Archivos Mensuales: diciembre 2016

Ultimo relato del año

Quiero despedir el año con  un relato muy especial para mí en este 2016. Habla del paso de la vida, los acontecimientos y los obstáculos    Vistos desde dos lineas temporales que acaban fusionándose.

A los que me leéis desde hace tiempo, os sonará; a los nuevos ojalá os guste a pesar de su perspectiva intimista y algo abstracta.Lo adapté para presentarlo a un concurso de relatos  y cual sería mi sorpresa, recibí el primer premio.

Con las letras de este cuento y su pequeña moraleja quiero invitaros de paso a recordar el valor de vuestras vidas, viendo esta como un viaje que, a titulo personal, siempre está reiniciándose.

Os envío mis mejores deseos para el nuevo año y que la salud os proteja a todos.

Sed felices.

 

EL PRINCIPIO DEL VIAJE

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Al salir del edificio me dirigí a  la calle principal, la de las tiendas. Llovía y había niebla pero la gente parecía no necesitar paraguas. La Navidad y el abolengo de las fechas parecía volver a todos más incautos. También yo, en la puerta, me detuve ante aquella estampa: un hombre mostraba un cocodrilo gigante a una niña, mientras le contaba una historia. Mi oreja izquierda, rezagada tras los soportales, intentaba atrapar alguna frase…

  • El viaje comienza aquí– dijo aquel hombre.

Fue curioso… al escucharlo, reí  y  mi mente trenzó un río de posibilidades. Recordé el anuncio de un vino, el sabor del óxido de la fruta bien macerada, el cristal de aquellos labios. Algo debió arder en mí como la bebida  en la garganta, que me acerqué a él y le dije:

  • Le invito a ese vino ¡que sea en Bilbao!-

Él sonrió, yo también. Supo que adiviné algo, ambos sabíamos de ese vino. La niña nos miraba sin entender, desconociendo aún el matiz con que los adultos a veces tirititean con las palabras, guiñándoles el ojo. ¡Ay, bendita inocencia!. La larga distancia entre el entendimiento y la experiencia, la batalla y la conquista…y luego la pérdida del candor.

Se despidieron de mí y los vi alejarse como dos sombras difuminadas por la neblina. Me pregunté qué historia guardaría aquel cocodrilo y entré en una juguetería a buscarlo. Anduve todos los estantes, pero estaban agotados. Caminé de regreso a casa abstrayendo mis ojos sobre el borde de los edificios. Despuntaban buscando la amplitud del cielo. Las nubes  comenzaban a alzarse, bosquejando curiosas figuras de cocodrilo. Avancé hasta la tienda de decoración de la esquina en la que a menudo  me detenía a soñar. Me pareció que la banqueta que antes había visto de tela,  ahora lucía con piel de cocodrilo. Seguí caminando hasta que un rayo de sol se posó tontorrón en mi mejilla, con ese calorcito de invierno desacostumbrado. Tomé asiento en un banco e intenté acaparar con mis brazos los rayos. Quería relajarme pero me era difícil. Me sentía como un cocodrilo ansiado por calentar su fría sangre. Estiré los miembros, miré a mi alrededor, ¡todo caminaba tan despacio!, lento como una película de pensamientos obtusos. Observé como la mayoría de los caminantes vestían como yo, de llamativo verde, arrastrando sinuosas colas de escamas, todos ellos tan verdes, con sus hogares verdes de obstinadas cortinas verdes y estanques verdes con crías de cocodrilo, también verdes. Pensé en lo mágico y trágico de las locuras, ese caminar desafiante, casi de funambulista que tiene cruzar la cuerda que separa lo real de lo imaginario.

Al llegar a casa tomé aliento, me sentía desbordada por aquella historia. Cogí un lienzo y brocha en mano, traté de aunar respuestas. Quería saber hasta que punto mi cognición padecía de cocodrilo. Pero ¿sabéis que? El animalito no salía. Justo en ese momento sonó el teléfono. Era el tipo de la calle. –¿quieres escuchar la historia del cocodrilo?- me dijo, como si supiera del desasosiego que azizañaba silencioso en mis adentros. – Acepta la vida. Despréndete de todo, que pasen los acontecimientos como una caricia. Y no cierres nunca la puerta ni siquiera al vendaval.

Tras aquellas palabras dulces, como de cuento, abrí los ojos y ví frente a mí al cocodrilo gigante – el de mis peores pesadillas- sobre la cabeza de ese hombre. Me había contado una historia muy real sobre ese animal que tanto miedo me daba. Y yo, aun siendo la protagonista, estaba tranquila. Quedamos absortos, frente a frente, mirándonos con sonrisa de abrazo blanco. Luego me subió en volandas y fuimos calle arriba agitando el viento con el muñeco. Era el último día del año, curiosamente el principio del viaje. Ese que siempre está comenzando.

