Archivos Mensuales: octubre 2016

Arrebatos de Hellogüín

 

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Aquella fría mañana, en el almacén, Mari Puri encontró 78 mecheros en una bolsa, todos diferentes en color y forma. No hubiera sido noticia si Mari Puri hubiese sido empleada de una pirotecnia o de una empresa de publicidad, que no era ni mucho menos el caso… o si ella misma no hubiese leído ¡con sus propios ojos! el cartel  de se prohíbe fumar en todo el establecimiento justo a la entrada del edificio.

Conducida por un arrebato de diabla al más puro estilo hellogüín, cogió la bolsa  y la estrelló contra el suelo, esperando que la otra chica que se acercaba por el pasillo lo escuchase. No tardó en asomar su cara curiosa, por entre las rendijas, al escuchar tan fogoso estruendo… ¡aquello pesaba una norma, que digo, un pasmo…que digo…un quintal!.

Ahora la pregunta no era que hacían o como habían llegado hasta allí los objetos prohibidos. Tampoco a que se dedicaban l@s emplead@s del local en sus ratos libres… sino en qué parte del inventario apuntaría la cantidad exacta de encendedores, si ¿al principio o al final?.

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Sombras en la noche

La luz azul del piloto proyectaba  una sombra extraña en el techo. Era una incandescencia tenue, vertical que en su camino encontraba el obstáculo de una vieja lampara, convirtiéndola en sombra chinesca en mitad del oscuro de la habitación.

J., desde su cama,   contemplaba el escenario con cierto recelo, tumbado al lado de su madre, que lo interrumpía de vez en cuando con algún beso o caricia para invitarlo al fantástico viaje del sueño. Pero J. no podía cerrar los ojos ¿Cómo iba a hacerlo si allí había algo inexplicable y extraño? Una presencia que él no conocía y a la que no sabía poner nombre.

Finalmente señaló con su dedito hacia arriba y emitió un leve sonido quejumbroso salido de las antípodas de la piel. ¡Que fácil es leer el miedo verdad!¡no hacen falta palabras! es como un humo tóxico que nos embebe, conduciéndonos ciego a sus dominios.

Mamá intentó con bastante inexactitud explicarle que aquello que él veía ante sus ojos solo se trataba La sombra y que tenía una base lógica, pero… ¡que osada es mamá! si  J. aún no disponía de conocimientos científicos, ni de cine, ni de comic….¿como iba a entender quien demonios era La sombra?

Se quedaron los dos en silencio mirando hacia arriba, sobre la bóveda que siempre los envolvía, secuestrados por la misteriosa imagen. Una buscando un norte, el otro preparando una huída.

Finalmente mamá pronunció lo que más tarde serían las palabras mágicas:

“!es un pez¡”

Milagro. La sonrisa de J. entonces se encendió, iluminando toda la estancia. Con ella salió tambien la voz de J. (la valiente) que había estado escondida gran parte del tiempo, mientras el relajo comenzaba a instalarse de nuevo en el cuerpo del niño, moviendose con la inquietud con la que acostumbraba.

Es un pez¡ es un pez¡ es un pez¡ – grito varias veces emocionado a su madre, señalando La sombra.

Después ella le susurró muy bajito: El lenguaje y la imaginación siempre nos salvan.

Pero esto último J. todavía no lo entendió.

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Poesía otoñal.

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El otoño es una estación que me encanta para salir a hacer rutas y excursiones. Sí, ya se que el verano y la primavera son más calidas y que quizás apetece más al cuerpo por las temperaturas. De acuerdo. Además te puedes bañar, desnudar, .. todo muy bonito y muy hermoso, pero seamos justos,  el otoño goza de otras ventajas que -a mi parecer-  resultan de lo más interesante. Y no, no es coger castañas ni almedras,  cosa que dado mi perfil rumiante, tambien me gusta, mira tú…jejeje.

