Archivos Mensuales: enero 2017

Había una frase con la que solía reírme

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Hay que ver como son los fines de semana de trabajo en el campo. Por un lado pienso que deberían estar prohibidos ¡menuda broma eso de no dar tregua al cuerpo!…por otro, resultan tan enriquecedores en todos los sentidos, que bien podrían ser la próxima terapia de moda para paliar el estrés al que esta vida moderna nos somete.

Y vosotros diréis…¡esta está loca! y nada más cerca de la realidad, pero por un momento, escuchad la frase que decía mi abuelo y que luego mi padre muy hábilmente copió en su beneficio, para convencerme de que ir a la aceituna molaba.

“Niña, el campo es salud”-aseguraba consciente, que no estaba borracho ni nada de eso. Hay que poner especial énfasis en ese “niña”, pues sonaba totalmente  cercano y detenido. Con ese no llamarme por mi nombre se cercioraba que lo escuchase y luego, una vez lo miraba a los ojos, soltaba tremenda aberración.

Tonterías! más a gusto se está en el sofá, pensaba yo. Aunque todavía desconocía que el campo y la vida terminarían por apañárselas jugando en mi contra, otorgando credenciales a esa sabiduría tan rural que defendía mi abuelo.

Y todo esto para deciros lo mucho que me están llenando estos últimos fines de semana de la recogida, rodeada de gente  risueña y trabajadora que es capaz de acelerar las horas y difuminar el esfuerzo con los pulsos de la conversación. ¿Porque que hay mejor que trabajar a gusto sin cuatro paredes de por medio o mandones que lo ahoguen a uno?.

La naturaleza en ese sentido se las apaña para devolvernos a nuestra esencia más remota, a lo que somos en el fondo, no más que gente con diferentes pensamientos, con historias de vida que se encuentran, con principios y errores que trabajan como se solía antaño, de sol a sol y sin luces artificiales o tecnologías opresivas de por medio.

Sobre el terreno, pies y manos se van aclimatando, los sentidos se abren  y también los placeres más primitivos, como el comer. Y os aseguro que la comida no está lo mismo con las manos llenas de tierra o con el culete en el suelo. Que uno aprende a elegir el terreno donde se sienta. Que no importa si te manchas porque ya estás enfangado hasta las cejas. ¡Que no! que todavía no he ido a ningún restaurante michelín donde el tomate sepa a gloria y el chocolate a cosquillas.

Pero claro, no os voy a engañar, también  hay lujos allende las remotas montañas donde a cuatro locos de nuestros antepasados se les ocurrió plantar olivos. Lujos como detenerse un ratito a encender una buena hoguera con los cuatro palos olvidados entre las camadas. Lujos como contemplar como se abren y tuestan unos chorizos caseros que ha traído esa mujer que tiene el detalle de cuidarnos a todos. Y que encima no, no es nuestra madre y eso la hace aún más especial.

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La ostentación no se sirve en platos de cristal ni se come con cubiertos de plata, la  verdadera riqueza está más cerca de la humildad de lo que imaginamos y no corresponde con lo que suelen hacernos creer desde tantos focos.

Con la tarde a cuestas y los chorizos rebelándose, mientras se dibujan las sombras de esos arboles que ya se van quedando otro año más vacíos, también nosotros aminoramos la marcha y el ritmo, a la par que este sol de Enero azacanado, tímido como siempre… que nos hace coger aliento y gastar las últimas bromas sobre el sabado y  los bailes bajo la manta que alguien se atrevió a contar.

Sin duda, mi abuelo estaba en lo cierto y no me sabe mal reconocer cuanto desconocía del asunto y lo que los años nos hacen mudar la perspectiva.

Es esta una esfera sin remilgos ni acato en donde uno se va dejando caer y olvida sus vértices. Quizás la energía, el esfuerzo y el aire puro sean lo único que necesitemos para continuar, sembrar la vida, atesorar lo que con tanto ahínco nos dejaron nuestros ancestros. Que no fue solo la tierra y su valor económico ¡no señor! sino la majestuosa posibilidad de verla crecer con los mimos y de dejar que ella, siempre sabia, también nos enseñe.

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Gel de Argán

Estaba tomando una ducha, tan tranquilito. Cuando Mari Puri llama a la puerta y entra.

-¿Interrumpo? ¿puedo pasar?- me dice… y ya está dentro

Le informo que estoy apañándomelas como puedo con el nuevo gel de Argán que se le ha antojado comprar…y que me gusta más el antiguo: el de coco. Obvio, hace más espuma. Seguro que  no se ha fijado.

