Cruce de estaciones

Le gustaba el verbo tender, en modo reflexivo aún más.  Cuando se percató que era eso lo que estaba haciendo y que era ese el matiz, se le coloreó una sonrisa. Todo aquello le recordaba una anécdota que había compartido con él. Extrañaba su risa, aniñada y desenvuelta, con un deje característico que se pegaba a la piel como la resina.

Miró hacia arriba: las copas de los pinos dibujaban una malla caprichosa en el cielo, como si alguien hubiese querido tejer esa tela azulada y amarillenta, que evocaba al otoño. El viento todavía soplaba cálido y los almendros ya empezaban a querer tirar sus frutos, que se abrían a través de la cascara intentando salir. Dejó a un lado el libro que estaba leyendo y estiró la manta para intentar mullirla entre el pasto. Al volver a tumbarse sintió como las acículas se clavaban en su espalda y se movió cuidadosamente intentando esquivar sus punzadas. Es lo que solía hacer con los recuerdos que había aprisionado, cuando se volvían hirientes miraba hacia otra parte procurando rehuirlos.

Ahora sus ojos se habían desplazado sin apenas darse cuenta y se descubrió a sí misma apuntando hacia la vereda, que conducía a la vieja casilla. De repente, la paz, esa paz condescendiente que la había acompañado en los últimos tiempos, se volvió incomoda y un arranque de locura  la instó a levantarse. Aparecieron ante ella flashes de momentos que había arrinconado… como quien guarda trastos viejos, gritos que había silenciado, sentimientos como valijas y enseres polvorientos olvidados y cerrados a cal y canto. Caminaba moviendo unas llaves que habían permanecido guardadas mucho tiempo. Sus dedos sudorosos sentían el tacto acre del oxido y el corazón, desbocado, agitaba sus pasos.

Al fin se halló frente al quicio de aquella puerta. Se detuvo un instante a reconocerla. Miró hacia su alrededor los cambios: la antigua parra se había secado, había cascos de botellas por toda la lonja y ya no colgaban macetas en los soportes de la entrada. Las malas hierbas habían poblado las juntas del pavimento hasta hacer de aquel un lugar aparentemente salvaje. Respiró unos segundos y abrió decidida. Sus sentidos se le llenaron de una oscuridad y olor desagradables. Todo estaba enmohecido y carcomido por el abandono. Era aquel -con mayúsculas- EL REFUGIO, así solían llamarlo, así lo dijo ella en voz bajita, sujetándose el pecho: un pequeño cortijo de caza a donde escaparon tantas y tantas veces para amarse en secreto.

Las sillas se habían quedado inservibles y yacían tiradas avivando el desorden del cuarto, como los restos de cuadros y cuadernos por el suelo y la vieja mesa en donde se bebían a solas mientras saboreaban uvas y queso. Miró hacia la cama, el cabecero de aluminio aún brillaba y recordó haberse observado desnuda mientras lo cabalgaba, abrazando la pasión y el instante como se abrazan los sueños. Cerró los ojos y recordó como la llamaba a solas, ese timbre de voz cuando regresaba en invierno y el la esperaba con la lumbre encendida para contarle proyectos.

Cada día estaba menos segura de nada. Desconocía su paradero y existencia. El final lo había desechado de su memoria y enterrar todo aquello no había servido realmente para olvidarlo…. ¿Cómo se podía enterrar lo sentido si la piel guardaba una impronta tan genuína?… y en todo caso, ¿Qué hacía exactamente allí revolviendo todos aquellos pasados?…

Invadida por un arrebato de cordura caminó hacia la puerta cuando un folio entre los escombros captó su interés de inmediato. Lo había escrito él y databa de 1973. Habían pasado 6 años desde que lo colara por entre la puerta, esperanzado en que ella volviera. Lo cogió rápidamente y salió fuera para poder leerlo a la luz del día. Algunas letras estaban borrosas debido a la humedad pero todavía era legible.

 

Amada mía.

 He vuelto a este lugar que fue nuestro, caí en el desarraigo de buscarte.

Nada de ti se desde hace meses  y por más que trato de convencerme, intuyo que no volverás. Ahora los crepúsculos son más largos pero la oscuridad llega de repente. Me he quedado aquí tendido una temporada, anhelando que llegaras, observando como el cielo cambiaba de un naranja opaco a un azul oscuro en cuestión de segundos.  He descubierto como cuando el último rayo de calor del día se va, empiezan a helárseme los huesos. Eso no ocurría cuando tú estabas, jamás me percaté de lo que sucedía a mi alrededor y en mis huesos lo ocupabas todo. ¡Eras una okupa en toda regla!.