La razón fundamental es que aún no hace ese frio aterrador del invierno, ni el calor soporífero del verano… y por ende, se puede campar a tus anchas y viajar a todas las horas del día sin que esos pequeños inconvenientes molesten. Por otra parte, está el sindrome brasero, como digo yo, en el que ya, a estas alturas, la gente empieza a incurrir. La humanidad  en masa borreguil  se va resguardando en sus casitas  para ponerse el pijama de pelillo, activando a su vez el modo On- hivernación. Las chimeneas dibujan sobre los cielos su cuadro particular de cafes y tes humeantes, la rutina de camino al colegio, pipipi, papapa, prisas, interiores, estufas, tele, libros……reconozcamoslo:  los humanos en el otoño dejamos de barajar las salidas al aire libre  para pasar a una postura mucho más cómoda y sofisticada que es… sofa+ mantita. Todo tiene su aquel, como todo tiene su provecho.

Y ahí es donde yo me beneficio,¡ mira tú que aprovechada soy!… pero es que todo esto me conduce a pensar con gran estupor y alevosía: ¡Qué maravilla es ir a un lugar natural y no encontrarse ni al Tato!. Un sitio que sabes está petado en las fechas claves de desvarío vacacional y que dos meses despues, milagrosamente, yace desierto. Llamadme asocial, ser solitario…. lo que queráis…. Pero ¡qué placer, leches! Poner la manta y el culete donde te de la gana, caminar sin toparte con domingueros borrachos, ni mesas de picnic, ni radios o sonidos  mobiles que irrumpan estridentes en medio de la naturaleza….

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Estaréis conmigo en que a estos espacios se acude precisamente para todo lo contrario, huir de la muchedumbre y empaparse de ese silencio tan enriquecedor, que son lugares que cobran más sentido desde la calma y el reencuentro con los sentidos, la esencia mínima de lo que somos y  no para asitir atónitos a ver como un arroyo se convierte en piscina municipal sobre la que se vierten basuras y se bañan perritos.

El otoño escapa de todo ese gentío succionador de lo bello. Es soledad, paleta de colores y lluvia de hojas.  Por todo eso, que para mí es poetico y al mismo tiempo algo frivolo, me encanta y por todo eso (tambien)  he vuelto a un lugar al que ya había ido hace ahora algo más de dos años.

Se trata de un recorrido que engloba varias paradas de interés, entre ellas: el nacimiento de un arroyo especialmente particular,  del que yo guardaba muy buenos recuerdos. Por esas tierras (por vez primera) noté algo así como un pez moverse inquieto dentro de mí. Fue una sensación parecida al fluir del agua de aquel riachuelo, un instante, una burbuja que nacía de la tierra del mismo cuerpo, tal como el agua de aquellas pozas sale del fondo, fenomeno que me dejó entonces helada  confluyendo en mí como dos montañas, formando senderos liquidos de luz, viaje y sonido.

Tengo recuerdos memorables de cada uno de esos lugares naturales que tanto me gustan y  visito, pero pocos comparables a este. Así que volver allí, sobre mis pasos, acompañada esta vez de esos dos pececillos traviesos y de mi conductor favorito, era un viaje que me debía.

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Al llegar nos sorprendió eso a lo que me he referido en parrafos anteriores, la calma. El sentirnos pequeños en medio de la majestuosidad del lugar. Porque cuando todo está sereno, se siente mejor. Porque merece la pena detenerse a ver como los arboles consiguen mirarse en el espejo del agua y el agua le es fiel devolviendoles una imagen tan cristalina que una no sabe si mirar la superficie o el fondo.

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Pues no mires, solo siente. Cierra los ojos y atrapa el instante. Y luego…¡ ábrelos! no vaya a ser que un nene se caiga a la chilanca y le de un tangay al pobre de lo fría que está .

Pero para que seais conscientes un poco la magia, hasta para la tarea de ser madre o padre, el campo es como un refugio que te abraza. En cualquier hoja hay un juguete escondido y cualquier piedra representa el mayor de los divertimentos. Hacer crujir las cascaras como una música, contar historias sobre barcos imaginarios que flotan navegando hacia lugares exoticos, escribir y zarandear sobre la tierra lo más sagrado, nuestros nombres, o probar los ardiles de tu madre tirando una zapatilla al agua.