Espera, un momento, ¿que hace ahora?. Empieza a cantar todo lo que le he dicho, mi sermón al traste, que graciosilla es… ¡¡y le añade baile!! ¡¡y se está desnudadando!!… jajajaja…tiene arte. No puedo evitar reirme, menuda forma de tomarme por el pito de un sereno.(nunca mejor dicho)

¡ Qué pava eres!- le digo sacándole la lengua.

Mari Puri me mira, se cruza en jarra ¡¡se pone seria!!. De repente, fija sus ojos en el gran delator,  y en pelotas sigue chapurreando y bailoteando sin parar de apuntarse y tararear al espejo …

¡Hey, Pava, todo este tiempo,….

¿ donde has estado!? que no te encuentro.

¿donde te has ido? sin fundamento….

Vale. Hay cosas de esta mujer que verdaderamente me pillan en bolas. No puedo hacerme un guión porque tiene esa capacidad natural de destrozármelo. Y con risas. Así, ni modo, no hay quien la intuya. Acabaré pensando que la felicidad es el viso de frescura que tan grácil mueve con sus ….¡antojos!.

Ya no puedo más. Me rindo.

  • Bésame, porfa.- le ordeno meloso, todavía impregnado en ese olorcillo de Argán que tan harto me tiene.

Y ella presta viene a mí, seguro que el maldito gel no lo compra, ¡que más da!

**********

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La fábrica de papel

Han pasado muchos años,  mujeres por mi vida, pero todavía cuando camino por este lugar, la sigo recordando entre las demás. Tenía un aire de desquiciada que me volvía loco, al que yo me asemejaba con fuerza, además de una sonrisa que ocultaba el vértigo que a todas horas batallaba en su interior.

Vivía en un pequeño barrio del pueblo que yo frecuentaba cada verano o cuando tomaba pequeñas estancias vacacionales. Mis padres al jubilarse se asentaron en la pequeña localidad y de vez en cuando aprovechaba para visitarlos y escapar de la vorágine de mi ciudad. No es algo que me gustara especialmente, a mi me encantaba vivir envuelto en la prisa, tener opciones, elegir entre la baraja de posibilidades que me proporcionaba la gran urbe. Sin embargo, mis viejos cada día me requerían más y yo veía que mis visitas les llenaban de júbilo, cuando la soledad y el desatino comenzaba a instalar sus raíces.

Ella vivía cerca de mis padres, al lado de la antigua fabrica de papel. Un proyecto de los años 60 con el que un par de maleantes se hicieron con la confianza y los ahorros de todo un pueblo. La idea como tal, nunca llegó a funcionar, se invirtieron millones en las plantas pero la industria -que supuestamente iba a proporcionar trabajo a los muchos parados de la época- solo resultó ser polvo de sueños. Los timadores se fugaron sin tardar mucho,  dejando tras de sí una serie de pabellones obsoletos que jamás estuvieron preparados para generar ganancias.

Ella misma me contó la historia, una noche, bajo la luz de la luna, cuando nos detuvimos en los muros de piedra que rodeaban el recinto. Quedé conmovido por la forma en que relataba los hechos, así que me acerqué lentamente para besar su boca delatora y se escurrió de mis brazos como un pez brioso, astuto, atezado.

La tenía justo detrás de mí, agarrando mi mano con firmeza e invitándome a seguirla por aquel perímetro de  hormigón y polvo, de rejas oxidadas que circundaban la oscuridad subyacente de un edificio inútil y abandonado.  Me condujo hasta una grieta en donde la valla había sufrido los desgastes del oxido y con hábil astucia manipuló la cerca para colarnos dentro. En aquel momento no se me ocurrió pensar lo que hacía, ni cuan abatido me tenía su belleza, iba guiado por un deseo más fuerte que yo, así que la seguí con religiosa obediencia envuelto en su estela intrépida. Atravesamos la zona ajardinada de los cipreses, sintiendo el áspero roce de sus hojas imperecederas en nuestra piel…  una gran explanada, los almacenes y, a golpe de zancadas y respiraciones nerviosas, llegamos hasta la puerta de entrada como dos sombras que se hacen con los hilos de noche y que son absorbidas por el corazón de un edificio.