Es otoño- ahora- mientras te escribo. Los almendros están dando frutos. Te guardé un tarro en el desván, por si vuelves, porque se de buena gana que eres una ratona y que te encantan… ¿sabes? Se llegan a hacer tantas cosas hermosas a fuerza de paciencia y de larga energía.

Te quiero con locura, mi chica.

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  • Nunca te había visto sincerarte así – musitó ella en voz bajita-  ¡Me emocioné tanto al leerte!. Sin duda, lo de las almendras fue una idea de las tuyas: ingeniosa, me atrevería a decir que hasta divertida, como utilizaste mi glotonería a tu favor. Tuvieron que pasar todos estos años para que una simple etiqueta me llevara hasta tu paradero. ¡Eres mi fábrica favorita! Lo sabías?

Rieron los amantes. Tendidos bajo otra ventana. Esta vez con un horizonte distinto que partía el círculo del sol.

  • Te das cuenta- dijo él – De repente una palabra nos encierra y otra nos abre, es  el amor que nos mueve…. y hay esperanza y perspectiva.

 

  • No se – añadió ella- tal vez solo haya sido un cruce de estaciones, un salto fantástico en el tiempo ¿te imaginas?… coincidieron dos otoños, el verbo tender y tantos “te echado de menos” que  nos encontramos por casualidad en los párrafos de este cuento.

 

 

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Histeria femenina antes de la boda.

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  • A ver, repasemos… ¿lo tienes ya todo listo para el sábado?
  • vestido, zapatos, tocado, bolso, complementos… ainssssss…creo que si!!!
  • Seguro que te dejas las medias ¡siempre se olvidan¡…
  • Que no, nena, que esta vez me he comprado dos, por si las moscas…
  • ¿Y que te vas a hacer en el pelo?
  • No se…le diré al peluquero que me coloque el armatoste que me he agenciado en la cabeza, ¡que no es poco!. Y que no se me acerque el moscardón de Paco, ¡vaya que opine!.
  • Ostras, Paco, es verdad. ¡También va a la boda!
  • ¿Te acuerdas lo que me dijo aquella vez cuando nos sentaron al lado?
  • Si, claro, ¿como me voy a olvidar?. El muy…
  • ¡Me llamó fregona! Y la fregona -fijatetu lo que son las cosas- va a ir barriendo esta vez.
  • Tu ni caso… ¿Tienes ya la ropa interior a juego?
  • Ahhh, pues no…, por lo que veo…¡¡vas a ir emperifolladísima de la muerte!!
  • Faltaría más, me voy a poner un sujetador balconet más cuco…
  • Pues ten cuidado a ver si algún pájaro se asoma más de la cuenta… entre ellos, Paco… 
  • Jajajaja…ese (en esos asuntos) sólo pía con los de su género. Es así de básico. ¿o no te acuerdas lo que pasó en la casa rural?
  • Ala, sí, claro que lo recuerdo. ¡Mira que poner un vaso en la pared para escucharos follar! ¡estando con su novia!!!…
  • Y luego comentarlo en corrillo…hasta que me enteré, lo descubrí y lo puse en su sitio.
  • Ya no recuerdo….¿que le soltaste?
  • Que en la cama, más valía ser elocuente como yo, que aburrido, como él…
  •  Siiii, pero ya te pone en vergüenza a ojos de la gente, sin  necesidad. Es un cabrito.
  • Naaaa, lo fundamental es sentirse natural con una misma. Lo que diga el resto debe traérnoslo al fresco…. Fijate que yo- el sábado- voy de planta y acribillando el protocolo.
  • ¿Y eso como es?
  • Vestido largo verde en boda diurna, tocado de floriponcios y medias de mariposas. ¡vaya desguace de lenguas voy a hacer!
  • Bahhhhhh, bobadas!!! seguro que vas preciosa, como siempre ¡so petarda!.

 

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Juego de prejuicios.

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Hoy era sábado y en la carnicería había menos gente de lo habitual. Es cierto que las horas invitaban a almorzar, pero Alberto aún tenía que trabajar otras dos más antes de relevar turno.