Yavestú. Todo es posible. Hasta formar un calcetín con una bolsa de pan y todos contentos. El bocadillo sabe mejor sentados como jefes indios, compartiendo los buenos alimentos en fiambreras improvisadas y untándose las manos con aceite y choped.

Ahí, justo al lado de nuestras costumbres tan prosaicas, el ejercicio de la naturaleza sigue incansable su curso mientras los arboles con su lluvia cadenciosa, de hojas de cien colores, hacen que los niños miren estasiados.

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Es verdad. Todavía quedan restos de un verano que ya no volverá. Huellas de vestigios de un hombre y su sombra: el grifo de cerveza ya cerrado, el eco del gentío  que como fantasmas irrumpen en nuestra imaginación, la caseta con las sillas apiladas  y llenas de polvo y los carteles que siguen recordando normas de respeto que algunos -todavía- no cumplirán. Contemplamos todo este paisaje, tan ajenos, a distancia de una fecha que nos coloca como favoritos, como si el paisaje nos hubiera tejido un traje a su favor y ya fueramos habitantes suyos más que nuestros.

Nos vamos. Muy a nuestro pesar recogemos la manta y convencemos a los más pequeños e inocentes. La palabra castillo suena genial. Los juguetes desaparecerán y con ellos tambien nuestras voces menudas, escondidas entre la arboleda, donde casi no hacían bulto, ni sombra. Mientras, todavía con ganas de repetir aquella buena tarde de 2014, nos encaminamos hacia otro lugar más concurrido a las faldas de ese ya renombrado castillo.

 

El atardecer se ha estropeado con nublos que parecen sacados de Mordor, pero dos autobuses de turistas nos recuerdan que todavía quedan locos (a parte de nosotros) capaces de desafiar al tiempo con tal de caminar sobre un trocito de piedra e historia. Con los niños ya en los carros, gastamos las ultimas fuerzas del sábado, escuchando el penetrante sonido de la llamada de la iglesia y el leve arrullo de las palomas, sobre el campanal, mientras contemplamos absortos como el pueblo empieza a encender sus farolas a destiempo, convencidos tal vez por la llamada de un cielo apocaliptico.

Ya sí que nos vamos del todo. Esta vez para casa. Sonreímos al comprobar -con los ojos algo vizcos- como las primeras gotas caen sobre la protección que nos ofrece la luneta del coche. Va a caer una buena. Hemos tenido suerte. No nos ha pillado la tormenta.

 

 

 

Ojos: un par de intrusos. Estudio a cerca de la imagen, la autoestima, el selfie y la paranoia.

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Aquella mañana se miró los ojos y los vio distintos. Era como si alguien se los hubiese cambiado. Imaginaos el panorama, que alguien llegue y se apropie de lo más expresivo y valioso de tu cara, los ojos. Imaginaos por un segundo lo que supone decirte a tí mismo… ¿Esos ojos son míos?…los desconozco… ¡De quién  demonios son esos  ojos!.

La cosa sucedió de manera más bien insólita. No se percató de tal idea en el espejo, como cabría de esperar mientras distraída los embellecía con maquillaje. La persona que había cometido tal robo debía haber puesto polvo alucinógeno entre las pinturas para drogarla y falsear con el reflejo hasta lograr que pasaran desapercibidos.

Fue  de camino al coche, quizá con los sentidos a tope, cuando al observar la foto descubrió un aire exotico y extraño que se fundía magistralemente detrás de aquella mirada.

Toc, toc,…¿Quien se esconde ahí? ¡Devuélveme mis ojos descarriados que ya es mucho el tiempo que han estado lejos de mí!

Se frotó la cara repetidas veces, con la intención de disipar la conmoción, pero en sus manos solo encontró restos de lágrimas y humedad. Tal vez se trataba de una pizca, una  menudencia que al más leve roce desaparecería, volviendo la imagen y toda ella a la más reconocible normalidad. Pero la sensación no cesaba y  se sentía más y más inquieta.

