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¡Como crecen!

 

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Recuerdo que movían la boca como ahora lo hace mi sobrina. Parecían pequeños leoncitos de la Golden Mayer. Hace tan poco de aquellos días que casi puedo cerrar los ojos y visualizarlos, durmiéndose sobre mi regazo o meciéndose  en las hamacas mientras yo los observo y giro para que el sol de invierno abrigue sus cuerpecitos. Tan pequeños. ¡Tan dependientes de vida!.

 

“Algo hemos logrado”- pensaba esta mañana “y a la vez, otra etapa se abre ante sus ojos”. Me han dado un beso generoso: ¡iba con abrazo!. Se movían tímidos y asustados mirando al gentío que se agolpaba en torno al aula, haciendo fotos y secando lágrimas.

Los he conducido hasta la fila….¡Oh Dios, me han parecido tan indefensos como cuando eran bebes!, me he agachado para tenerlos a mi altura y hemos recordado lo hablado durante la semana. Sí, lo sé, soy una cansina…¡¿que le hago?!… Ellos me miraban con esos ojos de inquieta inocencia, atentos al instante como si intuyesen que las palabras de mamá eran fundamentales para sobrevivir.

Y todo eso corre  tan fugaz y pendenciero….Milésimas de segundo en los que la fila avanza y los sueltas mientras ellos van dirigiéndose hacia el aula para encontrarse con su “seño”.

“La seño es como la mami en el cole. Cualquier cosa, se la contáis a ella”- les iba aconsejando antes de llegar al centro…

Ahora que ya no los veía y se perdían entre la masa de niños, recordaba mis propios discursos, argumentos y definiciones sobre la escuela y toda la letra pequeña que me dejé sin contar. Una no puede revelar nunca la vida a los demás: obstáculos  y fascinaciones ¡¡¡sí!!! pero cada cual debe encontrar su oportunidad para descubrirla.

Mientras me alejaba de la puerta iba siendo aún más consciente de esta realidad, de que tener hijos es ir soltando, poquito a poco, pasito a paso hasta hacerlos totalmente autónomos e independientes de tus bases, dejando que ellos busquen otras más personales y eficientes que les sirvan para sentirse individuos realizados . Y eso tan simple es un milagro, una alegría y una nostalgia; por cuanto empeño pones en el trayecto y cuantas etapas de quebraderos y sueños dejas atrás, haciendo de tí mismo un ser diferente: más curtido, generoso y flexible con la vida .

Ay! la vida!, hoy me topé con ella de golpe… sin frenos.

No podía marcharme sin asomar mi careto por ese  cristal, como la típica madre boba  que busca embelesada una última imagen de sus hijos. Y  la tuve, ¡como no! …allí estaban los dos:  a duo, estrechados de la mano buscando la seguridad del vínculo. Expectantes ante el nuevo acontecimiento por llegar.

Luego la seño -amablemente- les indicó cuales eran sus sillas, se sentaron y sonrieron.

Yo también lo hice.

Era tiempo de volver a casa  con los ojos encharcados y el corazón henchido de orgullo. Preveía tiempos y realidades distintos y  una mamá siempre al frente y al fuerte, facilitando lo bueno y alejando lo malo que viniese.

¡¡Como crecen y que rápido va este barco!!.

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Touché!

Era aquel un día de agua en el chalet de Marta y las historias se sucedían. Pequeñas y minúsculas se esparcían por grupos, como racimos por la lonja. Eramos tantos que todavía el tiempo se resistía a separarnos. No había música, porque la melodía era un componer intenso, disfrutón, que poníamos  nosotros; amotinado a veces por las ganas de charlas y confesiones o el precipitar de las risas entre  manjares y alcoholes de la buena mesa.

Nos habíamos doblado en número, junto con los michelines y arrugas, habían crecido también nuestras responsabilidades. Ahora la felicidad la entendíamos de otra forma más practica,  que pasaba por el bienestar de esos locos bajitos dispuestos a sacar de nosotros hasta la ultima gota de imaginación y energías. Habíamos triplicado los bronceadores, llenado la piscina de manguitos y artilugios e incluso ensayado el correturnos de vigilancia para que todos pudiéramos disfrutar de las copas y el juego.