Eran algunas las ocasiones que cuando estaba hastiado y aburrido, se apoyaba en el quicio del mostrador y dejaba perder la mirada al otro lado del pasillo. Observaba la dimensionalidad y disparidad en las gentes que atravesaban las cajas registradoras con sus respectivas compras. Y mientras lo hacía se dejaba llevar por esa música redundante que emitían los códigos de barras, como si al sonar el pitido el también pudiese leer automáticamente lo que había debajo de aquellas apariencias.

Con el tiempo había aprendido a hacer radiografías fugaces de individuos, como un juego más de entretenimiento prejuicioso. Él mismo, en su silencio y dedicación, había llegado a la fantástica conclusión de que el mundo se dividía solo en dos flancos: los tímidos y los sociales, con ciertas variaciones sobre las que le gustaba fantasear. No se posicionaba en ninguna preferencia, solo los estudiaba atentamente, en sus gestos, movimientos, actitud, modulaciones de voz…en fin, lo que diese el momento. A veces eran milésimas de segundos y otras, franjas de minutos, según fuese la cuenta en su magnitud.

Esta vez la caja registradora se quedó parada más tiempo del normal. Sucedía a veces.

Esperaba una mujer con su hijo pequeño a que le confirmasen el cálculo pero había habido algún error en el recuento de los productos. La dependienta llamaba solicitando información y mientras tanto, esta chica,quedaba a mirilla abierta, a espensas de las validaciones y el tasante ojo de Alberto.

  • ¿Y porqué te han puesto esa maquinilla en los dientes?– preguntó el niño al descubrir la ortodoncia que llevaba su madre. A Alberto le hubiera gustado añadir ¿es que quieres ser aún más guapa?.
  • Ah, ¿esta?… Es para inflar globos imaginarios gigantes ¿quieres uno?

El niño asintió rapidamente, sorprendido por la propuesta y ella empezó a soplar hasta ponerse colorada, como el jamón que él acababa de empaquetar. Sus manos y su cuerpo entero se movían acordes, como si en verdad tuviese un globo entre ellas, pero solo era, valga la redundancia: aire y mímica.

Alberto la observaba con ojos inquietos y curiosos… Trataba de escucharla, su tono era bajito pero los gestos la agraciaban.

  • Y ahora lo cogemos por los dedos, ¿lo tienes agarrado bien fuerte?¡que no se te escape! ….Suéltalo, vamos: Adios globo!!!! adios!!!!

Esta vez Alberto había olvidado hacer la lectura al completo. No al menos de una manera distante y objetiva como solía. Quizás no todas las personas se pudiesen almacenar en dos o tres sacas y algunas fuesen tan extraordinarias que las renociésemos en el simple olvido de nuestras lacras.

Lo ultimo que escuchó mientras se marchaban fue al pequeño decir:

Mamá, ¡¡que yo también quiero una maquinilla de esas!!

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¡Como crecen!

 

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Recuerdo que movían la boca como ahora lo hace mi sobrina. Parecían pequeños leoncitos de la Golden Mayer. Hace tan poco de aquellos días que casi puedo cerrar los ojos y visualizarlos, durmiéndose sobre mi regazo o meciéndose  en las hamacas mientras yo los observo y giro para que el sol de invierno abrigue sus cuerpecitos. Tan pequeños. ¡Tan dependientes de vida!.

 

“Algo hemos logrado”- pensaba esta mañana “y a la vez, otra etapa se abre ante sus ojos”. Me han dado un beso generoso: ¡iba con abrazo!. Se movían tímidos y asustados mirando al gentío que se agolpaba en torno al aula, haciendo fotos y secando lágrimas.

Los he conducido hasta la fila….¡Oh Dios, me han parecido tan indefensos como cuando eran bebes!, me he agachado para tenerlos a mi altura y hemos recordado lo hablado durante la semana. Sí, lo sé, soy una cansina…¡¿que le hago?!… Ellos me miraban con esos ojos de inquieta inocencia, atentos al instante como si intuyesen que las palabras de mamá eran fundamentales para sobrevivir.

Y todo eso corre  tan fugaz y pendenciero….Milésimas de segundo en los que la fila avanza y los sueltas mientras ellos van dirigiéndose hacia el aula para encontrarse con su “seño”.

