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Talón de Aquiles

Decía un libro que leí hace mucho que el ASMA era esa variable que oscilaba entre una pluma de ave acariciando tu laringe y una pajita estrechando tus conductos. Y que razón llevaba aquella escritora. Los que a veces nos quedamos sin aire, tenemos la morfología interior de otra forma. Faltos de estudiarnos y al servicio de quien sabe que misterios de ahí fuera que  en menos de un segundo, nos reducen a no más de lo que somos, H2o.

Un vientecillo extraño, el polvo de cualquier rincón,  una bebida helada o en el caso más disparatado una chispa de alcohol en un momento mal escogido… ¿Quien entiende ese mecanismo silencioso que desencadena el ahogo ? ¿Quien sabe que hizo un día ya lejano apuntarse al cuerpo a ese cronicismo sin explicación?

Todo debería tener una base científica. Y por consiguiente, debería haber adivinado que un punto flaco del todo predecible para una crisis asmática, es el resfriado común. Así lo dicen los medicos, pero predecir tampoco es curar. ¡hijos mios de bata blanca! ¿me decís como vamos a vencer a este nuestro talón de Aquiles!. ¿como vamos a hacer para evitar que baje saleroso el brío que se instala en los bronquios haciendo de ellos territorio de nadie?

Pero yo sigo luchadora, además de ilusa. Pensé que habría perdido de vista a este fiel compañero, adherido a mí desde hace décadas, que el parir (así en plan animal)  habría cambiado morfologicamente mis estructuras ¡pero que bestia soy!. En realidad tenía su base teórica, a la que yo apostillé mis ilusiones y algo sobre el asunto que leí por los interneses. Pues no, nada más lejos de la realidad. Misterios. Ya lo dije.

Y aquí me veo con la bombona de oxigeno como un vieja, sabiendo que lo que sale por esta mascarilla es aire bendito, oro en gas para extraterrestras como yo. No tiene gracia, en realidad,  pero tendré que tomármelo a chiste, a sabor de capítulos humanos, porque el y yo nos vamos a encontrar más veces. ¡Eso sí!,  que no me llame compañera, si acaso, inquilina . Y mientras nos entendemos, respirandonos cara a cara  un rato, trato de reirme hacia dentro porque hacia fuera no me sale… el pecho nos va cediendo trinchera,  ya no siento esa opresión como si me  hubieran atado una goma… Con el paso de las horas saltaré y brincaré con mis tropecientas  medicinas que despues, cuando me vaya confiando, iré saltando una por una. ¡Que yo no quiero vivir con esas drogas circulandome los 365 días del año!….que todavía sigo confiando en otras formas más naturales de cuidarme sin precisar de esos compuestos que me dejan “choped” jajajaja.

Hasta otra airecillo de malas pulgas. No lo digo por tí, sino por mí, que ahora parezco aquel muñequito de pulgoso cuando río. Gracias por esos días sin curro.

 

 

 

 

Marzo

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Este ha sido un mes de reaprender. O tal vez recordar. De huir de las viejas costumbres y acercar los tiempos, trastocándolos. De sorprender al cuerpo y a la mente doblemente, tal  como apuntó ya algún griego,… de sumar en ese imparable exigir a través de la literatura y el descanso. Han sido liturgias nuevas, renovadoras, intensas…ejercicios de curiosidad y metas, de zapatillas, sudor y finales. De letras entre descansos, de esfuerzos y espasmos, de respiraciones que te dejan sin aliento…

Ahora me pregunto ¿en donde lo dejé la ultima vez que escribí algo por aquí?¿Que historia tenía pendiente?. En este marzo que me arrastró con sus brotes de cambio, cuatro libros han tenido la osadía de escribir sobre mi piel, como ramas de un árbol que consigue abrazarme, desnudando desde la lejanía mi reconocible sensibilidad ¿será que los que escribimos lo seguimos haciendo aún leyendo? ¿será que lo fascinante de sumergirse entre las letras es esa apropiación indebida que tomamos prestada de cada libro?.

Me gustaría olerlos, abanicarme con ese juego rápido de dedos y páginas. ¡Hace tanto que no leo sobre papel!. Es una melancolía que ahora me apremia. ¿A que olerán los archivos minúsculos de esos libros bellos que llegaron justo a la puerta del alma? Esos que no ocupan espacio y sí memoria. Claro que es una memoria borrable, formateable. No como la humana. En mi quedaron las huellas de todos esos párrafos seleccionados por algún tipo de conexión. Quizás ese sea el perfume que desprendan. Y todavía por algún tipo de causa, aromaticen mi ser. Los hago míos, como una propiedad y luego los escondo. Menuda estupidez, digo yo. Quizás sea el secreto sea el precio a pagar por sentirlos tan de cerca.

Y sigo tomando aire, y luego a trote devastador durante otros 30 segundos más. ¿Cuando fue la última vez que el deporte estaba presente a diario en mis días?. Como una droga lo debo sentir que el cansancio ya no me hastía ni me frena. Vienen a mi flashes de aquel profesor de gimnasia para quien solo existía el balonmano, de las series de a dos y de aquel silbato chirriando con eco en el pabellón… también autobuses y ciudades y ese equipo que nos hizo recorrer media provincia sin que las derrotas nos hicieran abandonar. ¡Y como me gustaba ser base! para inventar con el balón, chupar y crear jugadas que nacieran de mi imaginación.

