Myles

Myles tenía rarezas que solo yo comprendía. 

Dormía con los labios pintados y colorete en las mejillas, por eso usaba almohadas estampadas. Vestía casi siempre de negro, incluso para dormir…pero no era ninguna clase de luto, era  porque Myles decía adorar la noche. Poseía una mirada tranquila a la vez que un espíritu fugitivo. A veces secuestraba la barca de su padre y se perdía mar adentro durante horas. Aunque casi todos se habían terminado acostumbrando, no dejaba de crear una cierta intranquilidad. Ante las reprimendas argumentaba la excusa de que se iba a reflexionar y los demás le reprobaban, porque  se dejaba el móvil y no podían localizarla. Reflexionar, reflexionar!- Siempre está en su mundo. Manifestaban preocupados. Y Myles tenía ya aprendidas todas las respuestas: que despistada soy, ¡la batería estaba muy baja! o tenía que dejarlo cargando-…. En realidad, lo hacia a propósito, no quería estar localizable.

Myles tenía un cuaderno donde anotaba todos sus pensamientos, no era un diario al caso sino esquejes de cosas que se le iban pasando por la cabeza. Aseguraba que las mejores sensaciones solo aparecían cuando se encontraba totalmente a la intemperie, rodeada de mar y en ausencia de humanos.  Nunca lo supe a ciencia cierta pero tengo la certeza de que solo a mí me dejó leer aquel cuaderno.

Una tarde sugirió perdernos con su barca. Estaba el sol rozando la linea del medio día, pues todavía era finales de mayo y no había llegado el solsticio. Yo tenía cierto resquemor a desorientarnos, dada la laxitud con que pasa el tiempo en el mar y el imprevisible océano, pero no quise confesarle la  inseguridad que me poseía. Era esa clase de persona que te absorbía sin esfuerzo y te llevaba donde ella quería. 

El caso es que soltamos el ancla y nos adentramos hacia el lugar del cual me había hablado. «Vas a ver algo que no olvidarás». La promesa era tentadora aunque también es verdad que yo no conocía tanto el mar como Myles. Aquel año mis padres alquilaron una preciosa casa en un pequeño pueblecito de 500 habitantes, Cutler, en el estado de Maine y justo al lado de su casa. Era un lugar caro, por eso hicieron la reserva con anterioridad.Y ese fue el azar por el que nos conocimos. Ella pasaba muchos fines de semana e incluso veranos enteros allí, ya que era hija de padres artistas que habían comprado la casa como segunda propiedad, para inspirarse en los largos meses estivales. 

Aquel día- de manera casi puntual- llevaba un chubasquero azul bebe tan claro casi como sus ojos y un gorro de plástico amarillo que caía sobre su melena con cierto encanto. Agarraba una mochila  de la cual sacó  su cuaderno, una pluma,  una brújula, una cámara, una manta y algunas provisiones de agua y comida. 

¿Tantas cosas, en serio? – espero que volvamos enteros, marinera.- bromee. 

Nothing problems– añadió y me guiño un ojo con la seguridad de los grandes capitanes del océano.

La barca tenía un pequeño motor y un minúsculo compartimento techado, nada del otro mundo, pero ella parecía estar acostumbrada  y conocérselo.

Una vez sobrepasamos la linea de costa las olas fueron haciéndose más perceptibles y también el oleaje, que se volvió más abrupto.

-¿Estas mareado?- me preguntó.

-Un poco.

-No te preocupes que una vez nos adentremos en la Bahía de Fundy, la sensación cambia, es en este punto justo de mar abierto, donde el Atlántico arrecia. Piensa que aquí se suceden las mareas más altas del planeta ¿no te parece alucinante?, ¿estar en un lugar donde el mar es único?.

Yo la miré con los ojos cargados de vértigo y aún en esa imagen desdoblada y borrosa, me pareció bellísima. Tenía una forma de explicarse  que te llevaba a su mundo, porque narraba los acontecimientos, sintiéndolos. De manera que transpirabas cada emoción de su lenguaje y la vitalidad de sus palabras contenían una energía poderosa . 

Efectivamente la corriente no tardó en amainar de forma agreste, y nos adentramos en un mar que se volvió más amable pero no menos movedizo. Se vislumbraba a lo lejos una mezcla de paisajes. Playa salpicada de pinsapos, abetos y otros pinos de alta montaña. Me llamó la atención el color del agua, que empezó a turbarse de forma repentina.

