CUATRO PINCELADAS

La había estado persiguiendo  casi toda la mañana, como un auténtico detective profesional. Primero, la encontró de casualidad, de camino hacia el estanco, mientras leía el periódico en el bar de en frente. Al comprobar como el azar la había colocado ante sus ojos, no pudo evitar la tentación y como solía decirse  “no te prohíbas hacer nada de lo que desees”, la síntesis mágica que circunscribía el sello de sus canalladas.

Salió a observar cómo se perdía tras la esquina con la bolsa de plástico que contenía su tabaco habitual, mientras se decía en voz bajita:

  • Ya estás, ¡otra vez fumando de esa mierda!, no vas a desengancharte nunca. Pobre chica de andares matadores, tienes menos amor propio que una mosca.

 

Luego fue tras ella hasta llegar al supermercado en donde había entrado. Sin dejar de observarla un instante para no perder detalle, vio como hablaba con un hombre joven, más o menos de su edad, que llevaba de la mano a una niña de unos 3 años. Reían y se dirigían a la pequeña de un modo simpático.

  • Seguro que ya estás luciéndote con tu discurso de siempre para agradar a los que te desconocen. Los niños patatín, los niños patatán. Sabiduría de escuela, chicle estirado sin sabor, máscara con la que intentas fingir ante otros, menos a mí, claro. ¡A mí no me engañas, bonita!.

 

Más tarde, continuó su persecución al ritmo que le iban marcando otros pies, a hurtadillas de una vida que conocía solo a medias, tras las sabanas y los vuelos de una intimidad ya pasada, privilegiada por la mera confianza que en otro tiempo ella había depositado en él.

Era divertido imaginar lo que había detrás de aquellos pasos torpes, las tretas que revelaban las sombras tras las luces y el fracaso detrás del éxito, era curioso y motivante descorrer las cortinas de las dudas sabiendo que permanecían todavía ahí,  escondidas en cada una de sus  certezas.

Estaba tan seguro de lo que su mente le iba formulando, la percepción negativa era  tal que iba tejiendo una malla de dimensiones indivisibles,  una telaraña sinfín, perfecta y sublime, en la que poco a poco y sin ser muy consciente, él mismo también se enredaba.

Era otoño y el viento frío comenzaba a arremolinar hojas de todas los partes de la ciudad. La mujer atravesó con prisa el parque del centro, el suelo era un alfombra gruesa de hojarasca tan blanda que cada pisada soltaba agua por entre los zapatos, debido al acumule de las recientes lluvias.

Finalmente llegó hasta el que parecía su destino: una afamada librería en los soportales de la avenida en la que entró sin más dilación. El hombre continuaba sin perderla de vista, unos 200 metros más atrás , a pesar de la inclemencia del viento, con la sola intención de  acercarse (valga la redundancia) para leerla. Escondido tras su enorme gabardina, gorro y gafas kilométricas pudo ver desde el ventanal como la chica compraba un libro en la sección infantil. Era un libro grande, bastante visual, que contenía el dibujo de una niña en el centro de la portada, aunque finalmente no pudo atisbar el título debido a la mirilla escasa que ofrecía un escaparate literalmente abigarrado.

Minutos más tarde, cuando estuvo  bastante seguro de que la mujer a la que perseguía se había marchado  de allí sin que lo viera, entró a la librería y se  hizo pasar por un familiar que quería regalar el libro a la anterior clienta y necesitaba para ello, conocer el precio. Aquella pregunta era solo la trampa- despiste que le valió para conocer lo que pretendía, el titulo del ejemplar y  el argumento en el que se centraba, ideas suficientes que le llevarían a alimentar nuevas figuraciones y suposiciones a cerca de aquella vida descrita en cuatro pinceladas.

  • ¡Vaya cosas tienes, lectora de pacotilla!.- iba pensando… Esta claro que ya en su día no dabas para mucho, ¡que tonto fui!, me deslumbró tu belleza…pero ya nada en tí me engaña… ahora te dedicas a leer lo que tu limitado intelecto te permite, míseros cuentos infantiles, nanas estúpidas de las emociones, procurando arreglar el mundo de los más pequeños que recién empiezan a navegar las tormentas. Como si el tuyo no estuviera patas arriba, revuelto hasta las trancas, bahhh, niñata moralista y quejica, nunca crecerás, ni maduraras…

 

Con todo aquel discurso autocomplaciente por bandera y el tiempo que había gastado en llegar a conocer lo que su curiosidad le susurraba, se dio cuenta de que algo importante -en medio de todo aquello- se le había escapado:¡la había perdido totalmente!.