Y mientras corro, todo eso acude a mí, como un tropel de sueños despojados a través del curso de esta carrera. La vida. Todas esas centellas de microsegundos en reproducciones. Miro el reloj de esta cinta andadora que parece no llegar a ninguna parte. Al otro lado de la ventana,  contemplo los pinos y un trozo de cielo con escenario rojizo. Un gato blanco se afila las uñas sobre la madera. Yo y mis piernas sobrepasamos ya el minuto 15 y una extraña fortaleza acude a mi cuerpo, ya no siento la erosión de los primeros minutos, ahora creo que soy capaz de llegar a la luna y hago mía la frase “be strong“.  Me voy conduciendo a través de la costumbre y el aplomo, probando mis propias limitaciones y haciendo de las metas, el testimonio más real de mi cuerpo. Mañana tendré agujetas. Probablemente. Aunque cada día acuden menos y es más reveladora esa palpable sensación de felicidad que  va dejando el ejercicio. Me preocupo más, me cuido más…y eso también me hace sentir diferente. Más fuerte y enérgica, trazo zancadas sobre la tierra que transito. Agarro fuerte los contrapuntos de la existencia, esos lastres que poco a poco van moldeándome. No añoro un cuerpo escultural como esos chicos que prueban a romper el espejo con sus músculos. O eso imagino yo contemplándolos. Son como dioses griegos de una juventud lejana a la mía. Yo ansío otra cosa más sencilla. Llegar a casa, abrazar a los míos. Querer esa mujer diligente que nace  cada jornada en mí. Y luego, si acaso, dejar tiempo para las marionetas con los enanos, darle forma a sus cuentos. Colorear esos primeros atisbos de lenguaje.

Así se mueve marzo. Me suena desconocido y al mismo tiempo tremendamente familiar. Como un silbido de viento afanoso, que no va sino meciendo los pólenes y volando las ultimas hojas. Nieva y otro día hace un sol tremendo. Se descolocan los tiempos para después colocarse.  Así lo siento, genuino y alterado. Hago un descanso en la lectura, noto un calor familiar colandose a través de la ventana. Huele a trocitos de verano, mientras me sumerjo en el afanoso arte de vivir sin esperas ni exigencias…tan solo degustando la piel que endurece, el corazón que late y suda memoria, el pez que atina con la salida de alguna pecera imaginaria.

 

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Había una frase con la que solía reírme

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Hay que ver como son los fines de semana de trabajo en el campo. Por un lado pienso que deberían estar prohibidos ¡menuda broma eso de no dar tregua al cuerpo!…por otro, resultan tan enriquecedores en todos los sentidos, que bien podrían ser la próxima terapia de moda para paliar el estrés al que esta vida moderna nos somete.

Y vosotros diréis…¡esta está loca! y nada más cerca de la realidad, pero por un momento, escuchad la frase que decía mi abuelo y que luego mi padre muy hábilmente copió en su beneficio, para convencerme de que ir a la aceituna molaba.

“Niña, el campo es salud”-aseguraba consciente, que no estaba borracho ni nada de eso. Hay que poner especial énfasis en ese “niña”, pues sonaba totalmente  cercano y detenido. Con ese no llamarme por mi nombre se cercioraba que lo escuchase y luego, una vez lo miraba a los ojos, soltaba tremenda aberración.

Tonterías! más a gusto se está en el sofá, pensaba yo. Aunque todavía desconocía que el campo y la vida terminarían por apañárselas jugando en mi contra, otorgando credenciales a esa sabiduría tan rural que defendía mi abuelo.

Y todo esto para deciros lo mucho que me están llenando estos últimos fines de semana de la recogida, rodeada de gente  risueña y trabajadora que es capaz de acelerar las horas y difuminar el esfuerzo con los pulsos de la conversación. ¿Porque que hay mejor que trabajar a gusto sin cuatro paredes de por medio o mandones que lo ahoguen a uno?.

La naturaleza en ese sentido se las apaña para devolvernos a nuestra esencia más remota, a lo que somos en el fondo, no más que gente con diferentes pensamientos, con historias de vida que se encuentran, con principios y errores que trabajan como se solía antaño, de sol a sol y sin luces artificiales o tecnologías opresivas de por medio.

Sobre el terreno, pies y manos se van aclimatando, los sentidos se abren  y también los placeres más primitivos, como el comer. Y os aseguro que la comida no está lo mismo con las manos llenas de tierra o con el culete en el suelo. Que uno aprende a elegir el terreno donde se sienta. Que no importa si te manchas porque ya estás enfangado hasta las cejas. ¡Que no! que todavía no he ido a ningún restaurante michelín donde el tomate sepa a gloria y el chocolate a cosquillas.