“La seño es como la mami en el cole. Cualquier cosa, se la contáis a ella”- les iba aconsejando antes de llegar al centro…

Ahora que ya no los veía y se perdían entre la masa de niños, recordaba mis propios discursos, argumentos y definiciones sobre la escuela y toda la letra pequeña que me dejé sin contar. Una no puede revelar nunca la vida a los demás: obstáculos  y fascinaciones ¡¡¡sí!!! pero cada cual debe encontrar su oportunidad para descubrirla.

Mientras me alejaba de la puerta iba siendo aún más consciente de esta realidad, de que tener hijos es ir soltando, poquito a poco, pasito a paso hasta hacerlos totalmente autónomos e independientes de tus bases, dejando que ellos busquen otras más personales y eficientes que les sirvan para sentirse individuos realizados . Y eso tan simple es un milagro, una alegría y una nostalgia; por cuanto empeño pones en el trayecto y cuantas etapas de quebraderos y sueños dejas atrás, haciendo de tí mismo un ser diferente: más curtido, generoso y flexible con la vida .

Ay! la vida!, hoy me topé con ella de golpe… sin frenos.

No podía marcharme sin asomar mi careto por ese  cristal, como la típica madre boba  que busca embelesada una última imagen de sus hijos. Y  la tuve, ¡como no! …allí estaban los dos:  a duo, estrechados de la mano buscando la seguridad del vínculo. Expectantes ante el nuevo acontecimiento por llegar.

Luego la seño -amablemente- les indicó cuales eran sus sillas, se sentaron y sonrieron.

Yo también lo hice.

Era tiempo de volver a casa  con los ojos encharcados y el corazón henchido de orgullo. Preveía tiempos y realidades distintos y  una mamá siempre al frente y al fuerte, facilitando lo bueno y alejando lo malo que viniese.

¡¡Como crecen y que rápido va este barco!!.

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Un ejemplo clarividente

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Sabía que todo comenzaba con una sensación. Fugaz y cadente, hasta instalarse en las entrañas del cuerpo, como un flujo salvaje que se apodera de la razón .

Tragó saliva y se revolvió en su asiento. No podía dejar de perplejarse ante aquella imagen, contigua a sus efectos, como la enfermedad: el rubor de los grados… esa nada química ascendiendo virtuosa sobre su piel…que pulsaba y latía…pulsaba y latía en el henchido delator . ¡Poderoso cuerpo que reclama y atrapa como un narcótico!

Miró hacia sus ojos y luego en otra dirección. Por un instante se sintió  nerviosa. No quería ser descubierta todavía. Y sin embargo, ese oscilar camuflado de pupilas era un juego demasiado tentador al que no iba a renunciar.

Se cruzó hasta la mesa comprobando de soslayo si él la estaba mirando. Todo era un recreo de libertades candentes. Dejo los folios, tomó unas notas. Luego se atusó el pelo con destreza natural. Estudió cada paso mientras él la observaba. O eso creía imaginar.

De repente, aquella presencia camiseta color fluor se le acercaba. Chillaban los ojos…y algo más. La necesidad de decir una tontería para disfrutarlo más cerca. El corto atrevimiento, la fiebre, ¡que sabía ella!. Había algo que no le permitía vocalizar lo que tenía en mente y sospechaba por experiencia lo que podía ser.

¿Sabes que tus ojos le roban protagonismo a tu camiseta?– le hubiera gustado soplarle. Así, sin filtros ni holas… ¿porque no decir u hacer lo que bulle en primera instancia?. Siempre esa batallita de inseguridad planeando cada palabra y sus consecuencias… Esta vez estaba negada a hacer caso del recato e iba a poner en marcha sus mejores armas.

Finalmente, convencida de que no podría sostener tal galentería decidió preguntarle el teléfono de la profesora, síii, aquella podría ser buena escusa. Según sus calculos de empatía, lo entretendría un poco más… o no.

Sobre la marcha, mientras escribía los números en el papel, se perplejaba con aquellos ojos color verde aceituna. En directo eran casi esféricos e hipnotizaban aún más cuando reía. Tenía un atractivo frágil y tímido en sus facciones que le recordaba a Marwan, pero en guapo. Marwan no era guapo, obviamente, pero él sí. Fue un análisis extraño desde que lo vió. Creía que esa era la razón por la que – por vez primera- se había visto sobrepasada por aquel físico. O quien sabe… tal vez todo el mundo fuese alguna vez débil a ese tipo de belleza “fácil”.