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Capitán en mares revueltos

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A media tarde, con paso veloz y zapato gastado, bebía los sueños, bajo la mirada silente de mi madre; luego, ella desistía un momento y yo desataba el cordel que minuciosamente nos ataba, para perderme del rabillo de su dedo y capitanear el barco.

A lo lejos, se distinguían islotes, montañas e hileras de árboles jóvenes sobre un cielo impecable de verano; horizontes que ella, ahíta de calma, trataba de atesorar mientras surcábamos un mar de entelequia.

Y que podía hacer, sino dejarme hacer en sus brazos, tenderme al deseo de aquella caricia de modelaje  y perderme en la música -por extensión- de sus tres últimas lágrimas. Si acaso, despistarme un segundo  mirando la mariposa de altos vuelos o inquieto estudiar el frágil motor de una libélula, que mi madre no viese que me había dado cuenta de aquel minúsculo sonido que- cuando se aleja- produce la tempestad.

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La poetisa en ciernes

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Íbamos caminando por las faldas de la Alambra y ese paseo, de los Tristes, creo que le llaman. Pero nosotras no íbamos así…¡qué va!. Confesión tras confesión, charla a charla calculo que llevábamos unas cinco cervezas de más… y digo este numerito aproximándome al pie de la rima. Más tarde entenderéis porque.

Al borde del río Darro, donde se colocan los artistas, divisé a un hombre con un cartel colgado “Se recitan poesías por 1 euro”, rezaba el cartón de su pechera. Mira, Lauri- musité, señalando el descubrimiento que me había atrapado.

Mi compañera me miró con ojillos etílicos y luego fue corriendo hacia el tipo, tal como es ella, pero a lo bestia. Cosas del alcohol- me dije- ¿¡ninguna lengua puede detener!? y entonces pegué un mordisco imaginario a la mía por haber puesto el pastel al burro.

  • ¿Dices poesías por 1 euro?- ¡pero eso es muy fácil!- añadió una Lauri que había perdido gran parte de su poca vergüenza.
  • ¿Ah si?, dime alguna entonces…. – retó el desconocido, arqueando la ceja derecha. Yo observaba rezagada, intentando desvincularme del ajo, recitándole al asfalto: ¡hazme invisible! mientras en mis haberes buscaba una poesía acorde.
  • Pues te la voy a decir……ummmmm…ummmmmm.. estaaaaaaa……a ver…. (Más tarde me confesó que se le habían ocurrido unas cuantas: la de las pupilas, la del barco y la de quien lo probó lo sabe. “un mejunje sin hilo”)
  • Jajajaj…creo que ya estás comprobando que de fácil nanai.
  • ¿Como que no? …a ver si te sabes esta: con los dedos de las manos y los dedos de los pies, con la polla y los huevos todos suman 23.  Lauri se rió como lo hacen los vencidos por la bebida, con ese punto extraño entre el ingenio y la derrota. ” Lo siento, es que me la se desde que tenía 12 años y ha aparecido así, del tirón” justificó risueña.

El tipo la miró atónito, luego añadió:

  • Me parece que la poesía no está al alcance de los borrachos.
  • ¿Ah no?  ¿y entonces que hacía Bukowski?- preguntó algo ofendida.
  • Si me dices alguna de ese borrachuzo, te doy el euro, poetisa loca.
  • ¡Está bien, está bien!, ¡ahora mismito que te la digo! faltaría más…. Lauri cogió su mobil y con ojillos intelectuales buscó el poema.  Luego recitó con voz alta y clara a todos los que por allí caminaban…

¿Ves este poema?
lo he escrito
sin beber.
no me hace falta beber
para escribir.
puedo escribir sin
beber.
eso dice mi mujer.
yo digo que es posible.
no estoy bebiendo
y escribo.
¿ves este poema?
lo
he escrito sin beber.
¿a quién le hace falta un trago ahora?

es probable que al lector.

 Al terminar el tipo cogió un boli de su bolsillo, escribió algo en su cartón y se lo colgó a Lauri.

  • Vale, me ha gustado la aportación, aquí tienes el euro-concluyó  guiñándole el ojo. Por hoy me has quitado el puesto.

Nos despedimos y Lauri, todavía algo tocada, fue paseando el resto de la tarde un cartel que ahora decía…

 Se recitan poesías por 1 euro.

(Soy una poetisa con chuleta y tonillo algo desvergonzado)

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De un día sin imagenes: con frío, hojaldrinas, calcetines y luces.

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¿Que haces ahí con el frío que está cayendo?- le dije, sorprendido de encontrarla sentada a la intemperie, en la escalera trasera del almacén.