Pero claro, no os voy a engañar, también  hay lujos allende las remotas montañas donde a cuatro locos de nuestros antepasados se les ocurrió plantar olivos. Lujos como detenerse un ratito a encender una buena hoguera con los cuatro palos olvidados entre las camadas. Lujos como contemplar como se abren y tuestan unos chorizos caseros que ha traído esa mujer que tiene el detalle de cuidarnos a todos. Y que encima no, no es nuestra madre y eso la hace aún más especial.

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La ostentación no se sirve en platos de cristal ni se come con cubiertos de plata, la  verdadera riqueza está más cerca de la humildad de lo que imaginamos y no corresponde con lo que suelen hacernos creer desde tantos focos.

Con la tarde a cuestas y los chorizos rebelándose, mientras se dibujan las sombras de esos arboles que ya se van quedando otro año más vacíos, también nosotros aminoramos la marcha y el ritmo, a la par que este sol de Enero azacanado, tímido como siempre… que nos hace coger aliento y gastar las últimas bromas sobre el sabado y  los bailes bajo la manta que alguien se atrevió a contar.

Sin duda, mi abuelo estaba en lo cierto y no me sabe mal reconocer cuanto desconocía del asunto y lo que los años nos hacen mudar la perspectiva.

Es esta una esfera sin remilgos ni acato en donde uno se va dejando caer y olvida sus vértices. Quizás la energía, el esfuerzo y el aire puro sean lo único que necesitemos para continuar, sembrar la vida, atesorar lo que con tanto ahínco nos dejaron nuestros ancestros. Que no fue solo la tierra y su valor económico ¡no señor! sino la majestuosa posibilidad de verla crecer con los mimos y de dejar que ella, siempre sabia, también nos enseñe.

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Recreaciones

 

 

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A veces tiene sentido que los humanos recreemos nuestra historia como una película fidedigna. Ir hacia atrás para entender los crímenes que nos precedieron, las guerras que se libraron o las trincheras que levantaron hombres y mujeres sobre esta Tierra. Quizás forme parte de un plan a largo plazo para asimilar de una vez por todas el oscurantismo del alma humana, la cara pérfida que nos precede en siglos, mientras respiramos recelosos una sociedad que llamamos mejorada. Quien sabe si es el principio de la enmienda o solo un alimentar el morbo, tan común en nuestra especie.

 

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 Es curioso como mientras asestan la plaza en donde nos hallamos  y los disparos ensordecedores van acoplándose a nuestra piel de un modo inofensivo,  una bandada de palomas revolotea asustadiza, haciendo del cielo un jirón de muerte .

No estaba en el guión. Tampoco las caras de algunos  niños que se olvidaron del espectáculo, de la mentira detrás de la representación, de que todo es un teatro de los que no duelen.

 

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Más tarde se levantarán esos que hoy -de una forma imaginaria- cayeron… y no habrá pasado nada. Nada más que la memoria que como una sombra viste la brecha por donde tantas veces erramos.

Desentendidos y ajenos nos alejamos por entre estas calles de piedra, olvidando unos hechos que colocan nuestra brújula moral en constante y frágil desequilibrio. Lo que nos preocupa es que no podemos asegurar que esto que hoy presenciamos no sea también parte de nuestra responsabilidad futura.

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Aquí, en el numero 7 de la calle Melancolía, todavía se atreven a ponernos jamón y cerveza bien fría. Condimentos necesarios para volver a dormir este batiburrillo de sentimientos anacrónicos que nos visitan. Brindamos entre risas pensando que versos escribiría Sabina sobre esos de la SS que justo ahora, almuerzan  a nuestro lado, devorando tapas de morcilla e ibéricos. 

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De regreso a casa, nos besamos por entre las sombras de esas calles estrechas que no conocen al sol. Vamos interceptando campamentos de reliquias y pasados envejecidos que roban nuestra atónita mirada. Ha sido un día increíble que nos acerca un poco más al valor del conocimiento y la compasión, separándonos en lo posible de toda esa crueldad tan palpable en este: nuestro drama sin fecha de caducidad.

 

Crónica de una ruta de domingo

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Los domingos se han convertido en días llenos de posibilidad. Nada comparable a la manía que anteriormente les tuve, por cierto, bastante injusta. Una va cambiando con el pasar de los años y aprende a valorar con más precisión lo vivido. Y es precisamente que el domingo me gusta para tomarlo como pulmón y encarar la semana con el positivismo que merece.

Esta vez el ultimo día de la semana amaneció algo meón. Cuando me levanté y abrí la ventana, me dí cuenta de que todo estaba empapado. La noche anterior había transcurrido con esa lluvia fina y silenciosa que no ves venir, mientras yo planchaba tan a gusto mi oreja. Sin embargo, miré a mi alrededor y había un sol esplendido ( por aquí se le dice un sol que aporrea jjijiji)  el mismo que se había ocupado de ir abriendo claros y revistiendo de belleza todo el paisaje.

Es lo que más me deleita de cuando llueve, la nitidez que devuelve a los campos, como si le hubieran echado una buena capa de limpiacristales.

