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Ella

 

Loui Jover - Tutt'Art@ - (15)

Escondida tantos días en esa guarida de la que solo ella tiene llave. Deseada por muchos, sentenciada por otros..se acostumbró a vivir sin medidas y sin medidas que llegó.

La observaba acercarse: transparente, danzarina, maestra; se deslizaba despacio, colándose a través de las rendijas de la noche, esa noche en que dormir no podía. Estaba emocionada y me desvelé. Su llegada desprendía una música y un olor tan particulares que se fueron colando cuan notas y aromas por toda la habitación.

Quería que él viniera a presenciar aquel momento, juntos hubiéramos sido testigos de su aparición enérgica, agazapándose entre nuestra piel, nos habríamos bañado en su recuerdo mundano y hubiéramos sido otros. Tal vez habríamos bailado hasta el amanecer ensordecidos por su canto y regodeados por su atmósfera tenue. Nos habría dejado su delicada luz. A pequeños sorbos. Esa luz que solo los amantes ven. ¡El gozo que nos hubiera entrado vestidos solo con sus sombras!.

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Miré por la ventana otra vez. Esta vez la sentí lejos y fugándose por entre los bosques. Embarraba terca los senderos y lo llenaba todo de lodo y niebla gris plomizo.  Los corazones se removían  cuando resonaba en ellos su gruñido. Ella, -decía el campesino – ¡ella es una atormentada!.

Entonces desee que estuvieras lejos y a salvo, que te protegieras de esa tristeza añeja que se había colado por un segundo entre mis ropas, poseyendo mi paz. Desee que no pudieras sentirla tal como yo lo estaba haciendo en ese momento, que no despertara en tí los fantasmas dormidos que ahora me apocopaban.

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De nuevo la vuelvo a mirar para leerla. Suelto mis ojos de todo recuerdo al que se han aferrado, y el huracán de hace un instante, se vuelve quietud.

Ella, que todavía siente, soy yo. No más que una mezcla de fascinación y espanto.

La otra es lluvia y la estábamos esperando.

Puede que estemos hechos en cierto modo de recortes. No vamos a negar que todo nos hace: tijeretazos, borrones… las notas a color. Loui Jover descubrió en eso belleza y realismo, vió que se puede pintar sobre montones de historias, mientras estas pierden interés, quedando huérfanas sobre un fondo relativo. Lo bello es que la palabra no pueda abarcar la fuerza de una imagen. Que sea demoledora y nos deje atónitos. Todos queremos vivencias así. Si pudiésemos aplicar esa enseñanza a la vida: dar a la palabra la importancia justa  y centrar nuestros esfuerzos en lo concreto: una mirada, un gesto; lo que es, es; basta un golpe de vista para saberlo. Puede sonar a redundancia y tontería, pero mientras lo dicho se  va quedando lejos y obsoleto, las pinceladas fuertes salen de nuestras acciones y decisiones que son capaces de crear formas únicas y dar sensaciones a nuestro lienzo.

Y todo lo que me enrollo para decir que Vivir es un arte. Todavía no presumo de saber hacerlo, …ando en prácticas, mezclando. 

 

 

 

 

 

 

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Trilero

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Mañana del finde.

Estoy con J. haciendo uno de esos libro-puzles en el que si se mezclan toooooooodas las piezas puede darnos un infarto. Y se han mezclado por accidente….

Nos sentamos con calma. Le explico como separarlas (el revés de cada puzle tiene un color distinto correspondiente al fondo, para diferenciarlos unos de otros), me aseguro de que entienda eso. Hacemos 5 grupos distintos (por colores) y comenzamos a montar los puzles.

Ya casi tenemos formado el primero. Lo hemos hecho en equipo. Miro entre los montones y alrededor…

Falta una pieza– le digo, debe haberse perdido (ayer sacamos el puzzle de casa y parece posible). Confundida entre los colores del dibujo, no veo que tengo la pieza delante de mis narices. Pero él es rápido y  observador y la coge veloz al grito de mamá, ¡aquí está!.

  • Que bien, J!– le aplaudo el descubrimiento. He estado despistada y tú muy atento. – le felicito sorprendida.