Con todos los sentidos latentes,  ella se isinuó brevemente ante mis  ojos y tocando la puerta con ansiedad me dijo “ábrela, por favor”. Por supuesto que yo no tenía en ese momento las llaves pero en sus pupilas ardía tal delirio hipnótico que me era imposible negarme, así que saqué una pequeña navaja multiusos que guardaba en el llavero e intenté por todos los medios forzar el candado. Como era viejo cedió al instante y nos infiltramos ansiosos en aquella oscuridad velando para no ser vistos.

Pronto nos acostumbramos como dos gatos a caminar por el espesor de la negrura. Estábamos en la sala de los pozos, según ella me indicó, una gigantesca estancia con 8 contenedores enormes de hormigón que habían sido ideados para mezclar la resina y el resto de ingredientes hasta formar la pasta que daría lugar al papel.

Se sentó al borde del tercer pozo, las piernas rozando el aire, el cuerpo en tierra. Era como si dos mundos la habitasen y me senté a contemplarla. Sus ojos formaban dos abismos y dos puentes mientras mi deseo corría hacia la frontera entre la nada y el todo, ese lugar sin mapas en donde un cuerpo viaja al son del calor del otro.

Y me abandoné a esa sensación de estar varado a su lado, a dejar que fuera su piel la que estrechara la mía y luego que aquella latitud nos embriagase eternamente, como  un veneno dulcísimo del que es improbable renunciar. Era nuestra respiración más y más fuerte, acompasada, ungida en delirio animal,  jadeos convertidos en eco que iban añadiendo grados extra al deseo.

Cuando acordé sus manos ya se habían adueñado de mi sexo y su boca, de mi razón. Puse mi abrigo sobre aquel suelo helado a modo de camastro, y ella se recostó  ya desnuda, mientras mi lengua -ávida de placer- iba indagando los rincones de la piel caliente, postrada con la lujuria de la tierra recién conquistada, exaltada, tórrida.

Solo me detuve cuando su cuerpo halló una órbita paralela al mío, algún universo o estancia invisible en la que por un momento fuimos uno y no dos los que se hacían y se deshacían como una estrella en mitad de la oscuridad.

Cuando abrimos los ojos y aterrizamos, el suelo comenzó a helarnos de repente, y también la imagen de aquellos ocho pozos, que empezó a producirnos inquietud. Nos vestimos y nos miramos haciendo caro el silencio, sintiendo los primeros embistes de realidad. Luego ella volvió a cogerme la mano (quizás para calmarme) y siguió dando voz y sentido a aquel laberinto de salas y estancias, como si nada hubiera pasado, con la habilidad de una fugitiva de la noche que me iba llevando poco a poco y sin darme cuenta, hasta el punto de salida.

 

Ha pasado tanto tiempo. Camino sobre esta tierra baldía con la única certeza de que la vieja fabrica de papel fue derribada, que nada de ella queda sobre la luz de este sol. Mi perro se detiene un segundo, tal vez haya sentido la opresión de mi pecho, la convicción de que sobre esta planicie se levantaron sueños y fracasos, uno detrás de otro.

Nada ha borrado aún esa memoria, ni siquiera la demolición ante los ojos atónitos de quienes la sentíamos todavía cómplice. Una fabrica de papel de la que nunca salieron libros y ella, paradójicamente, una valija de letras que me detuve un instante a leer.

 

 

 

 

 

Necesitamos vuestros versos Textos solidarios

Originally posted on El Destrio: Necesitamos vuestros versos Acabamos de empezar una nueva iniciativa en la que solicitamos poesías para seleccionar la que sirva de guión en el vídeo promocional del libro (aqui teneis todos los detalles) y solo unas horas más tarde ya hemos recibido algunas poesías que podéis leer en esta página. Iremos publicando…

a través de Necesitamos vuestros versos – Textos solidarios. — Mis historias y otros devaneos

Sopa de fobias y manías

Nos reúniamos en torno a una hoguera que habíamos encendido para calentarnos, justo despues de comer, mientras llegaba la hora de reengancharse al trabajo.

Mara miró a Sonia y le dijo:

  • Tienes un saltamontes en la espalda, Sonia, pero no te asustes…tranquila que voy a...

Quería decir “quitartelo” pero antes de terminar la frase Sonia ya estaba cagando leches de un lado a otro, sacudiendose el bicho como una loca.

