No eramos los mismos.

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No, no eramos los mismos. Nuestras primeras arrugas, el brillo de las canas y el séquito de hijos que nos acompañaban anunciaban lo evidente, pero no era exactamente eso lo que yo percibí aquel día de fiesta en la Casería . Se trataba de una cuestión de mera actitud que iba aflorando silenciosamente hasta tallar de evidencia y experiencia las personalidades de cada uno de los que estábamos allí.

Habíamos tardado unos años en volver a reunirnos, años que se habían pulverizado deprisa haciéndose tamo entre la crianza y las astillas del estrés, entre los pañales y la descendencia, habituándonos a la responsabilidad y el peso de la morada en la que se habían construido cada una de nuestras burbujas.

Los años nos habían alejado,  tal vez a unos más que a  otros, cada cual con sus desvelos y sus atares sumiéndonos lentamente en nuestros hogares y desempeños sin necesidad de volver la vista atrás sobre aquellos sueños que un día creímos nuestros.

Había cosas reconocibles, momentos y puntualidades que me arrancaron una sonrisa al descubrir lo poco que habían sufrido el óxido del tiempo. Allí, en medio del meollo de la reunión, ajena a la disposición parlamentaria, las escuchaba a ellas con su ristra de comparaciones y superficialidades tan común, con su tono de picardía cuando la ocasión lo pintaba que solía ser a la hora del café y las tres emes,  con su comitiva de virtudes y orgullos deshaciendose entre los posos de sus gargantas.

No todas ni todos eran iguales por mucho que en grupo  se esforzaban en serlo. Una de ellas -la más golosa- se encargaba de prepararnos dulces y chocolate caliente y aquel día tampoco faltó a su cita. Era la dueña de la casería, una muchacha bajita, con los ojos saltones y la sonrisa dosificada. En mi memoria tenía un aquel triste y la recordaba hablando siempre de enfermedades y padecimientos.  Tenía entendido que había pasado por una depresión y había estado medicándose durante algunos años, situación que a mi parecer la había cambiado drasticamente, pues en muchos sentidos se la veía distinta. Ahora practicaba deporte y las ganas de vivir se dibujaban en sus ojos. Se había vuelto más tolerante,  generosa y relajada con todos, ahora permitía espacio para el chiste y la locura, parcelas  que antes le hacíamos impropias.

Yo observaba en silencio, reflexionando sobre todo lo que ahora escribo, pero nadie me miraría con sospecha o inquietud, como lo hacían con la chica callada.  A ella nadie le disputaba el puesto, cuchicheaban y decían – a veces con una voz más alta que otra- que era un “huevo sin sal”.  No se si  en su silencio ensimismado alguna vez  pudo escucharlas y enfurecerse siquiera, me daba la sensación de que sí, solo que no se manifestaba porque era una cuestión meramente de falta de carácter. Se había acostumbrado a querer pasar tan desapercibida ante todos, con aquella enfermiza forma de no hablar, que había conseguido ser el blanco de todas las miradas.

Detrás de todas sus rarezas y misterios de los que en otros tiempos cruelmente se hacían leyendas, mis sombras parecían harina de otro costal y se difuminaban entre las risas y el calor de la tarde. Así que nadie atendía a aquellos,  mis silencios y analisis reflexivos que versaban sobre la antropología del grupo y su transformación a lo largo del tiempo.

Mi reserva estaba en otra órbita más legible,  cercana a los cambios de humor y facetas tan características en mí y  mi particular forma de ver el mundo, evidencia que todas parecían tener asumida.

Me senté en el balancín que había al lado de la piscina y rapidamente  llegó ella, la chica de la sonrisa. Le hice un hueco y estuvimos bromeando un tiempo sobre otro amigo que estaba haciendo las veces de socorrista, luciendo palmito y  bañador estrecho (de esos que se ven los mínimos….) Nos reímos un montón porque seguía siendo un payaso, como antaño…pero nos reíamos por mucho más que eso. Nosotras dos sabíamos algo que el resto ni imaginaba y ese secreto, que podía tener ya algo más de una década, estrechaba entre ambas los lazos de la complicidad y el nudo de una sutil añoranza.

Ella, la chica de la sonrisa, había cambiado poco o apenas se le notaba. Los años la habían tratado de forma natural y seguía conservando su cabezonería y su pijismo rococó allá por donde iba. Me dijo que ahora trabajaba por cuenta propia y que le encantaba porque eso le dejaba más espacio para estar con sus hijos y su familia. Le gustaba ponerse, quitarse…como siempre; le conté cuatro modelitos a lo largo del día y todos le quedaban esplendidos. A mi se me había olvidado el bikini, que ya tenía las gomas gastadas del año anterior, pero ella lucía preciosa con el suyo de nueva temporada. Ni que decir tiene que tuve que volver a casa anonadada porque me había convertido en la típica madre marujona que, preparando lo de todos, se había olvidado de preparar lo suyo.

