Archivos Mensuales: marzo 2016

HACES DE LUZ

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Haces de luz como haces de mí.

Mi maravilla es disfrutar tu visión.

Tu visión -simple- también me aturulla.

Aturulla el latir joven de tu caja de polifonía,

Polifonía las notas de tu energía en las arrugas de mi cansancio

Cansancio el del cielo cuando atardece en tu semblante

Semblante tú…mi siembra

¡Tu siembras mis cielos siempre  hacia delante!

*

De toda evidencia me despojas, como del ayer,

ayer son pétalos,

semillas desacertadas,

un derrumbar de proezas,

proezas como trozos de risa para hacerlas volar,

volar como serpentinas.

Serpentineas el ánimo como el color…

¡ Tu vuelas siempre de colores descollantes!

*

Eres el tren que arrasa el germen de mis raíces

Mis raices  son las vías sobre las que inventas equilibrios sorprendentes

Sorprendentes las cuerdas,

la garrocha,

los obstáculos que salvamos

Salvamos las mismas lineas , distintos tiempos,

solo que ahora tiemblo…

¡ Y temblar no me asusta,

me asusta que tú tiembles!

*

Padezco tus iras,

tus rabias,

la incontinencia de las emociones

emociones que como agua se nos derraman del vaso frágil

Frágil mi corazón al no poder salvar los desatinos

desatinos los intentos en los que no quiero verte sufrir más

más no queriendo,

de vez en cuando, te veo.

*

Eres eso que llamo la capacidad del mañana,

mañana vestiré de tí que tu de mí,

como una composición de retales,

 la manta que nos abrigó mientras tejíamos los instantes,

 instantes los 99 que alguien escribió como altares de un libro,

libro las frases que leímos hilvanando nuestra historia…

…..

Historia  tú,

mi tesón en vida,

mi palabra en boca,

la urdimbre de mi alma.

….

Alma yo,

que hoy te dejo ¡nada menos que esta maraña!.

 

 

 

 

Esos que tambien nos hacen…

A raíz de leer a mi amigo Oscar del maravilloso blog historias tras tu DNI  me he parado a pensar en la innumerable cantidad de defectos que tenemos las personas y que tantas veces no contamos a la gente. Hoy ando generosa y voy a relataros algunos de los míos.

El primero me acompaña desde que nací. El defecto en sí tampoco es que sea una cosa realmente importante, pero durante los años que ocupó mi infancia le dí más importancia de la que tenía y derivó en complejo, ya que en verano era muy visible y yo no paraba de ocultarlo…mi querido ombligo.

Amigos y amigas…hoy lo confieso: nací con el ombligo terriblemente feo ¡que cosas!….la tripa no se cerró y aunque me intervinieron quirúrgicamente yo era muy bebe y no paraba de berrear con lo cual no sirvió para  nada, aquello volvió a su ser…su estado digamos “difícil de mirar” no me ayudaba a aceptarlo como tal.

Durante años, los médicos le decían a mi madre que tenía que revisármelo porque podría acarrear problemas cuando me quedase embarazada y eso es lo que hacíamos, cada cierto tiempo: recordabamos al innombrable. Por suerte mi particular ombligo se cerró, pero como le vino en gana a él, que no era la forma en que me gustaba a mí precisamente.

Recuerdo los muchos veranos que las chicas se ponían bikini y yo bañador para ocultarlo o las veces cuando aún era pequeña que mi madre me escogia los bikinis y yo me subía la braga hasta donde no se veía aquello…mi ombligo. Hay fotos que dan constancia de los hechos con los que ahora me río, pero entonces eran harina de otro costal.

Yo soñaba con uno de esos ombliguitos de mis amigas en los que se metía el agua y el dedo y no se veía la tripa, esos ombliguitos cerrados perfectos…y yo me doblaba el mío a los ojos del espejo para intentar que fuera como el resto. Tenía suerte, era una chica con buen cuerpo, pero me faltaba aquello, aquello que no me permitía lucirlo al completo.

Le dije a mi madre que quería operarme y ella -muy sabia entonces- me dijo que me fuera a freir esparragos, que era un ombligo grande pero tampoco era para hacer de aquello el centro…aunque -valga la redundancia- estuviera en el centro.