Al instante, como cualquier  animalillo silvestre, sentí la necesidad de salir a capturar las vistas in situ, con la perspectiva de la aventurera que siempre me hace. Traté de convencer a mi chico, pero pronto me dí cuenta de que había fuerzas mayores con las que era imposible competir…y no era la pereza, ni los niños…que va!…el asunto era que jugaba el Real Madrid.

Uno a cero perdiendo yo. ¡Válgame con los domingos y el deporte rey!.

Volví a mirar la ventana y pensé que una vocecilla algo hipnotizadora y bruja seguía llamándome más allá del cristal y de mi casa…me iba diciendo algo así como…ven, ven, ven… mójate conmigo en los charcos, ven al borde y camina sobre la línea de tus pasos que yo te mostraré la perspectiva…

En el fondo, se de buena tinta, que esta vocecilla no es nueva para mis oídos. Digamos que los que la escuchamos la describimos como esa droga que nos provoca el ir en busca y captura de alguna ruta que nos calme. Creo que en el fondo, debe tener algo místico… eso o directamente somos locos de remate. Mira que salirse del brasero un domingo con el frío…..

Como soy débil a este tipo de cantos de sirena, inmediatamente comencé a preparar la mochila y a atar los cabos suficientes para que mi ausencia no se notara mucho en las horas en que no estuviera en casa. Mis gemelos se iban a quedar con su padre y yo me iba a largar a algún lugar incierto, a tomarme un tiempo para mí, que veía más que necesario.

Decir que desde que soy madre siento a menudo la contradicción de dos fuerzas opuestas, por un lado, ir sola a rutear es algo de lo más tentador en todos los sentidos, aunque por otra parte, hacerlo con mis hijos es una experiencia que me suma ¡y como!,  descubres en sus cortos pasitos y en sus ávidos ojos, cosas que a menudo te pasan desapercibidas….verlos felices y sorprendidos es lo más.

Estas eran por antonomasia las dos fuerzas que luchaban en mi interior buscando argumentos, aunque pronto me dí cuenta que llevarlos no era una opción barajable . Ya no solo porque me viniera bien ese tiempo para mí, sino porque hacía frío y había barro y ellos aún no estaban preparados para combatir con un terreno en esas condiciones.

Mientras preparaba algunas mandarinas y la cámara reflex, pelirrojo me miraba con cierta sospecha. Su cara se puso aún más “celosía” si cabe, cuando le pedí las llaves del Terrano.

¿Pero no vas a decirme donde vas?.- me preguntó.

Noooooo, ¿tengo que hacerlo? – le contesté siguiendo su formato pregunta, intentando entre risas hacerme la seria.

Cuando ya me iba me acordé de esa película...126 horas y de su prota, lo que le ocurría por no decir a nadie su destino…y claro, sentí algo de resquemor, porque estaba claro que el lugar al que iba tenía cierta dificultad técnica y podía ser peligroso. Total que al final se lo confesé, como niña buena, que -casi siempre- soy.

No me digas!!!, pero a mi me encanta ese lugar!!! ……. me soltó inmediatamente. Lo siento, creo que te gustan más los merengues- le dije….jijijij, a veces tambien me sale la maldad en formato sutil.

En el fondo y a pesar de aquel diálogo algo provocador entre ambos, quedábamos satisfechos con la elección, él iba a tener su momento y yo él mío, lo cual a veces  en pareja también es necesario.  Cuando ya me iba, los dejé a los tres construyendo las bases de un globo con piezas, mientras esperaban que empezase su partido de la semana.

Por el camino se me ocurrió llamar a mi hermana, que se apuntó sin invitación a la excursión. Es lo que tiene ser parientes cercanos….

Íbamos ya en dirección ascendente, surcando hacia arriba la montaña, con el coche pisando charcos y sorteando veredas y me dio por pensar que pasaría si me quedase atascada por ahí.  “Bueno, aquí está mi hermana,…pero, claro…ella no tiene ni idea de conducción..”. Tampoco  yo conocía bien la dirección exacta, hacia años que no subía  a la ruta y  en ninguna ocasión había sido la conductora. Digamos que me iba entrando el cague  pero eran más grandes las ganas de patear el terreno y continué con ese gusanillo dentro.

Justo cuando  íbamos a llegar al lugar donde dejar el coche, me hallo frente a una bifurcación,  convencida que tengo que tomar el carril izquierdo abandono la opinión de mi hermana y  tomo otra dirección… bien, sigo hacia adelante hasta que  me encuentro de bruces con un gran embalse , que  hace de tope y final de la carretera…

Vale, estupendo!!!, tengo  que dar la vuelta………cachisssssssssss en los mengues!, con todo el barro que hay… si yo lo sabía…. dice mi hermana… Claro ahora es muy fácil decirlo…¡calla, pájara!

Una vez entro en razón , me dispongo a dar media vuelta y a volver sobre mis rodadas,  lo que supone meterme en el fango sí o sí. El terreno está húmedo y peligrosito, no me lo puedo creer, ¡¡¡lo ultimo que quería era esto!!!… ¿quien dijo calma?…todavía tienen que venir a rescatarnos en grua. Tres, dos, uno…adrenalina, reductora, ¿como coj*…. se metía la reductora de esto?…. ¿para que le pregunto a mi hermana si no sabe conducir?….Omssssssssssssss….tierra trágame!!!