Miró el aparatito movil, allí debía estar encerrado el patético misterio. ¿Había vida y entes más allá de la tan afamada práctica del selfie? Tenía que existir una explicación plausible. Todo debía ser producto de la fotografía en cuestión,  de la exposición, de la toma, de la luz, del enfoque, ¡qué sabía ella de resoluciones y de nitidez más de lo que sabe cualquier mortal!… no debía pensar en cosas inútiles e irracionales si todo podía explicarse desde lógica, aunque fuera una autentica  negada para eso.

Acercó la imagen y recortó aquel par de intrusos. Los estudio detenidamente, cambió los filtros, los brillos, los volteo, digamos que esgrimió al máximo todas las posibilidades que conocía relacionadas con el mundo de lo visual… pero nada le hacía sospechar que aquellos ojos coincidieran con los suyos.

Vale, eran bellos, curiosamente únicos, me atrevería a decir, pero eso no significaba que tuviera que aceptarlos porque sí, de buenas a primeras. Si correspondían a una china, japonesa u oriental , como así parecían por el aspecto, ¿que demonios hacia ella con ese aire foráneo rondando entre las pupilas?.

No sabía como iba a acostumbrarse a vivir con dos luceros asiaticos,  distraídos e ingenuos, a los que todavía no sabía dominar… que alguien le dijera qué debía hacer para lograr mirarse al espejo y querer lo que no reconocía como suyo.

En realidad a la gente poco le importaba aquella paranoia. Nadie daba credito a lo ocurrido. La que había hecho el cambio debía ser una profesional en toda regla y sabía de sobra que se iría de rositas sin la más mínima sospecha. Así que por más que se esforzó en explicar  el panorama a quienes desde siempre la conocían, ninguna persona pudo confirmar que aquella no fuera otra que su mirada; de modo que sus sensaciones caían en un saco roto y es más,  hubo hasta quien la tomó por loca. El colmo de los colmos. Perder tus ojos y que encima te digan que son figuraciones tuyas.

A partir de ahí, todo nuevo bajo el sol. El mundo se abría en una nueva perspectiva, como el ocaso. Se miraba al espejo con frecuencia y trataba de amar y dar cabida a aquel par de retinas. Realmente el canje había sido a mejor, dos ojos nuevos a estrenar, más bonitos que los anteriores pero ¿era importante tan solo la apariencia? ¿donde quedaba el cariño prestado a los que ahora se presumían desaparecidos ?

En lo más profundo de su ser guardaba el recelo de quien sabe que algo no encaja, sabía que más allá del transito entre sus pupilas y el alma imperaba una nueva habitante, como una larga carretera que recorrer, a la que había que darle paso porque se había colado así, nunca mejor dicho, ¡por la cara!.

 

Relato basado en fotografías de la menda (en plan presumido)  y esta preciosa canción de Manuel Carrasco, artista al cual pude ver en concierto hace un par de meses y fue toda una gozada.

 

 

La obsesión de Amberes.

El otro día, cuando se despertaron los peques, aprovechando que los hemos cambiado  de habitación y que en la nueva tenemos toda la colección de libros por edades, pelirrojo me hizo una recomendación muy interesante.

Hablábamos de la serie juvenil de novelas, para cuando los mellis fueran algo más grandes y se iniciaran por si solos en el hábito. Entre ellas salió una de las tres que tiene publicadas Gisbert  para Oxford y que yo no había visto ni leído  “Los caminos del miedo”.

Pelirrojo me explicó que entre los 4 relatos que componían el libro había uno que merecía especialmente la pena y que sorprendía bastante hasta el punto de que él lo había releído un par de veces más fruto del impacto que le había dejado. Se trataba de “La obsesión de Amberes”.

Le prometí que encontraría un ratito y así fue, el fin de semana, le hice espacio  y mientras los peques jugaban tranquilos en la terraza, aprovechando el buen tiempo, me bebí la historia y terminé otras dos más  del libro.

