Archivos Mensuales: abril 2017

De pijamas selváticos

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Jamás te enamores de un pijama de color verde. Vuelvo a escribir: jamás te enamores de un pijama de color verde: con tintes selváticos. Insisto: Jamás imagines que con esa dulce prenda  de color verde tu niño (al cuadrado) estará requeteguapo y requetesanto entre estampados de serpientes, tigres, elefantes y Mogli, el niño salvaje,… Nada más parecido a sacar la caja de los truenos. Nada más parecido a hacer una deducción de churro ¿en que estaría yo pensando cuando los compré?

¿Os acordais de esa peli de Batman en la que el traje contiene algún tipo de hechizo que al contacto con la piel, lo vuelve digamos “maligno”?. Algo así debe haber pasado con el pijama. Tan bonito, tan requeteprecioso, tan de camufluje e ideal para las manchas de los hijos sayones…me tenía francamente convencida y ahora ando en la esfera contraria, divagando a cerca de los porqués de esa prenda diabólica y lo que aconteció en los ultimos días.

Resulta que habíamos estado en el zoológico y les había gustado tanto la experiencia de ver en plano real a esos animales salvajes, que en algún momento debí pensar que sería buena idea vestirles con ese pijama. Debio ser eso de que ser maestra me saca sin querer el lado educativo de las experiencias y quiero extrapolarlas a la casa. Ea, pues, no, mejor estate quietecita y sigue vistiendolos con ositos y conejitos pastelosos.

El caso es que durante el primer día el ponerles aquel pijama no revertió consecuencia alguna. Ellos tan bellos, mamá tan enamorada. Todo tan ideal de la selva.

Imagino que la tela,al contacto de la piel, estaría cogiendo el influjo necesario…. que al segundo día no más, la selva, las fieras y el animalismo llegaron en todo su esplendor. Yo acababa de salir de la ducha, con el albornoz echandome mis potingues mientras papá en la cama tumbado consultaba su mobil. De repente escuché un gruñido a mis espaldas, algo así como: Grrrrrrrrrrrrrr, giré la cabeza y allí estaba: el  horror. Mi hijo convertido en tigre. ¡¡¡¡¡Toda la cara rallada con rotulador gordo indeleble!!!!!.

El pequeño tigre de la selva se reía con su chupete y sus rayas negras, mientras a mí me iban poseyendo los Dioses malignos del Amazonas a partes iguales con un espíritu de comicidad espontáneo que poco a poco se iba apoderando de mí. Tragué saliva y me dirigí a la habitación del pánico en la que se había gestado todo el asunto, detrás de mí, papá iba grabando la hazaña.

No sabía lo que me iba a encontrar ni de donde había salido aquel maldito rotulador, ni si las paredes, muebles, suelo…estarían también pintarrajeados… aunque de forma contradictoria, por el pasillo iba luchando contra el poder de la risa, procurando sacar esa faceta de madre, que ante situaciones como la que relato, se queda escondida entre toneladas de polvo.

Encendí el interruptor y allí estaban los dos tigres, caritas ralladas, con el rotulador en mano sacado del fondo del cajón de mis pinturas. Ni siquiera yo sabía que estaba allí.

Debí haberlo imaginado, ¡qué tonta! pijama de camuflaje requería tambien maquillaje a lo Rambo. Y allí estaban saltando en el sofá, luchando uno encima de otro metiendose en la piel del personaje. Se habían dedicado a caracterizarse y lo habían hecho de “beautiful”. ¿Sería la magia negra del pijama la responsable de toda aquella peripecia?

Los miré tapandome la boca e intenté decirles que eso no se hacía, pero la risa floja-flojísima me convertía en mera espectadora cachondeandose del numerito.

Lo dicho: ahí empecé a sospechar de aquella prenda y los episodios extravagantes se fueron sucediendo sin yo poder hacerles frente.

El escenario siempre resultaba el mismo: la mami en el baño  y ellos campando a sus anchas por el piso superior.  Esta vez estaba preparándome para salir, maquillandome en el espejo y escuchandolos de fondo. A no más de 5 zancadas detrás mío los sentía jugar en la cama pero realmente no había prestado atención a su juego. De repente oigo el sonido de una caja y el de un plástico…miro extrañada al espejo como si este pudiera darme las respuestas buscadas, y al no encontrarlas me giro y los diviso allí tranquilos, con la caja de Durex cantando: un sobre de azucar, uno de cola cao, uno de café………………..