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Síiiiii, queridos amigos, ahí estaba yo tan flamenca,  una mujer rural sin pajolera idea de  meter la redutora de un todoterreno, haciendo ruedas y tratando de controlar la fuerza de “el bicho”. Porque amigos, una se las tiene que ver en todas las facetas habidas y por haber y porque además un todoterreno no es tan manejable como te lo pintan por la tele, cuando vas por tu carreterita bien asfaltada, tan agustito y cuando llegas y se baja la típica mujerona  tía buena sacando a sus dos- tres churumbeles del cochazo, con ese despliegue de glamour y poderío…y ¡ojo! sin que se le mueva un pelo del flequillo.¡¡¡¡ ilusos!!!

Amantes de la tracción, estaréis conmigo en que un todoterreno hay que saber tratarlo porque cuando se le pone en  serios apuros rezuma agresividad y ruge como un león, y eso a  las féminas (al menos a mí) nos despierta cierto miedito.

En fin, gracias a los dioses de aquella mañana de noviembre, esta mujer que hoy escribe logró sacar al bicho del lodozal y de paso se enteró de como funciona esa palanquita, que no es un adorno, llamada de la reductora. Ea! guapa, ya te puedes considerar una mujer campera…jijiji.

Como iba diciendo (que me desvío de esto tambien jjjjj)…al final logro dar con el lugar que yo buscaba para dejar el coche y nos bajamos. Andamos y andamos durante más o menos una hora, entre charlas, pisadas y silencios, hasta llegar a la cresta de los riscos. La naturaleza es el mejor antídoto contra la desgana, te llena de energía en un pis pas.

De este modo vamos atravesando lugares anegados, otros más secos, sorteando veredas de guijarros  escurridizos y escuchando los sonidos de la montaña. Me detengo a cazar los instantes que mas me atrapan disfrutando de las vistas que me regala una ruta de este calibre.

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Cuando estás en lo más alto y bordeas la cumbre, cuando eres capaz de verlo todo a ese tamaño tan minúsculo, te das cuenta de lo poco que cuenta tu mundo a esa escala… tu casa, el entorno de tu infancia, el lugar en el que creciste se disipa conforme a la lejanía…y  las sensaciones se aglutinan en tí dando lugar a algún tipo de conmoción.

Entonces, justo entonces, descubres un poco de lo que eres: solo una pequeña partícula de polvo en un universo condenado a ser inabarcable. Es la perspectiva contradictoria de la altura. En lugar de sentirte el rey por estar ahí sobre otras muchas cabezas más bien crees que los reyes caminan ahí abajo, engañados por el trascurrir de la rutina y la polución.

Ya a la vuelta voy pinchando a mi hermana para que me cuente sus amoríos. Hay que volver a pisar terrenos pantanosos, jejejej… ¡Qué tiempos aquellos, madre!…en los que algo empezaba y no querías pronunciar la palabra “novio”, no fueras a verte con el velo puesto o algo de lo especial con un amigo se estropease. Me encanta charlar con ella y recordar viejos tiempos desde otra perspectiva distinta, como la que me llevo a casa en esta mochila, …y de recuerdo una rama de tomillo para aliñar el pollo…Ea!

Me voy diciendo que tengo que salir a por esas experiencias más a menudo, porque son las que me van haciendo crecer en muchos sentidos. La felicidad no es la que nos han vendido, ni la que anuncian por la tele…ni siquiera la que aseguraba conocer fulanito o menganita…la felicidad es un tesoro que ha de ser conquistado, porque yace escondido en nuestro interior…siempre esperando a que la saquemos a pasear un día cualquiera.

 

 

 

 

 

Cuartillas

 

Dibujas, tal como escribes, y en esas líneas quedan impresos retazos de garabatos, como detenidas las emociones que se suspenden del fino hilo que te recela. El color intenso del mismo instante en el que imaginas. Tu mano vuela con la memoria.

De pronto, piensas como lo que eres y sientes se puede leer a través de esas cuartillas, paginas en blanco que  van rellenando las etapas, con sus días de sol y lluvia. La casa, el brasero… La nieve también vendrá y seguiremos pintando las tardes con promesas.

Avance, travesía. Me gusta detenerme y mirar en tus ojos. Captar la simpleza de tus líneas y  el alma espontanea que respira del trazo de tu yo joven. Ansioso y tenaz artista.

Permíteme que aplauda la claridad de tu amor, que me bañe de su transparencia cuando me pintas, mientras caminamos juntos por las aristas de esta libreta.

 

Matanza en Segovia Street

Me debatía entre un inane sentimiento de desesperanza y un crédulo ánimo de liberación. Con todo el escenario dispuesto ante mí, cogí el cuchillo y agujereé la carne con precisión. Estaba blanda, fresca y natural…indudablemente perfecta para ser hendida, así que los cortes resultaron de la magnitud que había planeado.