Me pilló una adolescencia en la que se llevaban las camisetitas cortas, preciosas, adorables, deseadas… con las cuales yo podría haber lucido mi por entonces cintura de avispa…pero me lo tenía terminantemente prohibido: aquello diferente no podía verse a los ojos de los comunes ombligos de la sociedad.

Así seguí unos cuantos años más hasta que definitivamente tuve que aceptarlo. Era mío, no de la vecina…así que un día me atreví a ponerme bikini y descubrí absorta que no pasaba nada. Ni el mundo se hundía ni atraía tantas miradas como yo hubiera pensado.

Poco tiempo más tarde hice topless y ahí si que descubrí claramente que mi ombligo definitivamente no era el centro de los centros….jajajajaj. El caso es que tambien andaba acomplejada con mi pecho, que no era muy grande y con aquello, dejé otro defecto atrás.

Crecí, maduré. Me dí cuenta que el físico no lo era todo, llegaba a la vida queriendo hacer las cosas que me gustaban lo mejor posible, perfectas, queriendo tener el control de todo lo habido y por haber y eso, sabemos que ni es posible, ni produce felicidad.

Eran estas terquedades defectos que estaban más adentro que un simple ombligo. Y como no lograba que todo saliera a mi gusto…  me salia la vena chinchosa.

Cuando construí mi casa, mi marido y yo eramos los promotores, con lo cual teníamos que lidiar con peritos, arquitectos, constructores … una tarea de órdago pero que tuvo su recompensa en que al final la casa acabó a nuestro gusto. Sin embargo, pasé las de Caín porque las obras traen cantidad de quebraderos de cabeza, problemas y soluciones a los que has de darle salida día tras día. Ya un albañil muy caradura me dijo…eres una chinchosa. Sí, llevaba razón, pero es que quería -con su imaginación- hacerme una cosa que nunca se había visto…un castillo en vez de un  simple muro en la casa. No lo dejé, evidentemente.

Resumiendo, no puedo escapar de lo que soy porque una es como es. Seguiré teniendo este ombligo y a veces, siendo una chinchosa perfeccionista. He aprendido que hay variables que no podemos controlar y es bueno saberlo para no autoexigirse tanto. Reconozco que de mi chinchosura tambien han salido capitulos memorables de risas y eso me hace creer que los defectos están ahí para divertirnos, aceptarnos y hacer del mundo una diversidad siempre apetecible.

Tambien, por suerte, tengo muchas cosas buenas, pero esas las dejo para otro post que aquí venía a hablaros de esos que tambien nos hacen.

La bañera

Aparecí en la bañera.

Tenía ese recuerdo por alguna parte.

Supe que estabas allí cuando tus manos tibias habitaron mis esquinas.

Jugaba a soplar recorridos de espuma

mientras hundía las curvas frente al efervescer de tus ojos.

Era el mío un cuerpo de isla,

la tierra emulgente al castigar de tu océano,

y eran las cicatrices como balizas de mar,

como mapas consagrados a alguna atalaya lejana

como luces más allá de la espalda y la caricia.

 

Había silencio, deseo, despojos, una sombra de incomprensión.

Todo tan extraño como la noche.

Todo tan eterno como la duda.

 

Subía yo las escaleras del templo,

tirabas tú de los hilos de mi piel

,de la maraña febril,

que las penas volaban lejos

en burbujas de aire y escarcha de besos.

Mis ojos te navegaban

mientras mi boca se anclaba al puerto del néctar

y era el tuyo un sabor salado de agua dulce

y era el mío un faro cegador  y lúgubre,

la antorcha que calienta el sueño y ciega la realidad.

 

Bebimos del agua que como una manta nos cubría de blanco,

sin temor a intoxicarnos bajo la transparencia…

dejamos caer pensamientos lacerantes, dudas, temores, barrancos…

como si fuera el nuestro un barco capaz de hundirse

como si estuviéramos hechos de papel y no de consistencia.

 

Abrí los ojos.

Aparecí en la bañera, ya no estabas..

