El viejo árbol

Desde fuera le pareció un barco navegando a medio pulmón de la montaña. Aunque solo se trataba de una casa, una gran casa  en mitad de la noche. La oscuridad abrazaba  cada uno de sus muros, como cualquier madrugada, equivoca y ambigua, la exhibía a su música de hojas y criaturas hechas de espesura.

Había salido un momento a tomar el fresco y fijó su vista en el gran árbol que ocupaba la mayor parte del porche. La noche cerrada impedía ver los contornos, pero ya se percibía en sus ramas, el lento abandono de un invierno seco y vencido. Se sentó en la escalera del porche, convencida de que nadie caería en la cuenta de su pequeña ausencia.

No era exactamente que se sintiese un ser extraño (que también) se trataba más bien de las ventajas de un edificio que permitía  pasar inadvertido sin que el resto del mundo lo notase. No disfrutar de aquel recodo de soledad le habría parecido un desperdicio, aunque los estímulos de sala, música, alcohol, vacaciones,  la habían conducido también a ese camuflaje necesario, del que ahora se protegía.

Con la vista puesta en alto fue vislumbrando y aclimatando su pupila al ramaje de aquel árbol, un árbol que en cierta forma  y sin moverse de lugar,  la había acompañado cuando él estaba cerca.

Una porción de tiempo y de recuerdos que ahora la rodeaba justificando su lugar en el mundo y su memoria. Se levantó movida por el deseo de tocar el tronco viejo y suave de aquella planta, descubriendo que entre sus ramas quedaba enmarcado un orión lejano y bello. Todo es una porción de tiempo- pensó, el horizonte pasado, lo que fue y ahora nos llega como una ráfaga dejándonos constancia de su presencia y su ligereza.

Con los años, había aprendido a permitir que determinados momentos fueran invisibles al reloj, había descubierto las bondades de abandonar la prisa o las excusas en beneficio de sentarse a mirarse y mimarse, estudiarse o intuirse en medio de la vorágine de los tiempos.

Estaban siendo días para eso, para alejarse de la rutina y acercarse a los contornos de un interior abandonado, precipicio solemne al  que había dejado crecer como hierbas salvajes, sin prestarle atención. Había que probar como se había aclimatado el viejo olvido, el tenerlo cerca sin el dolor de saberlo lejos, el desapego sin odio, y un baúl inetiquetable en el que guardar un cariño profundo y secreto.

No quería sentirse culpable por notar la vulnerabilidad de su presencia o por respirar entrecortado al rozar sus manos o por no aguantar la perseverancia de una  mirada…¿Qué nombre tenía aquello?. No le importaba. Todos esos hechos formaban un rescoldo que debía ser escuchado y puesto en libertad, sin empeñarse en momificar el sentimiento. Eran restos de un deseo que había habitado su tiempo y que todavía hoy, el corazón mostraba.

Y brillaban como estrellas en mitad de la noche o pequeñas perlas de luz coronadas bajo el techo del gran árbol. Aquella visión encendió una sonrisa en la cara de ella y se sintió afortunada simplemente por sentir. Un gesto que azarosamente descubrió él al descorrer la cortina y hallarla bajo su árbol.

Tal vez  compartían mucho más que esta imagen. Un pensamiento profundo y olvidado. Y es que la felicidad no solo emergía de lo certero y evidente, sino también del modo indolente en que acomodaban sus errores y decisiones pasados los años, dándose espacio para la oscuridad y el descredito, la dignidad y el amor, el aprendizaje y el cambio.

2 comentarios en “El viejo árbol

  1. Esos momentos de introspección, de encontrarse con uno mismo, resultan a veces reconfortantes, pero tambien, a veces nos enseñan nuestros propios errores…. creo que es bueno escucharlos y reflexionar sobre ello . Un buen texto ,que nos lleva a ello.
    Saludos 😉

Te escucho...

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