Miranda y Ana



Miranda se ha pasado por la casa de Ana , cinco minutos antes, sin avisar y la ha encontrado algo triste. Como la visita solo pretendía un café y una charla, se han sentado y se lo han tomado. Algo amargo- ha sabido, con menos risas que de costumbre, también. Son las tres de la tarde y las palabras caen a plomo, como las mantas del invierno, empapadas y sin escurrir. Y la conversación fluye, liberándola, al igual que las gotas de esa tela recia invernal y que se va secando a golpes de sol, arrugada y olvidada en el suelo.

-No, no es ningún desacierto amoroso lo que me tiene así, -ha asegurado Ana. Confesando después de donde venía tal arrebato, ese resto, ese charco reflector y sucio que son los opiniones ajenas, que no solicitamos y nos prestan de regalo. Esas sentencias que vienen de quienes creen saber de otras vidas más que sus propios dueños.

Ella piensa en las gotas de esa manta, que debería haber recogido y que la lluvia de los últimos días ha empapado y embarrado en el jardín. Piensa en ese agua que va escurriéndose hacia el sumidero iniciando un viaje recóndito e inacabable, como lo son algunas de esas palabras que abren grietas.

-Anda, ven, vamos a dar un paseo- le propone Miranda al verla afectada. Ana se niega, que no tiene ganas, que tiene la cabeza echa unos zorros. Excusas para acurrucarse en esa melodía acaramelada que traen las decepciones.

– Está bien, te voy a hacer unas trenzas de boxeadora que vas a alucinar….. y después….. ¡ya haces lo que tu quieras!. Miranda sabe (por experiencia) que la mayoría de personas desde muy pequeñas no requieren más que comprensión, mimos y escucha. Y que no cambiamos mucho en ese sentido, albergando un niño/a que se nos resiste al paso del tiempo.

La ventana del baño está abierta y el visillo deja pasar una brisa veraniega medicinal.
-¡¡¡Tienes un color de pelo precioso,¡¡¡ tantos tonos¡!!!- dice Miranda, que la mira de un modo muy tierno, acariciando su alma de niña.
-¿¿¿Tú crees???…
– Claro, míratelas en el espejo….¡guapísimas!¡no todo el mundo tiene la suerte de atrapar el sol con su pelo!.

Finalmente, la anima a salir. Le promete que va a llevarla a un lugar recóndito, no muy lejos de casa, eso sí, pedaleando en bicicleta.

-¿Te has creído que somos un par de crías para montar en bici en plan ET? ¡¡¡Nos vamos a caer!!!

– Tu déjame a mí, anda ¿y lo que nos vamos a reír?. Me apetece probar lo que hacíamos de niñas.

El sol empieza a apretar en un mediodía de mayo, pero la brisa las va empujando sendero abajo, como si fueran en una nube y no tuvieran más que dejarse mecer. El camino es de bajada eso también ayuda, pero se echan unas risas por cada desequilibrio y cada bache es otro golpe de adrenalina más. A Ana le suben los pulsos, y valga la contradicción, la confianza en sí misma. Quizás no haya sido tan mala idea subirse a dos ruedas y divertirse un poco.

Finalmente llegan al lugar que Miranda estaba buscando. Es un acantilado rocoso desde donde – a estas alturas de año-se puede avistar como las ballenas expulsan agua a lo lejos.
Ana se queda impertérrita con ese horizonte tan idílico. Se sientan sobre la tierra y quedan turbadas, en medio de un silencio solemne, perdiendo la vista sobre ese azul salvaje. Pueden incluso ver como al expulsar el liquido por sus espiráculos, el agua crea pequeños arcoíris con el sol.

– ¿Ves el mar? – pregunta Miranda, – es tan cambiante y libre como todo lo que nos rodea. A veces creo que no nos detenemos a escuchar esos mensajes “slowly” que nos manda la naturaleza. Ella es más sabia que nosotros.

– ¿A que te refieres?.