No estaba la luz, ni la paz en mí.

Era marzo otra vez.

Tenía ese recuerdo por alguna parte.

 

 

 

 

Entrenar esa capacidad

Era viernes y se percibía, en el ambiente de ajetreo, el cierre vacacional. Fuí a la clase de mi compañera a echarle una mano. Ya había estado allí unas cuantas veces, siempre que tenía libre, pues le había tocado en suerte una promoción difícil en donde se juntaban niños con problemas diagnosticados, niños problemáticos y niños con entornos desfavorecidos. Todo un reto que requiere de una ayuda que la realidad de aula verdaderamente no posee.

  • Ya no se que voy a hacer…- decía nerviosa, hay días que me voy contenta a casa y veo progresos y otros en los  que acabo desanimada y sin fuerzas.

Traté de calmarla diciéndole que era algo normal, que hay situaciones que requieren tiempo y esfuerzo…y que lo importante es mantener una actitud positiva en todo momento; no hay que castigarse sintiéndose culpable por realidades que a veces se nos escapan de las manos. Paciencia era la palabra compartida, tan difícil a la hora de la verdad.

La clase seguía alborotando en cada cambio de rutina, así que saqué mi lado  más malo y me puse a hablarles con seriedad. En ocasiones, los niños necesitan autoridad…tampoco es que yo sea la panacea en el asunto, pero en aquel momento, mi discurso pareció calarles.

Mientras movía la cabeza con el repiqueteo del sermón, sucedió lo incontrolable. Un mechón traicionero cayó sobre mi ojo como una flecha, apuntando con un movimiento que  resultó llamativo a los ojos de los niños.

Todos me miraban atentos,  pero Rosa, a la cual tenía a escasos dos palmos, aún más.

  • Seño, se te ha caído un pelo en el ojo – me advirtió tímidamente.

En ese momento quería reirme, pero sabía que no podía hacerlo porque eso tiraría por tierra el aprendizaje. Pero tenía que decir algo, tenía que decir lo que fuera y rápido… había sido demasiado evidente esa tomadura de pelo que mi propio pelo -valga la redundancia- me estaba haciendo.

  • ¡Ya lo sé, ya lo se!…. déjalo ahí, que de ahí no se cae….- se me ocurrió decir fingiendo seriedad, mientras volvía a colocarlo hacia atrás con las gafas.

Pero Rosita seguía mirándome con atención, con la certeza de que tenía que expresar una emoción guardada…  así que, bajo esa frescura de la que solo presumen los niños suspiró para sí…

  • Ay, seño! ¡Qué guapa eres!

Ya sí. Ya tuve que reirme porque no aguantaba más.

¿A quién no le gusta que le digan algo así?.

Al diablo la seriedad, el comportamiento y los cuentos chinos.

Ese pequeño instante, ese trozo de día, la risa … tenía que escribirlo para demostrarme a mí misma que aún tenía la capacidad de ver  lo bello.

 

La famosa.

Vivió en los 50 por la comarca una meticulosa lavandera cuya afición favorita era blanquear prendas. En aquel entonces no existían tontas máquinas que adorasen remover los trapos sucios en un tambor, así que las mujeres en sus casas hacían las veces de mujeres de provecho entrenándose en el tedioso milagro de frotar y frotar sin otra ayuda que la de sus manos.

Nadie sabía que métodos utilizaba aquella afamada lavandera, ni que jabones, ni que misteriosos detergentes caseros elaborados con esmero y pulcritud… pero el caso es que aquella mujer poseía la capacidad de dejar sus prendas como el”jaspe”.

En los concursos anuales de ferias locales, una de las cucañas favoritas del público, enfrentaba al sector femenino en una ristra de pilas para ver quien era la hermosa joven que lograba acabar antes con la colada. Era una competición cuanto menos curiosa, toda mujer digna debía pasar por allí y de hecho, montones de  hombres se agolpaban a observar cada año a las candidatas.Se valoraba la relación rapidez- limpieza con un jurado compuesto predominantemente por mujeres cuyos ojos estaban duchos avistando las manchas del paso del tiempo sobre la tela. Aquello era un teje y maneje de manos, manteles, muñecas… aún recuerdo el sonido del agitar de la contundencia sobre la piedra y el color rojo de las llagas en los nudillos de aquellas mujeres.