La obra está dividida en cuatro relatos  que ahondan en la influencia devastadora que tiene el miedo sobre los seres humanos, como llega a dirigir sus vidas privándolos a menudo de la capacidad de razón y  la de una lógica del todo necesaria para vivir. Cada historia  está contada con un lenguaje sencillo, cercano, aunque muy cuidado, es por ello  una novela que, aunque está tasada como género juvenil, llega a todos los públicos, perfectamente recomendable para jóvenes pero también con un contenido altamente reflexivo que gustará al adulto.

Mientras leía el relato tuve sensaciones que hacía tiempo no disfrutaba ya que las ultimas y escasas lecturas a las que he podido acercarme con detenimiento, no me han resultado gran cosa. No es que fueran malas, quizás estaban contadas de forma soberbia incluso, lo que pasa es que personalmente me encantan los autores y libros que consiguen -además de contar- hacerme pensar.

En este caso, así me sentía. Conforme avanzaba en las páginas me notaba más y más curiosa, formando parte de ese mundo onírico, fantástico, extraño, que  a la vez me iba enganchando por la facilidad con la que el autor lo hace tan cercano. La historia se centra en un escenario sobre el que ronda la superstición y el misterio, en el que los personajes se van desenvolviendo al son de sus emociones y los acontecimientos.

Los limites que nos imponemos a nosotros mismos, la capacidad de hacer frente a los hechos, los recovecos de la mente, el pasar lento de los años teniendo carta libre para conocer lo que creemos puede cambiarnos la existencia, el pasado y el futuro como regímenes desacertados de vida, todo eso es contado en un relato del todo conmovedor.

Al terminar de leer el cuentito, que por cierto es el más largo de todos y se hace cortísimo, me dí cuenta de que existe algo que desde siempre ha preocupado al alma humana. Y es esa tremenda curiosidad por lo desconocido la cual genera a su vez lazos potentes de los cuales es complicado desprenderse.  En lo que trata de ahondar Gisbert es en todo ese territorio bañado por la incertidumbre y el miedo, pintándonos un lugar sobre el cual los personajes verán más tarde crecer las raíces de la desesperación, un lugar que no deja de ser el interior de los personajes mismos en cuestión, con sus huellas sobre lo vivido latiendo poderosamente y sin permitirles ser del todo dueños de su presente. Es esa emoción circundante del temor la que tan bien vemos como  los va convirtiendo en meras marionetas, alejándolos de su esencia y de lo que son, que a fin de cuentas es  lo que  precisan para vivir felices.

Por tanto, si hay algo que el relato me hizo comprender es que, aunque existan situaciones-obstáculo que no podamos controlar en un momento dado, e incluso no podamos elegir del todo, la felicidad implica  despertar de esa red auto-saboteadora en que a veces puede llegar a transformarse la mente humana, siendo conscientes hasta que punto la incertidumbre no es la mejor compañera ni de lejos, para pasar el resto de nuestros días.

Bueno, vale, también descubrí que pelirrojo tiene muyyyyy buen gusto y que sabe recomendarme lecturas muy buenas.

Thank you, baby.

 

 

 

CUATRO PINCELADAS

La había estado persiguiendo  casi toda la mañana, como un auténtico detective profesional. Primero, la encontró de casualidad, de camino hacia el estanco, mientras leía el periódico en el bar de en frente. Al comprobar como el azar la había colocado ante sus ojos, no pudo evitar la tentación y como solía decirse  “no te prohíbas hacer nada de lo que desees”, la síntesis mágica que circunscribía el sello de sus canalladas.

Salió a observar cómo se perdía tras la esquina con la bolsa de plástico que contenía su tabaco habitual, mientras se decía en voz bajita:

  • Ya estás, ¡otra vez fumando de esa mierda!, no vas a desengancharte nunca. Pobre chica de andares matadores, tienes menos amor propio que una mosca.

 

Luego fue tras ella hasta llegar al supermercado en donde había entrado. Sin dejar de observarla un instante para no perder detalle, vio como hablaba con un hombre joven, más o menos de su edad, que llevaba de la mano a una niña de unos 3 años. Reían y se dirigían a la pequeña de un modo simpático.