En el proceso que me ocupaba, sentí como me iba amedrentando el color anarajando de aquella piel rozagante. Tan basta y gruesa en apariencia pero tan vulnerable en los adentros. Así debíamos ser todos cuando se nos arrancasen de las raíces,  pensé..¡tan débiles!.

No obstante, nada consiguió alejarme de mis malévolos propósitos. Tenía el tiempo exacto para la tarea, dejar todo limpio y volver al trabajo sin dejar rastro. Sequé la humedad  de los cortes (que quedaron finalmente como círculos irregulares por los que se iba filtrando la luz) desechando los jirones sobrantes. Mis manos, después de tan petulante labor, estaban frías y pegajosas, pero olían a confite.

Luego maquillé con pintura  los restos de la barbarie, añadiéndole imaginación, esmero y algo de ilusión ¿porque no?. En realidad, mi objetivo no era otro que disimular el crimen perpetrado y devolverlo -aparentemente- a su anterior viveza.

Unas horas más tarde,  ya brillaban mis fechorías con luz candente. Bajo capas de color, nadie sospechó que habían sido arrancadas las semillas de dos almas.

Todos cuantos  pudieron ver a aquellos espíritus vagando por las curvas de la noche, aseguraron que parecían algo así como un par de pequeñas y ocurrentes calabazas.

 

 

Poesía otoñal.

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El otoño es una estación que me encanta para salir a hacer rutas y excursiones. Sí, ya se que el verano y la primavera son más calidas y que quizás apetece más al cuerpo por las temperaturas. De acuerdo. Además te puedes bañar, desnudar, .. todo muy bonito y muy hermoso, pero seamos justos,  el otoño goza de otras ventajas que -a mi parecer-  resultan de lo más interesante. Y no, no es coger castañas ni almedras,  cosa que dado mi perfil rumiante, tambien me gusta, mira tú…jejeje.

La razón fundamental es que aún no hace ese frio aterrador del invierno, ni el calor soporífero del verano… y por ende, se puede campar a tus anchas y viajar a todas las horas del día sin que esos pequeños inconvenientes molesten. Por otra parte, está el sindrome brasero, como digo yo, en el que ya, a estas alturas, la gente empieza a incurrir. La humanidad  en masa borreguil  se va resguardando en sus casitas  para ponerse el pijama de pelillo, activando a su vez el modo On- hivernación. Las chimeneas dibujan sobre los cielos su cuadro particular de cafes y tes humeantes, la rutina de camino al colegio, pipipi, papapa, prisas, interiores, estufas, tele, libros……reconozcamoslo:  los humanos en el otoño dejamos de barajar las salidas al aire libre  para pasar a una postura mucho más cómoda y sofisticada que es… sofa+ mantita. Todo tiene su aquel, como todo tiene su provecho.

Y ahí es donde yo me beneficio,¡ mira tú que aprovechada soy!… pero es que todo esto me conduce a pensar con gran estupor y alevosía: ¡Qué maravilla es ir a un lugar natural y no encontrarse ni al Tato!. Un sitio que sabes está petado en las fechas claves de desvarío vacacional y que dos meses despues, milagrosamente, yace desierto. Llamadme asocial, ser solitario…. lo que queráis…. Pero ¡qué placer, leches! Poner la manta y el culete donde te de la gana, caminar sin toparte con domingueros borrachos, ni mesas de picnic, ni radios o sonidos  mobiles que irrumpan estridentes en medio de la naturaleza….

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Estaréis conmigo en que a estos espacios se acude precisamente para todo lo contrario, huir de la muchedumbre y empaparse de ese silencio tan enriquecedor, que son lugares que cobran más sentido desde la calma y el reencuentro con los sentidos, la esencia mínima de lo que somos y  no para asitir atónitos a ver como un arroyo se convierte en piscina municipal sobre la que se vierten basuras y se bañan perritos.

El otoño escapa de todo ese gentío succionador de lo bello. Es soledad, paleta de colores y lluvia de hojas.  Por todo eso, que para mí es poetico y al mismo tiempo algo frivolo, me encanta y por todo eso (tambien)  he vuelto a un lugar al que ya había ido hace ahora algo más de dos años.

Se trata de un recorrido que engloba varias paradas de interés, entre ellas: el nacimiento de un arroyo especialmente particular,  del que yo guardaba muy buenos recuerdos. Por esas tierras (por vez primera) noté algo así como un pez moverse inquieto dentro de mí. Fue una sensación parecida al fluir del agua de aquel riachuelo, un instante, una burbuja que nacía de la tierra del mismo cuerpo, tal como el agua de aquellas pozas sale del fondo, fenomeno que me dejó entonces helada  confluyendo en mí como dos montañas, formando senderos liquidos de luz, viaje y sonido.

Tengo recuerdos memorables de cada uno de esos lugares naturales que tanto me gustan y  visito, pero pocos comparables a este. Así que volver allí, sobre mis pasos, acompañada esta vez de esos dos pececillos traviesos y de mi conductor favorito, era un viaje que me debía.