La lavandera famosa ponía toda su fe al servicio de la fama. El premio, para ella, era una especie de inercia hacia el orgasmo, aunque ser aplaudida -además- por meter las manos en la jugosa espuma, casi rozaba la categoría de místico alucinógeno extraespacial.

Había un oscuro secreto al otro lado de su limpia afición. Y es que, tras las pilas, a través de las rendijas de la piedra, se veía un pequeño erial que algunas parejas -entonces ataviadas por el que dirán- utilizaban para dar rienda suelta al desconcierto de la carne. Nuestra lavandera decía no ser entrometida, juraba no sucumbir a las telenovelas de sobremesa en la radio, aseguraba vivir bajo la rectitud de sus faldas…pero cada tarde, asistía absorta a su propia rendición cuando contemplaba con desdén el suculento manjar de  las pasiones ajenas.

Y es que le faltaban manos para auto-complacerse, bocas que le susurrasen versos y alguna que otra piel para dejarse mojar con licuados jugos. Puestos a conformarse, un simple te quiero le hubiera bastado, el azul de un cielo cuando te aman, el abismo de una noche cuando te olvidan, la diversión de saberse dinamita cuando todo marcha y la dinamita que explota en cenizas cuando todo fragua…

Sentir, sentir, sentir…y no su aburrido y tedioso diario de rutas.

Las manos, la piel, los nudillos… ahora lo comprendía todo. Era el suyo un dolor de color gris cemento. Por eso seguía lavando sobre esa piedra, siendo la número uno de su género, mientras fantaseaba en secreto con los trapos sucios que había más allá de las rendijas.

Sentir, sentir, sentir…atisbar otras vidas para beber de eso que a la suya, sencillamente le faltaba.

Tres tristes trazos trabados

Te dejaré que robes cada trozo roto,

cada cachito de porcelana frágil,

cada parte estropeada del equipaje,

cada locura que cometí,

cada abismo que crucé,

cada precipicio ruín al que me asomé.

 

Te dejaré que me quites los enseres,

las ropas y harapos viejos,

las muñecas descosidas,

las cajas de libros polvorientos,

las especias de oriente,

las botas arañadas por los caminos,

la bicicleta triste, con sus requiem de vida,

la caja de guiñol,

las marionetas que yo misma fabriqué,

los cuentos de valores, mis dibujos, la tinta,

los bulbos de tulipanes que no volvieron a ver tierra ni luz.

 

Ven y llévatelo todo.

Borra lo que una vez me dio vida.

Acuna las verdades que imaginas que soy

y forma un batiburrillo de escombros.

 

Estaré allí,

sentada en la mecedora del basurero

obnubilada por tu hipnótico universo,

sintiéndome más vieja de lo que soy

viendo como se desvalija un alma a cal y espanto…

y se vende todo al mejor postor,

como se fabrican egos de estrellas

y cultura de polvo cósmico.

 

Venid  de nuevo

¡robadme tambien este momentito!,

mis raíces, su inagotable cizaña, tus semillas…

confundámonos en este maridaje de sabiduría contemplativa

gocemos con el juicio morboso,

atentos a las mieles del verbo,

los maestros de nuestro oculto y enjambroso dolor…

Y llegaremos al futuro ¡tan solos!

¡tan expoliados de cuanto brilla!

tres tristes trazos trabados,

nada de aquello fue felicidad,

ni absoluta verdad,

y sí…mucho…absoluto vacío.

 

Cosas realmente alucinantes en las que vale la pena fijarse.

