Al final del pasillo

Y no, te aseguro que no se trataba de una historia de terror aunque terminase en “or”.

Cuando la condujo hasta la parte más angosta del pasillo, ella jamás pudo imaginarse lo que vería cuando le soltara la venda.

El día de antes le había dicho, mañana te llevaré a un lugar de silencio pero hablaremos hasta hartarnos, un lugar de color y sin embargo nos iluminarán pequeñas oscuridades, un lugar en el que se prohíbe tocar y por contraposición, nos tocaremos.

Con ese último verbo, ¿Había querido decir de forma metafórica o espiritual?….Él no era de pensar bajo la petulancia de la inmanencia. – reflexionaba ella en silencio, con una risilla interior que despertaba alguna fantasía.

Había quedado tocada por la curiosidad aunque más por la expectativa de la sorpresa. Ya estaba contenta con la sola idea de ir con él a “alguna parte”. Esas partes de esos lugares que tienen magia con las personas- habría escrito-, con la historia de quienes los transitan y se quedan adheridos al sentido y piel de los seres.

Tal vez habían sido cobardes, de distinta manera y cada uno a su modo se habían fabricado un refugio o puede que solo se tratase de priorizar con el objetivo de encontrarse con la parte de ellos mismos que habían extraviado. No es que fueran idénticos y si se les hubiera observado desde fuera nadie hubiera puesto un solo punto en común. Regían en lugares inversos, movidos por vientos distintos y a veces una suave brisa los mecía para reunirse en un rincón. Un punto pequeño, ignoto, espontaneo en esencia que los juntaba para verse. Y se sabían iguales en una belleza dificilmente trasferible al exterior. Era verse para reconocerse. Como si hubieran aprendido a leer ese otro lenguaje, el de los instantes nimios que quedan en el aire como piececitas capaces de construir algo más.

No era el caso de aquella mañana, domingo fresco de febrero, no los había reunido la casuística ponderando sus propias leyes, sino que lo habían hecho ellos, movidos por alguna decisión y lejos de toda culpa. Y allí se hallaban haciendo caso de otra parte de ellos, que también era de ellos.

Por eso, cuando abriera los ojos , cuando él la liberara para dejarla ver esa parte del iceberg que solo le había mostrado a ráfagas, lo entendería todo. Caminaba despacio dejándose guiar por la misma mano que ya había olvidado años atrás, y por ese olor que fue fruto de inflexión de alguna de sus prosas. Sentía su tacto, algo nervioso y cálido, conduciéndola a través de un pasillo de posibilidades y el impulso de su voz interior, convincente como un mantra en el que no cabían reglas ni formas exteriormente impuestas.

Si me hubieras dicho que te hubiera explicado a fondo lo que lo hacía atractivos, no hubiera sabido que decirte realmente. Puede que la simpleza de su felicidad vagando en línea recta hacia alguna sala. Tambien sus ojos, los de él, conteniendo la canción de la ilusión al hilo de su boca, la de ella, derramando las siguientes notas.

Y esa proximidad, esa fascinación de dos cuerpos en el mapa que se atraen porque en su naturaleza está ese coincidir, es lo único que puedo contarte. Ahora, a mi vejez, advierto la inutilidad de forzar cualquier acontecimiento que nos impunga la vida, de obligarnos a ser como no somos y seguir caminos que no son los nuestros.

Te preguntarás que ocurrió o que había tras ese pasillo, cuando los ví de refilón mientras él deshacía la cinta de sus ojos y le mostraba todos aquellos instantes, pintados con la más absoluta delicadeza.

Yo había montado aquella sala pero no había prestado atención a los cuadros. A veces pasamos por alto que detrás de toda obra de arte hay una historia que explica y amplia la visión de lo que nuestros ojos alcanzan a ver.

E intuyo que ella veía más que nadie, cuando se observaba en aquellos lienzos que como espejos le devolvían el testimonio de alguien que había caminado sin perderle la pista, de puntillas y a fondo, en otro lugar pero en paralelo admirando el imán….dando constancia de que no somos seres insidiosos ni marginales, sino que acaparamos la vida así como viene y el cariño sin formas arraigadas.

Es todo tan complejo, la vida no deja de ser más que la interpretación de un cuadro, quizás solo un instante determinante que devalúa o da cuerpo al resto.

De esto hace ya más de dos décadas y esta pequeña historia que te cuento ahora, todavía me conmueve.

Cuando se marcharon volví a entrar en la sala y transcribí todas las referencias. La absoluta devoción que sentía hacia aquella mujer y la escritura que inspiró las secuencias. El amor a fin de cuentas manifestándose al final del pasillo.

A ahí, justo ahí, en el culmen de mi vejez, al final de algún pasillo que me hallo recordando los anaqueles más virtuosos de mi memoria. ¿Quién era aquella chica de los cuadros sino yo? ¿Lo quise vivir como espectadora o lo disfruté de lleno sin otras convicciones más que las mías.?.

Solo puedo decirte, como consejo que llegues al final del pasillo, como yo hice, que no te quedes a medias en nada de lo que te proponga esta vida.

4 comentarios en “Al final del pasillo

  1. Me parece un sabio consejo !. Sea mucho o poco , lo que vivas que sea intenso !.
    Me ha encantado poder leer(te) de nuevo tus relatos 😉
    Buen verano , a pesar de la calor !.

Te escucho...

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