¿Tienes idea de como se conjugan los futuros en este contexto?– volvió a preguntarle, deseosa de conversación y excusando su despiste con una sonrisa “ese día falté a clase”. Realmente no quería que se marchase ¿se le estaba notando demasiado? ¡que más daría con tal de “tenerlo” un ratito más. Conversación, gestos, y ese cuerpo de medidas apoteósicas rondándola cerca.

  • Te he dejado el número en esta nota. – concluyó él, con los ojos llenos de travesura . Una cosa muy importante: no es el de la profesora, es el mío. Mañana te explico como se conjugan los futuros ¿te parece?…¡¡¡es muy fácil!!!

 

Ella asintió carcajeándose por el embiste de audacia. Esperaba todo menos un hombre directo y perspicaz: buen chiste aquel giro.

Un ejemplo clarividente de que ni los físicos ni el dialogo verbal son lo que parecen. Detrás se esconden campos de locuciones dignos de ser atendidos y vistos.

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Así se iba riendo la mesa.

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Así se iba riendo la mesa. El fresquito en la terraza- restaurante de Pepe acompañaba,  y casaba de maravilla con la agusteza con la que las chic@s hilaban cañas, tapas y conversación.

Era la ultima por desmantelar, cerca de la barra y del solitario parque infantil, los camareros luchaban porque no se les escapase ninguna mirada furtiva,  pues los reunidos parecían tener de todo, menos prisa.

Con la llegada de las copas, la charla había girado hacia el atrevimiento. Lo que siempre pasa: uno/a empieza y anima al resto.  Y esta vez inició el juego Sonia..

  • Voy a contaros una locura si prometéis rebelar cada uno la vuestra, de parecido calibre.

Todos asintieron y se apuntaron a la diversión, aunque Manuel miraba con esa cara-sonrisa de quien conoce a la personaja “cuenta, cuenta que luego ya si eso…me planto”… parecía decir sin mediar palabra.

  • Hoy he vuelto al trabajo, puntualizo:¡ en calzoncillos!–  dijo entrerisueña una chisposa Sonia, cerrando los ojos y sorbiendo del vaso.- No os lo creeréis pero tuve una experiencia catatónica este verano . Me los dejó mi chico -una noche-  luego no pude desprenderme de ellos. Se fijaron a mi piel con tal suavidad…  ¡¡que acabé robándoselos!!.
  • ¿ Y que pasó en el trabajo? ¿Alguien te lo notó? – preguntó un Manuel sumamente intrigado.
  • Mi compañera de departamento aseguró verme muy feliz para ser el primer día post vacaciones…  le solté que aquel verano había entendido mejor a los hombres. Se extrañó y yo me metí pitando para el almacén, aguantando risas. Lo que más me emocionó fue el llevarlos  delante de las narices de mi jefe (sin que se coscara)  mientras me recordaba la absurda norma de maquillarse.

Todos rieron.

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  • Es una anécdota chula– dijo Alejandra. La mía no tiene tanta gracia, pero es curiosa . Todo comenzó un día que me pasé por una feria de libros. Adquirí un ejemplar de Sartre, La Nausea y comencé a leerlo aquella misma noche. Me enganchó y al llegar a la página 183 descubrí  un pasaje subrayado y una nota a lápiz justo al margen.  Sartre decía algo como: Lo sé. Se que nunca más encontraré nada ni nadie que me inspire pasión, se necesita energía, generosidad, ceguera…saltar un precipicio. Si uno reflexiona, no lo hace. Se que nunca más saltaré.”

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  • ¿Y que ponía en la nota a lápiz?
  • Una reflexión que me dejó fría, me pareció un pulso al filósofo con tintes de experiencia de vida
  • ¿Se puede saber lo que había escrito?
  • … ” Hay suicidas irredentos del trapecio del amor que no hay porrazo que los llame a recato. Simétricamente, hay temerosos que jamás sentirán las mariposas del vértigo. Pero también hay perversos, asesinos del alma, que coleccionan víctimas como mariposas en un álbum, solo para solaz de cierto ego-onanismo. Por cada un@ que repite con Sartre “Se que nunca…” hay otr@ que dice “una figurita menos..”.
  • Madre mía! da un poco de repelús y resulta cercano.- dijo Ana.
  • ¡Eso pensé yo!– aseguró Alejandra. Y me intrigué tanto por ese anónimo que no he dejado de buscarlo sin éxito. Tengo curiosidad de saber que le llevó a esas conclusiones.
  •  ¿Sabes que la curiosidad, mata, Alejandra?- aconsejó Isabel, que había permanecido hasta entonces  callada.
  • Puede ser,  por eso no queremos palmarla sin que nos confieses tu hazaña…- espetó un Alejandra con ganas de aventura.