  • Respirar-, contestó, con ese ojo al descubierto, tan inquisidor y provocador como de costumbre.
  •  Vamos dentro mujer, ¡ que te vas a helar!, – luego fijé mis pupilas en aquellos zuecos para estudiarla…¡son maravillosos! pero ¿como puedes vivir sin calcetines? ¡en estas fechas!.
  • Te confesaré que el poco frío que sentía, al verte, se me ha ido. ¿Eres mago?
  • Jajajaj…bueno, no exactamente- dije haciéndome el tímido,… soy de profesión cansino, estoy seguro que si entras: te alegrarás, la calefacción es buena consejera.
  • ¿En serio? Me temo que te equivocas. Ahí dentro solo me esperan montañas de ropa por colocar y villancicos a mansalva…Si acaso mi jefe contando billetes azucarados  con ojillos dulces de hohoho,  al compás del buen gastar navideño.  ¿De verdad crees que es eso lo que necesito?
  • ¡Claaaaaaaaaaro que no!… me hubieras dicho directamente que quieres hacer pellas. Que andas cansada, deseas hacer un kit kat….O besarme.
  • Vaya ¡ por fin lo adivinaste! ¿sabes?, probablemente con una hojaldrina se me pase algo de esta loca fiebre navideña que tan mal llevo.
  • ¿¿Una hojaldrina?? tienes suerte, en casa tengo una caja entera, ¡te invito!… con un chupito, desatarisas . Y unos calcetines para esos tus preciosos y helados pies.
  • ¿¿Siiiii???? Biennnn – dijo contundente, luego se giró y volvió a mirarme detenidamente, como si se le hubiera encendido una bombilla. ¡¡¡Hasta podemos justificar la fuga con empacho!!!  Ahora que ponerme tus calcetines ¡hasta ahí podíamos llegar, majo!.
  • Pues a mi me resulta disparatado y sugerente.- le confesé, señalando lo que había adornando la barandilla.  Es más te tomaré una foto desnuda con estas luces de navidad  encendidas y enredadas por tu cuerpo y con mis calcetines más molones ¡por supuesto!.

Ella se rió largo rato. Mis ocurrencias no eran muy normales… está claro que no me dejó. Aún y todo brillaba con luz propia. Entendí que tenerla a mi lado iba a ser algo tan complicado como desenredar las luces del árbol… pero mágico como esos cuentos navideños que guardaba el abuelo en el cajón.

Me dijo que las mejores instantáneas eran aquellas que nunca se sucedían, olvidadas tras la luz del momento. Me aseguró convencida que  eran las que mejor se adscribían a la memoria , como el sabor de una hojaldrina; y con el tiempo, he entendido cuanta razón llevaba. Observando los instantes detenidos como fogonazos,  no veo otra cosa que tertulias caprichosas y turbias, en manos de la memoria y el olvido. Vagan de un lado a otro de mi ser, frágiles y subjetivas, sin saber bien que decirme.

En cambio, ella y ese pasar invisible, luminoso, fugaz,  por un recodo de mi vida, ¡siguen tan vivos y fehacientes… a pesar de todo!.Aunque no exista una prueba capaz de enmarañar o demostrarme -siquiera- que aquello nuestro existió y fue algo real.

 

 

 

De batallas y mimos

Julio es un probador innato donde los haya. Por probar prueba incansable los límites de la paciencia de su madre. Otras veces, lo tiene más fácil y consigue rapidamente su derrota. Enciende su lengua de trapo y como por magia: ella estalla a carcajadas. ¡Bien! De un tirón el camino hecho.

En medio de tal estafa, la madre se pregunta ¿Como podré seguir yo batallando con un bribón de semejantes caracteristicas? Que tan pronto hace de su lengua apocopada el reducto más grande? Le dice muy seria ¿quien se va a comer ese tomate? señalando lo que ha dejado en el plato…y tan campante él responde: ¡Julio no!.

Ya monta frases pequeñas, banalidades de media boca y cuando atina con algún disparate y ella inevitablemente ríe,  el pequeño cerebrito lo archiva como un resorte  y lo usa y desusa a su antojo hasta sacarle el ultimo de los rendimientos. Diría que es listo o que le gusta sentir la complicidad del beso. O ambas.

Por contar cuenta hasta 20 y ella a veces tambien lo hace en silencio, como si fuera un rosario y tuviera la fe por las nubes, para que no la lleven los diablos cuando saca su cabezonería a trote. Es capaz de diferenciar todos los colores, las formas, las vocales, los animales, las frutas…le impresiona su inteligencia y en el saber siempre pide más, como las chuches ¡que no es tonto!.

Es dispuesto y bondadoso y todo eso mientras ella lo explica, la llena de  un amor incondicional del que no es del todo consciente. Lo que si reconoce bien son los defectos del pezqueñin,  que por otra parte le otorgan identidad, …como esa inagotable terquedad. Buena es porque no se rinde, mala porque habrá de descubrir la parte de esta vida que no va a estar a su alcance. A ella que razone eso -sin frustración- le parece  el mejor de los aprendizajes.