Pero la anécdota  no queda en un simple despiste mío. Todavía quedan 4 puzzles por montar  y J. piensa. ¿Como puedo hacer que mamá me siga diciendo cosas lindas? ¡Quiero ser mas listo y rápido que ella!. Quiero que eso vuelva a pasar. Es curioso como desde pequeños batallamos para repetir con lo que nos mola.

Nos ponemos a la tarea. Yo ni huelo su destreza para idear. Le cojo el montón de piezas naranjas para que no se confunda y le digo: Estas son las del puzzle de Dumi, ahora las volteamos para formarlo …Entre tanto, aprovecha que no estoy mirando para esconder una pieza bajo el libro ¡a proposito!. Yo, ni notarlo. Quiere despistarme y asegurarse con premeditación que al final del puzle, él sabrá el paradero y mamá no. Imagino que buscando mi asombro y mi aplauso.

Llegamos al momento clave… “falta una pieza para completar. ¿Donde está? . Él no me da pistas …espera a que yo lo descubra tranquilamente. Luego añade: “no se ha perdido, estaba debajo, mamá”, como diciendo “es algo obvio, despistada”. Ay que bien! que no falta ninguna…y mamá toda inocente, sin imaginar las dulces mañas de J.

Vamos a por otro puzzle y es aquí donde lo descubro. Le voy sirviendo las piezas, esta vez toca amarillas, cuando lo veo deslizar y colar suavemente por debajo de la cubierta, como quien hace algo automático …

Ehhhhhhhh! ¿Que metes ahí, bandido?– me mira, se ríe al ver mi cara (entre el asombro y el descojone);junto a los laureles, la risa contagiosa es otra de las cosas que le fascinan y le vuelven loooooocoooo.

Coge la pieza, se levanta y va corriendo por todo el salón, dando saltitos y gritando:

¡¡la pieza, la pieza que faltaba!!!

¡Bueno estábamos!, él mismo se hace los honores a falto mío.

Por un momento, me gustaría parar esta risa floja que me ha pillado  con la guardia abierta…  decirle que tal vez hacer triquiñuelas no sea lo mejor, ni merezca ovaciones de cara a la vida.

Lo miro. Nos lo estamos pasando bomba…¿puede ser trampa aquello que hace a dos felices?.

 

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Ser padre o madre es estar continuamente en la cuerda floja de la contradicción.
Te equivocarás de todas formas, haz lo que te plazca. 

 

 

 

Manolín

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Estaban ellas y Manolín.

Manolín  le decían de pequeño y Manolín se quedó de grande.

Habla una, contentilla por las cervezas:

Venga niñas, vamos a hacernos un selfie que me he traído el palo.

  • Venga, vamos, – responde rapidamente Manolín, dándole aires a su mano derecha e intentando parecer una chica.

Se colocan. Le hacen sitio a Manolín. En medio. ¡que feliz se le ve!

  • Nenas, esta  foto de morritos – dice una.
  • ¿De morritos? ¡de eso nada! – responde la otra
  • ¿porque no?
  • Pues porque me he arreglado los dientes, me han costado un pastizal y quiero enseñarlos. 

No pasa nada, chicas. Se entiende – apunta Manolín. ¡¡A enseñar, a enseñar!! Por cierto…..me ofrezco a pagaros una operación de tetas cuando haga falta.

Lo miran y síiiiiiiiii, se parten …. es el canalla de Manolín.

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Por cierto, ¿os habéis dado cuenta de que el Manolín de la primera foto no “cabe” dentro de ese chiste en concreto?… Y sin embargo da la sensación de no haber tenido problema alguno en encontrar cualquier otro porque su cara dice que es un guasón de pies a cabeza. Con la de su izquierda parece que comparte algo más que brazo y toqueteos de pelo, de hecho una cosa curiosa es que su cabeza se inclina hacia ella. 

