Comida de trabajo

Estábamos en una comida de esas de «trabajo». La mesa era rectangular, manteles blancos largos e impecables, excelente decoración y música acertada. Sonaba el dulce ritmo de «Manhattan» de los Kings of Leon.

Podríamos ser unos 15, dispuestos unos en frente de otros. El humor era agradable y el ambiente, distendido. Por un día nos habíamos prohibido hablar de competencias,  currículos o  programaciones.  En su lugar aparecieron  conversaciones del tipo: el paso del tiempo, el recorrido laboral, el cambio de expectativas con los años, las peripecias de los hijos….etc. Yo me reía con Teresa y sus barbaridades. Era el centro de atención de la mesa y nos tenía a todos pendientes con sus exageraciones:

– Mi Carlos ya me lo tiene dicho, que tengo carta libre para acostarme con otros siempre que sean peces gordos a los que podamos sacarle los cuartos o un enchufe suculento. – dijo toda seria.

La mesa entera rió. Pero él, lo tenía sentado justo frente a mí, no me apartaba la mirada. Parecía ajeno al terremoto de la otra y solo tenía ojos  para mí. Yo, que ya me había percatado de su interés, lo miraba muy disimuladamente, haciéndome la despistada y comprobado poco si seguía ahí, fulminándome con sus pupilas . En realidad no apartaba los ojos  y ya empezaba a impacientarme y a  entrarme la risa floja.

Me acordé de lo que decía un amigo con el que jugaba a eso de aguantar la carcajada mirándonos…«La risa es como una rueda pinchada, se va escapando el aire poco a poco hasta que al final acaba por reventar«.

Ahí estuvo sembrado,  yo le dije que esa metáfora podría servir para otras miles de cosas, que era una comparación chorra y que parecía mentira que tuviese una licenciatura en letras (yo como siempre en mi loco y divertido afán de picarle). Pero ahora, justo ahora estaba enterándome en viva piel,  de que quizás la frase llevaba más razón que un santo.

Ya no podía resistir. Miraba hacia abajo, hacia un lado,  haciendo como que tosía o me aclaraba la garganta, para disimular aquel acoso de ojos.

No quería explotar  y que  la mesa descubriera nuestro jueguecito , llegando a conclusiones falsas. Porque ni yo a él lo conocía a fondo, ni habíamos mantenido otra relación que la de haber cruzado un par de conversaciones por los pasillos del centro. Palabras de lo más decentes e inocuas, preguntas o dudas que se suelen compartir en el mismo lugar de trabajo.

Aquella faceta provocadora y desvergonzada me descolocó ¿aquel tipo era el mismo?.

Para huir de su juego intenté inmiscuirme en la conversación que se cocía en la mesa, que a aquellas alturas y con tal recreo de miradas, ya había abandonado.

– «Pero… los hijos nos alegran la vida, solo ver sus risitas y sus juegos ya merece la pena. Es como un volver a la niñez… a la ingenuidad de lo que fuimos».- añadí, intentando de algún modo incorporarme a la conversación de los otros.

– Perdona bonita, pero yo lo que quiero volver es a los polvazos del pasado con mi marido.Y de ingenuidad nada!! – añadió una, de la misma estirpe que Teresa y ambas se rieron sin piedad de mí. Dejándome por gilipollas.

Entonces me sentí  descolocada, sin saber que mirar, hacer o decir. Otro día les hubiera reído o  plantado cara con alguna de mis gracias,  pero en aquel momento, estaba y no estaba, ese tipo me tenía frita.  En ese instante, lo ví escribir una nota disimuladamente y me la paso en un juego de puños muy sutil. Estábamos situados al final de la mesa así que nadie se percató de nada. Leí:

– «Solo a los mosquitos se les hace aplausos…y justo entre ellos, mueren».


Sonreí. Aquel tipo me estaba cayendo bien. ¿como podía sentirme arropada por un medio desconocido?. Lo observé a fondo para estudiarlo. Esta vez sin timidez. Cogió su  vino y sin dejar de observarme bebió un trago. Cerró un momento los ojos, como disfrutando del sabor y volvió a soltar la copa en la mesa. Dirigió su dedo indice hacia el filo del cristal y comenzó a redondear el borde, muy lentamente.Ya estaba otra vez con la provocación, aparté la mirada, huyendo de  nuevo de un ataque risa.

Llegó el camarero con el plato principal. Habíamos pedido Pato a la Magret con salsa de frutos rojos, olía estupendamente y todos empezaron a concentrarse en los instintos viscerales del hambre y la comida.