Hay tantas cumbres por hacer que a veces le da vértigo y se asoma a la ventana del “no puedo”. Ella tampoco es perfecta y se viene abajo como todo el mundo. Claro que ya entendió  que son pensamientos que nacen del cansancio. Luego pasan y ya.

Su amor es lo único que no pasa. El motor que enciende el “yo puedo” y va donde haya que ir con tal de ver esa carita feliz.

En esas noches en que el niño le hace trampas y le roba el sueño, ella le explica la necesidad del descanso. No puede estar toda la madrugada de aquí para allá y luego de allá para aquí, como el cerdito Gordi, que tiene que trabajar para amar su espacio y vencer a los fantasmas de la oscuridad como lo hacía el Momo, que un día hará de su lecho, su fortaleza, su castillo, su calma.

Anoche se le ocurrió soltarle que no la confundiera con Nix, la diosa griega de la Noche. El la miró sin pestañear, a pesar de las horas.

Le gustan los cuentos tanto como a su madre.

 

Roma (II): En el corazón de la Roma más católica.

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El segundo día lo habíamos planificado con anterioridad para dedicarlo al Vaticano. Teniamos compradas las entradas por internet para evitarnos colas pero no contábamos con un gran inconveniente: y es que ese día -precisamente- cerraban el metro de 8.30 a 17, noticia que nos comunicó Samantha, la chica del hotel.

Cuando estás en Roma te das cuenta que la ciudad, debido  a tantas de sus escavaciones y ruinas, cuenta con un metro muy básico que no llega a todas partes. Solo tiene dos lineas largas A y B que, si se colapsan, la ciudad sufre un verdadero caos. Aunque dispone de taxi, autobuses y demás, estos transportes no dan para la aglomeración de turismo que en todas las fechas visita la urbe y que, evidentemente, quiere llegar temprano a  los sitios de interés.

 

Nosotros teníamos las entradas para las 9.30, así que tuvimos que levantarnos muy temprano para intentar coger un tren antes que lo cerraran. A las 8 ya estabamos en la estación preparados para sufrir una encarnecida lucha de ciudad por hacernos con un hueco. Después de tres intentos, si, si habéis leído bien, ¡tres! logramos hacernos sitio en el cuarto tren, no por último menos atestado de humanidad en formato sardina. Penamos mucho durante esos momentos en los entresijos del subterraneo (que solo un Holden se atreve a contarte con sinceridad), desconocidos como eramos de esa supervivencia en vivo donde se olvidan las formas y solo prima la táctica  para hacerse con un trocito de gloria. Menos mal que iba allí de paso porque no cambiaría nada la tranquilidad de mi pueblo por aquel tumulto diario, ¡vamos!por muy Roma que fuese.

 

 

Una vez llegados al Vaticano, decidimos comenzar por los Museos, que me parecieron enormes, cuantiosos y lujosísimos. Aunque me habían contado a cerca de los tesoros que la Iglesia allí alberga, nunca jamas hubiera imaginado una colección de tal calibre, que engloba todas las épocas y  maravillas artísticas de sentido religioso o político. Es solo que caminando por aquellos pasillos interminables te das cuenta de la dimensión que debió cobrar la Iglesia y lo poco que concuerda ese amontonar bienes con la doctrina que se predica. Aunque, desde un punto de vista artístico, cabe destacar que se trata de una colección de expresiones  ante la cual cualquier persona se maravillaría y en eso la avaricia, que a priori se tantea, sale beneficiada.

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Una de las salas que más me gustó fue la Gallería Chiaramonti, que contiene casi un millar de esculturas de todo tipo y calidad, de dioses, emperadores y retrato-estatuas, entre otros.

Caminando por este pasillo una siente como si miles de miradas de piedra te taladrasen, cada cual más seria y tajante, pues deduzco los dioses no querían ser tallados desde el lado cómico y sí desde el solemne e imperturbable. Má perché?

 

 

 

 

 

d2048El Museo Pio Clementino  también representa una exposición  en la que merece la pena detenerse. Refleja de lleno la esencia más pura de la Roma de la escultura. Esta dispuesto en torno a un patio de planta octogonal a través del cual se van disponiendo hasta 12 habitaciones en las cuales se pueden observar las distintas figuras, todas ellas alucinantes. Una de las más famosas es el  Laocoonte, que a pesar de su antigüedad (data del siglo I D.C) esta conservado en perfectas condiciones, guardando en su expresión y postura una fuerza inimaginable.

La Galería de los Candelabros y la Galería de los Tapices son largas salas dispuestas a modo pasillo por las que se muestra el lujo y la virtuosidad de la Iglesia de otras épocas. Me tocó la fibra una serie de tapices gigantescos que contenían escenas sangrientas de La Matanza de los Inocentes, un pasaje narrado en el Nuevo Testamento en que el rey Herodes manda asesinar a todos los niños menores de 2 años. Observar aquellas figuras, casi a tamaño real, en medio de tal atrocidad , me revolvió por dentro. No me cabe duda que la historia tiene tantos capítulos de luces como de sombras.