 

En el Manolín del siglo 21 todo parece más estudiado, lo que se quiere trasmitir, la idea llega antes; en cambio las sonrisas parecen artificiales, dispuestas a durar lo que dura un flash. ¿Estarán acabando los selfies -y tanta imagen desmedida- con la naturalidad expresiva?. Este Manolín también parece tener sus gustos y sino fijaos en su manita derecha y su cuerpo levemente inclinado hacia la chica. Por su parte, ella  lo ratifica con su postura. Esta visto que el feeling y el humor nos parecen fascinantes y da igual el tiempo o las témporas. De eso queremos siempre…¡y siempre más!.

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Y vosotr@s ¿qué pensáis de todo esto?. Me interesan vuestras lecturas, seguro que algo se me escapó y que todavía podemos reírnos.

Gentes

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Se había agotado el jamón ibérico, quesos, vino y cordero….también los helados y pasteles típicos que ponían la nota dulce. Los niños jugaban en la fuente, con los juguetitos adquiridos ese día; los adultos hacían cuentas sobre la cuenta.

Estábamos muchos, la cifra a pagar era ilógica…

¿Que pasa si descubres que el camarero se ha equivocado en la suma?  Dos alternativas. O confiesas y te muestras honesto, o te callas y te aprovechas de la coyuntura.

Las opiniones, como era de esperar, estaban servidas.  Por un lado, la mayoría opinó que lo ideal sería decirlo. Otros , en cambio, creyeron que lo conveniente pasaba por no decir ni muuu… y disfrutar de esos euros de más que les había “regalado” el azar.

“No somos iguales”- pensé. No solo eso,  además algunos desechan la posibilidad de mostrarse tal cual son, por inseguridad o para aparentar en sociedad. Me explico. Al principio dos o tres personas salieron rapidamente a cantar su decisión al grupo, parecían tenerlo claro. Muchos se dedicaron a escuchar sin más, para luego unirse a una u otra alternativa. ¿Realmente hacemos uso de nuestras ideas sin miramientos o solo mostramos a conciencia lo que nos conviene, para  beneficio nuestro y de la opinión pública?. En las reuniones sociales se ven mucho este tipo de discordancias, o yo soy rarita y me fijo mucho.

Observé a uno de los que preferían no decirle al camarero. Se había pasado toda la comida molestando al personal. “Traé ese plato si no vas a comer chuletillas, que se enfrían!”- le gritó a su amigo. “¿Estás majareta? ¡que espabilen y el dinero para nosotros!”- confesó al grupo, “Cómprale al nene ya una escopeta en condiciones, que lo vas a atontar”- le inquirió a una madre.

Evidentemente a este hombre, poco le importaba la opinión que tuvieran sus compatriotas de él… le sonaría a chino eso de la empatía. Se puede decir que era un fiel reflejo de sí mismo, carente de tacto, eso sí .

 

¿Es esa la moda que tantos florean hoy día? Ser, de frente, sinceridad sin frenos… ¿O se echa de menos otro tipo de integridad,  que refleje que sabemos ser y comportarnos como parte del entramado social?. En verdad, la realidad de los otros nos compete ( porque estamos hechos en el germen de la sociedad) y saber conjugar nuestras ideas con las de los demás haciendo uso del respeto, es la clave del buen vivir.

Bien, avancemos en la historia. Nadie sabe si la idea de sincerarse ganó porque la cartera está generosa en ferias o porque casi todos querían mostrar su buena voluntad para con el prójimo. El caso es que el camarero estuvo de suerte.

Nuestro amigo, el fiel reflejo de sí mismo, aún siguió haciendo de las suyas. Se dirigió a hurtadillas a la barra  (sin que nadie lo viese) y  ni corto ni perezoso le dijo al del bar que tenía que invitarle a las copas  gratis, por la sinceridad. (Esa que el mismo no había defendido y a la que ahora estaba poniéndole precio).

Hay gente que se pasa tres pueblos,- pensé… como el bebé desvergonzado del cuadro, no maduran nunca.

Hay otros que tratan sus ideas con la misma temeridad que el globo sobrevuela la aldea, nunca se atreve a aterrizar pero van meciéndose a merced de las corrientes de viento que más les convienen.

Por ultimo, están las voces cantantes que normalmente enamoran pero a veces también desafinan ¡y cómo!.