Y entre medias, habíamos hecho espacio para las carreras de coches y los ensayos de tacones y “ropa mayor” de las niñas más presumidas. Sabíamos que nadie dijo que fuera fácil, pero estaba resultando una aventura motivante.

En el fondo, y si nos hubiéramos observado de lejos, nos habríamos reconocido en la misma piel tatuada de recuerdos variopintos, algo menos rígidos y más espontáneos aunque en el fondo los mismos.

Esos locos bajitos nos habían dado otro giro, que tampoco sería -probablemente- el último, aunque nadie se detenía a perplejarse de algo tan evidente. Y aún así, a mi me parecía algo mágico, que cada año se obrase el milagro de juntarnos a la trupe  y de cerca contarnos las vidas.

Me veía más vieja diciendome: ¿Recuerdas aquellos tiempos? síiiiiiii, estabamos lozanos y felices y no lo veíamos…tal como ahora vislumbramos lo que es unico y fugaz de otras épocas.

Me repetía que la vida había que mirarla hacia delante para buscarle el verdadero sabor pero que también era fundamental celebrar quien seguía estando de forma repetida, ahí, año tras año, viéndonos crecer y madurar en todos los sentidos. Esos eran tesoros que, estaba segura, algún día echaría mucho de menos cuando extendiese la mirada o me hiciese mayor.

Sabía ,aún sin saber, que  los caminos o las decisiones nos hacen perder a mucha gente. Que se separan las historias a veces sin motivo y que nos volvemos seres más solitarios y reflexivos. Ensimismada en esa burbuja de la que todavía no tenía conocimiento pleno, creía intuir que cuando echase la vista atrás -entre todos esos seres- reconoceríamos a unos pocos (muy pocos) – touché!- que nos habrían tocado de verdad.

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La palabra humana es como un caldero rajado sobre el cual tocamos melodías para hacer danzar a los osos cuando quisiéramos hacer llorar a las estrellas.

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Hay libros que te dejan pensando más allá de su final y sobre ellos elaboras tu propia filosofía o la que intuyes pudo ser la intención del autor al escribir la obra.

¿Qué es la palabra sino eso que nos construye? . La máxima expresión que nos es dada para categorizar las cosas y entender nuestro mundo.  Al mismo tiempo nos sirve para definir las “no cosas”,  esas que llamamos esencias no palpables como los sentimientos o las emociones y que tienen a través de la palabra una forma de existir y expresarse.

¿Que es el amor sino una metáfora ya construida previamente? Con el peligro que eso conlleva adhiriéndose tantas veces a los tópicos sobre lo ya dicho. ¿Que somos nosotros sino eso que nos vamos diciendo a través de los pensamientos y formalizando a través del lenguaje? Los sentimientos no existen hasta que las palabras, como vías de expresión, como hilos conductores nos hacen tirar de ellos y sacarlos a la luz para entenderlos o aprender nosotros mismos a sentir.

Pero la palabra también sufre de contratiempos,  vicisitudes que ponen en tela de juicio su autenticidad que no deja de ser siempre cuestionada. Como instrumento que es para inventar y crear nos sirve para poner en circulación formas bellas de lenguaje, como la poesía o la literatura, en donde nos acomodamos a perseguir la belleza de lo formal por encima de la realidad. En ese momento nos distanciamos, nos metemos en otras pieles y otros mundos despersonalizando lo ya conocido en aras de lo imaginado.

No hay que olvidar que las palabras también sirven para autoengañarse como formas limitadas de dialogo interno, consciente o inconscientemente…nunca estaremos mintiendo más  que cuando nos definamos a nosotros mismos. Sufrimos esa especial tendencia a proyectarnos sobre formas cómodas socialmente valoradas, cuando en realidad no deberíamos encasillar nuestro ser dentro de ningún limite territorial. Es en ese acotamiento donde erramos pues en esencia resultamos ser  algo único que el lenguaje difícilmente podrá explicar.