Y así entre mapas y cartografías del que fue el Imperio dominante, fuimos llegando al ala de la pintura en donde nos adentramos en la prestigiosa Estacia de Rafael. Sus frescos resultaban ser una maravilla. Tenerlos allí, de repente, me parecía entre raro y mistico. ¿Podía ser que aquella escuela de Atenas fuera la misma que se me enseñó a mi tantas veces en la escuela?

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Estabamos casi terminando el recorrido y acercandonos a lo mejor: La Capilla Sixtina. Recuerdo que al entrar me pareció pequeña aunque creo que fue solo una vaga impresion al percibir la aglomeracíon de la sala. Tal era el caso que la estancia estaba vigilada por Carabinieri que a cada poco iban sugiriendo al personal que abandonase, vamos que te van echando directamente mientras entonan la palabra “gentile”, además de que tampoco te dejan echar fotos.

Nosotros no les hicimos caso a ninguna de las dos cosas…sí, sí, somos así de poco gentiles y nos dedicamos a sentarnos un buen rato y disfrutar de aquellas increibles vistas ¡para eso habíamos pagado, oye!. Y es que una comprende tal expectación solo cuando está allí un buen rato anonadada frente  a una obra de tal magnitud, tan perfecta, tan sublime en términos de volúmenes, donde las figuras y encuadres parecen salirse del techo. ¡Creo que ha sido una de las cosas más impresionantes que recuerdo haber visto en mucho tiempo!… eso, o directamente sufrí el Sindrome de Stendhal allí mismo, joder ¡creo que debió ser eso!.

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Cuando acabamos me tomé un café reponedor y le dije a pelirrojo cuanto me había emocionado aquella sala…y eso que yo no soy nada religiosa, pero el arte trasciende a toda ideología ¿verdad?.

 

 

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Atestados de sensaciones y con las miradas repletas de belleza fuimos abandonando los Museos Capitolinos bajando por su famosa escalera de caracol, para dirigirnos a La Basilica de San Pedro y su imponente columnata. Hicimos la cola correspondiente y,una vez pasados los controles de seguridad, nos adentramos en la Basilica por excelencia; en donde el lujo y el recargamiento del arte canónico cobran su verdadero esplendor. Se respira belleza, dinero y barroquismo en cada rincón, en cada paso, ¡que digo! en cada vistazo.  Es precisamente el Baldaquino de San Pedro, construcción de Bernini, el que resume y concentra todo lo que en esencia representa la Catedral. Esta colosal escultura de dimensiones magníficas se sitúa bajo la Gran Cúpula absorbiendo toda su luz y devolviéndola en forma de brillos a través del bronce. El baldaquino contiene el altar mayor y bajo los cimientos, la cripta en donde está enterrado el apóstol San Pablo.

Como nos había embrujado la cúpula (debió ser eso) allá que fuimos a vislumbrarla de cerca y bendito el momento en que se nos ocurrió la idea. No se cuantos escalones en espiral tuvimos que subir hasta el final, no se cuantos recovecos, cuerdas, paredes a las que me agarré y casi probé a marearme.

Después del esfuerzo, he de reconocer que merece la pena el ascenso por el solo premio de tener Roma ante tus ojos, que es solo un momento fugaz ¡tal vez! pero… ¡tan eterno!, de esos que se cuelan por los ojos para quedarse dormido para siempre entre los recuerdos.

Y bueno, aquí concluye mi recorrido por el Vaticano, a las 15.40 de un viernes de noviembre en el que todavía no habíamos comido más que arte y más arte. Y como de eso, por muy bonito que sea, no se alimenta el cuerpito fuimos buscando donde mangiare y de paso, donde reposar un rato nuestra castigada espalda.

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Despues de esta sesion de spaguetinis,  ya teníamos la noche en lo alto, callendo de plomo. ¡Valgame con los noviembres de Roma!.

 

Fue un regresar que recuerdo de entre los más románticos de mis viajes. Las primeras luces pintaban de amarillo el Tiber, parecía una postal, un lugar de ensueño.

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Atravesamos el Puente de San Angelo y de ahí nos dirigimos  a  Piazza de Navona, una de las más famosas de Roma y yo añadiría …¡y más bonitas!. Además de la imponente Fuente de los cuatro ríos de Bernini, situada justo en el centro, y la Iglesia Santa Inés, resultan curiosos  los grandes escaparates de las tiendas (no poco chulas) que hay en esta plaza.

Lo ultimo que nos quedaba en este ajetreado planing, era el Pantheon de Agripa y aunque ya estábamos fundidos de la cabeza a los pies, no queríamos perdérnoslo. Caminamos un poco más hasta encontrarlo y fuimos seducidos rápidamente por su imagen, imperturbable y majestuosa a pesar del tiempo.