En fin, ¡qué extraña sociedad y cuanto teatro de gentes!. Me olvidé de los que más me suenan, los mirones incurables, esos que de tanto observar aprendimos a entretejer historias con las que encontrar sentido a esta trupe, multicromática y polisemántica, como el entramado de un cuadro…¡como la vida misma!.

 

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¡Como crecen!

 

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Recuerdo que movían la boca como ahora lo hace mi sobrina. Parecían pequeños leoncitos de la Golden Mayer. Hace tan poco de aquellos días que casi puedo cerrar los ojos y visualizarlos, durmiéndose sobre mi regazo o meciéndose  en las hamacas mientras yo los observo y giro para que el sol de invierno abrigue sus cuerpecitos. Tan pequeños. ¡Tan dependientes de vida!.

 

“Algo hemos logrado”- pensaba esta mañana “y a la vez, otra etapa se abre ante sus ojos”. Me han dado un beso generoso: ¡iba con abrazo!. Se movían tímidos y asustados mirando al gentío que se agolpaba en torno al aula, haciendo fotos y secando lágrimas.

Los he conducido hasta la fila….¡Oh Dios, me han parecido tan indefensos como cuando eran bebes!, me he agachado para tenerlos a mi altura y hemos recordado lo hablado durante la semana. Sí, lo sé, soy una cansina…¡¿que le hago?!… Ellos me miraban con esos ojos de inquieta inocencia, atentos al instante como si intuyesen que las palabras de mamá eran fundamentales para sobrevivir.

Y todo eso corre  tan fugaz y pendenciero….Milésimas de segundo en los que la fila avanza y los sueltas mientras ellos van dirigiéndose hacia el aula para encontrarse con su “seño”.

“La seño es como la mami en el cole. Cualquier cosa, se la contáis a ella”- les iba aconsejando antes de llegar al centro…

Ahora que ya no los veía y se perdían entre la masa de niños, recordaba mis propios discursos, argumentos y definiciones sobre la escuela y toda la letra pequeña que me dejé sin contar. Una no puede revelar nunca la vida a los demás: obstáculos  y fascinaciones ¡¡¡sí!!! pero cada cual debe encontrar su oportunidad para descubrirla.

Mientras me alejaba de la puerta iba siendo aún más consciente de esta realidad, de que tener hijos es ir soltando, poquito a poco, pasito a paso hasta hacerlos totalmente autónomos e independientes de tus bases, dejando que ellos busquen otras más personales y eficientes que les sirvan para sentirse individuos realizados . Y eso tan simple es un milagro, una alegría y una nostalgia; por cuanto empeño pones en el trayecto y cuantas etapas de quebraderos y sueños dejas atrás, haciendo de tí mismo un ser diferente: más curtido, generoso y flexible con la vida .

Ay! la vida!, hoy me topé con ella de golpe… sin frenos.

No podía marcharme sin asomar mi careto por ese  cristal, como la típica madre boba  que busca embelesada una última imagen de sus hijos. Y  la tuve, ¡como no! …allí estaban los dos:  a duo, estrechados de la mano buscando la seguridad del vínculo. Expectantes ante el nuevo acontecimiento por llegar.

Luego la seño -amablemente- les indicó cuales eran sus sillas, se sentaron y sonrieron.

Yo también lo hice.

Era tiempo de volver a casa  con los ojos encharcados y el corazón henchido de orgullo. Preveía tiempos y realidades distintos y  una mamá siempre al frente y al fuerte, facilitando lo bueno y alejando lo malo que viniese.

¡¡Como crecen y que rápido va este barco!!.

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Touché!

Era aquel un día de agua en el chalet de Marta y las historias se sucedían. Pequeñas y minúsculas se esparcían por grupos, como racimos por la lonja. Eramos tantos que todavía el tiempo se resistía a separarnos. No había música, porque la melodía era un componer intenso, disfrutón, que poníamos  nosotros; amotinado a veces por las ganas de charlas y confesiones o el precipitar de las risas entre  manjares y alcoholes de la buena mesa.