Creo que debemos esforzarnos en mirar el mundo con ojos distintos a lo ya dicho anteriormente, en todo debe haber algo de desconocido y misterioso si nos detenemos a observarlo con mirada nueva, algo que nos conduzca a la esencia de la realidad entendida desde nuestro interior, a la palabra que brota desde su sentido más particular y auténtico.

 

Sobre las polémicas declaraciones de Samanta Villar

No soy  muy dada a meterme en temas de famosos, ni en la polémica que se crean en torno a ellos, pero estos días, al leer las declaraciones de la que fue protagonista de 21 días y las ampollas que ha levantado el tema, no he podido evitar sentirme bastante perpleja ante el chiringuito de opiniones y criticas que, como premio a su franqueza, ha recibido.

La palabra más apropiada quizás esté más cerca de la decepción que de la perplejidad y es que situaciones así me hacen creer que si  somos tan absolutistas con nuestro propio género, no podemos- en ningún sentido-  pretender caminar hacia la igualdad.

Como mujer curiosa que soy, desde que saliera el artículo no he parado de leer sobre el asunto, lo que en las redes sociales he visto se parecía a un gallinero. Observando me he dado cuenta hasta que punto somos nuestras peores enemigas y el daño que esa actitud tonta nos hace, llegando a incurrir en los mismos errores de siempre, mirando a la otra con soberbia, apuntando hacia la competición  y valorando con tasante ligereza el como otras deciden y viven algo tan personal como la propia maternidad.

Para poneros en contexto (por si no conocéis el tema), resulta que la chica ha sido madre de mellizos por ovodonación. Y, unos meses después, ha declarado que no está siendo todo lo que ella pensaba, que sus hijos le restan mucha calidad de vida y que no se siente más feliz. Y a partir de ahí, la marea. Oleadas de mujeres dispuestas con la lengua a sacarle el carnet de madre.

Me pregunto ¿acaso cada una no es libre de opinar como vive y transita el hecho de tener hijos? ¿o por ser famosa no puede decir en voz alta lo que piensa teniendo que sumarse a los convencionalismos de siempre?.

He escuchado de todo: Que está tratando de hacer publicidad para que se compre su libro, que no merece ser madre por ovodonación, incluso el  insulto fácil que provoca la envidia, sobre el hecho de que ella (por ser Samanta Villar)  va vivir una vida desahogada y va a poder permitirse que se los crien. Deduzco que adivinas deben ser las que ya saben que con su actitud rebelada e ingrata, terminará siendo una malamadre en el futuro.

Me parece que deberíamos abrir más la mente y dejar de juzgar en base a como hemos vivido nosotras esta realidad. No hay un patrón universal ¡y menos mal!. Yo creo que cada mujer sabe de su historia, de sus luchas y decisiones, … señoras, que tenemos el derecho a equivocarnos o acertar a la hora de elegir…porque ser madre es una tarea dificilisima…y mágica.

No nos quitemos la posibilidad de expresarnos con libertad aunque toneladas de siglos nos hayan obligado a decir “lo correcto”, no nos consumamos en esa hipocresía venenosa de querer tapar lo desagradable a toda costa para sentirnos más auténticas, cuando todas sabemos de que va el asunto.

El mundo mundial sabe que la crianza no es un camino de rosas. Se trata de una decisión para toda la vida y  hay momentos realmente críticos que ponen a prueba tu persona. Sin embargo, el como se extrapola eso a tu día a día y a lo que confiere a tí, como mujer, es algo que no se llega a valorar hasta que no se vive y que por supuesto no todas están dispuestas a contar y reconocer con la misma sinceridad. Creo que todavía siguen perviviendo tabúes y límites, que aún no somos lo bastante comprensivas con nuestro género y que nos falta esa pizca de empatía tan necesaria en los temas que han sido -por costumbre- competencia de la mujer.

