Mientras dormías

Recuerdo hace ahora 30 años, que me contaste una de tus ingeniosas historias.

Yo me quedé profundamente dormida y también tú. Pero en tí que adorabas la siesta, no era raro. Te subías a descansar del trabajo a una buhardilla que había en la vieja casa y abríamos la cámara por dos puertas dejando pasar un aire de canícula, bochornoso pero que traía olor a descanso y verano. Decías que estabas hecho para soportar el calor más extremo y en eso sí que coincidíamos porque ambos detestábamos las calamidades que venían con el invierno.

Me sentaba en la ventana y aprovechaba que te dormías para buscar en la caja de cartón que había sobre los pies de tu cama. Tus ronquidos eran el toque de salida y aquella “cámara” -como le llamabamos entonces al desván- guardaba tesoros inmensos para mi poderosa curiosidad de niña. Los trastos viejos, revistas antiguas, cacharros inservibles, los aceites usados, la mesa de plancha, aquel era un lugar donde retirar y guardar cosas aunque tambien un lugar donde retirarse del ajetreo de la rutina diaria . A los dos nos gustaba amotinarnos allí, entre montones de cosas pasadas viendo el mundo pequeñito desde las alturas.

Una vez curioseando por entre los enseres encontré tu paquete de cigarrillos y recuerdo comenzar a partirlos con decisión, no quedaban muchos pero quería que cuando los encontrases no pudieses fumarlos.

Me serenaba escucharte roncar a lo lejos mientras yo planeaba mis juegos o me bañaba en la piscina que montabamos para combatir los estragos del verano.

Y aquel día, mientras me contabas esa historia que adornabas siempre con tu lenguaje fantastico, yo cerré los ojos y tuve un sueño.

Bueno en realidad fue una pesadilla a la que después de despertar le vimos su nota de humor y quizá por eso, me acompañó hasta hoy.

Yo aparecía en un edificio de un colegio, acristalado y con barrotes. Estaba dentro, jugando tranquila cuando comencé a sentir un ruido animal que me asustó. Daban golpes en el candado de la puerta que estaba cerrada y al alzar la vista descubrí que había un toro negro al frente, bufando y golpeando con sus cuernos la fragil entrada. ¡Estaba tan sola… y no podía pedir ayuda a nadie!, mientras aquella bestia me miraba y resoplaba con un ruido que jamás olvidaré.

El sonido -despues me enteré- que habían sido tus ronquidos. Yo lloraba de miedo pero enseguida nos reímos y tú dijiste algo así como que cuando roncases fuerte otra vez, te zarandease un poco , que era un remedio eficaz. Y fue verdad. Y eso hice a partir de aquel momento.

Que tu ronquido fuera – en mi imaginación de niña- como el sonido de un toro, no tenía nada de extraño. Porque tú me enseñabas como eran en verdad esos animales, cuando bajabamos al corral y les dabamos de comer, yo desde fuera pero cerca y tu desde dentro pero lejos, barajando su sangre salvaje, aleccionándome con tus trucos de domador y las primeras clases de biología animal.

Eras mi roncador favorito. Y siempre lo fuiste. Roncabas tan rápido que siempre me alucinaba tu facilidad para quedarte dormido en cualquier parte.

Cuando me transformé en una adolescente inconformista y rebeldona, y me aficioné al fútbol como tú, fuimos juntos a ver a tu equipo, el Real Madrid, y a mi jugador favorito: Roberto Baggio. Me acuerdo que andabas muy preocupado porque dormíamos en casa de un amigo mío y no querías que te escuchasen roncar. Pero aquello no salió tan mal y echamos una tarde de partido memorable. Ganó tu equipo y yo vi de cerca a Baggio aunque nos costase a mí un toqueteo de culo de un salido y a tí 5000 de las antiguas pesetas robadas de tu bolsillo por un sevillano usurero.

A ti nadie te arrebataba la paz. Pasara lo que pasase, tenías esa naturaleza poderosa para andar siempre por el mundo con una sonrisa y las mejores intenciones. Guardabas palabras para todos, planes para agarrarte a la vida de lleno y llevarte lo mejor de ella compartiéndola con los demás. Porque tu estabas hecho para eso y creías que mucha gente tenía tu misma presteza o intenciones y a veces te bajábamos a la realidad y eras incapaz de creernos. Tu enorme corazón te hacía transparente, siempre eras tú y te daba igual mostrarte tal cual ante cualquiera. Eso me encantaba.

Ahora recuerdo todo esta malgama de momentos como una línea de tren a velocidad express, que se para inesperadamente en alguna parte a las 6 de la mañana en la fragil arruga de una pesadilla. Y resulta que he vuelto al quejido de tu ronquido pero no he podido despertarte, ni sentirte a mi lado mientras te zarandeaba y no dejaba de temblar. En verdad, he cerrado montones de veces los ojos con la esperanza de que suceda como entonces, que me de cuenta que todo era un sueño y que tu estás ahí, ayudándome a reirnos del toro pasado.

Yo se que no se puede volver atrás pero es lo único que me pide la rabia que siento en estos momentos. Regresar al día 23 para entender algo de todo este puzle que nos dejaste, para mover una ficha que pueda cambiar el curso de los acontecimientos, para salvarte del inexplicable y fatal destino que no te dio ni una sola oportunidad.

Y me quedo a solas con este Dios raro en el que nunca supe creer como tú. Que te dejó dormirte sin despertar y que hoy pone todas mis lagrimas a rodar permitiendo que te vayas así, sin despedidas ni avisos, con 67 años y buena salud. Porque al final surtió efecto mi travesura y hace décadas que dejaste el tabaco y desde entonces te cuidabas con esmero. Porque jamás bebiste más allá de tu cerveza o vino diario. Porque nos querías y te queríamos y has demostrado ser un hombre ejemplar, apasionado de la vida y que nunca se rinde.

Que sepas que yo tampoco me voy a rendir y que voy para adelante como a tí te hubiese gustado.

Te quiero, papá.

Gracias por todo lo que nos dejaste ¡que es mucho! porque tú eras y seguirás siendo en nuestro recuerdo alguien insuperable.

8 comentarios en “Mientras dormías

    1. Muchas gracias Artur. El dolor siempre se sobrelleva mejor así, en compañía.
      Se podrían haber añadido tantas cosas dentro de una vida…pero estas me salieron de repente.

      Besos, amigo.

  1. Coge su relevo y sigue creando ingeniosas y magníficas historias como tu sabes hacer. Allá donde esté, seguro es un lugar idílico y maravilloso al cual solo las buenas personas como él, tienen el privilegio de llegar.
    Sigue luchando y haciendo que se sienta orgulloso de su niña como siempre lo ha estado.
    Mucha fuerza y mil de besos.

    1. Jefe, espero que esté en un lugar muy grande como merece, aunque no se mereciera esto. El siempre decía cuando me ponía a explicarle algo: ay, se nota que eres maestra … y le salía el orgullo por los ojos y yo le decía que no era eso, pero no lograba convencerlo.

      Hay que seguir adelante y superar este duelo, la vida continua y es lo que a él le hubiera gustado realmente.

      A tí por tus palabras.

      Besos.

Te escucho...

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