Nos habíamos doblado en número, junto con los michelines y arrugas, habían crecido también nuestras responsabilidades. Ahora la felicidad la entendíamos de otra forma más practica,  que pasaba por el bienestar de esos locos bajitos dispuestos a sacar de nosotros hasta la ultima gota de imaginación y energías. Habíamos triplicado los bronceadores, llenado la piscina de manguitos y artilugios e incluso ensayado el correturnos de vigilancia para que todos pudiéramos disfrutar de las copas y el juego.

Y entre medias, habíamos hecho espacio para las carreras de coches y los ensayos de tacones y “ropa mayor” de las niñas más presumidas. Sabíamos que nadie dijo que fuera fácil, pero estaba resultando una aventura motivante.

En el fondo, y si nos hubiéramos observado de lejos, nos habríamos reconocido en la misma piel tatuada de recuerdos variopintos, algo menos rígidos y más espontáneos aunque en el fondo los mismos.

Esos locos bajitos nos habían dado otro giro, que tampoco sería -probablemente- el último, aunque nadie se detenía a perplejarse de algo tan evidente. Y aún así, a mi me parecía algo mágico, que cada año se obrase el milagro de juntarnos a la trupe  y de cerca contarnos las vidas.

Me veía más vieja diciendome: ¿Recuerdas aquellos tiempos? síiiiiiii, estabamos lozanos y felices y no lo veíamos…tal como ahora vislumbramos lo que es unico y fugaz de otras épocas.

Me repetía que la vida había que mirarla hacia delante para buscarle el verdadero sabor pero que también era fundamental celebrar quien seguía estando de forma repetida, ahí, año tras año, viéndonos crecer y madurar en todos los sentidos. Esos eran tesoros que, estaba segura, algún día echaría mucho de menos cuando extendiese la mirada o me hiciese mayor.

Sabía ,aún sin saber, que  los caminos o las decisiones nos hacen perder a mucha gente. Que se separan las historias a veces sin motivo y que nos volvemos seres más solitarios y reflexivos. Ensimismada en esa burbuja de la que todavía no tenía conocimiento pleno, creía intuir que cuando echase la vista atrás -entre todos esos seres- reconoceríamos a unos pocos (muy pocos) – touché!- que nos habrían tocado de verdad.

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La palabra humana es como un caldero rajado sobre el cual tocamos melodías para hacer danzar a los osos cuando quisiéramos hacer llorar a las estrellas.

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Hay libros que te dejan pensando más allá de su final y sobre ellos elaboras tu propia filosofía o la que intuyes pudo ser la intención del autor al escribir la obra.

¿Qué es la palabra sino eso que nos construye? . La máxima expresión que nos es dada para categorizar las cosas y entender nuestro mundo.  Al mismo tiempo nos sirve para definir las “no cosas”,  esas que llamamos esencias no palpables como los sentimientos o las emociones y que tienen a través de la palabra una forma de existir y expresarse.

¿Que es el amor sino una metáfora ya construida previamente? Con el peligro que eso conlleva adhiriéndose tantas veces a los tópicos sobre lo ya dicho. ¿Que somos nosotros sino eso que nos vamos diciendo a través de los pensamientos y formalizando a través del lenguaje? Los sentimientos no existen hasta que las palabras, como vías de expresión, como hilos conductores nos hacen tirar de ellos y sacarlos a la luz para entenderlos o aprender nosotros mismos a sentir.

Pero la palabra también sufre de contratiempos,  vicisitudes que ponen en tela de juicio su autenticidad que no deja de ser siempre cuestionada. Como instrumento que es para inventar y crear nos sirve para poner en circulación formas bellas de lenguaje, como la poesía o la literatura, en donde nos acomodamos a perseguir la belleza de lo formal por encima de la realidad. En ese momento nos distanciamos, nos metemos en otras pieles y otros mundos despersonalizando lo ya conocido en aras de lo imaginado.

No hay que olvidar que las palabras también sirven para autoengañarse como formas limitadas de dialogo interno, consciente o inconscientemente…nunca estaremos mintiendo más  que cuando nos definamos a nosotros mismos. Sufrimos esa especial tendencia a proyectarnos sobre formas cómodas socialmente valoradas, cuando en realidad no deberíamos encasillar nuestro ser dentro de ningún limite territorial. Es en ese acotamiento donde erramos pues en esencia resultamos ser  algo único que el lenguaje difícilmente podrá explicar.