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Realmente es emocionante imaginar que mientras tocas aquellas columnas milenarias, de alguna forma tanteas, con una porción pequeñita de tus manos, siglos y siglos de historia materializados a través de la roca. Nos adentramos en el templo construido como los grandes clásicos con planta redonda y una bóveda de cúpula semicircular taladrada con un  ojo-hueco mas o menos grande en el centro, que permanece abierto y por el que se cuela la luz y el agua.

Continuamos hasta casa haciendo un poco más el ganso con el palito selfie que nos habían vendido a la puerta del Vaticano. Roma, de trasfondo, parecía ser cómplice de nuestras trastadas y del pavo al que por cansancio decidimos sucumbir.

Mientras nos acercábamos a Vía Ratazzi, íbamos saboreando un relax de órdago: una infu calentita del comedor, una ducha reponedora que mejorase la espalda y una cena al más puro estilo “Mukali se queda en la habitación y su amado sale a por la comida” jajajaja…pero ¡que malaje soy!.

Buonanotte, Roma!.

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Tan de prestado

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Tan de prestado se torna la noche,

implacable, fugaz, 

desnuda de toda suerte y calma,

con su reguero de sueños incumplidos

derramados como  sangre por la calzada siniestra,

vistiendo su hado negro

y su fatalidad entre los silencios.

***

Tan de prestado se vuelve la noche

cuando  en picado cae sobre nosotros

¡la noticia de esta maldita noche!

Y nos burla con ojos de oscuridad hipnotizante

haciendo realidad su pesadilla de albur,

…y sus lineas discontinuas,

…y su asfalto gris maloliente,

su última rubrica en el manuscrito llamado vida

firmado a sentencia y sin permisos.

***

Tan de prestado baila ante nuestros ojos 

la estupefacción tendída sobre la vía,

las luces destellantes,

el no te vayas,

el hálito de la ausencia,

el reloj parado,

la percepción de las estrellas,

la gravedad del abismo.

***

Tan de prestado grita la noche,

¿quien sino iba a amedrentar nuestros cuerpos?

¿quien sino iba a hacernos temer su voz déspota y quebrada?

Y  entre tanto,

nos vamos despojando de harapos

¡tanta cotidianidad!,

la cordura,  las prisas, rutinas de reloj…

¿Que importa ya nada si solo somos pasajeros de lo transitorio?

Nada representan ya la culpa o los errores,

más que migajas.

Nada los problemas que tanto nos desalentaron

con sus envases vacíos de nada.

***

Tan de prestado se va fugando la noche,

con su hazaña de dolor y mugre

entre las arenas,

obligándonos a mirar al sol en medio de tanta ruina,

tasando cada  nuevo amanecer como oro incierto,

y ya no nos despista,

ya no nos despista,

¡ya no más esta maldita noche!.

***

La decisión

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  • ¿Ha comido hoy? -preguntó el padre
  • Nada, sigue sin probar bocado- le dije.
  • ¡Vaya! tendré que comprarle otro jarabe- espetó. O suprimirle directamente el desayuno.

Juro que me dieron ganas de invocar a los demonios de mi mala sombra, la niña estaba realmente desnutrida, pero solo dije….

  • Noooo, no le quite lo poco que come. Confiaba en que diera con la tecla sin pasar por farmacia y de paso, sin tacharme de entrometida.

 

Al despertarla el padre, tembló, como todas las tardes, con el reloj rozando las 5…y mientras abandonaba su otra casa, la postiza, las luces se iban apagando como una estela de cariños superfluos.

¿Hasta que punto somos conscientes de nuestras ausencias? – pensé. Nada restituye el tiempo perdido sobre quienes nos necesitan. Es como una bengala, una vez encendida no vuelve atrás.

Recogí la manta con la que la había arrullado previamente, prometiéndole que, tras el sueño, aparecería papá o mama. Ese premio que llega a destiempo del abrazo. Sus lágrimas se me clavaron como cristales imperecederos. Si hubiera sabido hablar creo que me hubiera dicho: ¡ya estoy cansada!.  Y entonces el lenguaje de sus emociones no hubiera caído en mi como una losa  aplastante, o como el único mapa elocuente de jeroglíficos capaz de traspasarme ante aquel despliegue de realismo.

Apagué la última luz y salí. El cielo lloraba lluvia fría, o eso me pareció. Supe que algo mágico tenía que inventar para que aquella niña decidiera -al menos- comer.

 

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Roma (I): Primeros contactos con la ciudad.

 

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¡Hasta pronto, España!

