Poesía otoñal.

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El otoño es una estación que me encanta para salir a hacer rutas y excursiones. Sí, ya se que el verano y la primavera son más calidas y que quizás apetece más al cuerpo por las temperaturas. De acuerdo. Además te puedes bañar, desnudar, .. todo muy bonito y muy hermoso, pero seamos justos,  el otoño goza de otras ventajas que -a mi parecer-  resultan de lo más interesante. Y no, no es coger castañas ni almedras,  cosa que dado mi perfil rumiante, tambien me gusta, mira tú…jejeje.

La razón fundamental es que aún no hace ese frio aterrador del invierno, ni el calor soporífero del verano… y por ende, se puede campar a tus anchas y viajar a todas las horas del día sin que esos pequeños inconvenientes molesten. Por otra parte, está el sindrome brasero, como digo yo, en el que ya, a estas alturas, la gente empieza a incurrir. La humanidad  en masa borreguil  se va resguardando en sus casitas  para ponerse el pijama de pelillo, activando a su vez el modo On- hivernación. Las chimeneas dibujan sobre los cielos su cuadro particular de cafes y tes humeantes, la rutina de camino al colegio, pipipi, papapa, prisas, interiores, estufas, tele, libros……reconozcamoslo:  los humanos en el otoño dejamos de barajar las salidas al aire libre  para pasar a una postura mucho más cómoda y sofisticada que es… sofa+ mantita. Todo tiene su aquel, como todo tiene su provecho.

Y ahí es donde yo me beneficio,¡ mira tú que aprovechada soy!… pero es que todo esto me conduce a pensar con gran estupor y alevosía: ¡Qué maravilla es ir a un lugar natural y no encontrarse ni al Tato!. Un sitio que sabes está petado en las fechas claves de desvarío vacacional y que dos meses despues, milagrosamente, yace desierto. Llamadme asocial, ser solitario…. lo que queráis…. Pero ¡qué placer, leches! Poner la manta y el culete donde te de la gana, caminar sin toparte con domingueros borrachos, ni mesas de picnic, ni radios o sonidos  mobiles que irrumpan estridentes en medio de la naturaleza….

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Estaréis conmigo en que a estos espacios se acude precisamente para todo lo contrario, huir de la muchedumbre y empaparse de ese silencio tan enriquecedor, que son lugares que cobran más sentido desde la calma y el reencuentro con los sentidos, la esencia mínima de lo que somos y  no para asitir atónitos a ver como un arroyo se convierte en piscina municipal sobre la que se vierten basuras y se bañan perritos.

El otoño escapa de todo ese gentío succionador de lo bello. Es soledad, paleta de colores y lluvia de hojas.  Por todo eso, que para mí es poetico y al mismo tiempo algo frivolo, me encanta y por todo eso (tambien)  he vuelto a un lugar al que ya había ido hace ahora algo más de dos años.

Se trata de un recorrido que engloba varias paradas de interés, entre ellas: el nacimiento de un arroyo especialmente particular,  del que yo guardaba muy buenos recuerdos. Por esas tierras (por vez primera) noté algo así como un pez moverse inquieto dentro de mí. Fue una sensación parecida al fluir del agua de aquel riachuelo, un instante, una burbuja que nacía de la tierra del mismo cuerpo, tal como el agua de aquellas pozas sale del fondo, fenomeno que me dejó entonces helada  confluyendo en mí como dos montañas, formando senderos liquidos de luz, viaje y sonido.

Tengo recuerdos memorables de cada uno de esos lugares naturales que tanto me gustan y  visito, pero pocos comparables a este. Así que volver allí, sobre mis pasos, acompañada esta vez de esos dos pececillos traviesos y de mi conductor favorito, era un viaje que me debía.

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Al llegar nos sorprendió eso a lo que me he referido en parrafos anteriores, la calma. El sentirnos pequeños en medio de la majestuosidad del lugar. Porque cuando todo está sereno, se siente mejor. Porque merece la pena detenerse a ver como los arboles consiguen mirarse en el espejo del agua y el agua le es fiel devolviendoles una imagen tan cristalina que una no sabe si mirar la superficie o el fondo.

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Pues no mires, solo siente. Cierra los ojos y atrapa el instante. Y luego…¡ ábrelos! no vaya a ser que un nene se caiga a la chilanca y le de un tangay al pobre de lo fría que está .

Pero para que seais conscientes un poco la magia, hasta para la tarea de ser madre o padre, el campo es como un refugio que te abraza. En cualquier hoja hay un juguete escondido y cualquier piedra representa el mayor de los divertimentos. Hacer crujir las cascaras como una música, contar historias sobre barcos imaginarios que flotan navegando hacia lugares exoticos, escribir y zarandear sobre la tierra lo más sagrado, nuestros nombres, o probar los ardiles de tu madre tirando una zapatilla al agua.