  • Pero mujer, ¡como te has puesto!– le dijo Mara cuando la chica volvió en sí.
  • ¿Es que tu nunca has tenido una fobia irracional?. Cuando era pequeña, mi primo Juan Carlos, me metió una pluma  debajo del jersey, acariciandome la espalda luego me dijo al oído que se me había colado un saltamontes. Parecía tan verídico. Estuve tres meses diciendole a mi madre que tenía algo por el cuerpo, que me lo mirase a fondo..
  • Yo tengo fobia a los nidos y los pájaros.- dijo Luisa, sumandose a la conversación.  Mi padre era cazador y recuerdo un día que abrí la nevera y encontré un montón de perdices muertas en el estante. Fue una imagen impactante que aún hoy me persigue en forma de ornitofobia.
  • Pues que contradicción que andes loca por ese cazador!
  •  Jajajajaj…síiiii, es curioso ¿verdad? pero hay que saltar los parapetos del miedo- dicen… quizás mi inconsciente de alguna manera se siente atraído hacia ese asunto sin resolver, instando a enfrentarme a ello, para valorarlo de forma más objetiva.
  • La mente es tan extraña… aunque yo no recuerdo ninguna fobia, más bien lo catalogaría de manía. Por ejemplo me da miedo olvidarme de ponerme bragas nuevas para el campo…
  • ¿¿¿¿¿ Como??????– dijeron todos, que en ese momento la miraron con la estupefacción en la sonrisa.
  • Si, si, vosotros reíros…¿es que no sabeis la frase esa de por aquí que dice “das más por culo que la gomilla de unas bragas anchas en la aceituna”?…ea pues eso…manía, practicidad y fobia.

Las mujeres rieron y asintieron pensando en las suyas, los hombres…quien sabe que pensaban los hombres . Todavía quedaba Mari Puri por confesar.

  • ¿Sabeis cual es mi fobia a día de hoy? ¡Los cabrones!.

Todos se pusieron serios. ¿A ver porque cerros iba a saltar la loca de Mari Puri? ¿Tendría alguna relación con alguno de la cuadrilla? ¿Estaría comprometiendole en público?.  El silencio y las miradas se asentaron frente a las llamas. Viendo que nadie decía nada, ni se atrevían a preguntar… finalmente añadió entre carcajadas….

  • ¡Pero que mal pensados sois! jajajajajaj….. me refería a los cabrones que el otro día me rallaron el coche.

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El concierto de esa noche

A ti, que tiñes las cuatro esquinas de este cuarto

que fuiste mía y luego… ¡no recuerdo si derrota u olvido!,

vuela lejos donde yo no te encuentre

deja de posarte sobre este árbol viejo

y hacer de su sombra lúgubre, tu cuna.

***

A tí, que has sido niña, mujer y luego madre, 

que has ido al lugar donde nunca volver,

donde la madrugada todavía exige y derrama estrellas

olvida lo que viste en el espejo de las cien noches

los rostros que te abrumaron y aún gritan, 

los astros que como mil llamas vistes arder,

el concierto de ese otro mundo.

**

A tí, que te vestiste con harapos de ceniza

e hiciste de tu ser un cuerpo impenetrable

deja que el sol cuele sus horas y joyas,

que como un bálsamo entre al cristal,

vaya a tí y luego vuelva en su incansable oportunidad,

posándose desde las arrugas hasta el infinito:

de repente, tu desnudez

**

¡deja el alma tranquila sobre la cama deshecha!

y que el cielo azul revele la soledad

que dejaron tus brumas.

 

La número 8

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Aquella nochevieja. La recuerdo como si todavía tuviera los 19 años de entonces. La diversión consistía en ir de garaje a cochera y alguna otra casa que acabaría hecha una pocilga.  Mamen se lío con Juli y luego con Luisma. Al día siguiente me dijo que le gustaban los dos y yo le insinúe si no había posibilidad de mantener el idilio…Nos reímos con un 2000 recién estrenado y que venía con cariz enigmático.

Lucia, por contraposición, seguía dando largas a Luis, quizás por la costumbre que entonces algunas chicas tenían de alargar lo inevitable. En realidad, le encantaba jactarse en sus propios encantos y que el chico se esgrimiera el cerebro planeando la conquista. Aquel día tampoco el vodka pudo catapultarla al asiento trasero de la furgoneta, pero hubo algunos besos de cigarro en mitad  del patio y  la noche, mientras los demás observábamos el idilio desde un rincón más confortable.