Yo no salgo aquí a defender lo que dice Samanta pero creo que si ha creado tanta expectación y polémica es porque a lo mejor no es un tema banal y verdaderamente es un asunto que preocupa a las mujeres. Me parece enriquecedor escuchar diferentes voces sobre la experiencia, no solo la de esta chica sino también las de otras mujeres más o menos contentas con su decisión. No nos engañemos, solo desde una base que englobe diferencias, las mujeres podemos aprender y adquirir mayor amplitud de conocimiento para poder decidir con más certeza de cara al futuro.

Al final la decisión nos pertenece. La vida es un riesgo detrás de otro. Lejos estamos de ser perfectas. Lo que no me parece es que Samanta quiera menos a sus hijos que otra que se muestre enfadada con sus declaraciones. Lo que sí creo (solo creo) es que desde su posición como periodista trataba de romper una lanza en contra del idealismo impuesto que  nos ha tratado de convencer que el colofón de toda mujer es la maternidad.

Lo siento, yo también soy madre de mellizos y los quiero muchísimo. Son mi mayor tesoro pero se lo complicado que es criar a dos a la vez en esta sociedad que tantos requisitos pone a la mujer. No me parece una aberración que cualquiera en su sano juicio decida no ser madre o que aún siéndolo, se sienta abrumada y desbordada por lo que se lleva esta entrega continua.

No nos regalan un título ni  podemos hacer un curso. Tampoco imaginar a priori y con exactitud todo lo que la maternidad nos cambiará la vida. Entonces ¿ porque no trabajar para ser menos recelosas? ¿porque no caminar hacia el entendimiento y la escucha valorando la diferencia de pareceres?

 

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Cuando los miro creo que el mundo -a veces- se detiene…

Y es esta ardua tarea sin descanso como un volcar el amor en dos piezas  de plastilina, dos micromundos que dependen de mí. Unas veces tendré las manos talentosas, otras mojadas, otras simplemente sucias… Nadie me enseñó a moldear, pero es algo que aprenderé a base de interactuar y equivocarme.

 

 

 

 

Había una frase con la que solía reírme

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Hay que ver como son los fines de semana de trabajo en el campo. Por un lado pienso que deberían estar prohibidos ¡menuda broma eso de no dar tregua al cuerpo!…por otro, resultan tan enriquecedores en todos los sentidos, que bien podrían ser la próxima terapia de moda para paliar el estrés al que esta vida moderna nos somete.

Y vosotros diréis…¡esta está loca! y nada más cerca de la realidad, pero por un momento, escuchad la frase que decía mi abuelo y que luego mi padre muy hábilmente copió en su beneficio, para convencerme de que ir a la aceituna molaba.

“Niña, el campo es salud”-aseguraba consciente, que no estaba borracho ni nada de eso. Hay que poner especial énfasis en ese “niña”, pues sonaba totalmente  cercano y detenido. Con ese no llamarme por mi nombre se cercioraba que lo escuchase y luego, una vez lo miraba a los ojos, soltaba tremenda aberración.

Tonterías! más a gusto se está en el sofá, pensaba yo. Aunque todavía desconocía que el campo y la vida terminarían por apañárselas jugando en mi contra, otorgando credenciales a esa sabiduría tan rural que defendía mi abuelo.

Y todo esto para deciros lo mucho que me están llenando estos últimos fines de semana de la recogida, rodeada de gente  risueña y trabajadora que es capaz de acelerar las horas y difuminar el esfuerzo con los pulsos de la conversación. ¿Porque que hay mejor que trabajar a gusto sin cuatro paredes de por medio o mandones que lo ahoguen a uno?.

La naturaleza en ese sentido se las apaña para devolvernos a nuestra esencia más remota, a lo que somos en el fondo, no más que gente con diferentes pensamientos, con historias de vida que se encuentran, con principios y errores que trabajan como se solía antaño, de sol a sol y sin luces artificiales o tecnologías opresivas de por medio.

