Roma (II): En el corazón de la Roma más católica.

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El segundo día lo habíamos planificado con anterioridad para dedicarlo al Vaticano. Teniamos compradas las entradas por internet para evitarnos colas pero no contábamos con un gran inconveniente: y es que ese día -precisamente- cerraban el metro de 8.30 a 17, noticia que nos comunicó Samantha, la chica del hotel.

Cuando estás en Roma te das cuenta que la ciudad, debido  a tantas de sus escavaciones y ruinas, cuenta con un metro muy básico que no llega a todas partes. Solo tiene dos lineas largas A y B que, si se colapsan, la ciudad sufre un verdadero caos. Aunque dispone de taxi, autobuses y demás, estos transportes no dan para la aglomeración de turismo que en todas las fechas visita la urbe y que, evidentemente, quiere llegar temprano a  los sitios de interés.

 

Nosotros teníamos las entradas para las 9.30, así que tuvimos que levantarnos muy temprano para intentar coger un tren antes que lo cerraran. A las 8 ya estabamos en la estación preparados para sufrir una encarnecida lucha de ciudad por hacernos con un hueco. Después de tres intentos, si, si habéis leído bien, ¡tres! logramos hacernos sitio en el cuarto tren, no por último menos atestado de humanidad en formato sardina. Penamos mucho durante esos momentos en los entresijos del subterraneo (que solo un Holden se atreve a contarte con sinceridad), desconocidos como eramos de esa supervivencia en vivo donde se olvidan las formas y solo prima la táctica  para hacerse con un trocito de gloria. Menos mal que iba allí de paso porque no cambiaría nada la tranquilidad de mi pueblo por aquel tumulto diario, ¡vamos!por muy Roma que fuese.

 

 

Una vez llegados al Vaticano, decidimos comenzar por los Museos, que me parecieron enormes, cuantiosos y lujosísimos. Aunque me habían contado a cerca de los tesoros que la Iglesia allí alberga, nunca jamas hubiera imaginado una colección de tal calibre, que engloba todas las épocas y  maravillas artísticas de sentido religioso o político. Es solo que caminando por aquellos pasillos interminables te das cuenta de la dimensión que debió cobrar la Iglesia y lo poco que concuerda ese amontonar bienes con la doctrina que se predica. Aunque, desde un punto de vista artístico, cabe destacar que se trata de una colección de expresiones  ante la cual cualquier persona se maravillaría y en eso la avaricia, que a priori se tantea, sale beneficiada.

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Una de las salas que más me gustó fue la Gallería Chiaramonti, que contiene casi un millar de esculturas de todo tipo y calidad, de dioses, emperadores y retrato-estatuas, entre otros.

Caminando por este pasillo una siente como si miles de miradas de piedra te taladrasen, cada cual más seria y tajante, pues deduzco los dioses no querían ser tallados desde el lado cómico y sí desde el solemne e imperturbable. Má perché?

 

 

 

 

 

d2048El Museo Pio Clementino  también representa una exposición  en la que merece la pena detenerse. Refleja de lleno la esencia más pura de la Roma de la escultura. Esta dispuesto en torno a un patio de planta octogonal a través del cual se van disponiendo hasta 12 habitaciones en las cuales se pueden observar las distintas figuras, todas ellas alucinantes. Una de las más famosas es el  Laocoonte, que a pesar de su antigüedad (data del siglo I D.C) esta conservado en perfectas condiciones, guardando en su expresión y postura una fuerza inimaginable.

La Galería de los Candelabros y la Galería de los Tapices son largas salas dispuestas a modo pasillo por las que se muestra el lujo y la virtuosidad de la Iglesia de otras épocas. Me tocó la fibra una serie de tapices gigantescos que contenían escenas sangrientas de La Matanza de los Inocentes, un pasaje narrado en el Nuevo Testamento en que el rey Herodes manda asesinar a todos los niños menores de 2 años. Observar aquellas figuras, casi a tamaño real, en medio de tal atrocidad , me revolvió por dentro. No me cabe duda que la historia tiene tantos capítulos de luces como de sombras.

Y así entre mapas y cartografías del que fue el Imperio dominante, fuimos llegando al ala de la pintura en donde nos adentramos en la prestigiosa Estacia de Rafael. Sus frescos resultaban ser una maravilla. Tenerlos allí, de repente, me parecía entre raro y mistico. ¿Podía ser que aquella escuela de Atenas fuera la misma que se me enseñó a mi tantas veces en la escuela?

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Estabamos casi terminando el recorrido y acercandonos a lo mejor: La Capilla Sixtina. Recuerdo que al entrar me pareció pequeña aunque creo que fue solo una vaga impresion al percibir la aglomeracíon de la sala. Tal era el caso que la estancia estaba vigilada por Carabinieri que a cada poco iban sugiriendo al personal que abandonase, vamos que te van echando directamente mientras entonan la palabra “gentile”, además de que tampoco te dejan echar fotos.

Nosotros no les hicimos caso a ninguna de las dos cosas…sí, sí, somos así de poco gentiles y nos dedicamos a sentarnos un buen rato y disfrutar de aquellas increibles vistas ¡para eso habíamos pagado, oye!. Y es que una comprende tal expectación solo cuando está allí un buen rato anonadada frente  a una obra de tal magnitud, tan perfecta, tan sublime en términos de volúmenes, donde las figuras y encuadres parecen salirse del techo. ¡Creo que ha sido una de las cosas más impresionantes que recuerdo haber visto en mucho tiempo!… eso, o directamente sufrí el Sindrome de Stendhal allí mismo, joder ¡creo que debió ser eso!.