Además la pérdida era en ambos sentidos de la palabra: física y emocionalmente. Sabía que nunca más regresaría a su lado, era evidente; pero además sabía algo más corroborable aún: que probablemente habría cogido alguna avenida o alguna calle, o puede que algún coche, que la llevaría lejos, muy lejos, hasta alguna esquina y luego hasta otra y así sucesivamente hasta completar un laberinto complejo en mitad de una urbe caótica e inmensa, en la que sería francamente difícil volver a sacar los planos y coincidir.

Lo que aún desconocía era que también la había perdido de una de las terceras formas posibles en que se pierden las esencias de las personas a las que quisimos, quizás la más intima,  y era precisamente la amabilidad del recuerdo. Ni siquiera la distancia por corta, ni las coordenadas fisicas al cero, eran capaces de arrojar luz sobre tal oscuridad.

 

Al margen de todo eso, la realidad -tantas veces objetiva- y el tiempo –tantas ocasiones infalible- iban desmantelando por su cuenta y  uno a uno los argumentos de una mente aminorada por lo rémora de la pérdida.

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Mientras el hombre se encamina  de vuelta a casa, la chica llega hasta el buzón de su hermano y echa el paquete de tabaco que ha comprado encargado aquella misma mañana. Luego se acuerda de que ha olvidado decirle  algo importante a Martín, el chico del supermercado. Es viernes festivo y han quedado en el puesto de los vinos a la noche así que le escribe un wassap advirtiéndole que ni se le ocurra faltar por alguna de sus famosas conquistas, que van a ir todos y que va a ser una reunión memorable. Mientras le da a la tecla  enviar de su teléfono móvil, atraviesa el hall del edificio que le lleva hasta su puesto de trabajo. Coge el ascensor, se desviste y luego se coloca el uniforme. Después saca un libro de una bolsa y lo coloca  en la taquilla de su compañera. Revisa antes la dedicatoria que ella misma ha escrito y se emociona al leerla, figura allí con la intención de darle una sorpresa a quien ha estado ausente más de una semana… viviendo más intensamente de lo necesario.

 

“ Todos los cuerpos (alguna vez)

se llenan de vacío y abismo,

No te rijas por lo que ellos te susurren, entonces,

No dejes que esos agujeros fruto del dolor y la perdida

Arrasen con todo lo que eres.

Permite que el viento entre y  la lluvia los atraviese,

colorea sus huecos y

 haz que nazcan semillas de su interior,  

abonándolas con paciencia….

amarra bien las cuerdas del instante.

Y no dejes nunca de abrir los ojos”.

 

 

 

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6 comentarios en “CUATRO PINCELADAS

    1. ¡Hola guapi!
      qué alegría verte por aquí…
      Si, este relato habla de eso, de cuando la curiosidad se vuelve enfermiza, inexplicablemente sobre quien ya ni soportamos.
      De hasta que punto podemos equivocarnos con ciertas impresiones cuando la mirada está regida por algún tipo de recuerdo o dolor.

      Un abrazo.

    1. Pues lo has captado muy bien, Carlos.
      Es en pocas palabras lo que cuenta el relato, lo sencillo que es vivir juzgando a otros y equivocarse de lleno.

      Otro abrazo para tí.

  1. Y así es cómo nos equivocamos al juzgar a alguien en la distancia, amén del sentido que le das tú desde el resquemor. Es difícil no aprender a pasar página y vivir atrapado en un pasado que no aportará ninguna salida. Besitos Stunner

    1. No te creas, es más que fácil,… hay mucha gente que vive atrapada en su pasado, por infinidad de situaciones.

      Pero bueno, como bien dices, es un vacío que no aporta salida alguna y del que es recomendable salir para seguir creciendo como personas.

      Besos guapo!

Te escucho...

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