Pilar, por su parte, nos invitó a la reserva de vino de su padre, guardada con esmero  en el mueble bar, aunque no lo bastante  bien escondida. Era una botella enorme con un grifito plateado muy molón del que dimos buena cuenta todos los que nos reuníamos en torno al árbol navideño, entre charlas, saludos y encuentros. Eran aquellos unos tiempos fáciles en los que teníamos horizontes y donde el grupo siempre permanecía abierto, esperando historias y vidas que sumar.

En cuanto a mí, me pasé toda la noche mirando a Rafa con el rabillo del ojo . Tenía el pelo largo y una de esas diademas que entonces se llevaban. De copa en copa bailamos acercando nuestra complicidad al calor de la música. Logró conquistarme del todo cuando sacó su guitarra y nos deleitó con aquel famoso tema de Los Piratas. Tenía una voz infalible pues quebraba con dulzura en medio de aquellas paredes de hormigón..

Un poco después de las 12, del confeti, el algarabío y las uvas, él y yo aprovechamos para despistarnos y fuimos a la casola de la abuela de Marcos. Nos dejó las llaves y creímos ser los reyes del mundo. Hicimos el amor y follamos en un colchón viejo, mitad y mitad, rodeados de polvo y enseres, bajo un techo cubierto de grietas. Había fotos en blanco y negro de una familia que ya no existía y que nos pareció que observaba nuestro arrebato con mala cara. Rafa me contó del tabú que se escondía en el seno de aquella gente. Debería haber sentido canguelo, pero en aquel  momento, solo noté abrigo en los brazos del chico.

Al volver a la fiesta con los demás, nuestra sonrisa y placidez desató las bromas.

Todavía quedaba alcohol y leña en la chimenea, para inventar historias de terror de esas que tanto nos gustaban. Recuerdo cuando Jose, el más ingenioso para el género, nos hizo callar a los 8 que quedábamos…

“¿Os habéis dado cuenta, vosotros, si…si, vosotros,  que tanto bromeáis sobre la veracidad de mis historias, del número de ganchos que hay en el techo? Tiene explicación:  es porque cada uno de los que estamos aquí tendremos una muerte prematura”

Miramos hacia arriba y contamos con lentitud y torpeza, como cuando eramos niños. Eran los que habían, 8,  los mismos que estábamos. Un escalofrío nos recorrió el cuerpo con la inocencia residual de aquellos 19 años.

Hoy, casi dos décadas más tarde,  la observo detenidamente tras el cristal,  mi corazón está henchido de rabia. No me acostumbro a  tener de nuevo ese escalofrío rondandome las venas, susurrando que soy la ultima con vida de aquella broma sellada en la lumbre.

Ahora solo me queda lo más difícil: batallar el cuento maldito. Así que, cada noche, antes de que el sol haga su entrada, sigo el mismo ritual:  enciendo el fuego mientras juro  que este hechizo no me llevará a sus aposentos, que no soy  yo la número 8 y que un día burlaré al miedo con la serenidad de mis arrugas.

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A tí, Tierra.

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Ya, ya se me cierran los ojos.

Ya, ya se me duermen las manos.

A hombros llevo el cansancio de nuestro encuentro

Y mis oídos todavía tararean tus silencios.

Mecías la ausencia entre fardos y frutos

y a tí me agarraba yo,

con la calma del lento hacer,

escurriendo el sudor por tus hileras

cantando al sol las fortunas del pan

trepando tu tierra bondadosa

(luz de trinchera y sabiduría)

que ha forjado mis años y  raíces

con los caprichos de tu siembra.

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El efecto Forer

Conforme avanzaba en mi paseo por el centro me topé de bruces con este lugar. Una tienda impecable en el número 4 de la plaza de Mirasol, justo al lado del negocio de toda la vida de Mercedes, el puesto de golosinas.

Al pasar por tan deslumbrante escaparate me detuve a mirar sin más pretensión que alimentar mi siempre viva curiosidad que a esas horas del día andaba ciertamente desocupada.

Era una boutique exquisita de ropa infantil para celebraciones fastuosas. Un negocio que no llevaba más de dos años en funcionamiento, pero que en poco tiempo se había hecho popular en la villa, gracias al boca a boca. El nombre al que respondía, “El efecto Forer”, no pretendía despertar ningún interés añadido, simplemente  había sido heredado al traspasar otro antiguo negocio del que solo habían quedado en la tienda reminiscencias muy pobres. O eso parecía.

Con todo ese pasado detrás,  el Efecto Forer  se había colado a paso veloz en los armarios de la mitad de las familias con hijos de aquel municipio.