El seguía sin incorporarse a lo que hacia la mayoría y cuando el resto comenzó a probar sus bocados y a discutir sobre lo deliciosos que estaban, sentí el tacto caliente de un pie sobre el mío. No miré debajo porque ya sabía que era el suyo, ni tampoco lo retiré asustada…intenté adivinar curiosa el código corporal que estaba intentando trasmitirme. Con el dedo gordo me acarició  los tobillos y seguía ascendiendo por mis piernas como hormiguita buscando el dulce. Miré a la mesa para ver si alguien se había percatado, pero todos masticaban y engullían el pato, joder! debía estar delicioso pero yo no podía probar bocado notando esa cosa deliciosa sobre mis piernas.

Subió y subió hasta llegar a los muslos y allí se detuvo un rato, supongo que para provocarme aún más…Bebí agua, empezaba a sentir mucha calor…aunque era invierno, mi vestido comenzaba  a bailar con el vuelo de un pie juguetón y mi incontenible deseo. A esas alturas me atreví a mirarlo de lleno, no se le notaba nada y sin embargo aquel tío sabía acariciar como los dioses. Ascendió por la curvatura de mis piernas y se coló por el puente mágico del vestido, hasta llegar a mis bragas que estaban completamente húmedas. Posó su dedo gordo sobre el punto más álgido de mi coño y lo frotó en círculos. Me dejé hacer absorbida por él y su desvergüenza…Seguía observándome sin arrebato alguno, leyendo mi cuerpo derritiéndose como la mantequilla,  intentando hacerme gozar de la forma más cruel posible. En ese momento deseé que me arrancara las bragas de cuajo o con su boca y que todos aquellos habitantes de la mesa desaparecieran de golpe. Que nos quedáramos solos él y yo, me tumbase sobre la mesa y me follase, pudiendo yo gritar lo que me apeteciese.

Pero viendo que la gente empezaba a volver a la realidad después de ingerir el filete y que aquello estaba cobrando tintes de locura , me levanté decidida de la mesa y abandoné la comitiva. Me excusé diciendo que iba al lavabo, pero en realidad iba camino del ascensor en busca de una terraza que había en la octava para que me diese el aire y volver a la realidad.  Pulse el numero y respiré. Me toqué las bragas, estaba empapada, joder!!! que estaba haciendo?? estaba loca o que??…aquello me estaba haciendo perder la razón, sobretodo porque no conocía a aquel tipo de nada.

Intentaba recomponerme cuando el ascensor se paró en la quinta. Las puertas se abrieron y lo ví aparecer.  De nuevo frente a mí. Pero esta vez más cerca.  ¿Como había llegado hasta allí tan rápido?. Debió subir por las escaleras a toda pastilla, madre mía!!! Este hombre era incansable… Entró decidido. Mis ojos no daban crédito, ni mis instintos que si hubieran sido enanos estarían aplaudiendo de felicidad como si aquello fuese la Super Bowl. Pero mi razón era implacable y cada vez se sentía más y más acorralada. Se acercó a mi hasta invadir mi espacio vital y muy suavemente me susurró:

-Vete lejos, donde nadie pueda encontrarte, pero llévame contigo.

 

Me besó y con la otra mano apretó un botón del ascensor para bloquearlo  y el aparato se quedó suspendido en el aire. Como nosotros. Se coló por mis bragas y accedió con sus dedos hacia mi sexo empapado. Tocó mi culo y me llevó hacia él haciéndome notar el volumen de su paquete. Yo empecé a moverme sobre su sexo, frotándolo contra el mío en una guerra loca, sintiendo su calor y su deseo. Estaba vencida a él. Me bajó las bragas y arrinconándome en el ascensor me cogió en volandas. Me penetró en un abrazo mortal del que yo ya no podía ni tenía opción de escapar. Lo sentí tan dentro, tan mío, que me pareció conocerlo de toda la vida. Igual eramos amigos y lo habíamos olvidado. Yo gemía y gemía de placer y el me acompañaba en un vaivén de cuerpos, pieles y  suspiros deliciosos. Cuando ya no pudimos aguantar más nos corrimos acompasádamente en un orgasmo unilateral locamente placentero. Y así nos quedamos abrazados uno dentro del otro, vencidos pero sin querer separarnos. Como si nos conociésemos  en piel  hacía tiempo, como si nos hubiéramos echado de menos una eternidad, ¡y solo hacía poco más que un rato!.

Volvi al suelo, al mundo y lo miré. El me dijo: ¿que hora es?

 Las cuatro ¿por?

– Nada, quería saber el momento justo en el que me volví loco.

Reímos mientras nos colocábamos la ropa y nos adecentábamos.

– Donde ibas, mujer? ¿Huyendo de servidor?

 A la terraza del octavo ¿te apuntas?

 Contigo a cualquier parte.

Y subimos hasta arriba a contemplar la ciudad, en una media tarde de diciembre que se preveía hermosa.

Nos asomamos a la vida, al instante, al ahora. Habitamos la baranda del peligro y nos dejamos volar un tiempo, escapando de una normalidad demasiado valorada.

4 comentarios en “Comida de trabajo

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