A un océano de distancia

A menudo cuando me paraba a fotografiar aquellos edificios me preguntaba que es lo que  atraía mi atención para terminar  siempre focalizando el objetivo en ellos.

La fotografía era a partes iguales, pasión  y trabajo: la verdadera culpable de mantenerme distraída el tiempo que andaba fuera de casa. Regresar al hogar había ido transformandose de un manantial claro y cristalino a un océano turbio de aguas revueltas.

James y yo nos conocíamos desde muy jóvenes. Nos habíamos dedicado media vida a querernos y  de un día a otro me ví en la tesitura de no saber quien era. Me sentía autóctona y al mismo tiempo, forastera de su vida.

Como había llegado hasta allí, me era una incógnita. De repente, un día lo encontré aferrado a una terrible desidia, deambulando puerta tras puerta de cada uno de los pasillos que nos separaban, como si a cada paso que yo daba, James se diluyera en una sombra que iba escapando de mi presencia.

Durante un tiempo creí que volcarme en el trabajo ayudaría a solapar las heridas que yo misma no era capaz de afrontar, que mientras estuviese distraída y con los ojos puestos en otros asuntos las cosas se solucionarían solas y el reloj de manecillas no andaría tan lento y abotargado.

Esquivar el dolor es un instinto con el que nacemos. El primer indicio de miedo y egoísmo es considerar que los acontecimientos van a remediarse por sí mismos. Estaba convencida de que James se recuperaría a su ritmo, de  otra forma no me hubiera encerrado como lo hice en mi despacho, auto convenciéndome de que así le dejaba libre para avanzar sobre aquel océano subterráneo, del que me veía incapaz de traerlo.

Una tarde, mientras trataba de fotografiar y entender las señales que habían dejado los canteros sobre las rocas de una catedral, una mujer (que parecía ser guía)  les iba recitando un poema a un grupo de turistas que curiosos escuchaban su voz en la antesala

” dentro de tí se abre, interminablemente, bóveda tras bóveda”

Me quedé pensativa unos minutos sin saber como reaccionar. Si las palabras fuesen liquidos, aquel día hubieran sido ácidos efervescentes que hendieron la grieta con la que ví diluirse mis certezas . Guardé la cámara y regresé a casa pensando en aquella poderosa frase. Supe que algo me estaba sucediendo .

Cuando llegué, James se encontraba en el mismo lugar de siempre, recostado sobre el sofá que daba al vano del jardín, con el sol trazándole figurillas sobre la cara y los ojos mirando en alguna dirección inimaginable.

Tuve  la convicción de cuales eran las conexiones o cabos que podía mostrarle, que no eran otras que las que yo dominaba:  la fotografía. No podía forzarlo a abrir las bóvedas si él no estaba dispuesto, pero sí podía hacerlo darse cuenta del letargo en el que estaba inmerso.

Aquel día, le pregunté si le importaba que le tomase algunas fotos. Antes de la enfermedad, detestaba ser el centro de mi cámara, pero esta vez se dejó.  Aceptó que me adentrase en él y no solo eso, la fotografía se convirtió en nuestra vía de conexión.  A través de ella navegábamos distancias y abismos e incluso, me atrevo a asegurar que de aquella manera, James fue más consciente de sí mismo y de todo lo que le estaba pasando.

Teníamos un libro sobre el que diariamente registrábamos sus cambios. De vez en cuando yo intercalaba aquellos retratos suyos con  fotos del mar calmo en sus veranos de infancia en Castine, junto con las mías en la ciudad de Portland con las aguas verdes y la arboleda. Le solía decir “Hay un mar que nos separa y nos atraviesa,  vamos a  ir prestos a recorrerlo”. Y de aquella forma, al hilo de pasado y presente, comenzamos a encontrarnos en algún punto del recorrido.

Mirarlo desde mi cámara me hizo comprender lo prodigioso que es detenerse en la profundidad de alguien, nunca hasta entonces había visto a James con tanta claridad a pesar de sus brumas. Tal vez resultó util aquel acercamiento para descubrir lo pequeños y lo solos que podemos llegar a sentirnos y lo necesario que es siempre tener a alguien que nos sepa ver (en el sentido más verdadero del verbo).

Al principio temí que mi cámara lo hiciese notar aún más acorralado, pero aquello nunca pasó. Verdaderamente le sirvió para conectar con partes de sí mismo que eran importantes de atender. Aquellas instantáneas fueron como las ventanas de Andrew Wyeth, pequeños instantes fugaces  que se abrieron  entre ambos mostrándonos el camino y la forma.

Ha pasado tiempo y, con la mirada repleta de un arte que aún nos abruma, hemos aprendido que determinadas vivencias pasan a un segundo plano cuando nos ocupamos de ellas y las miramos de frente. No se trata de recrearse en los momentos de pena, pero tampoco de huirlos.

Recuerdo cuando dijo… en mi psyque siempre existirán puertas cerradas y caminos cortados, ahora ya no trato de abrirlos porque entiendo que esos mismos entresijos existen en todas las personas y ¿sabes? tal vez así deba ser.

