La senda misteriosa

Salimos de casa de los abuelos cuando el reloj marcaba casi la media noche. Íbamos con la sonrisa y  complicidad adheridas entre las múltiples capas que hacían como que abrigaban, pero no. Un 5 de enero frío como él solo, amenazando lo típico para las fechas: nieve y tormenta de regalos.

Teníamos un plan de choque francamente bestial, un remedio adquirido de nuestra filosofía de padres en apuros capaz de disipar aquel descoloque de emociones y nerviosismo que suelen traer la llegada de los de oriente a los más pequeños.

Aquellos dos remolquillos que llevábamos atrás, enemigos del sueño, tan llenos de energía como de estrategias para luchar contra Morfeo a capa y espada, nos miraban con la misma inocencia con la que no se es capaz de atisbar la ultima llave de los que saben de puntos débiles. “Quiero jugar toooooooodaaaaaaaaaa la noche” – me había dicho segundos antes uno de ellos, bajando las escaleras hacia la calle y con la farola relampagueando sus ojos verdes, en los que si te fijabas, se apreciaba un avión de juguete.  Ummmmmmm- respondí irónica, interesante propuesta para un día festivo-

Luego miré a mi marido, haciéndole un gesto giratorio con los dedos y de seguido arrancó, camino de la senda milagrosa. Nos adentramos en la penumbra dejando atrás las luces de la ciudad que palidecían como luciérnagas extintas a lo lejos.

“¿A donde vamos?”- sonó temerosa la pregunta, en boca de aquel  niño que agarraba todavía con esmero el avión y que de manera inteligente, ya reconocía perfectamente el camino a casa.

  • Vamos a hacer un mandaillo y luego vamos a casa- respondió la voz de mi izquierda que iba al volante.

“Si, Si, un mandaillo y luego, de que terminemos, a casa”- repetía el otro niño intentando tranquilizar a su hermano de la normalidad del asunto.

Minutos después ya habíamos penetrado hacia un mar negro de olivares que solo se hacían visibles a golpe de faros. La carretera, atestada de curvas y sinuosidad, poseía un trazado perfecto: un viaje hacia el aburrimiento capaz de dormir a cualquier jilguero en un largo etcétera.

Nos miramos y nos reímos como dos amantes sabedores de lo fácil. El plan estaba ya en marcha. “vamos a tener que bautizarla como la senda misteriosa”- le susurré bajito.

Poco después encendí la linterna del móvil y enfoqué  la parte trasera del automóvil. Ahí estaban las caritas de la rendición que aplaudían al son de mi ganas de fiesta.

Apagué el aparato y regresé hacia el trazado de la carretera. A partir de ese momento se instauró un silencio extraño en el coche que meció de soterramiento la familiaridad con que siempre había observado aquella vía. Pensé que tal vez fuera el sueño o el cansancio de todo un día de energía tras ellos el que iba empujándome en alguna dirección especulativa lejos de la lógica y la realidad.

El trayecto gozaba de una ventaja añadida. Un poco más adelante había un desvío y una intersección que confluía con un sombrío puente atestado de pinos, en donde (si lo deseabas) podías regresar a la ciudad por una vía alternativa, girando bruscamente hacia la izquierda. Y esa era la idea, desde el principio: que el dulce motor acunara a los niños y nos dejara a nosotros un pequeño espacio de tiempo para comunicarnos y disfrutar.

¿Sabéis de lo macabro y ruin de algunos deseos? Íbamos a girar cambiando el rumbo al completo, cuando escuché aquel pitido, como salido de las entrañas de la noche. Lo miré con los ojos envenenados de alerta “¿has oído?”. Asintió sin mediar palabra y luego enmudeció. “Parece un silbato” anticipé extrañada mientras el coche se iba deteniendo y mi corazón aceleraba como un desalmado los pulsos. Teníamos que reducir, ¡¡¡¡¡Dios sabe que teníamos que reducir para coger adecuadamente la curva y no estrellarnos… y además, arrebatados por la celeridad de ese ruido gritando en  mitad de la nada!!!!.

