La piscina de la memoria.

Avancé entre la niebla densa y húmeda medio desnuda. Iba dando pasos cortos en un suelo algo resbaladizo. El vapor cálido se escurría por entre las piernas. Alcé la vista, menos presencias que las habituales: el reloj marcaba las 1.

Llegué hasta las perchas y colgué mi toalla. Luego accioné  la ducha y dejé que le agua cayese lenta mojando todos mis rincones. Al cerrar los ojos me sorprendió un recuerdo: aquella lluvia que nos cogió en el viaje al trópico. Éramos dos jóvenes que mordían la vida con vehemencia . Al final los recuerdos acababan convirtiéndose en sensaciones, como las que tenía delante, esperando avanzar para ser vividas. Cerré el grifo y me lancé de lleno a la piscina, con esa ultima imagen pulsando el trampolín de mis decisiones.  El agua estaba algo fresca pero mi cuerpo tardó poco en aclimatarse.

Buceé unos metros sin perder de vista la linea azul del fondo, sintiendo la levedad de mi cuerpo  y  el estupor que siempre me causa  estar bajo el agua. Ahora era otra más con su propia calle , equilibrando la cuota de oxigeno, una más de las que -en carrera- peleaba por seguir una vía  propia y alinearse al medio, sintiendo  tan solo los ritmos del cuerpo, frenando el trasiego del tiempo, la prisa, las obligaciones, la vida.

Nadar me había enseñado que el agua tiene una doble cara: puede resultar agobiante si tratas de moverte en ella con la velocidad acostumbrada; o por el contrario,  propulsora si te abandonas a su consistencia utilizando tu propia ligereza. Tal vez ese fuera el secreto de la felicidad, flexibilidad para acomodarse a los problemas, fluyendo y no batallando a través de ellos.

Cambié el ejercicio y decidí avanzar unos largos de espaldas.  Al moverme en esa dirección, introducía la cabeza levemente y luego salía a la superficie expulsando aire. En los primeros metros,  encontré algunos restos de naufragio: como cuando un olor o una música pasada te visitan. En el techo había unas banderillas de color azul y rojo que yo visualizaba siempre que iba a nadar, justo antes de hablar contigo.  Esas sensaciones que hice mías y de las que tú nunca supiste, la extraña felicidad que me bañaba en aquellos días…

 

Traté de seguir nadando pero  cada vez que veía esa banderola, tu recuerdo ágil y tenaz aparecía como una brazada, llenándome los ojos de humedad, lagrimas que nunca serían vistas. Era curioso  descubrir como algunos objetos que se hallan cerca de lugares en los que sentimos fuerte, se contagian de todo.

Sin pretender apartarte, mi objetivo fundamental estaba centrado en hacer caso a dos ritmos vitales: respiración  y corazón. Así que las lagrimas pasaban inadvertidas perdiéndose como gotas inucuas en una piscina. Lo que me mantenía a flote por naturaleza era el esfuerzo y la tenacidad. Así que acepté que aparecieras a ráfagas, que pasaras una y otra vez por las banderolas de mi memoria como un intruso que siempre intuí  que podía estar ahí, detrás, acechando mis pulsos para no dejar morir lo vivido.

Recordé que olvidar nunca se olvida y que hay que permitir que todo fluya una y otra vez hasta encontrarle los sentidos.  Luego rendirse tras comprenderlo todo y descubrir la gran gilipollez, por otra parte, necesaria. En ese sentido era tan testadura, preguntona, curiosa…con necesidad de respuestas. Me conocía bien y había recorrido varias veces los largos de esa piscina llamada experiencia.

Decidí dejar que todas aquellas preguntas me habitasen…ya  habría tiempo de responderlas… o no. Ahora solo me interesaba que el ejercicio me fuese dejando exhausta, sin espacio para lamentos y tristezas. Así que nadé y nadé sin descansos,  hasta probar -casi- a marearme. Trascurrido un tiempo decidí parar…me senté al borde (como tantas veces) y dejé que los pulsos de respiración se normalizasen. Me quité las gafas, me calcé… al dar el primer paso: las piernas ya me avisaron del impacto del esfuerzo.

Caminé con torpeza y  decisión… en dirección a los vestuarios. Al volver la cabeza un segundo y ver las banderolas azules y rojas creo que musité:

¡nos volveremos a ver, pérfida memoria, hasta que no duelas!…

 

 

 

 

17 comentarios en “La piscina de la memoria.

  1. Fue como zambullirse en los propios pensamientos , que puedes apartar pero difícil olvidar.
    Me gusta la cantante que presentas, me recuerda a Bebe. Tomo nota 😉
    Besukos !

  2. Hay presencias pasadas que vuelven una y otra vez en el presente.

    Hay situaciones, música, lugares, banderolas que son como una señal para la memoria.

    No hace falta borrar el pasado que ya no será. Basta con conseguir que no nos frene.

    Pd: travis es el último descubrimiento que he añadido a mi lista, me gusta encontrarla aquí.

    1. La memoria tienes señales olores, imágenes, sonidos… Que accionan recuerdos y pensamientos inevitables. Tu lo has dicho y estoy de acuerdo : aceptarlos y velar porque no nos paralicen.

      Pd:descubrí a Travis por la banda sonora de la serie el embarcadero. Ambas me tienen totalmente enganchadas.

  3. Jo…que bonito.
    Y nadé y nadé (hasta que dejó de doler)
    Recordé que olvidar nunca se olvida .
    (¡que maravilla!)

    He disfrutado mucho leyéndote.
    Un beso enorme y a flote.

    pd. Curiosamente, ayer terminé de ver “el embarcadero”
    La canción de la cabecera la he escuchado en todos los capítulos (normalmente la paso)
    ¿Será porque me gusta? 😉

    1. Gracias Laura.
      La verdad es que nadar me deja nueva y a la vez es un deporte muy introspectivo… O quizás soy yo jajaj…

      Solo se olvida lo que no fue significativo, lo demás queda grabado y deja huellas… Es bello que así sea.

      Me alegra mucho ese disfrutar, de verdad.

      Pd: me quedan tres capítulos de la serie, me está gustando mucho (me acuesto a las tantas!!!) . Toda una revelación, rompe con clichés de lo viene siendo el amor tipico. Los constantes feedsback y la tesitura en la que se ven los protagonistas te hace reflexionar sobre muchas cosas.

      Yo también la oigo y la oigo y no la paso,,…. Jjjjj

      Besitos

      1. Es muy buena la serie! Gracias por la recomendación, me encantó!. Enhorabuena a tu hermano, la producción fotográfica me parece muy buena… me han dado ganas de ir a visitar la Albufera!

Te escucho...

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