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  • A ver maja, vas muy mona y todo lo que tu quieras…pero te saltas el protocolo.
  • ¿El protocolo? majo, ¡explícate!.. A estas alturas del desfase en vez de pamela pareciera que llevo un tonel en la cabeza.
  • Un tonel de vino es lo que te has bebido en la boda. Pero no, no  es esa mi inquietud…
  • Cierto… te veo doble, no se si es cosa del alcohol o del velo capullo este…
  • También yo percibo doble, aunque un poco más abajo para ser meridianamente capullo.
  • Hombres!!! veis por los ojos como por una mirilla.
  • Y algunas os saltáis las reglas.
  • Ahhhhhh, ¿era eso lo del protocolo?…jajajaja, me parto. Fuí sin sujetador a la boda, si ¿algo que añadir?. Saltarina oficial me declaro.
  • Quiero indagar sobre eso… ¿fue una cuestión de libertad de expresión o estaba escrito en la picaresca de tu corazoncito? ese que tan bien dejas ver…
  • ¿ Y tu camisa selvática? ¿que me cuentas de ella? ¿se escaparán los leones de los bolsillos? tampoco es una prenda muy normalizada que digamos. Por no hablar de ese pin que adorna la solapa…
  • A ver que le pasa a mi estrella ¿eh?…iba a ponerme el otro que tengo en casa que reza “soltero de oro (con olivos)” pero probablemente hubiera dado imagen de garrulo interesado, no te hubieras fijado en mi, no estaría en este coche y no te hubiera ligado.
  • Resumiendo: Lo tenías todo estudiado. Te fijastes en el escote y ya…
  • Te equivocas, me fijé en que lo normal es llevar la cabeza vacía encima de los hombros y tú la llevabas bien llena…y no solo de pamela, tambien de pensamientos geniales.
  • ……………………………..

 

¿Que le contestará ella ?

¿o que contestaríais vosotros en tal situación? 

Venga, venga ¿imagináis conmigo?

Pongámosle músiquilla bodera al martes.

Letras como pájaros libres.

 

Sobra decir por lo que escribo, pero escribo sobretodo para escucharme, para sentirme a mí misma.

Sobra decir que mi voz no es una respuesta aislada, ni un grito… sino la afirmación al yo.

Sobra decir que cada historia que imagino, no es una realidad tangible o identificable, pero sí hay trozos de mí en cada una de ellas.

Sobra decir que mi palabra es la terapia, el sentido más íntimo de mi escritura, el bálsamo contra el silencio derrotado.

Sobra decir que ni soy normal, ni quiero serlo…básicamente porque lo normal -para mí- no existe. Estoy hecha de diferencia, como tantos otros.

Sobra decir que no soy ejemplo a imitar…,  me hago de contradicciones y erratas, la lógica no llega a explicarme con toda su inercia…y me parece justo, también tengo sinrazones, sentimientos y partes irracionales que no caben en un compendio .

Sobra decir que el hecho mismo de que sea vulnerable no significa que vaya a dolerme lo mismo toda una vida. También los vulnerables aprenden, evolucionan y superan. Vulnerable no es ser negativo, es ser sensible…y la sensibilidad -a veces también- denosta belleza en sus partes más ínfimas.

Sobra decir que leo lo que me apetece  y cuando me apetece, como todos, siempre que lo escrito sea público…a terrenos privados mejor no acudo porque ya acepto que no puedo estar en la cabeza de otro. Y mira que me gustaría, porque curiosa soy un rato larrrrrrgo.

Sobra decir que me quedarán mil cosas por explicar, cosas que ni los libros, ni el tiempo, ni yo misma lograremos definir …le llamaré ” la tierra infertil”.

Sobra decir que a veces la vida me duele… todo está bien hasta que sucede…un mar brota, un segundo salta la chispa y sucede. Ya no logro estar aquí, ya me he ido a otra parte.

Sobra decir que dentro de 10 años nada de esto me importará. Se habrá ido el dolor y gran parte de los recuerdos, porque nada es eterno y eso lo sé bien.

Sobra decir que vivo hacia delante…pero cuando miro hacia atrás, trato de pensar que hay personas, situaciones y hechos que simplemente me superaron. No pasa nada, soy humana, derrotable… lo se y lo acepto. Y en base a ello vuelvo a levantarme y reconstruirme…una vez y las que hagan falta.