Sobre el terreno, pies y manos se van aclimatando, los sentidos se abren  y también los placeres más primitivos, como el comer. Y os aseguro que la comida no está lo mismo con las manos llenas de tierra o con el culete en el suelo. Que uno aprende a elegir el terreno donde se sienta. Que no importa si te manchas porque ya estás enfangado hasta las cejas. ¡Que no! que todavía no he ido a ningún restaurante michelín donde el tomate sepa a gloria y el chocolate a cosquillas.

Pero claro, no os voy a engañar, también  hay lujos allende las remotas montañas donde a cuatro locos de nuestros antepasados se les ocurrió plantar olivos. Lujos como detenerse un ratito a encender una buena hoguera con los cuatro palos olvidados entre las camadas. Lujos como contemplar como se abren y tuestan unos chorizos caseros que ha traído esa mujer que tiene el detalle de cuidarnos a todos. Y que encima no, no es nuestra madre y eso la hace aún más especial.

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La ostentación no se sirve en platos de cristal ni se come con cubiertos de plata, la  verdadera riqueza está más cerca de la humildad de lo que imaginamos y no corresponde con lo que suelen hacernos creer desde tantos focos.

Con la tarde a cuestas y los chorizos rebelándose, mientras se dibujan las sombras de esos arboles que ya se van quedando otro año más vacíos, también nosotros aminoramos la marcha y el ritmo, a la par que este sol de Enero azacanado, tímido como siempre… que nos hace coger aliento y gastar las últimas bromas sobre el sabado y  los bailes bajo la manta que alguien se atrevió a contar.

Sin duda, mi abuelo estaba en lo cierto y no me sabe mal reconocer cuanto desconocía del asunto y lo que los años nos hacen mudar la perspectiva.

Es esta una esfera sin remilgos ni acato en donde uno se va dejando caer y olvida sus vértices. Quizás la energía, el esfuerzo y el aire puro sean lo único que necesitemos para continuar, sembrar la vida, atesorar lo que con tanto ahínco nos dejaron nuestros ancestros. Que no fue solo la tierra y su valor económico ¡no señor! sino la majestuosa posibilidad de verla crecer con los mimos y de dejar que ella, siempre sabia, también nos enseñe.

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Recreaciones

 

 

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A veces tiene sentido que los humanos recreemos nuestra historia como una película fidedigna. Ir hacia atrás para entender los crímenes que nos precedieron, las guerras que se libraron o las trincheras que levantaron hombres y mujeres sobre esta Tierra. Quizás forme parte de un plan a largo plazo para asimilar de una vez por todas el oscurantismo del alma humana, la cara pérfida que nos precede en siglos, mientras respiramos recelosos una sociedad que llamamos mejorada. Quien sabe si es el principio de la enmienda o solo un alimentar el morbo, tan común en nuestra especie.

 

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 Es curioso como mientras asestan la plaza en donde nos hallamos  y los disparos ensordecedores van acoplándose a nuestra piel de un modo inofensivo,  una bandada de palomas revolotea asustadiza, haciendo del cielo un jirón de muerte .

No estaba en el guión. Tampoco las caras de algunos  niños que se olvidaron del espectáculo, de la mentira detrás de la representación, de que todo es un teatro de los que no duelen.

 

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Más tarde se levantarán esos que hoy -de una forma imaginaria- cayeron… y no habrá pasado nada. Nada más que la memoria que como una sombra viste la brecha por donde tantas veces erramos.

Desentendidos y ajenos nos alejamos por entre estas calles de piedra, olvidando unos hechos que colocan nuestra brújula moral en constante y frágil desequilibrio. Lo que nos preocupa es que no podemos asegurar que esto que hoy presenciamos no sea también parte de nuestra responsabilidad futura.

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Aquí, en el numero 7 de la calle Melancolía, todavía se atreven a ponernos jamón y cerveza bien fría. Condimentos necesarios para volver a dormir este batiburrillo de sentimientos anacrónicos que nos visitan. Brindamos entre risas pensando que versos escribiría Sabina sobre esos de la SS que justo ahora, almuerzan  a nuestro lado, devorando tapas de morcilla e ibéricos. 