¿Ves el marrón del mar?- es porque la marea está subiendo de forma muy rápida…digamos que estamos siendo casi conducidos por ese movimiento.

Quieres decir que nos está llevando el mar?

¡Exacto! sin otra opción más que dejarnos llevar.

Espero que tengas idea de donde vamos a ir porque si no me equivoco Maine es la frontera y más allá está Canadá.

Veo que estás situado…jejeje, no te preocupes, conozco cada punto de esta bahía..y es de una belleza inigualable. No quiero contarte nada y que te decepciones.

  • Me gusta que me cuentes, me gusta escucharte.
  • Eso es porque sabes hacerlo. Mira, hay muchas clases de gentes en el mundo, pero voy a segar un poquito a la humanidad en polos, aunque ello sea un acto de acotación erróneo. Si tuviera que dividir el mundo en dos, diría que están las personas que escuchan y las que no saben hacerlo. Y creo que no hay cura para ese mal.
  • Es que oír no es lo mismo que escuchar. ¿Qué barrera pueden tener estas personas para ser incapaces de lograrlo? Porque cada vez hay más…

Myles hizo una pausa y sacó unos aperitivos. La conversación había despertado su interés y el hambre. Hizo un gesto ofreciéndome y luego continuó hablando mientras masticaba.

  • Las causas son varias. He reflexionado largo y tendido sobre este aspecto porque me produce curiosidad, como a tí. La que yo creo es la principal antiescucha de los últimos tiempos es la velocidad y el ensimismamiento de esta sociedad en la que nos movemos. La gente se dejar llevar continuamente por lo que ve, sin indagar ni ser capaz de discernir con detenimiento los detalles. No es capaz de  leer más allá de un mensaje dado, porque no invierte el tiempo necesario en ello. Están distraídos en otras cosas y viven deprisa, pasando por alto lo fundamental. Pero no siempre es esta la razón.
  • Myles, ¿tú crees que a estas alturas te estoy escuchando o disfrutando de estos ricos cacahuetes?.
  • Ese es el problema, la cantidad de estímulos de los que estamos rodeados. Escuchar requiere concentrar los sentidos. Los cacahuetes es el mejor ejemplo.
  • Lo que quieres es que no me los coma…
  • Cachis, que hábil eres, bueno sigo… otra de las causas no corresponde a la sociedad frenética esta que tenemos, no le echemos todos los demonios a otros. Querido, haya gentes que solo escuchan lo que quieren oir.
  • Es verdad, yo solo escuché que me invitabas a una barquilla, a un paseo contigo…y obvié lo demás… que íbamos a cruzar dos países y perdernos en las mareas más altas del mundo.
  • Jajajaja…tu tranquilo que no estás perdido. Tu antiescucha estaba más relacionada con tus ganas de aventurarte o vivir algo que desconocías ¿me equivoco?.
  • Puede ser. 
  • Claro que lo es….jajajajaja. Pero no me refería a eso. Hay personas que solo abren sus oídos cuado decimos algo que confirma o refuta lo que ellos ya saben y coincide con sus intereses o principios. De manera que si no es así, son capaces de volverse sordos e ignorarte. No coincido, no te escucho. 
  • Ummmm…. Muy cierto. Me he cruzado con personas de ese tipo.
  • No son capaces de ver la importancia de la permeabilidad del lenguaje y del intercambio de opiniones. La falta de perspectiva les oprime en un yo rígido y no los deja crecer ¿entiendes?.
  • Si que los tienes  estudiados. Narcisistas, diría yo.
  • A veces pero no siempre. También se da el caso de que algo no les permita escuchar. Una ira, un problema, conflictos no resueltos. Como cuando te enfadas con alguien que por más que te diga piensas que todos sus argumentos son erróneos.
  • Eso es la disonancia cognitiva, lo estudié una vez en terapia conductual.
  • Jajajaj…eres una caja de sorpresas. ¿Acaso eres psicólogo?
  • Algo parecido, esa era una asignatura troncal, obligatoria.
  • Mira…. Ya casi estamos llegando….

Myles señaló el oeste. Hacía un viento suave casi veraniego y al fondo se vislumbraba la playa, que parecía del mismo tono que el agua, salpicada de vegetación y formaciones rocosas muy características. El paisaje semejaba pequeños torreones que la erosión y el agua habían construido de manera talentosa. No recordaba haber visto algo parecido. Estábamos en un lugar lleno de pequeños castillos naturales. Y el mar parecía el Mekong.