 

  • Esta bien, está bien. La mía sucedió hace algunos años. Ïbamos a ligar. Bea y yo, tan contentas de la vida.  El sitio se llamaba  La Vestida , un lugar de copas de moda, en el que yo acabé desnuda…valga la contradicción.
  • Entonces la cosa no estuvo mal del todo,  ¿ligasteis pues?
  • ¡que va!…nos metimos en los baños y estaban  asquerosamente inundados. Bea me esperaba en la puerta relatando, yo llevaba veneno en el cuerpo… ¡ten cuidado, nena, que se resbala!…¡que no te preocupes, cansina!. le decía yo, tan autosuficiente. Un segundo  y …vaaaaaaaaaaaaa¡¡¡tortazo contra el suelo!!!. Me hace gracia, cuando vas mosca, nunca te ves haciendo el ridiculo, me levanté rapido, como las balas ¡aquí no ha pasado nada!… Pero Bea había huído ya de mí como de una mofeta. Tenía los vaqueros empapados y al salir aseguraba que no me conocía. En fin, tuvimos que irnos y sí, lo se: le eché la noche a pique. Menos mal que conducía ella y estaba más serena…me metí en su coche no sin antes quitarme los pantalones  y quedarme en tanga… y yo en tanga, esa prenda tan incomoda, lo único que podía pensar era en secar mis preciados pantalones, así que ,ni corta ni perezosa, saqué la prenda por la ventanilla procurando airearlos con el vientecillo de la noche! ¿sabeis lo que pasó despues, no?
  • Se volaron  y Bea te mandó a la mierda, ¿no?- apuntó Manuel.
  • Exacto, los pantalones no tardaron en salir escopeteados por la ventanilla¡ era lógico!. Pero lo segundo, no sucedió. Todavía tuvo paciencia para bajarse en la oscuridad de la carretera y buscármelos. Después me sermoneó de lo lindo y  me llevó a casa. Así son las buenas amigas.
  • ¡Que bonito! ¡Y será verdad! – dijeron varios.
  • Claro que sí,- asintió Isabel-

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  • Ana y Manuel, ¡faltáis vosotros!¡no nos  hemos olvidado!
  • Mañana volamos para Jamaica.- dijeron al unísono
  • Ya lo sabíamos, pero eso ¿que tiene de  locura?.
  • Puede que eso no, la locura será no volver fumados y no traeros tabaco.

 

Y así se iba riendo la mesa y la noche. Buena dosis de atrevimiento y complicidad, con una luna de media sonrisa como telón de fondo. Nada mejor que vestir con descaro las ultimas horas del verano.

 

 

 

 

 

 

 

Y entonces, ella dijo…

 

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Permanecíamos sentados en la azotea de una casa, estudiada y acogedora pero a la vez, sencilla. Abrigados con una tela muy suave mirábamos el que decían era el cielo más limpio del país. A 1350 metros de altitud y lejos de cualquier atisbo de contaminación lumínico-sonora.

Ella dijo: ¡Que gozada.. sentir frío en agosto y ver el polvo cósmico!.

Acompañados por el sonido del agua del arroyo e iluminados por la ingente manta de estrellas bebíamos el silencio, la copa, la noche… . Alrededor una estampa de antaño. Cortijos y campos, soledad y desagravio. Ella dijo: … es como nuestra infancia ¿recuerdas?.

Estudiábamos en voz bajita  las sensaciones que nos había dejado el  trasiego del día y no hallábamos fin. El cómo habíamos penetrado por todos aquellos parajes solitarios que tiene la sierra, en donde no parece posible la vida y sin embargo, ahí está. El oxígeno, el pulmón. Como un milagro evocador que se encumbra más allá de lo imaginable, porque al fin y al cabo, vivir no precisa de tanto artilugio al que acostumbramos…y el progreso también contamina, si lo miras bien.

Recordábamos lo que habíamos aprendido a lo largo de las horas. Que allí no existía la prisa, que el pan y el cordero te hacían la boca ca-ra-me-lo…. o que la guardia civil jamás hacía controles por drogas y sí por cazas furtivas y robo de borregos. Reímos. “nos podían haber avisado antes” – dijo ella. cuando los ví aparecerse casi a los pies de nuestra casa, ¡¡temblé!! pensé que nos caería la de San Quintín por una copa.