Creo que debemos esforzarnos en mirar el mundo con ojos distintos a lo ya dicho anteriormente, en todo debe haber algo de desconocido y misterioso si nos detenemos a observarlo con mirada nueva, algo que nos conduzca a la esencia de la realidad entendida desde nuestro interior, a la palabra que brota desde su sentido más particular y auténtico.

 

Sobre las polémicas declaraciones de Samanta Villar

No soy  muy dada a meterme en temas de famosos, ni en la polémica que se crean en torno a ellos, pero estos días, al leer las declaraciones de la que fue protagonista de 21 días y las ampollas que ha levantado el tema, no he podido evitar sentirme bastante perpleja ante el chiringuito de opiniones y criticas que, como premio a su franqueza, ha recibido.

La palabra más apropiada quizás esté más cerca de la decepción que de la perplejidad y es que situaciones así me hacen creer que si  somos tan absolutistas con nuestro propio género, no podemos- en ningún sentido-  pretender caminar hacia la igualdad.

Como mujer curiosa que soy, desde que saliera el artículo no he parado de leer sobre el asunto, lo que en las redes sociales he visto se parecía a un gallinero. Observando me he dado cuenta hasta que punto somos nuestras peores enemigas y el daño que esa actitud tonta nos hace, llegando a incurrir en los mismos errores de siempre, mirando a la otra con soberbia, apuntando hacia la competición  y valorando con tasante ligereza el como otras deciden y viven algo tan personal como la propia maternidad.

Para poneros en contexto (por si no conocéis el tema), resulta que la chica ha sido madre de mellizos por ovodonación. Y, unos meses después, ha declarado que no está siendo todo lo que ella pensaba, que sus hijos le restan mucha calidad de vida y que no se siente más feliz. Y a partir de ahí, la marea. Oleadas de mujeres dispuestas con la lengua a sacarle el carnet de madre.

Me pregunto ¿acaso cada una no es libre de opinar como vive y transita el hecho de tener hijos? ¿o por ser famosa no puede decir en voz alta lo que piensa teniendo que sumarse a los convencionalismos de siempre?.

He escuchado de todo: Que está tratando de hacer publicidad para que se compre su libro, que no merece ser madre por ovodonación, incluso el  insulto fácil que provoca la envidia, sobre el hecho de que ella (por ser Samanta Villar)  va vivir una vida desahogada y va a poder permitirse que se los crien. Deduzco que adivinas deben ser las que ya saben que con su actitud rebelada e ingrata, terminará siendo una malamadre en el futuro.

Me parece que deberíamos abrir más la mente y dejar de juzgar en base a como hemos vivido nosotras esta realidad. No hay un patrón universal ¡y menos mal!. Yo creo que cada mujer sabe de su historia, de sus luchas y decisiones, … señoras, que tenemos el derecho a equivocarnos o acertar a la hora de elegir…porque ser madre es una tarea dificilisima…y mágica.

No nos quitemos la posibilidad de expresarnos con libertad aunque toneladas de siglos nos hayan obligado a decir “lo correcto”, no nos consumamos en esa hipocresía venenosa de querer tapar lo desagradable a toda costa para sentirnos más auténticas, cuando todas sabemos de que va el asunto.

El mundo mundial sabe que la crianza no es un camino de rosas. Se trata de una decisión para toda la vida y  hay momentos realmente críticos que ponen a prueba tu persona. Sin embargo, el como se extrapola eso a tu día a día y a lo que confiere a tí, como mujer, es algo que no se llega a valorar hasta que no se vive y que por supuesto no todas están dispuestas a contar y reconocer con la misma sinceridad. Creo que todavía siguen perviviendo tabúes y límites, que aún no somos lo bastante comprensivas con nuestro género y que nos falta esa pizca de empatía tan necesaria en los temas que han sido -por costumbre- competencia de la mujer.