  • Seguro que ya estás luciéndote con tu discurso de siempre para agradar a los que te desconocen. Los niños patatín, los niños patatán. Sabiduría de escuela, chicle estirado sin sabor, máscara con la que intentas fingir ante otros, menos a mí, claro. ¡A mí no me engañas, bonita!.

 

Más tarde, continuó su persecución al ritmo que le iban marcando otros pies, a hurtadillas de una vida que conocía solo a medias, tras las sabanas y los vuelos de una intimidad ya pasada, privilegiada por la mera confianza que en otro tiempo ella había depositado en él.

Era divertido imaginar lo que había detrás de aquellos pasos torpes, las tretas que revelaban las sombras tras las luces y el fracaso detrás del éxito, era curioso y motivante descorrer las cortinas de las dudas sabiendo que permanecían todavía ahí,  escondidas en cada una de sus  certezas.

Estaba tan seguro de lo que su mente le iba formulando, la percepción negativa era  tal que iba tejiendo una malla de dimensiones indivisibles,  una telaraña sinfín, perfecta y sublime, en la que poco a poco y sin ser muy consciente, él mismo también se enredaba.

Era otoño y el viento frío comenzaba a arremolinar hojas de todas los partes de la ciudad. La mujer atravesó con prisa el parque del centro, el suelo era un alfombra gruesa de hojarasca tan blanda que cada pisada soltaba agua por entre los zapatos, debido al acumule de las recientes lluvias.

Finalmente llegó hasta el que parecía su destino: una afamada librería en los soportales de la avenida en la que entró sin más dilación. El hombre continuaba sin perderla de vista, unos 200 metros más atrás , a pesar de la inclemencia del viento, con la sola intención de  acercarse (valga la redundancia) para leerla. Escondido tras su enorme gabardina, gorro y gafas kilométricas pudo ver desde el ventanal como la chica compraba un libro en la sección infantil. Era un libro grande, bastante visual, que contenía el dibujo de una niña en el centro de la portada, aunque finalmente no pudo atisbar el título debido a la mirilla escasa que ofrecía un escaparate literalmente abigarrado.

Minutos más tarde, cuando estuvo  bastante seguro de que la mujer a la que perseguía se había marchado  de allí sin que lo viera, entró a la librería y se  hizo pasar por un familiar que quería regalar el libro a la anterior clienta y necesitaba para ello, conocer el precio. Aquella pregunta era solo la trampa- despiste que le valió para conocer lo que pretendía, el titulo del ejemplar y  el argumento en el que se centraba, ideas suficientes que le llevarían a alimentar nuevas figuraciones y suposiciones a cerca de aquella vida descrita en cuatro pinceladas.

  • ¡Vaya cosas tienes, lectora de pacotilla!.- iba pensando… Esta claro que ya en su día no dabas para mucho, ¡que tonto fui!, me deslumbró tu belleza…pero ya nada en tí me engaña… ahora te dedicas a leer lo que tu limitado intelecto te permite, míseros cuentos infantiles, nanas estúpidas de las emociones, procurando arreglar el mundo de los más pequeños que recién empiezan a navegar las tormentas. Como si el tuyo no estuviera patas arriba, revuelto hasta las trancas, bahhh, niñata moralista y quejica, nunca crecerás, ni maduraras…

 

Con todo aquel discurso autocomplaciente por bandera y el tiempo que había gastado en llegar a conocer lo que su curiosidad le susurraba, se dio cuenta de que algo importante -en medio de todo aquello- se le había escapado:¡la había perdido totalmente!.

Además la pérdida era en ambos sentidos de la palabra: física y emocionalmente. Sabía que nunca más regresaría a su lado, era evidente; pero además sabía algo más corroborable aún: que probablemente habría cogido alguna avenida o alguna calle, o puede que algún coche, que la llevaría lejos, muy lejos, hasta alguna esquina y luego hasta otra y así sucesivamente hasta completar un laberinto complejo en mitad de una urbe caótica e inmensa, en la que sería francamente difícil volver a sacar los planos y coincidir.