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Al llegar nos sorprendió eso a lo que me he referido en parrafos anteriores, la calma. El sentirnos pequeños en medio de la majestuosidad del lugar. Porque cuando todo está sereno, se siente mejor. Porque merece la pena detenerse a ver como los arboles consiguen mirarse en el espejo del agua y el agua le es fiel devolviendoles una imagen tan cristalina que una no sabe si mirar la superficie o el fondo.

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Pues no mires, solo siente. Cierra los ojos y atrapa el instante. Y luego…¡ ábrelos! no vaya a ser que un nene se caiga a la chilanca y le de un tangay al pobre de lo fría que está .

Pero para que seais conscientes un poco la magia, hasta para la tarea de ser madre o padre, el campo es como un refugio que te abraza. En cualquier hoja hay un juguete escondido y cualquier piedra representa el mayor de los divertimentos. Hacer crujir las cascaras como una música, contar historias sobre barcos imaginarios que flotan navegando hacia lugares exoticos, escribir y zarandear sobre la tierra lo más sagrado, nuestros nombres, o probar los ardiles de tu madre tirando una zapatilla al agua.

Yavestú. Todo es posible. Hasta formar un calcetín con una bolsa de pan y todos contentos. El bocadillo sabe mejor sentados como jefes indios, compartiendo los buenos alimentos en fiambreras improvisadas y untándose las manos con aceite y choped.

Ahí, justo al lado de nuestras costumbres tan prosaicas, el ejercicio de la naturaleza sigue incansable su curso mientras los arboles con su lluvia cadenciosa, de hojas de cien colores, hacen que los niños miren estasiados.

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Es verdad. Todavía quedan restos de un verano que ya no volverá. Huellas de vestigios de un hombre y su sombra: el grifo de cerveza ya cerrado, el eco del gentío  que como fantasmas irrumpen en nuestra imaginación, la caseta con las sillas apiladas  y llenas de polvo y los carteles que siguen recordando normas de respeto que algunos -todavía- no cumplirán. Contemplamos todo este paisaje, tan ajenos, a distancia de una fecha que nos coloca como favoritos, como si el paisaje nos hubiera tejido un traje a su favor y ya fueramos habitantes suyos más que nuestros.

Nos vamos. Muy a nuestro pesar recogemos la manta y convencemos a los más pequeños e inocentes. La palabra castillo suena genial. Los juguetes desaparecerán y con ellos tambien nuestras voces menudas, escondidas entre la arboleda, donde casi no hacían bulto, ni sombra. Mientras, todavía con ganas de repetir aquella buena tarde de 2014, nos encaminamos hacia otro lugar más concurrido a las faldas de ese ya renombrado castillo.

 

El atardecer se ha estropeado con nublos que parecen sacados de Mordor, pero dos autobuses de turistas nos recuerdan que todavía quedan locos (a parte de nosotros) capaces de desafiar al tiempo con tal de caminar sobre un trocito de piedra e historia. Con los niños ya en los carros, gastamos las ultimas fuerzas del sábado, escuchando el penetrante sonido de la llamada de la iglesia y el leve arrullo de las palomas, sobre el campanal, mientras contemplamos absortos como el pueblo empieza a encender sus farolas a destiempo, convencidos tal vez por la llamada de un cielo apocaliptico.

Ya sí que nos vamos del todo. Esta vez para casa. Sonreímos al comprobar -con los ojos algo vizcos- como las primeras gotas caen sobre la protección que nos ofrece la luneta del coche. Va a caer una buena. Hemos tenido suerte. No nos ha pillado la tormenta.

 

 

 

Ojos: un par de intrusos. Estudio a cerca de la imagen, la autoestima, el selfie y la paranoia.

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Aquella mañana se miró los ojos y los vio distintos. Era como si alguien se los hubiese cambiado. Imaginaos el panorama, que alguien llegue y se apropie de lo más expresivo y valioso de tu cara, los ojos. Imaginaos por un segundo lo que supone decirte a tí mismo… ¿Esos ojos son míos?…los desconozco… ¡De quién  demonios son esos  ojos!.

La cosa sucedió de manera más bien insólita. No se percató de tal idea en el espejo, como cabría de esperar mientras distraída los embellecía con maquillaje. La persona que había cometido tal robo debía haber puesto polvo alucinógeno entre las pinturas para drogarla y falsear con el reflejo hasta lograr que pasaran desapercibidos.

Fue  de camino al coche, quizá con los sentidos a tope, cuando al observar la foto descubrió un aire exotico y extraño que se fundía magistralemente detrás de aquella mirada.

Toc, toc,…¿Quien se esconde ahí? ¡Devuélveme mis ojos descarriados que ya es mucho el tiempo que han estado lejos de mí!

Se frotó la cara repetidas veces, con la intención de disipar la conmoción, pero en sus manos solo encontró restos de lágrimas y humedad. Tal vez se trataba de una pizca, una  menudencia que al más leve roce desaparecería, volviendo la imagen y toda ella a la más reconocible normalidad. Pero la sensación no cesaba y  se sentía más y más inquieta.