– Si, observa. Es en relación a lo que me has contado, esas criticas que te tienen “tocada”. Si todas las vidas en el mundo son así: distintas, cambiantes y únicas…¿Por qué nos empeñamos en hacerlas idénticas?. O dicho de otro modo, quizás desde otra parte de estos acantilados no pueda observarse de igual modo este instante. De manera que este punto pudiera parecernos único e ideal, en cambio sería una mirada reductiva, un sesgo de información, pues nuestra capacidad de ver la realidad es limitada y creyéndonos eso, nos sumimos en un mundo pequeño.
En resumen, las realidades cambian según la óptica, el lugar y los ojos de quien mira, pero hay que aprender a respetar lo distinto. Eso es importante.

– También el tiempo influye. Porque si no hubiera estado sensiblona igual no me hubieras traído aquí….y nos hubiéramos perdido esto.

– Cierto. Pero mira Ana, tienes que comprender que algunas personas no poseen la capacidad de ponerse en otros zapatos. Las pierde su manera rígida de ver y quizá sus instintos. . Creen que hay una sola manera de vivir acertada, la suya y es lo que intentarán decirle al mundo, creyéndose además, libres.

– No creo que sean tan libres. Cuando se le da más valor a las renuncias que a las aspiraciones, algo no encaja. Cuando se trata de brillar a costa de apagar a otros. Siempre me ha sorprendido ese faltar de las mujeres a sí mismas, ejercido por ellas mismas. Y que a menudo la línea vaya en esa línea de cumplir determinadas expectativas que la sociedad nos ha ido inoculando, o nos hemos ido inoculando nosotras mismas mediante esa rigidez… me hace sentir que como mujeres no nos estamos comprendiendo nada.




– Debes dejar de pensar en esas personas que no piensan. Detrás de cada historia cada uno sabe los obstáculos y los sacrificios trazados. Ni nada es tan fácil como pareciese, ni has de demostrarle nada a nadie. Además, quien te quiere no te juzga y eso, es un buen punto para detectar a las personas que están para impulsarte. Eso no quiere decir que te calles. Somos dueñas de dejarles claro que no les vamos a permitir que traspasen ciertas líneas.

– Gracias por escuchar y regalarme este instante de clarividencia. Son cosas que se saben pero que a menudo olvidamos. Duele mucho cuando te cortan trajes así, tan rápido…

– Hablando de trajes….¿tu no tienes calor?….¡Venga vamos a darnos un bañito!. Te enseño un sendero que llega a la orilla desde aquí.

-¿Pero no me he traído bikini?

-¿Y?….Después de haber compartido bici y que te hayan colocado una etiqueta equivocada… ¿me vas a decir que no tienes ganas de quitártela?

-Jajajajaja-esta bien. Vamos a ser un poquito sabias -que no egoístas- y a disfrutar de estos ratitos que nos regala la vida.


El camino prometido serpentea hasta una cala pequeña, casi desconocida para Ana. Se quitan los zapatos, los vestidos y se bañan, nadando en medio de una sensación inigualable de placer. Desde arriba alguien pudiera pensar que comparten una relación homosexual . Y pudiera equivocarse, o no. ¿Por qué ese afán por definir tajantemente todas y cada una de las personas que nos rozan, si se encuentran (nos encontramos) siempre en pleno crecimiento?.


Miranda atrapa el pie escurridizo de su amiga y con dificultad le da una aguadilla. Luego las risas de siempre.
Y es que a menudo hay personas salvavidas destinadas a protegernos del marasmo y la ignorancia.

3 comentarios en “Miranda y Ana

  1. Que afortunada es Ana con tener a Miranda… ella no es una amiga, es una angelilla !! Y van tan escasas…. yo me pido una 😉
    Una buena reflexión hecha relato !.
    Buen fin de semana 🙂

  2. Una amistad excelente que sabe cuidar la libertad y una máxima para las relaciones en general. Hay que evitar encasillar en un papel a las personas que tratamos. Un besazo.

  3. Es una pena que la gente tenga que juzgar a los demás por defecto, señalándolos si no som afines en algún concepto a ellos mismos. En eso envidio a Berlín. Puedes ser y hacer lo que te dé la gana sin que nadie opine al respecto. Besitos, Stunner

Te escucho...

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