Roma (I): Primeros contactos con la ciudad.

 

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¡Hasta pronto, España!

Aunque el viaje parecía que iba a comenzar cuando nuestro avión atravesara la bota, lo cierto es que lo había hecho muchas horas antes. Nuestro vuelo salía muy temprano así que cogimos un hotel para el día anterior tenerlo todo preparado. Bajando hacia Málaga nos sorprendió un atardecer español de contrastes totalmente luminosos. Me encanta atrapar estas imagenes de cuadro, sobre la linea de esa carretera que sabes te va a llevar muy, muy lejos…al comienzo de alguno de tus sueños.

 

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¡Buongiorno Italia!

Al día siguiente el vuelo trascurrió con total normalidad. A las 10.30 ya estábamos pisando tierras italianas y cogiendo el primer enlace que nos llevaría hasta nuestro hotel. Hay un tren llamado Leonardo que te conduce desde el aeropuerto de Fiumicino hasta Roma. Cuesta sobre unos 14 euros y es cómodo. Esa era la opción que habíamos barajado cuando de camino nos encontramos con el primer italiano que nos ofrecía otra oferta, llevarnos hasta  la puerta de nuestro hotel por solo dos euros más de lo que costaba el tren y según él aseguró: en solo 40 min. Como parecía a priori un chollo, aceptamos y nos montamos en un pequeño furgón con más turistas como nosotros, que se dirigían a otros hoteles de la ciudad. Lo cierto es que no conocíamos Roma y no fue del todo mala idea, pues en principio no sabes ubicarte y las conexiones te resultan un poco complejas, por lo tanto, en ese sentido  resulta muy  práctico. Por otra parte, este viaje, que para nada duró 40 minutos sino 1 hora y 30 minutos, nos dio para entender el caos automovilístico que se respira en Roma y lo locos que están algunos italianos al volante. Creo que por nada del mundo se me ocurriría coger un coche en esta ciudad. Por poner un ejemplo: se saltan los semáforos que da gusto, inventan carriles de incorporación donde no los hay y no respetan a los peatones que van tranquilamente por  los pasos de cebra…vamos, ¡qué son un peligro pericoloso! eso por no mencionar la hábil capacidad de nuestro conductor de hacer dos o tres cosas a la vez mientras conducía: wassear, escribir en una libreta, hablar con la parienta sin manos libres… ejem, entre otras. Debo decir que pise el pedal de freno imaginario ¡mas de veinte veces!

Una vez que mi corazón probó las dulces mieles de las calzadas romanas, llegamos a Via Ratazzi sanos y salvos….¡menos mal!. Era la calle donde se encontraba el alojamiento que habíamos reservado. No era exactamente un hotel, pero estaba muy bien equipado. Nos recibió Samantha, una italiana muy simpática, que nos puso al día de la ubicación, las conexiones y nos enseñó todo lo necesario de la habitación:  era grande, espaciosa y muy limpia. Según nos dijo, en un italiano que yo todavía dominaba, era la más bonita de las 5 porque era la de la passione. ¡Vaya! eso nos gustó.

 

Después de descansar un ratín y estirar las piernas nos pusimos a estudiar los planos para ver que itinerario nos convenía más. La idea era  coger el Metro  y subir hasta la Piazza del Popolo. De allí iríamos caminando poco a poco pasando por la Piazza di Spagna y uniendo con Fontana di Trevi, callejeando toda la tarde  hasta que llegase el cansancio y de paso acercándonos cada vez más al hotel.

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Nada más bajarnos, ya  en  Piazza del Popolo nos cayeron las primeras gotas y aunque auguramos un cielo sospechoso, finalmente el tiempo nos acompañó. Allí nos detuvimos a tomar unas fotos en el famoso Obelisco Flaminio, de origen egipcio y dedicado a Ramses II. Es uno de los más altos y antiguos de la ciudad de Roma. Justo en aquella fuente me atreví a ponerme un sombrero de oso del todo atrevido ¿ a qué me queda bien? ¡era como llevar una losa en la cabeza! jajaja.

 

 

Un poco después de estrenar por Roma mis chorri-ocurrencias, cogimos Vía del Babuino (que es una de las tres arterias que salen de esta plaza) y anduvimos entre escaparates de ropa llenos de maniquíes y precios desorbitados,  hasta Piazza di Spagna. Si algo te das cuenta mientras caminas por esta zona de Roma es del sentido estético que se respira entre los viandantes. Los italianos están acostumbrados a la moda y visten acordes con lo que viven y ven, en general cuidan bastante su aspecto… supongo que también es una ventaja y un aprendizaje con el que crecen y se empapan. Aunque se parecen mucho a los españoles (por lo que a influencia mediterránea se refiere: piel morena, pelo oscuro… ) los italianos, si atiendes, son distintos: tienen una ligera mezcla eslava que les otorga una belleza especial en sus ojos claros y mentón acentuado. Algo que a nosotros nos llama rápidamente la atención. En cambio, si a ellos les preguntas, no tardarán en decirte que gozan de ese arraigo islámico que tienen algunas de las morenas españolas. ¡Cosas de los gustos y la diferencia!.

 

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Algún día entenderé porque este trajecito tan feo cuesta 6000 euros.

