total, prosigo…ya estamos casi rozando el desenlace.

La habitación de abajo estaba a punto de convertirse en la habitación del pánico. De pronto, sin avisar, entraron unas supermegamaquinas de lo más estratosféricas que por sus respetos se pusieron cabezonas para ir a por dos de los gigantes más representativos. Tenían la orden secreta de eliminarlos sin ningún miramiento y de golpe. El currículo de estos chicos era impecable, llevaban años y años habitando aquella casita, pero nada de eso importaba. Los arrancaron de su tierra y corrieron los ríos de sangre. ¡Dios mio!¡Que dolor y pena más grandes!.

Durante las 24 horas que sucedieron al desastre, el vacío y la oquedad se apoderaron de la cueva, al igual que el silencio. Doña babosa apenas musitó palabra alguna, ni trajo comida para los demás. Estaban todos impactados y descolocados con el asunto, miraban alrededor y solo veían las huellas de la desgracia.

¿Que iban a hacer con aquel espacio tan enorme? Acostumbrados como estaban a vivir en un peo …. ¿En que medida era prospera una postura tan radical?

Nada sabían de nada. Futuros inciertos. Solo podían detenerse a mirar la herida.

Tristeza y agotamiento, a ración doble… como aquel par al que nunca más volverían a ver.

A pesar de todo este no es el final …

tenían que seguir,

algo les decía que tenían que seguir como seguirá este relato….. si la escritora no espelecha, claro.

 

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* A mis dos gigantes grandes que ya no me acompañan en el camino les escribo este simpático cuento desde el cariño, homenajeando toda su presta labor. Que sepáis que os hecho muuuuuuuuuuuuucho de menos, que los cambios que ahora me visitan espero que algún día me serenen (esto es una puta mierda no es vida!) y que no es culpa vuestra sino de la cueva que no daba más de sí, la jodía.

Voy a tener que entenderme con el resto de blanquitos que ahora ven en vuestros huecos una fiesta que montar y bailan- los graciosillos- a cada poco. Confío en que todo vaya a mejor y las heridas terminen por cicatrizar, os guardo con cariño bien escondiditos, como cuando era enana y os colocaba bajo la almohada para que Pérez me trajese una moneda.

Solo que ahora no hay moneda, ya se….. ibuprofeno en vena y santas pascuas.

A dormir.

 

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Los besos de carnet

 

Somos como niños traviesos. A la sombra de las encinas el sol se filtra con la temperatura exacta para dejarnos ser. Bebemos igual aunque seamos diferentes.  Sentimos que algo detrás de cada muro individual, nos une poderosamente. Ha de ser la picardía que nos sale de serie al descorchar los recuerdos que nos enlazan. Esos eslabones forjados a base de vivencias y amistad nos pertenecen casi tanto como las risas que ahora mueven el reloj sin que nos demos cuenta. En mitad de esta llanura, más allá de donde las vacas pastan y los ciervos merodean entre los pinos, encontramos el goce en las viejas costumbres, dejando que se nos cuelen lentos los deseos y traviesas las palabras.

Los instantes de oro son descabelladamente crueles porque pasan rápido sin que puedas atraparlos para siempre. Después no resultan más que materia de invención y carne de melancolía. Yo lo se y me entristezco por segundos, deambulando absorta en ese pensamiento. Luego vienen otras cosas y ya ,… todo pasa, todo acaba… hay que pescar el tiempo cuando viene rodado.

Estamos a mitad de una vida y el reloj prosigue su viaje, pongamos que los niños que nos precederán corretean felices por la finca inventando juegos. Nosotros hacemos lo mismo con las cartas que nos va dejando tras de sí los años:, la responsabilidad, la experiencia, o  el descaro de trasgredir cada vez con menos reparo la norma.

Ahora mismo esos miniyos ni nos ven, ni nos oyen…si lo hicieran sentiríamos su presencia como la sombra siempre vigilante de nuestros padres, pero no es el caso.

Ya nos van necesitando cada vez menos y -a veces- los dejamos que se las apañen. Crecer también es investigar a tu aire. Hay días que hay que relajarse y olvidar las costumbres del deber, las nuestras incluídas,  puesto que probablemente sean las peores.

Con las copas casi vacías, gallinas y gatos revolotean a nuestros pies buscando granos de arroz perdidos…Al fondo suenan las ovejas y de cerca mi pequeño altavoz nos trasporta, es la música que nos vió nacer y besar, con la que los obligo a levantarse y bailar.