“Creí que sería cosa mía”- le informé, mientras él se limitaba a negar con la cabeza.

Dejábamos atrás la inconsciencia de lo sucedido en aquel puente. Froté mis ojos tratando de serenarme. No estaba dispuesta a ver a ninguna muchacha muerta en ninguna de las curvas restantes como me habían contagiado tantas y tantas leyendas absurdas. Mi lógica se negaba de pleno a caer en las fauces sencillas del miedo aunque, sentía por momentos  y con claridad, como el pánico y el hedor de los hechos lúgubres incrementaba la atmósfera del coche, de manera densa y tranquila, así como un gas que no eres del todo consciente a valorar.

Lo miré, sus ojos eran dos circunferencias ignotas. Dos luces incapaces de vislumbrarme.

Segundos después solo recuerdo un ultimo flash inconexo, el volantazo… la sombra de un animal enorme en el asfalto.

 

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  • ¡Mamá, mama!  Tienes que despertarte. Bruno ha traído una sorpresa al hospital: ¡Hemos descubierto que el avión hace sonidos!.

Abrí los ojos lentamente aterrizando con retintín en la sátira de la vida, como si de una curva más se tratase. Aquel ruido de silbato volvió a sonar.

 

23 comentarios en “La senda misteriosa

    1. Gracias Carlos.
      Tocaba meterse en la piel para trasmitir parte del terror psicologico que muchas veces nos creamos nosotros mismos, con nuestras paranoias.

      Besos.

  1. Mukali:
    Esto no se hace. Estaba con la sonrisita bucólica pintada pensando en que eso es exactamente lo que yo hacía con mis hijos: mucha carretera campestre serpenteante, a la luz de la luna, y sin el menor aliciente para los enanos (funciona de maravilla en esas noches de nervios infantiles imposibles) y, en esto, introduces ese volantazo digno de “El Resplandor” y la estocada definitiva del maldito timbre de avión. Vamos, que me he preguntado ¿Pero qué cossssño hago con esta sonrisita? ¡Qué relato tan bueno, compañera!

    1. Jajajajaja…. perdona, Carmen, primor…que sepas que mi ultimo deseo sobre la tierra hubiera sido borrarte esa preciosa sonrisa que seguro tienes…
      Me gusta haber coincidido contigo en el socorrido somnifero y es que a veces como no sea así es imposible tener un minimo tiempo para una misma, cuanto más para tu pareja…jaajaj.
      De vez en cuando, me gusta dar giros bruscos en las historias… alterar lo que parece que va a pasar e imaginar un final alternativo. Aquí pensé que de algún modo inconsciente los niños saldrían ganando esa batalla no dejándolos tranquilitos gracias a su fantástico avión…jajaja.

      Gracias por tu apoyo incondicional, compañera. Eres un sol.

      Besos.

    1. Hay cosas que nos parecen lo que no son, ya sabes, los sentidos no son fiables al cien por cien.

      Me alegro que te gustase. El avioncito se las traía…ajajaja.

  2. Yo imaginé lo del avión pero esperaba que te encontraras a los reyes magos en una curva… Feliz año y espero que los reyes se hayan portado bien contigo, porque te lo mereces. Besitos Stunner

    1. no se que ha pasado con mi comentario… upss
      Te decía que me han regalado cosillas utiles (gorro y bufanda, una impresora, dinerillo..) pero el mejor regalo era la cara de ilusión y felicidad de mis peques.

      No vale, ¡que listo! sabias que iba a salir por peteneras como otras veces eh? jajajaj.

      Besos guapo!

      1. Se lo ha llevado la chica de la curva!!

        Ver sus caras es lo mejor de todo, desde luego…

        No lo sabía, pero yo también tengo peques con aparatos que hacen ruido, jejejeje.

        Besitos!!

Te escucho...

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