Una fría mañana de diciembre

La mañana de diciembre trae una lluvia fría y delicada, que me calma. Abro la ventana y dejo pasar el viento, que se lo lleve todo, incluido este 2020 desasosegante. Leo los últimos libros del año en la cama, con el sol escondido, rayos de poesía que me regalan sensaciones cortas y agradables. Pulsos de luz. Como una caricia cuando nadie puede acariciarte, cuando sabes que eres carne de soledad y encierro. Es curioso como mis pies no logran entrar en calor mientras mi pecho se ciñe a la opresión más tórrida. Por un instante cierro el libro y siento un miedo escrutándome, subiéndome desde las pantorrillas hasta el cuello. “Es esa sugestión que nos hemos fabricado” le digo y luego sacudo las sabanas para echarlo, o diseminarlo, o esparcirlo como polvo ¿Quien sabe como se puede diluir ese bicho invisible?. Es una lucha implacable en la que sabes que llevas todas las de perder.

Te levantas como si te hubieran apaleado y en el camino al baño suena el móvil y te enteras de esas otras vidas que están mucho más enfermas que tú. Cosas que sospechabas. Niños de por medio que siempre son el flanco que paga injustamente. Y sientes una frustración tremenda porque sabes que no estás allí y porque sabes que es verdad todo lo que te cuentan. Se te escapa una lagrima furiosa pero procuras que no se note al teléfono. Esa manía que tenemos a veces de esconder nuestro lado vulnerable. Y cuelgas y te quedas pensando, frente al espejo. La suerte que es nacer en el lugar adecuado y la importancia de no callar los abusos. Jamás callar la violencia. Menos -todavía- a niños. Esos seres indefensos que han venido a regalarnos el futuro y la oportunidad. Esas criaturas capaces de poner sonrisas en los momentos más atribulados y oscuros.

Y sobre estos pensamientos, vuelves a la cama a seguir viendo llover. Perpleja. Esa sensación de agradecimiento, para con el mundo, por haberte dejado caer en el lugar adecuado. Como la gota de lluvia sobre el árbol sediento. Ya parece menos este virus camaleón que se esconde por los meses y días sin dejarlos avanzar. Aunque no lo parezca, hay cosas más difíciles de erradicar que un bicho de laboratorio.

Y eso me ha regalado esta mañana lluviosa. Y que me he puesto a sonreír, como una boba, cuando te he visto aparecer tras el umbral. Con mi desayuno y tu pregunta. Que cuántos libros llevaba. Te he dicho que tantos como para poder enterrarme desnuda sin que me vieras un cachito. Y nos ha hecho reír esa tontería. Esa imagen. Ya me leería yo por lo menos tres fundamentales- has declarado. En la fría mañana lluviosa de diciembre.

4 comentarios en “Una fría mañana de diciembre

    1. Esa es la sensación que me da a mí a veces, Carlos, con respecto a toda esta pandemia. Que importa más como arma arrojadiza o política que conviene usar. Y mientras tanto, que nos conduzcan como ganado… que es por nuestra salud y bienestar. Ejem

      Besos, Carlos

  1. I quién serà ese sabio…. o maldiestro, que tiene el poder de escoger dónde uno empieza sus dias ?? Otro de los misterios de la lista ! ….
    Creo que nos estamos malacostumbrado a esta vida tan controlada….. i que ya va siendo hora de espavilar tan pronto nos den la oportunidad de recuperar esas vidas anheladas !.
    Pienso también , que a ese chico del relato, le encantaria ser aprendiz de bibliotecario …. i ordenar tanto libro revuelto ! jejeje
    Abrazos clandestinos i contento por tu reaparición literària 😉

Te escucho...

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