Yo no salgo aquí a defender lo que dice Samanta pero creo que si ha creado tanta expectación y polémica es porque a lo mejor no es un tema banal y verdaderamente es un asunto que preocupa a las mujeres. Me parece enriquecedor escuchar diferentes voces sobre la experiencia, no solo la de esta chica sino también las de otras mujeres más o menos contentas con su decisión. No nos engañemos, solo desde una base que englobe diferencias, las mujeres podemos aprender y adquirir mayor amplitud de conocimiento para poder decidir con más certeza de cara al futuro.

Al final la decisión nos pertenece. La vida es un riesgo detrás de otro. Lejos estamos de ser perfectas. Lo que no me parece es que Samanta quiera menos a sus hijos que otra que se muestre enfadada con sus declaraciones. Lo que sí creo (solo creo) es que desde su posición como periodista trataba de romper una lanza en contra del idealismo impuesto que  nos ha tratado de convencer que el colofón de toda mujer es la maternidad.

Lo siento, yo también soy madre de mellizos y los quiero muchísimo. Son mi mayor tesoro pero se lo complicado que es criar a dos a la vez en esta sociedad que tantos requisitos pone a la mujer. No me parece una aberración que cualquiera en su sano juicio decida no ser madre o que aún siéndolo, se sienta abrumada y desbordada por lo que se lleva esta entrega continua.

No nos regalan un título ni  podemos hacer un curso. Tampoco imaginar a priori y con exactitud todo lo que la maternidad nos cambiará la vida. Entonces ¿ porque no trabajar para ser menos recelosas? ¿porque no caminar hacia el entendimiento y la escucha valorando la diferencia de pareceres?

 

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Cuando los miro creo que el mundo -a veces- se detiene…

Y es esta ardua tarea sin descanso como un volcar el amor en dos piezas  de plastilina, dos micromundos que dependen de mí. Unas veces tendré las manos talentosas, otras mojadas, otras simplemente sucias… Nadie me enseñó a moldear, pero es algo que aprenderé a base de interactuar y equivocarme.

 

 

 

 

Había una frase con la que solía reírme

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Hay que ver como son los fines de semana de trabajo en el campo. Por un lado pienso que deberían estar prohibidos ¡menuda broma eso de no dar tregua al cuerpo!…por otro, resultan tan enriquecedores en todos los sentidos, que bien podrían ser la próxima terapia de moda para paliar el estrés al que esta vida moderna nos somete.

Y vosotros diréis…¡esta está loca! y nada más cerca de la realidad, pero por un momento, escuchad la frase que decía mi abuelo y que luego mi padre muy hábilmente copió en su beneficio, para convencerme de que ir a la aceituna molaba.

“Niña, el campo es salud”-aseguraba consciente, que no estaba borracho ni nada de eso. Hay que poner especial énfasis en ese “niña”, pues sonaba totalmente  cercano y detenido. Con ese no llamarme por mi nombre se cercioraba que lo escuchase y luego, una vez lo miraba a los ojos, soltaba tremenda aberración.

Tonterías! más a gusto se está en el sofá, pensaba yo. Aunque todavía desconocía que el campo y la vida terminarían por apañárselas jugando en mi contra, otorgando credenciales a esa sabiduría tan rural que defendía mi abuelo.

Y todo esto para deciros lo mucho que me están llenando estos últimos fines de semana de la recogida, rodeada de gente  risueña y trabajadora que es capaz de acelerar las horas y difuminar el esfuerzo con los pulsos de la conversación. ¿Porque que hay mejor que trabajar a gusto sin cuatro paredes de por medio o mandones que lo ahoguen a uno?.

La naturaleza en ese sentido se las apaña para devolvernos a nuestra esencia más remota, a lo que somos en el fondo, no más que gente con diferentes pensamientos, con historias de vida que se encuentran, con principios y errores que trabajan como se solía antaño, de sol a sol y sin luces artificiales o tecnologías opresivas de por medio.

Sobre el terreno, pies y manos se van aclimatando, los sentidos se abren  y también los placeres más primitivos, como el comer. Y os aseguro que la comida no está lo mismo con las manos llenas de tierra o con el culete en el suelo. Que uno aprende a elegir el terreno donde se sienta. Que no importa si te manchas porque ya estás enfangado hasta las cejas. ¡Que no! que todavía no he ido a ningún restaurante michelín donde el tomate sepa a gloria y el chocolate a cosquillas.