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De regreso a casa, nos besamos por entre las sombras de esas calles estrechas que no conocen al sol. Vamos interceptando campamentos de reliquias y pasados envejecidos que roban nuestra atónita mirada. Ha sido un día increíble que nos acerca un poco más al valor del conocimiento y la compasión, separándonos en lo posible de toda esa crueldad tan palpable en este: nuestro drama sin fecha de caducidad.

 

Reyes

Hey, tu!!!! si tú!!! ¿te has parado a creerlo?

Me gusta pensar que de esta vida no se casi nada, que no hay tema en el que me considere sabia. Por que es la verdad. Mantiene mis ganas  de explorar a cerca de las certezas que me voy encontrando. Por ejemplo: ¿qué se de niños? se mucho y no se casi nada. Dos caras bastante ciertas, la vida en perspectiva. Y pienso que no me equivoco en la idea de que errar (hasta en lo que me es más familiar) es algo que me atañe de cara al futuro, pero que tampoco me convertirá en sabia como tal. No puedo creerme ese cuento. La sabiduría es una utopía.

 No puedo creer que somos sabios por la suma de errores o de experiencias, aunque a veces así lo creamos engañosamente. Tampoco por cuanto supone cumplir años,  hay quien no aprende y quien lo hace nunca estará en posesión de otra verdad que no sea una verdad acotada. Renqueante para  hacer las veces como manual de instrucciones de por vida. Me digo que esta “loca” siempre nos sorprende…y menos mal, sino ¡vaya aburrimiento!.

Somos los reyes de nuestro mundo, herederos de nuestros pensamientos, cultura, lo que queramos que nos componga y nos engrandezca…pero, ¡No osemos a creérnoslo!

El movimiento inquieto de este vaivén frágil avanza galopante, sin miramientos, atropellando pilares u ofreciéndonos felicidades, que, en todo caso, serán temporales…¡¡No te acomodes!!

Aquí no vale funcionar de memoria ni estar 24  horas al día con el practicum haciendo las veces de experiencia. La vida exige algo más. Diría que algo intangible, pero decisivo, como la intuición, o el amor, o la energía que subyace a las personas y acontecimientos que vivimos. Cosas que no se pueden explicar o aprender, motores que están ahí, en el aire, esperando ser encendidos para hacernos ilustres de otra manera mucho más grande.

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SABIA; EXPERTA EN ABRIR PAQUETES DE GUSANITOS de forma matemáticamente precisa para que el niño no provoque el caos más inmediato. Ojo! parece cualquier cosa, pero no lo es.

 

 

 

 

 

Cuartillas

 

Dibujas, tal como escribes, y en esas líneas quedan impresos retazos de garabatos, como detenidas las emociones que se suspenden del fino hilo que te recela. El color intenso del mismo instante en el que imaginas. Tu mano vuela con la memoria.

De pronto, piensas como lo que eres y sientes se puede leer a través de esas cuartillas, paginas en blanco que  van rellenando las etapas, con sus días de sol y lluvia. La casa, el brasero… La nieve también vendrá y seguiremos pintando las tardes con promesas.

Avance, travesía. Me gusta detenerme y mirar en tus ojos. Captar la simpleza de tus líneas y  el alma espontanea que respira del trazo de tu yo joven. Ansioso y tenaz artista.

Permíteme que aplauda la claridad de tu amor, que me bañe de su transparencia cuando me pintas, mientras caminamos juntos por las aristas de esta libreta.

 

La obsesión de Amberes.

El otro día, cuando se despertaron los peques, aprovechando que los hemos cambiado  de habitación y que en la nueva tenemos toda la colección de libros por edades, pelirrojo me hizo una recomendación muy interesante.

Hablábamos de la serie juvenil de novelas, para cuando los mellis fueran algo más grandes y se iniciaran por si solos en el hábito. Entre ellas salió una de las tres que tiene publicadas Gisbert  para Oxford y que yo no había visto ni leído  “Los caminos del miedo”.