Aunque el viaje parecía que iba a comenzar cuando nuestro avión atravesara la bota, lo cierto es que lo había hecho muchas horas antes. Nuestro vuelo salía muy temprano así que cogimos un hotel para el día anterior tenerlo todo preparado. Bajando hacia Málaga nos sorprendió un atardecer español de contrastes totalmente luminosos. Me encanta atrapar estas imagenes de cuadro, sobre la linea de esa carretera que sabes te va a llevar muy, muy lejos…al comienzo de alguno de tus sueños.

 

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¡Buongiorno Italia!

Al día siguiente el vuelo trascurrió con total normalidad. A las 10.30 ya estábamos pisando tierras italianas y cogiendo el primer enlace que nos llevaría hasta nuestro hotel. Hay un tren llamado Leonardo que te conduce desde el aeropuerto de Fiumicino hasta Roma. Cuesta sobre unos 14 euros y es cómodo. Esa era la opción que habíamos barajado cuando de camino nos encontramos con el primer italiano que nos ofrecía otra oferta, llevarnos hasta  la puerta de nuestro hotel por solo dos euros más de lo que costaba el tren y según él aseguró: en solo 40 min. Como parecía a priori un chollo, aceptamos y nos montamos en un pequeño furgón con más turistas como nosotros, que se dirigían a otros hoteles de la ciudad. Lo cierto es que no conocíamos Roma y no fue del todo mala idea, pues en principio no sabes ubicarte y las conexiones te resultan un poco complejas, por lo tanto, en ese sentido  resulta muy  práctico. Por otra parte, este viaje, que para nada duró 40 minutos sino 1 hora y 30 minutos, nos dio para entender el caos automovilístico que se respira en Roma y lo locos que están algunos italianos al volante. Creo que por nada del mundo se me ocurriría coger un coche en esta ciudad. Por poner un ejemplo: se saltan los semáforos que da gusto, inventan carriles de incorporación donde no los hay y no respetan a los peatones que van tranquilamente por  los pasos de cebra…vamos, ¡qué son un peligro pericoloso! eso por no mencionar la hábil capacidad de nuestro conductor de hacer dos o tres cosas a la vez mientras conducía: wassear, escribir en una libreta, hablar con la parienta sin manos libres… ejem, entre otras. Debo decir que pise el pedal de freno imaginario ¡mas de veinte veces!

Una vez que mi corazón probó las dulces mieles de las calzadas romanas, llegamos a Via Ratazzi sanos y salvos….¡menos mal!. Era la calle donde se encontraba el alojamiento que habíamos reservado. No era exactamente un hotel, pero estaba muy bien equipado. Nos recibió Samantha, una italiana muy simpática, que nos puso al día de la ubicación, las conexiones y nos enseñó todo lo necesario de la habitación:  era grande, espaciosa y muy limpia. Según nos dijo, en un italiano que yo todavía dominaba, era la más bonita de las 5 porque era la de la passione. ¡Vaya! eso nos gustó.

 

Después de descansar un ratín y estirar las piernas nos pusimos a estudiar los planos para ver que itinerario nos convenía más. La idea era  coger el Metro  y subir hasta la Piazza del Popolo. De allí iríamos caminando poco a poco pasando por la Piazza di Spagna y uniendo con Fontana di Trevi, callejeando toda la tarde  hasta que llegase el cansancio y de paso acercándonos cada vez más al hotel.

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Nada más bajarnos, ya  en  Piazza del Popolo nos cayeron las primeras gotas y aunque auguramos un cielo sospechoso, finalmente el tiempo nos acompañó. Allí nos detuvimos a tomar unas fotos en el famoso Obelisco Flaminio, de origen egipcio y dedicado a Ramses II. Es uno de los más altos y antiguos de la ciudad de Roma. Justo en aquella fuente me atreví a ponerme un sombrero de oso del todo atrevido ¿ a qué me queda bien? ¡era como llevar una losa en la cabeza! jajaja.

 

 

Un poco después de estrenar por Roma mis chorri-ocurrencias, cogimos Vía del Babuino (que es una de las tres arterias que salen de esta plaza) y anduvimos entre escaparates de ropa llenos de maniquíes y precios desorbitados,  hasta Piazza di Spagna. Si algo te das cuenta mientras caminas por esta zona de Roma es del sentido estético que se respira entre los viandantes. Los italianos están acostumbrados a la moda y visten acordes con lo que viven y ven, en general cuidan bastante su aspecto… supongo que también es una ventaja y un aprendizaje con el que crecen y se empapan. Aunque se parecen mucho a los españoles (por lo que a influencia mediterránea se refiere: piel morena, pelo oscuro… ) los italianos, si atiendes, son distintos: tienen una ligera mezcla eslava que les otorga una belleza especial en sus ojos claros y mentón acentuado. Algo que a nosotros nos llama rápidamente la atención. En cambio, si a ellos les preguntas, no tardarán en decirte que gozan de ese arraigo islámico que tienen algunas de las morenas españolas. ¡Cosas de los gustos y la diferencia!.