Mientras nos íbamos acercando a la escalinata de la Piazza di Spagna le iba contando a pelirrojo si en otra vida podría experimentar eso que hacen algunas famosas como la Pataki, fin de semana de compras en Roma o Londres… guauuuu, ¡que gusto tener esa cartera! esas debían ser las tiendas que visitasen, ni más ni menos… Supongo que tales aberraciones en los precios obedecían a fluctuaciones del lugar en el que se  hallaban, así como lo ostentoso de cada reliquia y cada prenda extrañamente estudiada que lucía en el escaparate como un objeto de proporciones inalcanzables. Claro, eso era lo que iba yo pensando, una turista corriente y moniente que jamás podría permitirse el lujo de comprar en aquellas boutiques.

 

 

Una vez atravesamos la ensoñación versus aberración de la moda, me senté un ratito a descansar mis pensamientos en la escalinata de la plaza. Desde allí se observaba muy bien la fuente de la Barcaccia de Bernini, que recibe el nombre precisamente por su parecido con un barco naufragado. Me pareció curiosa, aunque estaba de obras y eso le quitaba parte de su esencia.

A estas alturas del día, casi empezando la jornada, ya me sentía molida. Recordad que me había levantado a las 5 de la mañana, había tenido un viaje de avión  de por medio y no le había metido nada al cuerpo desde las 6. Era la hora de pensar en comer y reponer energías. Nos sentamos en un restaurante de la zona y nos zampamos una pizza y unos macarrones alla matriciana que estaban de lujo, acompañados de una botellita de vino que nos puso un poco tontorrones. La bebida en Italia es cara, así que sale más a cuenta pedir una botella que una consumición individual. En cuanto al vino, debo decir, que estaba muy bueno… lo suficientemente delicioso como para despertar mi pavo y disimular el cansancio.

 

 

Después de reponer fuerzas seguimos dándole a los pies deleitándonos con ese aire vetusto que se respira en cada una de las calles de esta ciudad. Al tiempo nos iba persiguiendo la primera oleada de adornos navideños sobre las fachadas. En Piazza Colonna hicimos un alto para contemplar la columna de Marco Aurelio,  tallada en forma de espiral de un modo similar a la de Trajano. El cansancio era inevitable y no lo restituía ni el vino pero toda aquella belleza artística nos envolvía en una especie de ensoñación que no nos dejaba rendirnos.

 

 

Nos pedimos un famoso gelatto para continuar en aquella balanza de calorías y placeres…y así, combinando sabores, charla y paseo llegamos hasta el Templo de Adriano en Piazza di Pietra. Aunque solo conserva 11 de las 15 columnas originales, este edificio me impresionó bastante y me senté un buen rato a mirarlo. Las columnas corintias están totalmente agujereadas por el paso del tiempo pero guardan una altura de tal envergadura que te hacen sentir pequeño y distante, mientras la imaginación se despierta tratando de reconstruirlo en los origines, con la solemnidad que todavía hoy , lleno de huecos, desprende.

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Parece que el tiempo le disparó unas cuantas balas ¿no?

 

De aquí nos dirigimos a la famosa Fontana di Trevi. Recuerdo que al llegar me llamó la atención lo pequeño de la plaza para una fuente de dimensiones tan enormes. Allí nos confundimos entre la masa de turistas que morían por tomarse la mejor foto en la fuente más famosa del mundo. Era casi agobiante, cosa que detesto, y yo me preguntaba si aquello era en un noviembre cualquiera ¿que no se habría visto en aquella plaza, un julio o un agosto?. Ah, vale, puede que esos, por romanos los tuvieran más controlados…jajajaj. En fin, olvidad el chiste que es malísimo… Lo dicho, haciendo algunos pinitos y buscando huecos entre la marabunta, conseguimos algunas tomas de premio.

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Era la hora de volver a casa, los pies  no nos regalaban tregua. Aún tocaba perdernos por la enrevesada estructura de callejuelas romanas que probaron la buena orientación de pelirrojo hasta límites inimaginables.

Al fondo, el Coliseo, entre dos luces, nos ofreció el asidero que buscábamos. Tomamos  la boca metro y regresamos a Via Rattazzi. Solo eran las 5 de la tarde de un jueves pero ya era totalmente de noche. Caímos en la cama del  hotel cuan estatuas vivientes y nos regalamos una mega siesta de 3 horas. Luego, nos arreglamos y salimos a cenar por los alrededores. No nos quedaban fuerzas para más y como no teníamos pilas duracell ni Ceregumil en las maletas, decidimos descansar bien y disfrutar de la estancia en el hotel, que también resultaba apetecible. Todavía se vislumbraban dos días más por delante.

¡Ché bella Roma!

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4 comentarios en “Roma (I): Primeros contactos con la ciudad.

  1. Que bien te sienta Roma Mukali, estás más que guapa. Y menudo despliegue de energía, casí me duelen los pies de perseguirte. Pasadlo muy bien y disfrutad de la estancia. Muchas gracias por compartirlo. Un beso.

    1. Ohhhh, mil gracias, Carlos. Tú siempre me ves con buenos ojos.
      Le teníamos muchas ganas al viaje, así que el primer día apostamos -quizás- muy alto, nos cansamos pero vimos muchas cosas y las disfrutamos que es lo importante.

      Besos.

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