La fábrica de papel

Han pasado muchos años,  mujeres por mi vida, pero todavía cuando camino por este lugar, la sigo recordando entre las demás. Tenía un aire de desquiciada que me volvía loco, al que yo me asemejaba con fuerza, además de una sonrisa que ocultaba el vértigo que a todas horas batallaba en su interior.

Vivía en un pequeño barrio del pueblo que yo frecuentaba cada verano o cuando tomaba pequeñas estancias vacacionales. Mis padres al jubilarse se asentaron en la pequeña localidad y de vez en cuando aprovechaba para visitarlos y escapar de la vorágine de mi ciudad. No es algo que me gustara especialmente, a mi me encantaba vivir envuelto en la prisa, tener opciones, elegir entre la baraja de posibilidades que me proporcionaba la gran urbe. Sin embargo, mis viejos cada día me requerían más y yo veía que mis visitas les llenaban de júbilo, cuando la soledad y el desatino comenzaba a instalar sus raíces.

Ella vivía cerca de mis padres, al lado de la antigua fabrica de papel. Un proyecto de los años 60 con el que un par de maleantes se hicieron con la confianza y los ahorros de todo un pueblo. La idea como tal, nunca llegó a funcionar, se invirtieron millones en las plantas pero la industria -que supuestamente iba a proporcionar trabajo a los muchos parados de la época- solo resultó ser polvo de sueños. Los timadores se fugaron sin tardar mucho,  dejando tras de sí una serie de pabellones obsoletos que jamás estuvieron preparados para generar ganancias.

Ella misma me contó la historia, una noche, bajo la luz de la luna, cuando nos detuvimos en los muros de piedra que rodeaban el recinto. Quedé conmovido por la forma en que relataba los hechos, así que me acerqué lentamente para besar su boca delatora y se escurrió de mis brazos como un pez brioso, astuto, atezado.

La tenía justo detrás de mí, agarrando mi mano con firmeza e invitándome a seguirla por aquel perímetro de  hormigón y polvo, de rejas oxidadas que circundaban la oscuridad subyacente de un edificio inútil y abandonado.  Me condujo hasta una grieta en donde la valla había sufrido los desgastes del oxido y con hábil astucia manipuló la cerca para colarnos dentro. En aquel momento no se me ocurrió pensar lo que hacía, ni cuan abatido me tenía su belleza, iba guiado por un deseo más fuerte que yo, así que la seguí con religiosa obediencia envuelto en su estela intrépida. Atravesamos la zona ajardinada de los cipreses, sintiendo el áspero roce de sus hojas imperecederas en nuestra piel…  una gran explanada, los almacenes y, a golpe de zancadas y respiraciones nerviosas, llegamos hasta la puerta de entrada como dos sombras que se hacen con los hilos de noche y que son absorbidas por el corazón de un edificio.

Con todos los sentidos latentes,  ella se isinuó brevemente ante mis  ojos y tocando la puerta con ansiedad me dijo “ábrela, por favor”. Por supuesto que yo no tenía en ese momento las llaves pero en sus pupilas ardía tal delirio hipnótico que me era imposible negarme, así que saqué una pequeña navaja multiusos que guardaba en el llavero e intenté por todos los medios forzar el candado. Como era viejo cedió al instante y nos infiltramos ansiosos en aquella oscuridad velando para no ser vistos.

Pronto nos acostumbramos como dos gatos a caminar por el espesor de la negrura. Estábamos en la sala de los pozos, según ella me indicó, una gigantesca estancia con 8 contenedores enormes de hormigón que habían sido ideados para mezclar la resina y el resto de ingredientes hasta formar la pasta que daría lugar al papel.

Se sentó al borde del tercer pozo, las piernas rozando el aire, el cuerpo en tierra. Era como si dos mundos la habitasen y me senté a contemplarla. Sus ojos formaban dos abismos y dos puentes mientras mi deseo corría hacia la frontera entre la nada y el todo, ese lugar sin mapas en donde un cuerpo viaja al son del calor del otro.

Y me abandoné a esa sensación de estar varado a su lado, a dejar que fuera su piel la que estrechara la mía y luego que aquella latitud nos embriagase eternamente, como  un veneno dulcísimo del que es improbable renunciar. Era nuestra respiración más y más fuerte, acompasada, ungida en delirio animal,  jadeos convertidos en eco que iban añadiendo grados extra al deseo.