 

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Algún día entenderé porque este trajecito tan feo cuesta 6000 euros.

Mientras nos íbamos acercando a la escalinata de la Piazza di Spagna le iba contando a pelirrojo si en otra vida podría experimentar eso que hacen algunas famosas como la Pataki, fin de semana de compras en Roma o Londres… guauuuu, ¡que gusto tener esa cartera! esas debían ser las tiendas que visitasen, ni más ni menos… Supongo que tales aberraciones en los precios obedecían a fluctuaciones del lugar en el que se  hallaban, así como lo ostentoso de cada reliquia y cada prenda extrañamente estudiada que lucía en el escaparate como un objeto de proporciones inalcanzables. Claro, eso era lo que iba yo pensando, una turista corriente y moniente que jamás podría permitirse el lujo de comprar en aquellas boutiques.

 

 

Una vez atravesamos la ensoñación versus aberración de la moda, me senté un ratito a descansar mis pensamientos en la escalinata de la plaza. Desde allí se observaba muy bien la fuente de la Barcaccia de Bernini, que recibe el nombre precisamente por su parecido con un barco naufragado. Me pareció curiosa, aunque estaba de obras y eso le quitaba parte de su esencia.

A estas alturas del día, casi empezando la jornada, ya me sentía molida. Recordad que me había levantado a las 5 de la mañana, había tenido un viaje de avión  de por medio y no le había metido nada al cuerpo desde las 6. Era la hora de pensar en comer y reponer energías. Nos sentamos en un restaurante de la zona y nos zampamos una pizza y unos macarrones alla matriciana que estaban de lujo, acompañados de una botellita de vino que nos puso un poco tontorrones. La bebida en Italia es cara, así que sale más a cuenta pedir una botella que una consumición individual. En cuanto al vino, debo decir, que estaba muy bueno… lo suficientemente delicioso como para despertar mi pavo y disimular el cansancio.

 

 

Después de reponer fuerzas seguimos dándole a los pies deleitándonos con ese aire vetusto que se respira en cada una de las calles de esta ciudad. Al tiempo nos iba persiguiendo la primera oleada de adornos navideños sobre las fachadas. En Piazza Colonna hicimos un alto para contemplar la columna de Marco Aurelio,  tallada en forma de espiral de un modo similar a la de Trajano. El cansancio era inevitable y no lo restituía ni el vino pero toda aquella belleza artística nos envolvía en una especie de ensoñación que no nos dejaba rendirnos.

 

 

Nos pedimos un famoso gelatto para continuar en aquella balanza de calorías y placeres…y así, combinando sabores, charla y paseo llegamos hasta el Templo de Adriano en Piazza di Pietra. Aunque solo conserva 11 de las 15 columnas originales, este edificio me impresionó bastante y me senté un buen rato a mirarlo. Las columnas corintias están totalmente agujereadas por el paso del tiempo pero guardan una altura de tal envergadura que te hacen sentir pequeño y distante, mientras la imaginación se despierta tratando de reconstruirlo en los origines, con la solemnidad que todavía hoy , lleno de huecos, desprende.

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Parece que el tiempo le disparó unas cuantas balas ¿no?

 

De aquí nos dirigimos a la famosa Fontana di Trevi. Recuerdo que al llegar me llamó la atención lo pequeño de la plaza para una fuente de dimensiones tan enormes. Allí nos confundimos entre la masa de turistas que morían por tomarse la mejor foto en la fuente más famosa del mundo. Era casi agobiante, cosa que detesto, y yo me preguntaba si aquello era en un noviembre cualquiera ¿que no se habría visto en aquella plaza, un julio o un agosto?. Ah, vale, puede que esos, por romanos los tuvieran más controlados…jajajaj. En fin, olvidad el chiste que es malísimo… Lo dicho, haciendo algunos pinitos y buscando huecos entre la marabunta, conseguimos algunas tomas de premio.

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Era la hora de volver a casa, los pies  no nos regalaban tregua. Aún tocaba perdernos por la enrevesada estructura de callejuelas romanas que probaron la buena orientación de pelirrojo hasta límites inimaginables.

Al fondo, el Coliseo, entre dos luces, nos ofreció el asidero que buscábamos. Tomamos  la boca metro y regresamos a Via Rattazzi. Solo eran las 5 de la tarde de un jueves pero ya era totalmente de noche. Caímos en la cama del  hotel cuan estatuas vivientes y nos regalamos una mega siesta de 3 horas. Luego, nos arreglamos y salimos a cenar por los alrededores. No nos quedaban fuerzas para más y como no teníamos pilas duracell ni Ceregumil en las maletas, decidimos descansar bien y disfrutar de la estancia en el hotel, que también resultaba apetecible. Todavía se vislumbraban dos días más por delante.

¡Ché bella Roma!