Sobra decir que no voy a obligarme a nada que suponga otro lastre más en mi avance. Los “debería de” me resultan fruto de infelicidad constante… por tanto, simplemente…seré, viviré, amaré y sentiré…escuchandome. Como mejor crea, en vistas de que soy una mujer libre.

Sobra decir que ya no aspiro a que mi perfeccionismo me llevé ciega, seguiré sin lograr tantas y tantas cosas…equivocándome y dudando de tantas y tantas certezas,… porque dudar es de sabios y no conseguirlo todo, un hecho. Ya no tengo descripciones para mí, he ido buscándome por los rincones, sufriendo por lo que perdía, era y dejaba de ser…

Sobra decir que ya no me torturo por esas pérdidas, porque entiendo que constantemente cambiamos conforme la vida nos toca. Cambiar es bueno, el cambio es crecimiento interior. Y ya no es la razón la que me lo dice, sino el instinto.

Sobra decir que iba a cerrar este armario, la historia jamás contada de una mujer infertil,  pero no lo haré. Y no es cabezonería, no…  me alivia seguir escribiendo porque en mí ya no veo ni la vergüenza, ni el secreto, ni el descaro…solo la dignidad de unas letras, el testimonio y descanso de poder verlas ahí, como lo que son: pájaros libres surcando un cielo.

 

 

 

 

 

Un libro y una escalera.

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Hacía años que no transitaba por aquellos parajes. Había olvidado algunas cosas: la altitud, el frío, el olor a montaña, el sabor del pan … casi todo menos ella.

Detuvo el coche en el mirador, para coger aire y soplar recuerdos. Tiempo atrás había dejado un libro en aquel mismo lugar. Era un libro que él mismo había escrito con el ánimo de que ella lo encontrase y lo leyese.

Pero aquella idea era tan remota como esperar que un barquito de papel cruzase el mar. Ella se había marchado lejos de la zona,  atrás quedaron los secretos, las senderos, las historias asociadas a aquel pequeño pulmón de naturaleza  y vida.

Poco quedaba de la vieja tinta, se había extinguido implacable por la clarividencia del sol y el olvido. Solo los paisajes regían imperantes a través de bucles confusos para ir mutando en la transformación caprichosa. Por contraposición, en todo aquello había una reminiscencia contaminada, algo que no dejaba avanzar al cambio, como si el paisaje mismo se negase a la inminente erosión. Sabía que todo era fruto de su mirada, que no somos más que eso, química de particulas que alteran los cerebros .

Volvio al coche más helado que un grillo y prosiguió el viaje.

Al recorrer los primeros kilometros se embelesó con algo. Paro el coche y se asomó a la ventanilla:

Entre las  hileras de pinos había visto cruzar un vestido rojo. Era un vestido transparente, casi fantasmagórico, una brizna de mujer entre aire y rayo. Se detuvo algunos minutos más pero no volvió a vislumbrarla.

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Cuando iba a arrancar, su movil sonó. Un mensaje de número desconocido apareció en la pantalla.

“Soy yo, atrévete a buscarme”.

Tras varios segundos sin poder reaccionar, empezó a mosquearse.

¿quien era? ¿quien sabía que estaba allí? ¿alguien lo estaba observando?

Tal vez se trataba de un error, un  mensaje enviado a un número equivocado. Sí, debía de ser eso. No iba a darle la menor importancia. Era momento de pensar en un refugio antes de que la noche se dejara caer.

Al momento, entró otro mensaje.

” Estoy en la cabaña nº3 de I-magina. Te espero desnuda, con vino. Beberemos, descansarás, te amaré”

Aquello debía ser una broma pesada ¿pero quien era la graciosa? ¿o el gracioso?.

Siguió conduciendo con aquella dirección en la cabeza. En la intersección, un cartel ya desgastado, rezaba la referencia: Cabañas I-mágina.

Tras unos instantes larguísimos, tomo el desvío. Tenía frío, curiosidad y morbo.

El complejo se hallaba a 3 km de un camino que empezaba a ser intransitable. Se bajó, colocó las cadenas y rodó hacia el infierno de sus dudas. Iba pensando que estaba loco, loco por dar credibilidad a lo desconocido, loco por seguir unas indicaciones que podían llevarle a quién sabe qué lugar, loco de remate… pero así creyó que es -de vez en cuando- el ser humano común.