La verdad es que apenas habíamos bebido pero nos sentíamos borrachos con la experiencia, recordando el que pronto se convertiría en un recuerdo más.

Ahora todo estaba pausado, yo la miraba desde la lejanía de quien contempla tan cerca. Fue entonces que le pregunté que pensaba y no se me olvidarán las palabras.

La naturaleza es como un poema, yace oculto bajo una forma secreta y maravillosa. Es por eso que si no te paras a considerarla no eres capaz de descifrar lo bello que tiene por decir.

Un momento perfecto para indagarla y besarla. Cuando reflexiona y me pierde.

A estas alturas, el poema para mí era otro. Yo quería ir de forma secreta hacia su más que salvaje naturaleza, recorrer los versos de la carne, cruzar las estrofas de las curvas… merodear en las silabas del arrebato.

Más tarde, le pregunté socarrón si habría escuchado yo  bien la poética de la naturaleza. Si había sido lo suficientemente perspicaz.

No dijo nada y lo dijo todo. Su risa.

 

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Por el desfiladero de los Cañones.(I). Mis sensaciones sobre la ruta. Un relato homenaje al Jaén olvidado.

Levanté la vista y un abismo de piedra y agua me golpeó el corazón. Con el cuerpo sumergido en aquella poza helada y el sonido del desfiladero crujiendo mis miedos, llegué a creer que nunca más vería algo tan hermoso.

Pensé. La de cosas sin descubrir que tenemos al lado de casa y ni las conocemos a fondo. Un entorno en el que he crecido, una montaña que he explorado desde otros ángulos y posiciones…¡y no haber venido hasta aquí mucho antes!

Nadé tiritando. El frío es un traje que se ciñe a tí y te achica las convicciones. Apenas te deja pensar con claridad. El río, salvaje y fugitivo, te golpea el pecho llevándote hasta los recovecos del cañón, donde descansas el cuerpo y preparas la mente.

A contracorriente, sin saber la profundidad, los trucos o las trampas, me movía por instinto…era capaz de saber que estaba viviendo en una naturaleza que me era familiar, una adrenalina que había mantenido dormida.

Sopesé el valor de mi vida. Miré el pasillo de rocas por el que la luz del sol hacía horas que se había ido. Rugía el agua como un silbido macabro y aún así, iba decidida a valorar mi talento. Recuerdo que entonces él  nadó hasta mi posición, tiró de mi y me detuvo. Sus pupilas me taladraron cuando me dijo: No conozco lo que hay ahí…estamos solos. Anda, te prometo que volveremos.  Aquella voz que había escuchado durante años, que había sido como mi segunda conciencia, se transformó en eco al instante y se propagó por toda la oquedad como un trueno, haciendo más relevante el mensaje.

Volví hacia la zona  más orillada dejándome arrastrar por la corriente del río como un pez. El venía detrás mío, preocupado por saber si estaba contenta con los limites de su decisión.

Toqué tierra, él  tras de mí . Un sol agradable vistió mis poros de una templanza que me agradó. “No me importa” le confesé. “El miedo es el peor compañero de escena, estoy dispuesta a esperar. Pero volveré, quiero ir hasta la cascada”. “Claro que sí” – me dijo, “es solo que por un momento, me he acobardado pensando la de gente que ha perdido la vida aquí… a lo largo de décadas”.

Río abajo me sentía conectar de nuevo con el mundo y las gentes que se orillaban a disfrutar del día en las partes tranquilas, donde se situaban los merenderos. La basura y  los rastros  los iban delatando sin piedad, sin  ley ni conciencia que los detuviese.

Bajé por el sendero en el que el río ya quedaba de lado, y con él, el frío de mi cuerpo. Me adentré por entre los olivos observando como mis pasos iban cogiendo altura. Ahora todo lo que había andado a través del agua, lo hacía mucho más rápido por tierra.

Quedaban ahí abajo mis huellas bañadas por el curso eterno de la corriente y se alzaba majestuosa la montaña que antes había sido mi techo, iluminada por los últimos rayos de la tarde. Llegué hasta las pasarelas de hierro corroídas por el oxido y la dejadez. Había tramos en los que la baranda había sido derruida o se hallaba enclenque y tenía la sensación de caminar sobre un alambre, desafiando al aire. A la izquierda, quedaba el rastro de un canal  ya olvidado, lleno también de desperdicios y ripios. Algo que en otro tiempo debió desempeñar alguna función logística dentro de aquel paisaje.