El genero de la tienda, casi en su totalidad, se componía de una buena selección de  vestidos principescos con vuelos exagerados, tules y cancanes que solían mostrar unos refajos infantiles llenos de bordados, adornos  y lacitos. Es cierto que sobre gustos no hay nada escrito, pero realmente me conmovía la fama y el prestigio que le habían dado a la tienda mis vecinos y no podía parar de observar y preguntarme, si aquellos mismos trajecitos – más oropeles que árboles de navidad- no habían salido de la Ilustración o de la misma casa de la pradera.

Me asomé por el cristal para dilucidar restos de prendas masculinas por la tienda ya que el escaparate estaba ocupado casi al cien por cien de vestidos y tenía empacho de halo princesa. No vaya a ser que a alguna niña se le ocurra ser elegante en pantalón…¡valgame el atrevimiento!

Al fondo, casi al lado del almacen, entreví lo que parecían algunos modelos de hombrecitos beckelard, colgados sin penas ni glorias. ¿Tan poco vendible sería aquel género?¿Que imagen podía dar una tienda así, más que la idea de que las niñas son las que se lucen y por las que se gasta uno los cuartos y que a los niños se les puede vestir más asequible y menos refinado?

Volví a fijar mi mirada en el escaparate. Había fotos de niñas repartidas entre los vestidos, lucían refinadas bajo fondos y focos, como etiquetas acreditativas de glamour y buen vestir. Y en un cartel en letras grandes se ofertaba:

“Por la compra de un vestido,

se regalan sesiones que luego publicaremos en la revista y en la web”

Al leer aquello caí en la cuenta de algo. Valía más la imagen y el aparentar en aquellos días, que la comodidad o el sentido común. Simplemente pararse a considerar si los niños son los maniquíes de exposición que estamos haciendo que sean. Y sentí pena. Y sentí rabia. Y algunos sentimientos contradictorios más se agolparon en mi  sin tapujos.

¿ Con que idea se harían mayores esas niñas disfrazadas para la foto de la revista o el face? ¿Crecerían con la percepción de que estar monas y femeninas era su principal quehacer de cara a su género? ¿ Como podían esos padres -supuestamente tan preocupados por el porvenir de sus hijos- actuar de forma tan materialista y sexista sin darse cuenta?

Al lado, la tienda de caramelos de Mercedes ya olía a palomitas recién hechas. Suerte que no se especificaba el género, todos podían comerlas sin remilgos.

Caminé hacia una fuente, alejándome de toda aquella patraña…y se me ocurrió beber agua para salir del estupor en el que yo mismita me había metido. Al volverme, leí  de nuevo en letras azules luminosas: el Efecto Forer.

¿Sería yo la misma  que -bajo el efecto forer- había errado catalogando a los padres de esa forma tan sesgada? ¿ o serían los mismos clientes y asiduos a la tienda los que -influenciados por tan contagioso efecto- compraban aceptando como válidas falacias en torno a  la compra de aquellos vestidos?.

No encontré otra respuesta más que la clara estupefacción de que somos a menudo  facilmente vulnerables.

Miradas

 

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Si abro el objetivo,

veo una muralla al fondo,

un par de miradas acercándose a ella, no más.

 

No os equivoquéis, que las miradas,

me dijeron que engañan.

El objetivo es tan mentiroso como la pupila,

un truhan capaz de guiñar con el mismo arte del ojo,

un mundo lleno concentraciones pequeñas,

con esencias de historias, desafíos y atisbos,

… y con todo y eso que lo hace tan particular,

encuentro ojos que entre pasos, se encuentran.

 

Me detendré a analizar la azarosa dirección de esa pareja,

la que transitaba por los alrededores de la Muralla

con andares inquietos,

engañando a los siempre contaminados ojos de la obviedad.

El sol aún esta alto para dibujar sombras– iba diciendo ella

los verdes  ya no se ciernen sobre la pupila – aseguraba él

el metódico delirio de las estaciones les era cómplice

¡qué curioso!

hasta la incoherencia de las bombillas

como ideas sueltas que nacen de la escritura traviesa.

 

Más adelante,

casi tentando los pies de la roca,

se halla escrita sobre resina la historia de un guerrero inmortal

Pero ella todavía es joven  para leer más allá de la espesura,

del boscaje que manejan las miradas a su antojo.

Tan solo su alma,

enraizada ahora a la poesía,

le hará contemplar con ternura

los desalojos del tiempo,

esos imperceptibles saqueos que va dejando a su paso cada invierno.