Y entonces, ella dijo…

 

Dsc_0784 Texto

Permanecíamos sentados en la azotea de una casa, estudiada y acogedora pero a la vez, sencilla. Abrigados con una tela muy suave mirábamos el que decían era el cielo más limpio del país. A 1350 metros de altitud y lejos de cualquier atisbo de contaminación lumínico-sonora.

Ella dijo: ¡Que gozada.. sentir frío en agosto y ver el polvo cósmico!.

Acompañados por el sonido del agua del arroyo e iluminados por la ingente manta de estrellas bebíamos el silencio, la copa, la noche… . Alrededor una estampa de antaño. Cortijos y campos, soledad y desagravio. Ella dijo: … es como nuestra infancia ¿recuerdas?.

Estudiábamos en voz bajita  las sensaciones que nos había dejado el  trasiego del día y no hallábamos fin. El cómo habíamos penetrado por todos aquellos parajes solitarios que tiene la sierra, en donde no parece posible la vida y sin embargo, ahí está. El oxígeno, el pulmón. Como un milagro evocador que se encumbra más allá de lo imaginable, porque al fin y al cabo, vivir no precisa de tanto artilugio al que acostumbramos…y el progreso también contamina, si lo miras bien.

Recordábamos lo que habíamos aprendido a lo largo de las horas. Que allí no existía la prisa, que el pan y el cordero te hacían la boca ca-ra-me-lo…. o que la guardia civil jamás hacía controles por drogas y sí por cazas furtivas y robo de borregos. Reímos. “nos podían haber avisado antes” – dijo ella. cuando los ví aparecerse casi a los pies de nuestra casa, ¡¡temblé!! pensé que nos caería la de San Quintín por una copa.

La verdad es que apenas habíamos bebido pero nos sentíamos borrachos con la experiencia, recordando el que pronto se convertiría en un recuerdo más.

Ahora todo estaba pausado, yo la miraba desde la lejanía de quien contempla tan cerca. Fue entonces que le pregunté que pensaba y no se me olvidarán las palabras.

La naturaleza es como un poema, yace oculto bajo una forma secreta y maravillosa. Es por eso que si no te paras a considerarla no eres capaz de descifrar lo bello que tiene por decir.

Un momento perfecto para indagarla y besarla. Cuando reflexiona y me pierde.

A estas alturas, el poema para mí era otro. Yo quería ir de forma secreta hacia su más que salvaje naturaleza, recorrer los versos de la carne, cruzar las estrofas de las curvas… merodear en las silabas del arrebato.

Más tarde, le pregunté socarrón si habría escuchado yo  bien la poética de la naturaleza. Si había sido lo suficientemente perspicaz.

No dijo nada y lo dijo todo. Su risa.

 

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Te escucho...

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