A la sombra del limonero

Al entrar la primera sensación  era olfativa. Te invadía un olor ajado, envejecido por la madera desgastada de los años y el perfume reposado de los multiples objetos que decoraban cada estancia. Luego la oscuridad impenetrable te envolvía a lo largo de un largo pasillo con tres puertas, recibiendo con luces artificiales todos rincones a los que no llegaba la luz. Al polvo no se le permitía entrar y es esa la razón por la  que, hasta su llegada, las ventanas siempre habían permanecido bajadas. Todo su afán  desde su traslado, se había enfocado en variar la luminosidad de aquel bajo sombrío e impenetrable por el que apenas se colaba un rayo. Recogía cortinas, cambiaba muebles….estudiaba la forma de iluminar pero era una tarea titánica. A veces pensaba que quizá las casas fueran una realidad comparable a las personas en cuanto a que no sería necesario ni posible cambiarlas, sino que habría que ir amoldándose a ellas o dejarlas ser definitivamente.

El salón daba a un pequeño patio interior en donde un limonero gigantesco recogía todos los rayos y  creaba una sombra tupida de verdes que filtraba la luz que entraba a la casa. Es verdad que aquella imagen era la que la había convencido el día que firmó el contrato. Una tarde anodina de enero, convencida del encanto de habitar un lugar con historia, pudo ver el alma de lo natural, de nuevo  frente a ella.

Si se paraba a reflexionar, siempre había necesitado de esas pequeñas cosas. Hilos que la movieran por dentro. Músicas o imágenes capaces de remover y conectar con lo vivo.

Por lo demás la sensación al habitar aquel vetusto lugar siempre había sido una sensación de fragilidad, en consonancia, como un oso en una madriguera y con los ojos hacia la tibia luz esperando la primavera.

 En los días de viento, en mitad de la quietud de la tarde, el limonero centenario que presidía el patio, se escuchaba sisear su propio lenguaje. Es cierto que restaba luz y  claridad a toda la casa, pero podía sentir que estaba extrañamente acompasada por la solemnidad de sus años.

Cuando aquellas sensaciones acudían a su cabeza pensaba que quizás tenía mucho tiempo y una profusa soledad, que todo ello la conducía hacia aquellas sensaciones. ¿Quién se paraba a pensar en lo que a menudo nos resulta trivial? ¡Un limonero! Pero para ella era un conectar  con el silencio, los pájaros y el árbol.

No siempre todo permanecía inmutable y abrazado a cierta quietud… en alguna parte del día  aparecía el sonido quejumbroso de las campanas y la presencia de la vecina.

Jacinta, la susodicha de arriba y dueña del bajo, se asomaba casi siempre a la noche.  Se aseguraba que no le faltase de nada a su inquilina. Toallas, calefacción, mantas. Como vivía justo encima, se mostraba atenta para que esta se sintiera confortable y acompañada. Intercambiaban 33 años de diferencia y trabajos para el estado, pero sobretodo compartían el hecho de haber perseguido sus sueños a pesar del tiempo y obstáculos. Ambas eran mujeres de épocas muy distintas a las que sus madres habían impulsado con ahínco, repitiéndoles hasta la saciedad la importancia de labrarse un futuro y tener plena libertad para decidir. Al margen de este hecho, por  más que una se parase a pensar sobre la vida de otra y las tres décadas que suponen para la sociedad y el progreso de la mujer, lo cierto es que ambas confluían como dos ríos paralelos, en distinto punto y edades, pero  muy similares.

Jacinta también había sufrido las marcas de la soledad, fue al morir su madre, aquella mujer que tanto la animó a ser lo que quiso ser en una época en la que para la mujer, ser ingeniero técnico agrícola era algo parecido a un disparate. Un mundo en el que los hombres ocupaban los puestos de la estrategia y a la mujer se le reservaba el lujo del saber como quinto elemento, como cultura general pero sin desarrollo posible.   Su madre luchó porque su hija no abandonase, ni se achantase, porque  tuviese una plaza acomodada y cuando finalmente la obtuvo, luchó porque viviese desahogada de los imperativos de madre trabajadora y de esposa. Por eso cuando esa persona que es la MADRE (en mayúsculas) cerró los ojos,  Jacinta solo podía decir Gracias, mil gracias por  la generosidad, por haberla salvaguardado del legado de un mundo de amas de casa y mujeres de provecho.

Al morir , Jacinta dejó su casa y reformó ligeremente la de su madre. ¿Adivinais? Fue aquel bajo que ahora ocupa la inquilina. En realidad las dos han vivido en el mismo lugar en tiempos distintos.

Ahora la vida las ha cruzado de manera azarosa y caminan del brazo, contándose todas esas cosas que tienen  3 décadas de diferencia. Si hay algo difícil es relatar a cachos  la vida sin dejarse el jugo de todas esas partes que nos han sacudido por dentro. Nunca lo ha hecho así, tan a bocajarro como ella misma se descubre,  pero  la edad le ofrece menos miedos.

Por eso a veces la plaza del ayuntamiento es su lugar de referencia, el lugar donde se escuchan la una a la otra y aprovechan para caminar y dejar al tiempo de lado.

Ella piensa lo positivo que son esas charlas de tú a tú, esa actitud alegre y prosaica de Jacinta que le trasporta a una experiencia y visión de la vida que todavía le resulta lejana. Por eso le agrada tanto escucharla porque le parece reveladora y valiente. Se pregunta si albergará secretos que nunca contará a nadie, como ella….o si el tiempo vencerá al pudor.

A Jacinta lo que le encanta de su inquilina es la juventud que a ella se le ha extraviado, esa belleza que misteriosamente se va consumiendo los años, así como su capacidad de escucha. La cree lista e independiente como ella siempre ha sido, como la hija que siempre echó en falta.

Es tarde y el cielo va coloreándose de una tinta azul noche. Se despiden en la bifurcación de sus casas que en realidad son la misma solo que con acceso a dos calles.

Ahí vive la maestra de 100 años ¿ves el letrero con su nombre?- dice Jacinta, está muy malita pero todavía me reconoce. Todas mis mejores amigas siempre han sido maestras.-añade.

De repente, la inunda el vértigo. La vida es un soplo y que poco lo tiene en cuenta. Le gustaría revelarle a Jacinta una a una todas las cosas que palpitan dentro de ella, silenciosamente, a la sombra de aquel limonero.

Un comentario en “A la sombra del limonero

  1. La inquilina casi es un espejo para Jacinta, a través de la cual ve su largo y trabajoso camino vital y en la que espera adivinar una evolución …para mejor. Es un camino lleno de trabas, si… pero lo bueno es hacerlo !, sólament así cambiarán las cosas.
    Me encantan las fotografias i la canción que has escogido para el final…. siempre tan acertadas !.
    Saludos y buena semana 😉

Te escucho...

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