Encuentros en la sombra

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Vivir no deja de ser un manojo de sombras al que nosotros le aplicamos el arte– eso le dije al final o eso- al menos- quise decirle en un principio.

La luz de esos días interminables de junio se colaba por los vanos cuando la ví aparecer por primera vez, oteando con curiosidad cada uno de los rincones del viejo casarón. Mi costumbre era derramar la soledad y el tiempo en aquel edificio, que guardaba el silencio y la solemnidad que yo iba buscando de cara a terminar un libro que llevaba ocupándome años.

Bajo esa diferencia de alturas se sucedieron encuentros  de los que ella ni se percató. Probablemente mi libro sí… torció las líneas y ya no pude dejar de pensar en otro mantra que no fuera el baile de su cuerpo, en otra ternura que no fuera el parrafo de errores o traspiés o las paginas de su valentía y ahinco. Había sabido colocarme con la discrección requerida, haciendome a sus horarios, como si yo fuese su espectador amante y no su ladrón de sueños escuetos.

Un día quise besarla. Razones tenía. De repente interrumpió el baile una llamada que dio paso a un largo duelo. Un deseo profundo se agazapó en mi interior al hilo del suyo  sin dejarme pensar más que en sus lágrimas. Había olvidado como calman los intrusos que hablan en voz escrita  y se presentan como personajes de libro, que todo saben hacer bien y a los que nada les roza. Me había alejado  de esa realidad cotidiana de la que yo no era más que un espectatador invisible. Lo invalido del que piensa en formato fantasia y ese defecto (o virtud) que me ha perseguido siempre.

Quise bajar deprisa a arreglar el desaguisado con algún permiso, pero ¿Qué hubiera dicho que mi cobardía no estropease más y su dolor no hiciera frente con algún desplante?…

Solo podía seguir mirándola de lejos, con la pesasumbre del que la conoce y el anonimato que había impuesto mi condición de espia. Así que marche a casa quemando la carretera y maldiciendo la noche. Iba escuchando a Bruce con sus zapatos taladrándome el corazon.

Al día siguiente, recorrí la ciudad entera hasta dar con unas bailarinas para ella. Las coloqué a la entrada del edificio, junto a aquella frase que yo mismo construí al hilo de mi obra :

Vivir no deja de ser un manojo de sombras al que nosotros le aplicamos el arte.

Luego me marché sin presenciar su llegada hasta la nota.

Pienso que lo hice porque no me correspondía más tiempo ser el observador descarado. Regalé a mi futuro la ilusión del que escribe y sueña. Tanto que ahora deseo sea ella quien me observe y me reconozca en silencio,… si alguna vez lee y me encuentra en los párrafos de este libro.

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10 comentarios en “Encuentros en la sombra

      1. También me valen los besos, esos también hacen magia. Pero un beso la gente no lo acepta igual. Y se pueden dar de muchas clases y en muchos sitios…

  1. Que belleza en la narración de un encuentro fortuito y furtivo que se consolida en el anonimato. Me ha gustado mucho, sería un estupendo comienzo para un relato. Un besazo.

      1. ¿Igual? No es igual, tiene un montón de posibilidades y tienes que contarnos más y seguir adelante con esa trama. Más besos.

Te escucho...

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