Creo que llevaba razón, no era un auto consuelo simple cuando las expectativas se nos truncan sino una reflexión que había elaborado a partir de lo vivido.

Por mi parte, he dejado de interesarme en fotografiar aquellas casas solitarias que por alguna razón, sin duda importante,  me atraían. .  No era su diferencia, sino su similitud lo que en aquellos días me preocupaba. Soledad y hermetismo, bajo el trasfondo de la inquietud que sentía hacia James, no podía verlas de otra manera más que con la mirada llena de preguntas.

 

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Y para acompañar relato e imágenes, ¿que mejor que el “these days” de Jon?. Un clásico de mi época…jijiji.

¡Que disfruteis del día!

 

 

 

 

 

29 comentarios en “A un océano de distancia

    1. Así es, es un remedio temporal, quizás instintivo… al final hay que afrontar las situaciones y sus consecuencias o nadie vendrá a resolverlas por nosotros. Es un poco de perogrullo pero no todo el mundo se da cuenta, lo cómodo es no hacer nada y eso también se acaba cobrando factura.

      Un abrazo, María del Mar.

  1. “the stars seem out of reach”. Gran canción. En mi época de instituto me juntaba con un grupo de amigos en el chalet de una fanática de Bon Jovi. Lo escuché tanto que me acabó gustando, jejeje.

    Por cierto, muy buen relato.

    Besitos, Stunner.

    1. Lo malo es que son enfermedades que si no se superan, se arrastran. Tambien pueden llegar a ser un antes y un despues de una vida .
      A veces nos gustaría poder meternos en la mente de estas personas para poder ayudarlas desde la comprensión, pero no se puede. Mi protagonista lo intenta de la unica forma que sabe y domina, lo mira a través de su cámara y trata de que el tambien lo observe. Detenerse, comprender y amar es lo único necesario. En esta historia, funciona.

      1. O saber que sienten, si de verdad están tan perdidos. Al verlos tan ausentes no sabes si se están quedando vacíos o simplemente están hasta los huevos de que les miren sin saber quién está con ellos.
        No sé que he puesto…
        resumen… enfermedades mentales son las peores que conozco, el afectado sufre y la familia se ve sumida en impotencia. Pueden durar años

      2. Como ven el mundo en esos momentos, solo ellos saben. Creo que por lo general se sienten solos y de espaldas a la vida.
        Han perdido las esperanzas en los demás y sienten que molestan más que nada, sin embargo es bueno hacerles ver que estamos a su lado y que son valiosos, solo han perdido la capacidad de verlo.
        No es como romperse una pierna, el cerebro es un terreno más inescrutable…

  2. Es un relato excelente. La fotografía inmoviliza gestos e instantes que a menudo pasan desapercibidos. Creo que es una buena terapia para evitar que la mente penetre en laberintos sin salida porque nos presenta aquello que existe más allá de nosotros. Un besazo.

    1. Muchas gracias, Carlos.
      Viniendo de tí que sabes del tema, me alaga. La fotografía capta cosas más allá del físico, luego están tambien las interpretaciones que nosotros hagamos al observarla.

      Besos.

    1. Ser paciente y amar es el único secreto en este caso (me atrevo a pensar que en muchos más) … sin desviar la mirada o hacer como si nada estuviese ocurriendo. Poner lo que se pueda de nuestra parte y continuar creyendo en que algo mejor está al venir…

      Ahora me dejas con la curiosidad de esas chispitas…jajajaja.
      Muchas gracias, Alvaro, me gusta que leas mis relatos con esa ilusión.

      Un beso.

  3. Me ha gustado mucho, Mukali. Siempre me ha asombrado lo mucho que una fotografía “estática” dice de una persona… habla más que la realidad. No entiendo cómo lo hace, pero la cámara capta el alma. Te miras en un espejo, y te ves ahí, tal cual, la de siempre. Te sacas una fotografía, con el mismo gesto y en la misma posición, y no eres tú, te miras con extrañeza. Algo parecido pasa cuando oyes tu voz en una grabación… Me encanta ver fotografías, sobre todo en blanco y negro, y descubrir cientos de detalles y matices. Un beso, guapa.

  4. Muchas gracias, Carmen.
    Cuando la fotografía penetra en el alma de las personas es cuando – para mí- se convierte en arte. Saber capturar ese instante, esa esencia invisible, tiene su intringulis y tambien su misterio, como tú bien señalas. En este relato la protagonista la utiliza para construir un puente entre ella y su pareja. Le va mostrando y construyendo de nuevo su yo, ya que el anda algo perdido. ¿Que es el amor sino ese querer lo mejor del que tenemos al lado?

    Un abrazo, compañera.

    1. Cuando la mente enferma por algún recoveco es mejor no volver a este, una vez superado. Como bien dices, hay que hacer caso de la vocecilla interior que es sabia.

      Un abrazo, Little.

Te escucho...

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