Las transeúntes

Cerró el libro que acababa de terminar quedando la portada al descubierto, al igual que su alma. «Nada crece a la luz de la luna» – susurró, aproximándoselo al pecho y tratando de acaparar el sentimiento que aún pernoctaba dentro. Fue caminado hasta la puerta del edificio, sintiendo el suave tacto de la tapa y el papel entre los dedos. Aquella biblioteca, tan solemne y majestuosa , había sido eregida en mitad de la nada. Concretamente, en medio del bosque, aunque cercana a otras ciudades colindantes. Guardaba un aura mágica, sobretodo en invierno, cuando alrededor la nieve lo cubría todo y desde sus grandes ventanales podías disfrutar de una lectura cálida y oriunda. A pesar de representar algo así como un retiro, guardaba su pequeña afluencia de publico, entre los que se encontraban lectores, escritores y tambien algunos artistas que aprovechaban la inconexión del lugar para conectar con otra parte de ellos mismos.

Había una habitación especialmente valorada, se llamaba MADRE, con una colección de volúmenes dedicados exclusivamente a literatura relacionada con la naturaleza. Estaban ordenados atendiendo al criterio de procedencia del autor/a o bien, al lugar que bañaba el argumento del libro. Alrededor de los espacios y geografía de la sala, se podían observar láminas de viviendas aisladas construidas en soledad haciendo referencia a cada uno de los países que conformaban la colección.

Había cogido aquel tomo y lo había devorado en dos tardes. Aunque todo lo que se contaba pertenecía al siglo XX, había lugares y formas que en esencia no habían cambiado. Reconoció ciertos tipos de dolor y también algunas alegrías, pero sobretodo los derroteros por los que nos pueden llevar algunos amores asimétricos, tóxicos, la pasión desmedida con que la protagonista accede a autohumillarse con tal de lograr las migajas de un amor que no es bueno para ella. Ese punto de ridiculez y extravío que se llega a alcanzar cuando el corazón ahoga todo razonamiento.

Pero sobretodo lo que más recordaba en perspectiva, fueron las desgracias inhumanas que la protagonista tuvo que soportar por el solo hecho de haber nacido mujer perteneciente a clase social baja.

Miró hacia el horizonte mientras sopesaba el libro. Sintió el gélido viento de la tarde y el baile de los abedules sobre el horizonte puso en movimiento muchas de las palabras que habitaban como esquirlas en su interior. Eran palabras algunas voraces y otras tímidas, casi ingenuas pero con una carga semántica e hiriente superior al resto. Y casi todas eran proferidas en alusión a unas expectativas que como mujer y madre, incumplía. Es verdad que nunca se dejó llevar ni condicionar por aquellos sinsabores, pero seguía albergándolos con cierta ira y eso la preocupaba. A veces la hacían sentir como una pieza torcida. El libro tocaba tambien esos fondos, lo sencillo que es tomar decisiones desde otros vertices y la poca delicadeza con que se cuelgan etiquetas a las personas.

Pensó que lo mágico de la literatura no sucedía solo mientras transitabas las páginas del libro, sino justo después, como en aquel mismo instante, con aquella sensación caótica de divagaciones amotinadas impacientes por recolocar cada sensación adquirida. Y es que los libros eran precisamente como casas que nos abrazaban para mostranos otra luz que nos había pasado desapercibida en el camino.

Al volver a la sala para devolver el libro, se fijó en los cuadros, casas exentas en lugares salvajes. Y las sintió cerca, cada una de ellas podría componer un libro si ella se pusiese a imaginar. Aquello se le daba bien y rio sin poder evitarlo al recordar una escena relacionada. Hacía un par de días había regañado a su hijo mientras se vestía porque andaba en las nubes y se había colocado el calzoncillo del revés. Era una breve regañina de esas que él ni percibía como tal, así que concluyó con una pregunta que lo hizo aterrizar en la Tierra. ¿Tú en que mundo imaginario vives, J.?- abrevió, a lo que él respondió que «En el suyo»- con bastante credibilidad de que esa parcela le pertenecía y le era propia e intrasferible. Luego le confesó un secreto, que unos niños en el patio, se habían burlado de él por la manera en que estaba en las nubes ensimismado de esa forma en que solo él y yo sabemos. A ella le vino un requiebro de ternura y culpabilidad, ¿Por qué regañar a un niño por imaginar, si aquello era una gran capacidad? ¿Si era lo que ella solía hacer para escapar de la vulgaridad de una realidad a veces aplastante, sin los matices que irradian lo que nuestra imaginación nos brinda? y así se lo hizo entender en un lenguaje infantil, cercano a su entendimiento, para que no abandonara jamás de los jamases ese mundo tan particular y defendiera esa faceta suya.

Al hilo de esa anecdota, recordó el libro infantil «Salvaje» de Emily Hugues y la primera vez que lo escuchó contar de boca de su traductora, lejos de casa y de ellos. Aún eran pequeños pero supo que como madre no querría jamás ahogar ese carácter salvaje que naturalmente desprendían.

Ellos habían sido un poco de todas partes, como ella se habían impregnado de todas esas esencias, porque aunque no siempre viajaban juntos si lo hacían a todas partes de corazón.

Bajó las escaleras de la biblioteca con su maridaje de sentimientos: el libro, los niños, el nuevo trabajo. La luz de la noche se posaba ya sobre un cielo rojizo que como un rayo partía la tarde para presentar una noche sin luna, que en cierta forma la aturdía.

De nuevo tendría que volver al viejo anden de la maleta y la soledad, haciendose a un entorno nuevo, habitando un hogar a base de días, haciendo regir de nuevo su yo de automimos y añadiendo nuevos desconocidos a su lista de tránsitos.

Al encender el coche y atravesar el bosque de camino a casa, supo que todo esto le era ya familiar. Un bagaje que le había tocado vivir sin más dilación y para el que jamás quiso autocompadecerse demasiado. Quería girar siempre un poco el prisma para ver la parte oculta, las bondades que todos estos ajetreos le habían aportado a su vida. Esa riqueza de lugares, el aporte de gentes y experiencias profesionales o simplemente, los hábitos de autocuidado que había contraído a raíz de estos viajes.

Y aunque habían existido personas que habían tratado de desalentarla o directamente criticarla, casi siempre mujeres, guardaba también el rescoldo poderoso de todas aquellas muchas/os que la habían abrigado o reconocido en ese esfuerzo. Eran recuerdos que se vertían sobre la carretera, de regreso a casa, cuando azarosamente sonó la voz de Drexler.

¿Qué cantidad de murallas podría derribar una simple voz melódica en el sigilo de la noche? Esa distancia que cae como un telón, entre el vacío y la memoria ardiente de los días.

2 comentarios en “Las transeúntes

  1. Algunos tienen la fortuna de poseer la lleve de una puerta por la cual se accede a un mundo especial. Un espacio de ida y vuelta, secreto, propio y silencioso ajeno al ruido y al ajetreo. Un besazo.
    Espero y deseo que cada vez el destino te traiga más cerca. .

  2. Me gusta como usando distintos vagones de un mismo tren , libros,cuadros,nubes… consigues hacernos viajar hacia nuestro interior, en el que las dudas i afirmaciones nos afligen y abrazan a la par. 😉
    Un placer viajar en ese tren i con buena banda sonora, además !.
    Abrzos !!.

Te escucho...

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