Año luz

Los besos son regueros por los que trasteamos la forma de parar el reloj.

Tintineaba el cursor sobre la pantalla cuando terminó de escribir la frase. Estaba semidesnuda pensando en como hilar el guión de la historia que la llevaba entretenida varios meses. Escribir era un hábito irrenunciable por el que ella también detenía el reloj. Pasaba largas horas en la buhardilla desde la que se avistaba la parte más amplia del río y el barrio antiguo de la ciudad. Inspirada o no, el gesto de bucear la palabra era una forma de encontrarse a cachos en distintos zapatos.

Sus frases no buscaban ser tasativas con el mundo o la sociedad, al igual que sus personajes , acertada o no la historia se gestaba para hacer pensar al lector y había tantos matices como personas dispuestas a escuchar y enriquecerse de lo distinto, de lo que no comulgaba ni con sus propias creencias.

Reía a veces en silencio, cuando bocetaba un personaje que se escapaba de lo previsible, de la frágil concordia humana… porque así era la vida: una tibia línea de sueños encontrados. Y lo describía cabezón y rígido, perdido en su dialogo narcisista mientras presumía de gestas o aquejaba el borde de alguna calamidad. Y todo era como cuando era niña y disputaba junto a sus primos una ardua batalla de indios y americanos. Esas figuritas que ponía ahí estratégicamente para buscar el resorte, la prueba o quien sabe, quizá una paz efímera que durase lo que se tarda en devorar un delicioso bocadillo de nocilla.

Quería que la historia rezumara veracidad. La tensión característica del latir humano. Y ponía la pluma donde había puesto el ojo. Observaba como a las gentes le importaba eso de cambiar los argumentos del otro convencidos de su propia verdad. Y la torpe capacidad de escucha que siempre los ponía en jaque, gastando el pensamiento en el fulgor de la respuesta y no en la reflexión sobre la diferencia.

Deseaba que todas esas cosas que pasaban inadvertidas en el traqueteo diario de un instante apareciesen como una luz entre sus parrafos . Y brillaban porque eran sus pequeñas rebeldías humanas, las imperfecciones con las que había comulgado en cada uno de sus errores o los inconformismos con los que se había topado en el camino. A cada una de esas cosas les buscaba un mapa de palabras y un protagonista que las hiciera bailar. En el fondo, cada uno de esos personajes era «y si» en letargo, que ahora despertaba para descubrir que hubiera pasado si…

Volvió a poner puntos suspensivos e hizo una parada. Bajó a la cocina y se preparó un café cargado. Eran las 5 de la tarde de un domingo fugaz de enero. Atípico a lo que corresponde por la inercia del invierno la temperatura había ido subiendo generosamente hasta el punto que apetecía abrir las ventanas. Incluso se percató como algunas hormigas habían salido de un agujero. Quedaba sobre el horizonte todo un año por estrenar y se preguntó que pensarían los personajes de su libro , como se sentirían en ese mismo instante. Y deseó que él tambien fuera un personaje ficticio de su mundo, al que en un momento dado pudiera preguntarle que tal estaba o como había estrenado el año. Lo había desaprendido tanto que solo podía pensar en un año luz como la distancia real que los colocaba separados en alguna hoja de ruta. El recelo o la expectativa con respecto a él, habían dejado de poseerla, ahora el sentimiento era más amable y tranquilo , menos intenso y más nostalgico, pero tambien con un amplio espectro de aceptación incluida. No trataba de esperar nada ni de merecer más, ahora solo era una espectadora en su propia ventana observando los restos que había ido dejando el huracán.

Y si él hubiera sido un personaje de su propio libro, tal vez ella se hubiera dado la licencia de acercarse y abrazarlo con la ternura desacostumbrada. Probablemente decirle que no estaba solo y acomodarse a sus incongruencias tal como él lo hacía a sus malos humos. Pero lo cierto es que ambos eran de carne y errores, y tenían escollos insalvables que no cabían en las paginas de un libro. Le hubiera gustado escucharle hablar sin miedo, con la premisa de no esperar aprobación y con la seguridad de que no habría un juicio detrás de cada palabra dicha.

Todas esas pequeñas tristezas que le llevaban a un año luz de él, formaban otro libro dentro de ella. Un libro que nunca sería escrito en la hoja de ruta y sobre el que ella no incidiría en modificar su impredecible final . En su actitud despreocupada se escribía el grado en que podemos ser dueños de nada o elegir lo que harán, pensarán o esperarán nuestros personajes principales. Nada de eso está en las manos más que la calma de los días y el encontrarse a uno mismo.

Absorta en toda esa estela de pensamientos acabó con los ultimos posos del café. Desde la ventana se percató como la luz del día ya se posaba tenue sobre los tejados más altos de la ciudad vieja, mientras las primeras luces de la avenida tintineaban en la vaguada del río .

-Ves, siempre, siempre hay alguna luz aunque no la veamos – y luego susurró su nombre.

2 comentarios en “Año luz

  1. Suscribo la última frase «-Ves, siempre, siempre hay alguna luz aunque no la veamos –» , da un sensación de esperanza , de que no todo està perdido…. no sé !. Por lo pronto, el año nuevo nos ha traído un buen regalo, una buena luz ! 😉 Me ha encantado leerte otra vez i como deseo, que no sea ésta una excepción ! jijiji
    Muy buen año y un abrazo !!!

Te escucho...

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