Cuando acordé sus manos ya se habían adueñado de mi sexo y su boca, de mi razón. Puse mi abrigo sobre aquel suelo helado a modo de camastro, y ella se recostó  ya desnuda, mientras mi lengua -ávida de placer- iba indagando los rincones de la piel caliente, postrada con la lujuria de la tierra recién conquistada, exaltada, tórrida.

Solo me detuve cuando su cuerpo halló una órbita paralela al mío, algún universo o estancia invisible en la que por un momento fuimos uno y no dos los que se hacían y se deshacían como una estrella en mitad de la oscuridad.

Cuando abrimos los ojos y aterrizamos, el suelo comenzó a helarnos de repente, y también la imagen de aquellos ocho pozos, que empezó a producirnos inquietud. Nos vestimos y nos miramos haciendo caro el silencio, sintiendo los primeros embistes de realidad. Luego ella volvió a cogerme la mano (quizás para calmarme) y siguió dando voz y sentido a aquel laberinto de salas y estancias, como si nada hubiera pasado, con la habilidad de una fugitiva de la noche que me iba llevando poco a poco y sin darme cuenta, hasta el punto de salida.

 

Ha pasado tanto tiempo. Camino sobre esta tierra baldía con la única certeza de que la vieja fabrica de papel fue derribada, que nada de ella queda sobre la luz de este sol. Mi perro se detiene un segundo, tal vez haya sentido la opresión de mi pecho, la convicción de que sobre esta planicie se levantaron sueños y fracasos, uno detrás de otro.

Nada ha borrado aún esa memoria, ni siquiera la demolición ante los ojos atónitos de quienes la sentíamos todavía cómplice. Una fabrica de papel de la que nunca salieron libros y ella, paradójicamente, una valija de letras que me detuve un instante a leer.

 

 

 

 

 

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18 comentarios en “La fábrica de papel

  1. Precioso!!! Y no sólo lo digo por la historia, sino que también creo que está narrada de una forma excelente. Me encanta la elegancia con la que has unido una historia de pasión y la buena redacción. Un abrazo!

    1. Muchas gracias, Marus.
      La he escrito con mimo, la verdad, Es un placer saber que ha llegado parte del sentimiento para quien con generosidad me lee.

      Un beso enorme para tí.

  2. Cuando un relato me transporta al lugar descrito y puedo oler el polvo que levantan los pasos. sé que estoy en el mundo que la autora ha diseñado en exclusiva para mi imaginación. Extraordinario Mukali. Sólo cambiaría una palabra del final: “Y su piel fue una valija de letras en la que me detuve una noche a leer”,

    1. Y a mí me alaga saber que he conseguido transportaros por un momento a ese mundo que yo tambien he diseñado a mi manera. Muchas gracias, Carlos.

      Jajajaj…¿Puedes creer que esa era la palabra que en principio había puesto y al final la cambie?. Hay noches que de tan maravillosas se pasan en un instante.

      Besos.

  3. Una pasada: he revivido algunos momentos de mi juventud mientras te leía. Momentos furtivos, momentos que recuerdo como algunos de los mejores de mi vida…. ains. Crecer es un rollo, querida Mukali: ya nada se vive como antes. Y mira que yo he vivido un buen porrón de cosas, ojo.

    Pero ya no me veo colándome en unos jardines públicos con una chica, ni en unos cuarteles con una mochila llena de aerosoles. Ni forzando la puerta de atrás para colarme en un concierto siendo menor de edad, ni nada de aquello que tan vivo me hacía sentir.

    1. Pues si, no te digo que no, HOlden crecer tiene sus peros, se pierde frescura, espontaneidad se gana aprendizaje, solidez; aunque tambien puede uno sorprenderse… que la vida da para mucho.

      Esas experiencias que cuentas tienen su momento, ¿quien sabe las que te depararán los años?Igual alguna las supera… lo importante es no perder la locura ni la chispa que nos hace sentir la aventura que es estar aquí, vivos.

      Besitos.

  4. Me encanta lo bien que has descrito la relación entre los dos. Es una pasada cómo escribes, aunque seguro que ya eres consciente de ello. Besitos Stunner

    1. Se me da bien, creo, aunque no siempre encuentro la inspiración. Supongo que será algo normal. Gracias por leerme y valorar mis escritos, es un placer que otras personas al otro lado aplaudan el tiempo que pones en escribir y que lo vean desde sus ojos, ofreciendote otras perspectivas. Esa es la principal satisfacción por la que escribo, la de compartir.

      Besos.

Te escucho...

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