Pero claro, no os voy a engañar, también  hay lujos allende las remotas montañas donde a cuatro locos de nuestros antepasados se les ocurrió plantar olivos. Lujos como detenerse un ratito a encender una buena hoguera con los cuatro palos olvidados entre las camadas. Lujos como contemplar como se abren y tuestan unos chorizos caseros que ha traído esa mujer que tiene el detalle de cuidarnos a todos. Y que encima no, no es nuestra madre y eso la hace aún más especial.

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La ostentación no se sirve en platos de cristal ni se come con cubiertos de plata, la  verdadera riqueza está más cerca de la humildad de lo que imaginamos y no corresponde con lo que suelen hacernos creer desde tantos focos.

Con la tarde a cuestas y los chorizos rebelándose, mientras se dibujan las sombras de esos arboles que ya se van quedando otro año más vacíos, también nosotros aminoramos la marcha y el ritmo, a la par que este sol de Enero azacanado, tímido como siempre… que nos hace coger aliento y gastar las últimas bromas sobre el sabado y  los bailes bajo la manta que alguien se atrevió a contar.

Sin duda, mi abuelo estaba en lo cierto y no me sabe mal reconocer cuanto desconocía del asunto y lo que los años nos hacen mudar la perspectiva.

Es esta una esfera sin remilgos ni acato en donde uno se va dejando caer y olvida sus vértices. Quizás la energía, el esfuerzo y el aire puro sean lo único que necesitemos para continuar, sembrar la vida, atesorar lo que con tanto ahínco nos dejaron nuestros ancestros. Que no fue solo la tierra y su valor económico ¡no señor! sino la majestuosa posibilidad de verla crecer con los mimos y de dejar que ella, siempre sabia, también nos enseñe.

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Recreaciones

 

 

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A veces tiene sentido que los humanos recreemos nuestra historia como una película fidedigna. Ir hacia atrás para entender los crímenes que nos precedieron, las guerras que se libraron o las trincheras que levantaron hombres y mujeres sobre esta Tierra. Quizás forme parte de un plan a largo plazo para asimilar de una vez por todas el oscurantismo del alma humana, la cara pérfida que nos precede en siglos, mientras respiramos recelosos una sociedad que llamamos mejorada. Quien sabe si es el principio de la enmienda o solo un alimentar el morbo, tan común en nuestra especie.

 

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 Es curioso como mientras asestan la plaza en donde nos hallamos  y los disparos ensordecedores van acoplándose a nuestra piel de un modo inofensivo,  una bandada de palomas revolotea asustadiza, haciendo del cielo un jirón de muerte .

No estaba en el guión. Tampoco las caras de algunos  niños que se olvidaron del espectáculo, de la mentira detrás de la representación, de que todo es un teatro de los que no duelen.

 

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Más tarde se levantarán esos que hoy -de una forma imaginaria- cayeron… y no habrá pasado nada. Nada más que la memoria que como una sombra viste la brecha por donde tantas veces erramos.

Desentendidos y ajenos nos alejamos por entre estas calles de piedra, olvidando unos hechos que colocan nuestra brújula moral en constante y frágil desequilibrio. Lo que nos preocupa es que no podemos asegurar que esto que hoy presenciamos no sea también parte de nuestra responsabilidad futura.

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Aquí, en el numero 7 de la calle Melancolía, todavía se atreven a ponernos jamón y cerveza bien fría. Condimentos necesarios para volver a dormir este batiburrillo de sentimientos anacrónicos que nos visitan. Brindamos entre risas pensando que versos escribiría Sabina sobre esos de la SS que justo ahora, almuerzan  a nuestro lado, devorando tapas de morcilla e ibéricos. 

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De regreso a casa, nos besamos por entre las sombras de esas calles estrechas que no conocen al sol. Vamos interceptando campamentos de reliquias y pasados envejecidos que roban nuestra atónita mirada. Ha sido un día increíble que nos acerca un poco más al valor del conocimiento y la compasión, separándonos en lo posible de toda esa crueldad tan palpable en este: nuestro drama sin fecha de caducidad.