Seguí despacio, disfrutando de las vistas y de la posibilidad de no sentir vértigo. Cada paso era un camino hacia la concienciación de la desvaloralización y el olvido de los entornos. Me preguntaba como era posible aquella inutilidad por parte de las autoridades para promocionar lo que nos era único, esos rincones oriundos de  nuestra tierra dejados de la mano de Dios y que, en otro lugar y otras manos, representarían auténticos valores a tener en cuenta.

La ruta tocaba su fin con esa sensación de rabia. Llegamos hasta al coche y abrí el maletero. Saqué de la mochila una manzana y unas nueces…y las compartimos. Todavía sentía en mis piernas la corriente de agua latigueando y el sabor satisfactorio de las emociones del fluir del viaje.

Cogí el  móvil que había dejado con todo lo demás en el coche. Era una pena, no tenía fotos de aquel lugar tan inaccesible, de aquel paraiso oculto en el que me había adentrado. Creo que así son algunos momentos grandes: huellas de retina que calan, instantes que hay que vivir sin más equipaje que uno mismo.

Sabía que al llegar a casa abríría este cuaderno para rememorar lo vivido, aún en vacaciones con lo que cuesta…, necesitaba más que nunca dejar mi voz al hilo de los acontecimientos, lo visto y sentido….

Era mi correspondencia mínima a Los Cañones por una jornada como la que me habían regalado.

 

Touché!

Era aquel un día de agua en el chalet de Marta y las historias se sucedían. Pequeñas y minúsculas se esparcían por grupos, como racimos por la lonja. Eramos tantos que todavía el tiempo se resistía a separarnos. No había música, porque la melodía era un componer intenso, disfrutón, que poníamos  nosotros; amotinado a veces por las ganas de charlas y confesiones o el precipitar de las risas entre  manjares y alcoholes de la buena mesa.

Nos habíamos doblado en número, junto con los michelines y arrugas, habían crecido también nuestras responsabilidades. Ahora la felicidad la entendíamos de otra forma más practica,  que pasaba por el bienestar de esos locos bajitos dispuestos a sacar de nosotros hasta la ultima gota de imaginación y energías. Habíamos triplicado los bronceadores, llenado la piscina de manguitos y artilugios e incluso ensayado el correturnos de vigilancia para que todos pudiéramos disfrutar de las copas y el juego.

Y entre medias, habíamos hecho espacio para las carreras de coches y los ensayos de tacones y “ropa mayor” de las niñas más presumidas. Sabíamos que nadie dijo que fuera fácil, pero estaba resultando una aventura motivante.

En el fondo, y si nos hubiéramos observado de lejos, nos habríamos reconocido en la misma piel tatuada de recuerdos variopintos, algo menos rígidos y más espontáneos aunque en el fondo los mismos.

Esos locos bajitos nos habían dado otro giro, que tampoco sería -probablemente- el último, aunque nadie se detenía a perplejarse de algo tan evidente. Y aún así, a mi me parecía algo mágico, que cada año se obrase el milagro de juntarnos a la trupe  y de cerca contarnos las vidas.

Me veía más vieja diciendome: ¿Recuerdas aquellos tiempos? síiiiiiii, estabamos lozanos y felices y no lo veíamos…tal como ahora vislumbramos lo que es unico y fugaz de otras épocas.

Me repetía que la vida había que mirarla hacia delante para buscarle el verdadero sabor pero que también era fundamental celebrar quien seguía estando de forma repetida, ahí, año tras año, viéndonos crecer y madurar en todos los sentidos. Esos eran tesoros que, estaba segura, algún día echaría mucho de menos cuando extendiese la mirada o me hiciese mayor.

Sabía ,aún sin saber, que  los caminos o las decisiones nos hacen perder a mucha gente. Que se separan las historias a veces sin motivo y que nos volvemos seres más solitarios y reflexivos. Ensimismada en esa burbuja de la que todavía no tenía conocimiento pleno, creía intuir que cuando echase la vista atrás -entre todos esos seres- reconoceríamos a unos pocos (muy pocos) – touché!- que nos habrían tocado de verdad.

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