Yavestú. Todo es posible. Hasta formar un calcetín con una bolsa de pan y todos contentos. El bocadillo sabe mejor sentados como jefes indios, compartiendo los buenos alimentos en fiambreras improvisadas y untándose las manos con aceite y choped.

Ahí, justo al lado de nuestras costumbres tan prosaicas, el ejercicio de la naturaleza sigue incansable su curso mientras los arboles con su lluvia cadenciosa, de hojas de cien colores, hacen que los niños miren estasiados.

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Es verdad. Todavía quedan restos de un verano que ya no volverá. Huellas de vestigios de un hombre y su sombra: el grifo de cerveza ya cerrado, el eco del gentío  que como fantasmas irrumpen en nuestra imaginación, la caseta con las sillas apiladas  y llenas de polvo y los carteles que siguen recordando normas de respeto que algunos -todavía- no cumplirán. Contemplamos todo este paisaje, tan ajenos, a distancia de una fecha que nos coloca como favoritos, como si el paisaje nos hubiera tejido un traje a su favor y ya fueramos habitantes suyos más que nuestros.

Nos vamos. Muy a nuestro pesar recogemos la manta y convencemos a los más pequeños e inocentes. La palabra castillo suena genial. Los juguetes desaparecerán y con ellos tambien nuestras voces menudas, escondidas entre la arboleda, donde casi no hacían bulto, ni sombra. Mientras, todavía con ganas de repetir aquella buena tarde de 2014, nos encaminamos hacia otro lugar más concurrido a las faldas de ese ya renombrado castillo.

 

El atardecer se ha estropeado con nublos que parecen sacados de Mordor, pero dos autobuses de turistas nos recuerdan que todavía quedan locos (a parte de nosotros) capaces de desafiar al tiempo con tal de caminar sobre un trocito de piedra e historia. Con los niños ya en los carros, gastamos las ultimas fuerzas del sábado, escuchando el penetrante sonido de la llamada de la iglesia y el leve arrullo de las palomas, sobre el campanal, mientras contemplamos absortos como el pueblo empieza a encender sus farolas a destiempo, convencidos tal vez por la llamada de un cielo apocaliptico.

Ya sí que nos vamos del todo. Esta vez para casa. Sonreímos al comprobar -con los ojos algo vizcos- como las primeras gotas caen sobre la protección que nos ofrece la luneta del coche. Va a caer una buena. Hemos tenido suerte. No nos ha pillado la tormenta.

 

 

 

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24 comentarios en “Poesía otoñal.

      1. Pues claro que sí, Margui, merece la pena…porque aceptar la gama y el cambio forma parte del mismo curso en el que todos nos movemos…

  1. Así hasta me podría gustar el otoño… Desde luego lo prefiero al invierno, pero estos días grises de poca luz me producen demasiada nostalgia. Prefiero a mi Lorenzo dándolo todo.
    Pero la excursión es preciosa. 🙂
    Muas!

    1. Cada estación tiene sus aqueles y el otoño lo prefiero para recorrer senderos, aunque el poderío del verano tiene algo con lo que es difícil competir. Seran las vacaciones y la oda a los placeres del cuerpo, oye…

      Desde luego, es un paraje idílico que se disfruta mejor desde el silencio.

      Besitos

  2. Una forma fantástica de pasar un sábado rodeada de todo (y todos) lo que te hace feliz. Y he aprendido dos palabras nuevas! 🙂 Aunque tangay no he conseguido encontrarla, jajajaja. Besitos Schöne.

      1. Ya sí, 🙂 …bendito internet y sus traductores…jajaja, el último idioma con el que me atrevería creo que sería el alemán, eso de las declinaciones debe ser complicadisimo.
        ¿Y has ido a verla?…
        Buen día tambien para tí.

      2. Ves, aquí ya sufria de la tartamudez que me da de camino al trabajo…jajajaja.

        Tengo la duda de saber cuales eran esas dos palabras nuevas que aprendiste del relato ( a parte de tangay). ?¿?¿?

  3. Deliciosa narración de un día extraordinario, creo que sabes que cualquier lugar es el mejor y que para disfrutar de la vida, la aglomeración no es lo importante. Me has hecho recordarnos en algunas ocasiones semejantes. Muchas gracias Mukali.

    1. Lo sé, lo sé.
      Para disfrutar solo hay que tener paz y ganas. Al menos en mi caso.
      Me alegro de haberte despertado esos recuerdos, seguro que entrañables tambien.

      Gracias a tí por comentar.

      Un beso.

Te escucho...

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