Pelirrojo me explicó que entre los 4 relatos que componían el libro había uno que merecía especialmente la pena y que sorprendía bastante hasta el punto de que él lo había releído un par de veces más fruto del impacto que le había dejado. Se trataba de “La obsesión de Amberes”.

Le prometí que encontraría un ratito y así fue, el fin de semana, le hice espacio  y mientras los peques jugaban tranquilos en la terraza, aprovechando el buen tiempo, me bebí la historia y terminé otras dos más  del libro.

La obra está dividida en cuatro relatos  que ahondan en la influencia devastadora que tiene el miedo sobre los seres humanos, como llega a dirigir sus vidas privándolos a menudo de la capacidad de razón y  la de una lógica del todo necesaria para vivir. Cada historia  está contada con un lenguaje sencillo, cercano, aunque muy cuidado, es por ello  una novela que, aunque está tasada como género juvenil, llega a todos los públicos, perfectamente recomendable para jóvenes pero también con un contenido altamente reflexivo que gustará al adulto.

Mientras leía el relato tuve sensaciones que hacía tiempo no disfrutaba ya que las ultimas y escasas lecturas a las que he podido acercarme con detenimiento, no me han resultado gran cosa. No es que fueran malas, quizás estaban contadas de forma soberbia incluso, lo que pasa es que personalmente me encantan los autores y libros que consiguen -además de contar- hacerme pensar.

En este caso, así me sentía. Conforme avanzaba en las páginas me notaba más y más curiosa, formando parte de ese mundo onírico, fantástico, extraño, que  a la vez me iba enganchando por la facilidad con la que el autor lo hace tan cercano. La historia se centra en un escenario sobre el que ronda la superstición y el misterio, en el que los personajes se van desenvolviendo al son de sus emociones y los acontecimientos.

Los limites que nos imponemos a nosotros mismos, la capacidad de hacer frente a los hechos, los recovecos de la mente, el pasar lento de los años teniendo carta libre para conocer lo que creemos puede cambiarnos la existencia, el pasado y el futuro como regímenes desacertados de vida, todo eso es contado en un relato del todo conmovedor.

Al terminar de leer el cuentito, que por cierto es el más largo de todos y se hace cortísimo, me dí cuenta de que existe algo que desde siempre ha preocupado al alma humana. Y es esa tremenda curiosidad por lo desconocido la cual genera a su vez lazos potentes de los cuales es complicado desprenderse.  En lo que trata de ahondar Gisbert es en todo ese territorio bañado por la incertidumbre y el miedo, pintándonos un lugar sobre el cual los personajes verán más tarde crecer las raíces de la desesperación, un lugar que no deja de ser el interior de los personajes mismos en cuestión, con sus huellas sobre lo vivido latiendo poderosamente y sin permitirles ser del todo dueños de su presente. Es esa emoción circundante del temor la que tan bien vemos como  los va convirtiendo en meras marionetas, alejándolos de su esencia y de lo que son, que a fin de cuentas es  lo que  precisan para vivir felices.

Por tanto, si hay algo que el relato me hizo comprender es que, aunque existan situaciones-obstáculo que no podamos controlar en un momento dado, e incluso no podamos elegir del todo, la felicidad implica  despertar de esa red auto-saboteadora en que a veces puede llegar a transformarse la mente humana, siendo conscientes hasta que punto la incertidumbre no es la mejor compañera ni de lejos, para pasar el resto de nuestros días.

Bueno, vale, también descubrí que pelirrojo tiene muyyyyy buen gusto y que sabe recomendarme lecturas muy buenas.

Thank you, baby.

 

 

 

Las burlas. Indagando en el origen.

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Una de las realidades humanas que más curiosidad me despierta a fecha de hoy son las burlas y lo que hay tras aquellos individuos que las profesan. Hay personas que se burlan con estilo y que le sacan gracia a las cosas más tontas de la vida y se agradece ese ingenio y que existan porque, por otra parte, le ponen ese toque de humor sano tan necesario…pero por otro lado existen otras, dispuestas a erigir sus juicios bajo el sarcasmo y la mentira, con el mero objetivo de hacer daño, afilando sus dardos sobre los cimientos del veneno. Es ese tipo de burlas que van directamente a la llaga y que lo creamos o no, forman parte de otro tipo de violencia.

