LA CAJA DE PANDORA

Para cuando el dijo” he abierto la caja de pandora” yo ya llevaba algunos minutos despierta. La música se columpiaba de un lugar a otro de mi cabeza y mis ojos se habían estado moviendo a la velocidad de los sueños, en repetidas y lacerantes secuencias. Se me había indigestado algo, algo así como una pelota dura, rígida y fría similar a una canica, aunque algo más grande. Pensé que había dejado demasiado tiempo aquella diminuta pelota encerrada en la caja, bajo llave, sin ser consciente de la gravedad del asunto, pues el modo natural de Pandora no era otro que despejado, llano, libre …un habitáculo hecho para dejar escapar lo malo cuanto emotivamente nos inunda, sin quedar atrapado hasta grabarse.

Al sumergirme en el interior de aquella caja sentí como si viajara en uno de esos trenes de alta velocidad, esa sensación con la que a veces los ojos no dan para capturar todo el espectro de un paisaje porque el ritmo con el  que estás moviéndote  convierte la perspectiva en una secuencia borrosa. Lo ví pasar todo de igual modo…  multitud de imágenes, sensaciones y recuerdos se agolpaban vertiginosamente por los recovecos sesgados de mi memoria, sin ser capaz  yo misma, de dilucidar un orden ni un porque.

Pronto noté que, entre tantas, regían algunas visualizaciones caprichosas que se repetían constantemente sin dejarme avanzar, llevándome una y otra vez al mismo punto, aquel gato negro mirándome con  ojos abominables, las risas de dos estudiantes que me observaban con un libro entre sus manos y un piso pequeño con pasillos interminables de donde yo quería salir y no encontraba la forma. Evidentemente, era una imagen residual, una imagen trampa que condensaba todo el miedo que  yo había sentido  y que a su vez contenía un poder en manos de otra persona. La pelota. El juego. Los secretos.  Alguien la había cogido y la había guardado a propósito en la caja de pandora, sabiendo que esa caja se cerraría con llave, para que la bola impactase pero no viera la luz.

Al salir del edificio noté los ojos terriblemente cansados. También me dolía la cabeza y percibí restos de lágrimas entre los parpados. Sin embargo, una sensación de alivio generalizada reinaba  lo más profundo de mi ser. Respiré y caminé algunos pasos más cerciorándome de un modo mágico de los sonidos y las luces que inundaban la calle. Aquel choque repentino con el instante, me obligó a percibir las dimensiones del viaje perpetrado, en los arrabales del sueño. Me detuve (curiosamente) frente a las vías de un tren que nunca funcionó y fue entonces que  sonreí larga y profundamente cuando los ví aparecer nítidos,  …entre la confusión de una noche que había llegado para abrazarme.

 

 

 

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