Lo que aún desconocía era que también la había perdido de una de las terceras formas posibles en que se pierden las esencias de las personas a las que quisimos, quizás la más intima,  y era precisamente la amabilidad del recuerdo. Ni siquiera la distancia por corta, ni las coordenadas fisicas al cero, eran capaces de arrojar luz sobre tal oscuridad.

 

Al margen de todo eso, la realidad -tantas veces objetiva- y el tiempo –tantas ocasiones infalible- iban desmantelando por su cuenta y  uno a uno los argumentos de una mente aminorada por lo rémora de la pérdida.

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Mientras el hombre se encamina  de vuelta a casa, la chica llega hasta el buzón de su hermano y echa el paquete de tabaco que ha comprado encargado aquella misma mañana. Luego se acuerda de que ha olvidado decirle  algo importante a Martín, el chico del supermercado. Es viernes festivo y han quedado en el puesto de los vinos a la noche así que le escribe un wassap advirtiéndole que ni se le ocurra faltar por alguna de sus famosas conquistas, que van a ir todos y que va a ser una reunión memorable. Mientras le da a la tecla  enviar de su teléfono móvil, atraviesa el hall del edificio que le lleva hasta su puesto de trabajo. Coge el ascensor, se desviste y luego se coloca el uniforme. Después saca un libro de una bolsa y lo coloca  en la taquilla de su compañera. Revisa antes la dedicatoria que ella misma ha escrito y se emociona al leerla, figura allí con la intención de darle una sorpresa a quien ha estado ausente más de una semana… viviendo más intensamente de lo necesario.

 

“ Todos los cuerpos (alguna vez)

se llenan de vacío y abismo,

No te rijas por lo que ellos te susurren, entonces,

No dejes que esos agujeros fruto del dolor y la perdida

Arrasen con todo lo que eres.

Permite que el viento entre y  la lluvia los atraviese,

colorea sus huecos y

 haz que nazcan semillas de su interior,  

abonándolas con paciencia….

amarra bien las cuerdas del instante.

Y no dejes nunca de abrir los ojos”.

 

 

 

DIFERENCIAS SUTILES

Digo yo que todos tenemos al típico amigo capullo que de un modo u otro siempre nos prueba. Sin embargo hay diferencias notables entre “amigo” capullo y amigo “capullo”. Aunque la cosa no fuera, en este caso, de comillas ni de comer, sino más bien de todo lo contrario, de beber.

Confesaré que me chifla la cerveza desde tiempos inmemoriales.  Y como sana bebedora, este recorrido me ha dado notas en el paladar para descubrir pequeñas pero sutiles diferencias entre la cerveza de barril y la de botella.

Y vosotros diréis ¿no es lo mismo?…. y yo os responderé….pues no. Empezando porque la de barril es más suave, tiene menos gas y –casi siempre- esta más fresquita.

A todo esto, en medio de la fiesta, a la mayoría de mis amigos, le gusta empinarse SU botellín y sentir esos pequeños cosquilleos del gas retenido mientras yo disfruto con  mi  vetusto vaso de caña y esa espuma traviesa entre mis labios y el bigote, mientras el fresquito de la cerveza a granel me atraviesa.

A veces pienso que igual todo esto es subproducto de que me estoy volviendo algo vieja… o bien que es más el ritual que el sabor lo que engaña a mi mente.

Sea como fuere el caso es  que uno de mis mejores amigos ,cuando se enteró de mis anacrónicas teorías, haciendo acopio de sus viles artimañas, no tuvo otra idea mejor que aprovechar que servidora estaba montando en el tobogán a sus zagales para vaciar mi vaso y llenarlo con cerveza de su botellín.

Y aquí es donde las diferencias se vuelven sutiles, casi imperceptibles. Mi amigo “capullo” estaba ansioso porque yo volviera a la mesa a catar de su caldo.