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Cuando acabamos me tomé un café reponedor y le dije a pelirrojo cuanto me había emocionado aquella sala…y eso que yo no soy nada religiosa, pero el arte trasciende a toda ideología ¿verdad?.

 

 

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Atestados de sensaciones y con las miradas repletas de belleza fuimos abandonando los Museos Capitolinos bajando por su famosa escalera de caracol, para dirigirnos a La Basilica de San Pedro y su imponente columnata. Hicimos la cola correspondiente y,una vez pasados los controles de seguridad, nos adentramos en la Basilica por excelencia; en donde el lujo y el recargamiento del arte canónico cobran su verdadero esplendor. Se respira belleza, dinero y barroquismo en cada rincón, en cada paso, ¡que digo! en cada vistazo.  Es precisamente el Baldaquino de San Pedro, construcción de Bernini, el que resume y concentra todo lo que en esencia representa la Catedral. Esta colosal escultura de dimensiones magníficas se sitúa bajo la Gran Cúpula absorbiendo toda su luz y devolviéndola en forma de brillos a través del bronce. El baldaquino contiene el altar mayor y bajo los cimientos, la cripta en donde está enterrado el apóstol San Pablo.

Como nos había embrujado la cúpula (debió ser eso) allá que fuimos a vislumbrarla de cerca y bendito el momento en que se nos ocurrió la idea. No se cuantos escalones en espiral tuvimos que subir hasta el final, no se cuantos recovecos, cuerdas, paredes a las que me agarré y casi probé a marearme.

Después del esfuerzo, he de reconocer que merece la pena el ascenso por el solo premio de tener Roma ante tus ojos, que es solo un momento fugaz ¡tal vez! pero… ¡tan eterno!, de esos que se cuelan por los ojos para quedarse dormido para siempre entre los recuerdos.

Y bueno, aquí concluye mi recorrido por el Vaticano, a las 15.40 de un viernes de noviembre en el que todavía no habíamos comido más que arte y más arte. Y como de eso, por muy bonito que sea, no se alimenta el cuerpito fuimos buscando donde mangiare y de paso, donde reposar un rato nuestra castigada espalda.

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Despues de esta sesion de spaguetinis,  ya teníamos la noche en lo alto, callendo de plomo. ¡Valgame con los noviembres de Roma!.

 

Fue un regresar que recuerdo de entre los más románticos de mis viajes. Las primeras luces pintaban de amarillo el Tiber, parecía una postal, un lugar de ensueño.

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Atravesamos el Puente de San Angelo y de ahí nos dirigimos  a  Piazza de Navona, una de las más famosas de Roma y yo añadiría …¡y más bonitas!. Además de la imponente Fuente de los cuatro ríos de Bernini, situada justo en el centro, y la Iglesia Santa Inés, resultan curiosos  los grandes escaparates de las tiendas (no poco chulas) que hay en esta plaza.

Lo ultimo que nos quedaba en este ajetreado planing, era el Pantheon de Agripa y aunque ya estábamos fundidos de la cabeza a los pies, no queríamos perdérnoslo. Caminamos un poco más hasta encontrarlo y fuimos seducidos rápidamente por su imagen, imperturbable y majestuosa a pesar del tiempo.

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Realmente es emocionante imaginar que mientras tocas aquellas columnas milenarias, de alguna forma tanteas, con una porción pequeñita de tus manos, siglos y siglos de historia materializados a través de la roca. Nos adentramos en el templo construido como los grandes clásicos con planta redonda y una bóveda de cúpula semicircular taladrada con un  ojo-hueco mas o menos grande en el centro, que permanece abierto y por el que se cuela la luz y el agua.

Continuamos hasta casa haciendo un poco más el ganso con el palito selfie que nos habían vendido a la puerta del Vaticano. Roma, de trasfondo, parecía ser cómplice de nuestras trastadas y del pavo al que por cansancio decidimos sucumbir.

Mientras nos acercábamos a Vía Ratazzi, íbamos saboreando un relax de órdago: una infu calentita del comedor, una ducha reponedora que mejorase la espalda y una cena al más puro estilo “Mukali se queda en la habitación y su amado sale a por la comida” jajajaja…pero ¡que malaje soy!.

Buonanotte, Roma!.

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8 comentarios en “Roma (II): En el corazón de la Roma más católica.

    1. Muchas gracias, Carlos. Me alegra no haberte resultado cansina 😄, ese era mi temor. La verdad es que me ha llevado un rato escribir la entrada, entre ver las fotos y recordar …la memoria, ya sabemos, juega a su ritmo, por eso quería escribirlo así con todos los detalles, tal como recordaba el viaje, para que no se me olvide.

      Un abrazo y feliz finde!

  1. Vaya lujo de presentación que has preparado y las fotos una descripción en sí misma, muy guapa la modelo a la que sienta la eterna ciudad como un tratamiento de belleza. Lo peor de todo el asunto ese del transporte atestado que a veces parecen trenes para ganado. Muchas gracias Mukali. Un beso.
    Creo que ese pelirrojo tuyo, no te quita de encima el ojo. Y hace bien.

  2. Muchas gracias, Carlos. La verdad es que como madre de mellis creo q me merecía ese “tratamiento”y claro que influye en el aspecto,….es necesario a veces “desconectar” y lo pongo entre comillas porque ya se sabe, esa es una labor de la que una no se termina de desentender nunca.

    Jajaj, cierto, Carlos … me tenía siempre en el punto de mira, hasta me robó la expresión que puse al probar el capuchino.

    Besos

Te escucho...

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