El viejo olivo

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Abrió las ventanas para dejar pasar el fresco en un raro día de junio. Como la casa hacía esquina, el viento atravesaba la habitación fácilmente y el paisaje se colaba ante sus ojos, inundándola de luz, mientras terminaba de pintar aquel oleo del viejo olivo.

Era un cuadro que tenía abandonado desde hacia décadas, en la buhardilla, absorbiendo polvo y que un día sin motivo aparente, dejó inconcluso . Lo limpió delicadamente y fijó sus ojos en la base del tronco que había dejado toda manchada de un misterioso y plano color negro. Era como si ese olivo hubiera desarrollado una oquedad en sus raíces, a la altura de la tierra y así se lo había explicado a todos. Era como si se hubiese convertido en cueva o refugio de algún animal salvaje, un búho, una lechuza, un zorro, alguna pequeña bestia que de pronto ,inesperadamente, encendiese sus ojos y saliese de lo más recóndito.

Sabía por costumbre que el olivo era un árbol así de generoso, capaz de albergar huecos con sus nudos y desarrollar oquedades sin que el follaje de arriba lo notase. Ella misma había metido las manos de niña en alguno de ellos con la adrenalina disparada buscando tesoros escondidos o animalitos que observar. Le gustaba ese agujero negro de pintura de su árbol y por eso el cuadro se había quedado así, incompleto.

La profesora,  había dicho que faltaba por definir la roca caliza a los pies del árbol (tal como la imagen del boceto previo);  y su madre, su hermano y hasta su padre, habitante de su mundo y rara vez preocupado por asuntos del estilo, estaban de acuerdo en que -sin saber lo que era- le faltaba algo sobre los pies de ese olivo.

Sonrió recordado aquella unanimidad familiar, más sabiendo que podían existir árboles así. Todo aquello llevó al cuadro a ser aparcado sin firma ni marco durante casi 40 años. Se paró a pensar porque a todos les creaba incomodidad dejar un espacio negro.

La belleza idealizada guarda su punto de engaño- pensó,  la naturaleza es salvaje y difusa, como la vida. Ella quiere ir más allá, hacer reflexionar al otro sobre esa idea.

Tiene el pincel en la mano y por las ventanas, como por el agujero, se cuela una conversación de la calle. Siente curiosidad y se asoma levemente, parece una pareja discutiendo. Alcanza a escuchar …

“…Mira que fácil es cambiar un cuerpo por otro diferente. Y acostumbrarnos a un olor extraño abrazándonos a ellos por la noche, con el mismo deseo de calor humano. Parece que no buscáramos amor, ni quisiéramos humanos, sino tan solo madrigueras de piel y huesos para no morir de frío.”

Tras pronunciarse, ella dobló la esquina y él se quedó impasible, mirándola. Ella, la de más arriba, desde la ventana los observaba con el pincel tembloroso entre las manos. De su cara plagada de arrugas y surcos se resbalaba una lágrima fortuita al escuchar esas palabras y recordarse perpetrando un hueco lejano ya en el tiempo.

Esos trocitos que se vacían de nosotros, esos que se lleva el dolor o regalamos a quienes amamos, perdiéndonos…. esos son oscuridades que nos acompañarán siempre, en nuestra rica vida interior. Haciéndonos sentir vivos y vulnerables pero incansables de valentía y ganas.

Ella se quedó pensativa, mirando por el telescopio, su propio universo y el de esa chica más joven, eclosionando  en una gran colisión de galaxias inmezclables. Tantas veces se podía ver en las pequeñas nebulosas que nos presta la vida. Retratos cegadores- les llamaba. Abrir la mente era también hacer el esfuerzo de comprender a otra persona, aunque no compartiésemos su opinión. ¿Éramos capaces de mirar a través de esas oscuridades sin el peso de los prejuicios o incluso la raíz de nuestras cicatrices?.

Cuando se aposentaron todas estas ideas, cogió los pinceles más inspirada que nunca.  Y trazó unos 7 pares de ojos como de animalillos, al fondo de aquella oscuridad sin tregua  y más abajo un pequeño riachuelo que se asomaba haciendo cosquillas a las raíces y recordando el fluir cambiante de nuestro alrededor.

Con las manos aún llenas de pintura se abrió una cerveza y se sentó  a contemplar los reflejos de ese negro, ahora trastocado, en el corazón del viejo olivo milenario.

¿Digerimos nuestros agujeros o ellos nos digieren?.- se preguntó. Mientras el sabor del cereal se colaba por entre sus huecos.

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12 comentarios en “El viejo olivo

    1. LittleCat creo que somos nosotros los que nos detenemos más tiempo del necesario. Sin embargo, a mucha gente le ocurre, quizá necesitemos de esa testarudez para sacar conclusiones.

      Saludos.

  1. A veces la costumbre, la corriente social y lo que nos han instruido desde pequeños influye mucho para que alguien pueda entender, comprender y aceptar algo de otro que es distinto a lo que esa persona piensa, y que es distinto a su vez de lo que la mayor parte de la sociedad piensa (y bajo lo que actúa en consecuencia). Besitos, Mukali

    1. Totalmente de acuerdo con lo que expones.
      La costumbre y la educación arraigada como norma, la tradicción por otro lado son lastres que carga mucha gente y que no se preocupa por poner en duda ni modificar cuando encuentra algo distinto. Es más facil etiquetar lo diferente (limitándolo) y seguir con mis principios inalterados, que preocuparme por modificar mis esquemas.

      Besos de Mukali Stunner….jejej

  2. Yo pienso que los cuadros nunca estan terminados del todo… como la vida…. se van pintando poco a poco i llega un momento en que senzillamente , lo dejamos ahi…. es un momento en que ni le falta ni le sobra…. pero claro , es en “ese” momento ! …. con el tiempo, quizàs lo retomamos i le damos un nuevo giro, una nueva mirada…una nueva vida , pero no siempre sucede…. Yo mismo , tengo alguno así….
    Abrazos 😉

    1. Pienso igual. De hecho un pintor siempre está pintandolos aún terminados, aunque sea imaginariamente. Claro la vida, las miradas cambian, como cuando lees un libro años despues…
      El arte es así de mágico, como un espejo que va reflejandonos.

      besos.

  3. Pintar preguntas es conspirar para alterar el precio de las cosas. Si un hueco es un espacio incapaz de contener arte, ¿que será el transparente vidrio de Velázquez? Uno pinta lo que siente, o no pinta nada. Un besazo.

Te escucho...

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