Ni que decir tiene que – como decían nuestros ancestros- cuanto menos pienso se les eche, mejor, porque son animalicos del mundo dispuestos a alimentarse de otros para hacerse más grandes. Pero ¿hasta que punto somos inmunes a las burlas?…¿hasta donde se supone que el silencio resulta un antídoto eficaz? ¿quien consigue esquivar el sentimiento que nos infunden cuando somos nosotros el centro? A todos -absolutamente todos- nos afectan en mayor o menor medida los juicios, sobretodo si vienen de personas que nos resultaron importantes o las tenemos que tratar a diario. Sin embargo, conforme pasa el tiempo vamos haciéndonos más inmunes a la palabra basura y vamos entendiendo los mecanismos que hay detrás de todo el percal.

A veces me pregunto que podría decirle mañana a cerca del tema a mis hijos. Si se diera el caso hipotético en que sufrieran algún tipo de abuso, fueran los que lo ejecutasen o como medida preventiva. Un niño no tiene los argumentos ni la experiencia de un adulto para saber hasta que punto pueden herir determinadas conductas o como encajar los hechos. Realmente la clave quizás esté ahí, en procurar seres humanos independientes y felices con la suficiente autoestima para no dejarse “engatusar” con los comentarios ajenos.

Creo que detrás de la mofa hay infinidad de matices y connotaciones que describen al agresor. Por un lado, los complejos y un marcado sentimiento de inferioridad que trata de equilibrarse sacando a la parrilla los defectos del otro exagerándolos en potencia. Digamos que quien utiliza el sarcasmo y la burla lo hace siempre de forma solapada pero con la ironía e inteligencia suficientes sobre las que sabe son debilidades del otro. Al mismo tiempo, las burlas son como proyecciones o interpretaciones que hacemos de nosotros mismos achacándoselas por contraposición a los demás. Es por ello normal encontrar en ellas de forma implícita asuntos que  han supuesto limitaciones para nosotros y nuestro desarrollo. Digamos que cuando nos burlamos de alguien, nos estamos desnudando a nosotros mismos y nuestros complejos .

Todos somos libres de ver la vida como nos parezca y de estar más en consonancia con ciertas personas o no, forma parte de la libre opinión que nos vamos forjando de los seres humanos y de la cual nadie nos puede vetar. En ese sentido Murakami decía una frase que me parece muy reflexiva en relación con el tema: “La manera en que los demás me ven no me atañe, eso es algo que solo les atañe a ellos”.

Realmente si entendemos la burla desde ese punto de origen eximiéndonos de una responsabilidad que no nos corresponde, la forma en que se percibe y se recibe también varía resultando mucho menos eficaz y dañina.

En este recorrido intrépido que suponen a veces las relaciones sociales, nos vamos forjando lentamente a base de pensamientos, experiencias y sentimientos encontrados…luego es normal que las visiones  (según lo vivido) también lo sean y eso es una verdad que explica el que haya también quien no lo acepte. No debiera preocuparnos lo más mínimo un concepto peyorativo que no proceda de nuestro interior. Sobretodo si siempre lo ejecuta la misma persona. Si nos atenemos a lo expuesto, podríamos considerarlo como lo que quizás solo sea: un atisbo personal, un acercamiento, un asunto baladí.

Somos nosotros y solo nosotros los que nos construimos siempre y en todo momento.. y es ahí donde debemos cargar las tintas de los esfuerzos y la superación personal…

Lo otro cansa, agota y desde luego no enriquece por dentro. Seamos capaces de querernos como merecemos, rodeándonos de las personas justas que nos respeten y nos valoren, capaces de sacar la parte  más brillante de nuestro corazón y de propulsarnos a ser cada día un poco mejores.

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