  • ¿Está fresquita, verdad? – me preguntó, días después de haber estado parlamentando sobre la cerveza y sus bienes.

 

Me la tenía guardada. Sí. El muy canalla. El muy petardo. 

Así que como una boba me trinqué dos o tres tragos seguidos, con la sed de una madre que viene de los columpios de bregar con sus hijos.

Vale….despues casi me atraganto.

Primero, por su “capullez”.

Segundo por mi torpeza.

Y tercero, por las risas que se nos alargaron media tarde.

Lección aprendida. No confesar nunca los secretos tisquismiquis a los amigos “capullos”

Pirata de ojos azules

 

Hay un pirata de ojos azules que se pasea por la orilla de mi casa.

Es un pirata pequeño, travieso, de ingenio dominante,

con el mar arremolinado en su pupila

y un barco de sueños por hilar.

A su corta edad ya ha conocido el sinsabor de las alturas,

las mieles del peligro,

las batas blancas.

Observo su cicatriz en la frente,

ondeando su piel como una basta línea de fuego.

La beso como al tesoro,

mientras señala con el dedo

y de su boca se escapa una tormenta… “pupa”.

Luego se esfuma de entre mis brazos,

como las olas,

que van y vienen para buscarme,

traviesa risa de espuma que  me salpica lo más hondo,

invitándome de nuevo a su juego de huellas, mapa y arena.

LA CAJA DE PANDORA

Para cuando el dijo” he abierto la caja de pandora” yo ya llevaba algunos minutos despierta. La música se columpiaba de un lugar a otro de mi cabeza y mis ojos se habían estado moviendo a la velocidad de los sueños, en repetidas y lacerantes secuencias. Se me había indigestado algo, algo así como una pelota dura, rígida y fría similar a una canica, aunque algo más grande. Pensé que había dejado demasiado tiempo aquella diminuta pelota encerrada en la caja, bajo llave, sin ser consciente de la gravedad del asunto, pues el modo natural de Pandora no era otro que despejado, llano, libre …un habitáculo hecho para dejar escapar lo malo cuanto emotivamente nos inunda, sin quedar atrapado hasta grabarse.

Al sumergirme en el interior de aquella caja sentí como si viajara en uno de esos trenes de alta velocidad, esa sensación con la que a veces los ojos no dan para capturar todo el espectro de un paisaje porque el ritmo con el  que estás moviéndote  convierte la perspectiva en una secuencia borrosa. Lo ví pasar todo de igual modo…  multitud de imágenes, sensaciones y recuerdos se agolpaban vertiginosamente por los recovecos sesgados de mi memoria, sin ser capaz  yo misma, de dilucidar un orden ni un porque.

Pronto noté que, entre tantas, regían algunas visualizaciones caprichosas que se repetían constantemente sin dejarme avanzar, llevándome una y otra vez al mismo punto, aquel gato negro mirándome con  ojos abominables, las risas de dos estudiantes que me observaban con un libro entre sus manos y un piso pequeño con pasillos interminables de donde yo quería salir y no encontraba la forma. Evidentemente, era una imagen residual, una imagen trampa que condensaba todo el miedo que  yo había sentido  y que a su vez contenía un poder en manos de otra persona. La pelota. El juego. Los secretos.  Alguien la había cogido y la había guardado a propósito en la caja de pandora, sabiendo que esa caja se cerraría con llave, para que la bola impactase pero no viera la luz.

Al salir del edificio noté los ojos terriblemente cansados. También me dolía la cabeza y percibí restos de lágrimas entre los parpados. Sin embargo, una sensación de alivio generalizada reinaba  lo más profundo de mi ser. Respiré y caminé algunos pasos más cerciorándome de un modo mágico de los sonidos y las luces que inundaban la calle. Aquel choque repentino con el instante, me obligó a percibir las dimensiones del viaje perpetrado, en los arrabales del sueño. Me detuve (curiosamente) frente a las vías de un tren que nunca funcionó y fue entonces que  sonreí larga y profundamente cuando los ví aparecer nítidos,  …entre la confusión de una noche que había llegado para abrazarme.