En medio de un ambiente tan paradójico, puedo sentir el palpito agradable en el que el alcohol te va abriendo sus alas y te dejas mecer, sabiendo que la conversación y la charla van rozando cotas interesantes.

  • Sólo se que soy mala- les digo para provocar. Lo se y lo se. – ratifico cerrando los ojos y mirando hacia la mesa, mientras me sale sin querer la sonrisa.
  • ¿Porque lo piensas?- pregunta Carlos, haciéndose el interesado al tiempo que agota el ultimo poso de whisky.
  • Porque se me acaba de ocurrir un juego al estilo de aquellos que inventábamos los seis- Me mira … no necesitamos aclaraciones…
  • Fueron tiempos magníficos- añade Arturo- ¡aquellos tangas del mundial!… claro que ahora estáis más buenas todas.
  • Más buenas y más petardas que nos volvemos- ríe Isabel, giñandole un ojo a Arturo.

Les cuento mi idea, escuchan atentos los cinco. Sobre la mesa hay un montoncito de dnis con los que ayer acreditamos la factura de nuestra estancia en la casa. Todavía siguen  apilados ahí encima, como si la diversión de habernos reunido no nos hubiera dado tiempo a guardarlos, como si hacerlo nos condujese  a nuestra faceta más seria.

  • ¿Veis esto?- les digo enseñándoles los carnets. Como parece ser que no os interesan, pongamos que esta tarde cobrasen un valor distinto. Yo los barajo y cada uno de vosotros debe coger uno al azar. El que te toque es la persona que en suerte has de besar. Así de fácil. Cada ronda ha de ser ligeramente diferente. Por ejemplo la primera , podrán ser besos en los labios, pero la segunda no, la tercera ha de ser alguna caricia, la cuarta una frase al oído…
  • ¡Madre mía, Lucía!. Tu no eres mala, eres buenísima-  me dice Arturo con la ilusión pintada en sus ojos de media luna.
  • ¿ Y si me toca una mujer?- pregunta Marieta.
  • Pues te aguantas, deben ser besos abiertos, sin convencionalismos de ningún tipo.
  • ¿Y si nos sale nuestro propio DNI?- añade Isa muy ávida.
  • Habrá que inventar algo para eso- digo – Id proponiendo…
  • ¡Un streaptease, por favor!- exclama Javier muerto de risa.
  • ¡Ni hablar!se vuelve a barajar, – añade Isa, aunque a Marieta parece no importarle.

La tarde se vuelve lozana y el cielo cautivador, como una mujer u hombre que se dejan. Se posan  urgentes la nube caricias y el vientecillo de besos arreciando vínculos y dejando revolotear las mariposas que llevamos escondidas dentro.

Lo que suceda en este valle es nuestro, aquí quedará prendido,  junto con los ganados y  mieses que nada saben. Van cayendo besos, risas, atrevimientos… algunas bromas sobre nuestra edad en las fotos y  la época a la que nos lleva, lo que parecemos y no somos…

Más tarde cuando el juego ya ha acabado subimos a la torre y miramos al horizonte. Todavía llevamos la travesura cosida a la espalda mientras divisamos las primeras luces de civilización al otro lado de la montaña. Aquí se hace fácil vivir sin ideales impuestos. Da igual que no haya tostador, ni secador o que la wifi sea casi de chiste. Da igual que los besos por hoy se compartan, porque encierran cariño y esa es la idea.

A estas horas, los niños ya piden bocado y en el cielo arremolinado y dulce se prevee la caída de la noche. De aquí a poco organizamos maratón de duchas y una fiesta de disfraces con la que divertirse de nuevo, buscando ser otros un ratito, en este finde de apegos y roces .

  • Voy a recordar estos días mucho tiempo-  confiesa Javier.
  • Es porque lo hemos pasado bien, ¿verdad?- le refiere Marieta.
  • No exactamente, no es solo por eso.- añade Javier- Tengo la boca escocía porque solo me tocaron barbudos, ¡menudo desgraciado soy!. Me voy con vuestro recuerdo en la piel, que lo sepáis… ¡afeitaros ya, coño!.

 

Reímos. Detrás los momentos cada vez nos parecen más pequeños y adorables. Como el paisaje de Sierra Morena que va perdiéndose diáfano en la luneta trasera del coche, volviéndose borroso entre la nube de polvo que vamos levantando a la vuelta, sobre la pista forestal.