Al llegar, descubrió que las cabañas formaban entre sí un rombo perfecto.  Eran casas construidas con madera de abedul y una decoración cuidada. La noche comenzaba a cerrarse y las farolas iluminaban cada una de las estancias formando un juego de luces sugerente. De repente, un hombre de aspecto lunático salió del  habitáculo que facilitaba la entrada al recinto.

  • Estoy buscando la cabaña numero 3. He quedado con mi novia – mintió.

El dueño sonrió de soslayo:

  •  es la que hay al lado del Pinsapo,¡¡ buenas noches!!.

Gracias– añadió… ¡¡menuda seguridad!! dejan entrar a cualquiera sin identificación alguna- pensó. ¡y yo qué se lo que es un pinsapo! …

El pinsapo era un pino, fácilmente identificable porque daba sombra a una de las cabañas: la número 3. Llegó hasta la puerta, estaba entreabierta y la luz del salón se colaba en una vertical que iluminaba el porche dibujando un triangulo. Traspasó el umbral despacio y con temor. No había nadie en la cocina ni en el salón. En realidad eran la misma cosa. Las estancias se abrían diáfanas a una gran escalera central que comunicaba con la parte superior de la casa.

  • ¿Se puede? ¿Hay alguien ahí?

Una música comenzó a sonar, todo parecía macabro hasta que la voz de una mujer apareció. Era una dicción dulce y acaramelada…

  • Sube, bailaremos… bailarán nuestros cuerpos a la fría noche.

Sus letras parecían un poema de anhelos que regía el cielo. Un cielo que él imaginaba alcanzable,  justo al final de unas escaleras.

Ascendió embobado por el cantor. Escalón a escalón iba traspasando un trozo de piel, un rincón añorado, una tersura ya olvidada, un olor trémulo…unos labios de suspiros mientras la música lo ataba con seducción.

En la estancia presidía una luz claroscura, como salida de un lienzo de Caravaggio. Se acercó temeroso mientras vislumbraba a la mujer.

Yacía desnuda en la cama del vino y del hambre. Su cuerpo estaba de espaldas pero al sentirlo se giró. Llevaba un libro en una mano, en la otra, una copa de vino.

-¿Nos conocemos? – le dijo.

– ¿Bailas? – le contestó.

Él pensó que sí. ¡Que mejor bailar y callarse la boca!. No tenía ni idea de quien era aquella mujer pero mejor dejar que el silencio fuese la respuesta más encomiable.

Al acercarse su olor le resultó reconocible. Olía como a resina o papel recien fabricado.. en ningun caso, a perfume desagradable.

La mujer soltó el libro y se aproximó hacia donde él se encontraba, hasta dejarlo a escasos centímetros. Mirándolo muy fijamente tomó de la copa sin recato, procurando que parte del vino se escapase de sus labios hacia donde el azar eligiese.

Él se acercó excitado y bebió. Había una química volátil, un incendio salvaje y al mismo tiempo, calma hogareña. Como una de esas alucinantes lecturas que nos despiertan los sentidos.

Bailaron a media luz desparramando el lenguaje de sus cuerpos sobre las sabanas del derroche. La noche y el frío parecían tímidos espectadores de una ventana, intimidados a la batalla del sexo y el gemido.

  • Eres como imaginaba, inimaginable – le susurró aquella mujer.

 

Al cabo de unos meses el paisaje transmutó en flores. Una mañana ella volvió a abrir el libro que le llevó a él, descubriendo absorta como -el muy granuja- le había añadido una preciosa dedicatoria.

Una mujer pasaba por allí.

Una mujer siempre pasa por alguna parte.

Los muros, los adioses, los confines reconocibles, las letras que nos enseñaron de niños.

Nada muere, ni lo que escribimos en una historia creyendo que muere poseídos por la ira de lo irracional.

Siempre hay alguien detrás leyendo, escuchando, sintiendo… cruzándose en el camino azaroso del viaje.

Siempre hay alguien dispuesto a ir más allá y simplemente…amarnos.