Vuelvo a mirar para el espejo y me troncho de risa sin que me escuchen….

Este pijama verde va a terminar por acabar con mi ánimo de madre.

Ronda

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Y a mi quien me manda sentir atracción por los precipicios y las piedras. Embobarme en las alturas mientras suena la melodía de un violín por estas callejuelas empedradas.

-“¡No te asomes, por favor! ” – grita detrás mía, con un alarido voraz que se pierde entre el trajinar de la aglomeración turística.

-“Ni se te ocurra dar un paso más al frente!!!”- vuelve a pronunciar rotundo, en la intentona de que mis pies se anclen al suelo. Lo miro sorprendida. Todos tenemos nuestros limites, el temor siempre humano, que se apodera de uno..

Ese miedo a la altura, que desconozco, creo que se llama vértigo. Como si las baldosas y el suelo se volvieran blandos y uno sintiera que todo tiembla. Es el borde de un abismo que  se  hace mantequilla y penar. Que cantonea las aristas de la mente, hasta hacer escapar  un trozo de la parcela de nuestro zapato y de repente…la angustia del vuelo. Como si fuéramos pájaros aprendiendo a volar…

¡NO lo somos! me repito, todavía siento el suelo firme y cálido bajo mis zapatos, aunque haya sido capaz de hacer una breve introspección hacia la emoción que circunda su cabeza, envolviéndolo en angustia.

“Déjame disfrutar un ratito de este momento”, le digo tranquila. “Hay una reja enorme anclada delante de mí, no me pasará nada. Date un paseo con los niños por los alrededores mientras tomo algunas fotos.”

Me hace caso y le guiño el ojo. Pobre, yo misma se que el miedo no tiene lógica pero toma raíces y forma de manera vertiginosa…!el jodío!

Quedo sola frente a este pueblo construido en vertical. Las casas miran al puente, el puente las mira a ellas. Y yo me hago con todas esas miradas. La estructura es abrumadora y se fija a la retina. Aunque he estado en precipicios mayores, esta mezcolanza de gentes transitando  por tan pintoresco lugar, me va conquistando. Es como si el pueblo aunara rincones recónditos deseosos de ser descubiertos más allá de lo que – a priori- ven mis ojos. Hay música y romanticismo entre las calles, se respira algo, poesía antigua tal vez. Tengo que volver aquí sin tiempo y sentarme en una de las terrazas con vistas para dejarme escribir.  Miro ahora hacia abajo, donde tiene puestos los pies el megalómano de piedra. Veo personas que se adentran por senderos entre la maleza, que acunan el sudor entre la aventura, y las observo preguntándome como será el mirar hacia arriba por esos ojos de senderista. También siento envidia, también deseo probar. Sería volver a lo que ya conozco. Mi corazón está ansioso está mañana.

A todo esto….¿Donde se habrán metido?

Los localizo en la lejanía. Voy tras ellos, ya casi los pillo. Papá y sus cucos. Es tan dulce esta imagen que quiero mantenerme en anonimato el mayor tiempo posible. Así, de espía. ¡Hasta que me descubran!. Me resulta tierna la estampa porque representa la evolución inexorable del tiempo, lo imposible que esto hubiera resultado hace un año, transitar así tan libremente por las calles, sin carros ni carretas, sin tropezones ni traspiés. Sonrío de sabernos en esa libertad que  ya va trayendo otras preocupaciones y ventajas. Me gusta saberles fuertes para resistir los pasos que tiene el descubrir, confiar en sus capacidades como viajeros recién estrenados, motivarlos en el arte del postre con algún huevo sorpresa y si acaso a la vuelta, un helado para refrescarse. Para V. el más grande, que es un ansioso.

Y ahora de nuevo viaje largo,… a la casita del hotel…a descansar.

” Mami, ya no me da tusto el vintilador”…. dice J. , pues a ver si le chivas el truqui a tu padre- le digo muerta de risa.