Miró el aparatito movil, allí debía estar encerrado el patético misterio. ¿Había vida y entes más allá de la tan afamada práctica del selfie? Tenía que existir una explicación plausible. Todo debía ser producto de la fotografía en cuestión,  de la exposición, de la toma, de la luz, del enfoque, ¡qué sabía ella de resoluciones y de nitidez más de lo que sabe cualquier mortal!… no debía pensar en cosas inútiles e irracionales si todo podía explicarse desde lógica, aunque fuera una autentica  negada para eso.

Acercó la imagen y recortó aquel par de intrusos. Los estudio detenidamente, cambió los filtros, los brillos, los volteo, digamos que esgrimió al máximo todas las posibilidades que conocía relacionadas con el mundo de lo visual… pero nada le hacía sospechar que aquellos ojos coincidieran con los suyos.

Vale, eran bellos, curiosamente únicos, me atrevería a decir, pero eso no significaba que tuviera que aceptarlos porque sí, de buenas a primeras. Si correspondían a una china, japonesa u oriental , como así parecían por el aspecto, ¿que demonios hacia ella con ese aire foráneo rondando entre las pupilas?.

No sabía como iba a acostumbrarse a vivir con dos luceros asiaticos,  distraídos e ingenuos, a los que todavía no sabía dominar… que alguien le dijera qué debía hacer para lograr mirarse al espejo y querer lo que no reconocía como suyo.

En realidad a la gente poco le importaba aquella paranoia. Nadie daba credito a lo ocurrido. La que había hecho el cambio debía ser una profesional en toda regla y sabía de sobra que se iría de rositas sin la más mínima sospecha. Así que por más que se esforzó en explicar  el panorama a quienes desde siempre la conocían, ninguna persona pudo confirmar que aquella no fuera otra que su mirada; de modo que sus sensaciones caían en un saco roto y es más,  hubo hasta quien la tomó por loca. El colmo de los colmos. Perder tus ojos y que encima te digan que son figuraciones tuyas.

A partir de ahí, todo nuevo bajo el sol. El mundo se abría en una nueva perspectiva, como el ocaso. Se miraba al espejo con frecuencia y trataba de amar y dar cabida a aquel par de retinas. Realmente el canje había sido a mejor, dos ojos nuevos a estrenar, más bonitos que los anteriores pero ¿era importante tan solo la apariencia? ¿donde quedaba el cariño prestado a los que ahora se presumían desaparecidos ?

En lo más profundo de su ser guardaba el recelo de quien sabe que algo no encaja, sabía que más allá del transito entre sus pupilas y el alma imperaba una nueva habitante, como una larga carretera que recorrer, a la que había que darle paso porque se había colado así, nunca mejor dicho, ¡por la cara!.

 

Relato basado en fotografías de la menda (en plan presumido)  y esta preciosa canción de Manuel Carrasco, artista al cual pude ver en concierto hace un par de meses y fue toda una gozada.

 

 

DIFERENCIAS SUTILES

Digo yo que todos tenemos al típico amigo capullo que de un modo u otro siempre nos prueba. Sin embargo hay diferencias notables entre “amigo” capullo y amigo “capullo”. Aunque la cosa no fuera, en este caso, de comillas ni de comer, sino más bien de todo lo contrario, de beber.

Confesaré que me chifla la cerveza desde tiempos inmemoriales.  Y como sana bebedora, este recorrido me ha dado notas en el paladar para descubrir pequeñas pero sutiles diferencias entre la cerveza de barril y la de botella.

Y vosotros diréis ¿no es lo mismo?…. y yo os responderé….pues no. Empezando porque la de barril es más suave, tiene menos gas y –casi siempre- esta más fresquita.

A todo esto, en medio de la fiesta, a la mayoría de mis amigos, le gusta empinarse SU botellín y sentir esos pequeños cosquilleos del gas retenido mientras yo disfruto con  mi  vetusto vaso de caña y esa espuma traviesa entre mis labios y el bigote, mientras el fresquito de la cerveza a granel me atraviesa.

A veces pienso que igual todo esto es subproducto de que me estoy volviendo algo vieja… o bien que es más el ritual que el sabor lo que engaña a mi mente.

Sea como fuere el caso es  que uno de mis mejores amigos ,cuando se enteró de mis anacrónicas teorías, haciendo acopio de sus viles artimañas, no tuvo otra idea mejor que aprovechar que servidora estaba montando en el tobogán a sus zagales para vaciar mi vaso y llenarlo con cerveza de su botellín.

Y aquí es donde las diferencias se vuelven sutiles, casi imperceptibles. Mi amigo “capullo” estaba ansioso porque yo volviera a la mesa a catar de su caldo.

  • ¿Está fresquita, verdad? – me preguntó, días después de haber estado parlamentando sobre la cerveza y sus bienes.

 

Me la tenía guardada. Sí. El muy canalla. El muy petardo. 

Así que como una boba me trinqué dos o tres tragos seguidos, con la sed de una madre que viene de los columpios de bregar con sus hijos.

Vale….despues casi me atraganto.

Primero, por su “capullez”.

Segundo por mi torpeza.

Y tercero, por las risas que se nos alargaron media tarde.

Lección aprendida. No confesar nunca los secretos tisquismiquis a los amigos “capullos”