Amarramos la barca y nos bajamos a escuchar y ver todo lo que nos envolvía. No había nadie. Era mayo y aún no había llegado la afluencia turística. Myles sabía perfectamente el momento idóneo para visitar aquel espacio. 

  • Ven, te voy a enseñar algo.

Y me cogió la mano y salimos corriendo hacia los torreones. Buscó el más grande y nos acogimos bajo su sombra, en un pequeño recodo.

  • ¿Ves este lugar? Dentro de 10 minutos será absorbido por el mar y tendremos que subir más arriba, a la zona boscosa. 
  • ¡Tan rápido!
  • Siiii…. Te sorprenderá como cambia todo en tan poco tiempo. Sabes, aquí he descubierto que lo bello de cuanto tiene vida, es su finitud. Pero hay que saber contemplarlo y dejarlo ir.

Myles me miró atentamente. Había una serenidad en su mirada que me cautivó al instante. Entonces cerró los ojos y me besó. Primero fue un beso pequeño, suave, húmedo  y a él se le unió  otra marea que me envolvió por completo.

Los diez minutos se nos pasaron muy rápido, el lenguaje corporal es lo que tiene y el agua empezó a acariciar nuestros pies desnudos.

-Que fría está! Está helada!- aquejé.

  • Claro, estamos en Canadá, ¡bañémonos!- sugirió Myles.
  • ¿Estás loca? -dije….pero yo quería que esa locura siguiera en sus ojos y me arrastrase de lleno. 
  • He traído una manta, nos secaremos con ella. – añadió

Myles comenzó a desnudarse ante mis ojos. No daba crédito, quedé hechizado y algo errático contemplándola. Con todo el océano detrás viniendole de forma salvaje.

  • Venga psicologo. ¡Hagamos terapia! – rió Myles. 

No solo era la primera vez que estaba con una mujer en un escenario así, en tales condiciones, sino que además tenía la sensación de que Myles era mi chica. Como si en otra vida se nos hubiese prohibido amarnos y ahora de alguna forma extraordinaria estuviésemos reencontrándonoslo. La manera en que se sucedía la tarde, las palabras pronunciadas, el incontenible deseo, el reconocimiento de pequeños detalles, me encendieron por dentro,…era como si ella, ya formara parte de mi mente. 

  • ¿Sabías que los psicólogos también estamos algo locos ?- grité y me adentré con ella en la marea.

El agua -heladísima- me recorrió toda la piel de un impacto. Sentía mi cuerpo a través del cuerpo de Myles y su abrazo. Era un estado brutal de placer y deseo. Minutos más tarde, tiritabamos bajo la manta, renociéndonos temblorosos con la punta de los dedos y buscando el calor bajo cada poro de la piel del otro.

Después nos vestimos  y nos apresuramos a regresar a casa contemplando como nos racheaba el sol sobre el horizonte. Un guiño prometedor cerraba un viaje inolvidable.  A la vuelta también Myles fue leyéndome parte de su cuaderno y nos tomamos unas fotos en el bote, con la bahía de Fundy y Canadá perdiéndose sobre al norte.

En un pequeño margen, ví que Myles había escrito…

“ No quiero escuchar únicamente lo que dices,

quiero sentir lo que quieres decir”.

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3 comentarios en “Myles

  1. Un relato que me ha encantado, con un buen mensaje de fondo…saber escuchar a los demás i buscar en su interior. Una cosa, cada vez más difícil de encontrar en estos dias…. No hay que perder ese don de preguntarnos el porquè de las cosas y descubrirlas. Abrir la mente i los oidos !
    I unas imàgenes preciosas !. un saludo 😉

    1. Ciertamente, Arthur. Muchas gracias por tus palabras. Tal cual tu lo dices ese era el mensaje principal. Se echa de menos la escucha y la atención plena en nuestros tiempos. Este relato quería hacer reflexionar sobre ello, invitándonos a las bondades de la conversación y el contacto con lo que nos rodea para entender y aprender más.

      Y hay tantas cosas, personas, lugares e historias por descubrir…

      Besos

  2. Me ha subyugado el texto, tanto que he buscado más información sobre la disonancia cognitiva y me comprometo desde ahora a escuchar con más atención todo lo que digan. Por muy tonto que parezca. Un besazo.

Te escucho...

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