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Después me miraría Lucía, con su estilo aún más improvisado que el mío y me diría que no me preocupase, que era totalmente normal. Ella sí que sabía ser maruja y reconocerlo sin que eso fuese un lastre con el que penar. A pesar que  siempre había sido hogareña y clásica, fue en ella en quien percibí los cambios más notables. Se había apuntado a un curso de confección y se ofreció a cortarnos una falda a todas, que luego luciríamos en alguna fiesta señalada en el calendario del pueblo. Se había pasadod horas y horas cortando y encajando patrones para que todas disfrutáramos de aquel pedacito de tela. Y ya se sabe que a las mujeres nos chifla una tela casi tanto como un pastel. Todas quedamos agradecidas, a la par que nos “obligo”  a coser y muchas descubrimos ese perfil generoso suyo que hasta entonces le hacíamos ajeno.

Aquella tarde nos buscamos para hablar de una aficción compartida: la lectura. Nos pasabamos archivos kindle y compartiamos autores e impresiones que nos habían llegado. Ella se declaraba fan de todas las sagas eróticas que disfrutaba a solas, lejos de su marido. ” Y cuanto más lejos mejor” – decía entre risas “que no interrumpan a mi imaginación”.

Los chicos en otro corro más lejano pero siempre con la oreja puesta, atendían una barbacoa llena de salsas y carnes y de cuando en cuando se oían algunas de sus más escandalosas risotadas…que eran como el anzuelo por el cual merodeábamos, algunas más que otras, para robar alguna primicia.

Álvaro se había llevado todas nuestras ovaciones y no precisamente por su arte para hacer chuletas, sino por ese nuevo look que se había hecho él solito en casa. Seguía teniendo la misma cara de niño bueno pero ahora lucía el pelo algo más juvenil y vestía una barba con seductores reflejos plateados. Todas las chicas nos deshacíamos diciendo lo mismo, algunas con palabritas más disimuladas que en resumidas cuentas venían a decir lo mismo, que estaba muy guapo ¡leches!…pero francamente aquello no era ninguna novedad, siempre lo había estado en todas las épocas que yo le recordaba.

Me tomé un tiempo para alejarme y bucear mis pensamientos en la piscina aunque fue en balde porque poco a poco fue llegando la troupe, los niños, los padres, los jóvenes que fuimos y todos juntos nos metimos bajo el agua. La piscina se transformó en un hervidero de generaciones movido por la guasa de mi amigo el socorrista, con su bañador mínimo.

Fueron unos instantes breves de  hacer la ola, chapotear y rebullirnos como sardinas locas en un estanque, que refrescaron nuestra amistad hasta la cúspide del pasado, haciéndonos sentir jóvenes y felices en aquella marea de cuerpos.

No, ya no eramos los mismos…pero estábamos allí, exactamente los mismos… después de haber vivido realidades diferentes que nos habían llevado a personas distintas. Nos tocábamos y nos veíamos las almas de niños mientras el agua y las olas ocultaban cada una de nuestras desconocidas pero tan humanas, heridas de guerra.

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14 comentarios en “No eramos los mismos.

    1. Yo creo que hay que aceptar que con la edad hacemos nuestro circulo cada vez más pequeño y nos volvemos más selectivos, a la par que más reservados.

      El tiempo pasa para todo el mundo y es inevitable pero tambien hay amigos/as que aunque eso suceda vuelven a estar ahí tras mil vueltas que de la vida…

      Besos.

  1. Como yo sigo siendo amiga de mis amigas de la infancia tal vez no haya notado tanto el cambio. Bueno, lo noto en tanto que ahora todas tenemos responsabilidades que antes no teníamos pero supongo que cuando han pasado muchos años sin ver a esas amigas de juventud el shock debe ser más grande. Un besote!!!

    1. El tiempo que pase, sí, pero tambien las realidades que se vivan son las que hacen cambiar a las personas y eso se nota. Somos modificables y a la vez guardamos una esencia siempre nuestra.

      Muchos besos, guapa!

  2. Aunque el tiempo pase y nos vaya ” trastocando” es muy bonito que esa esencia siga ahi. Eso es algo que echo de menos,porque con tanta mudanza perdí las amistades de siempre… Y entre eso y mi lado asocial…. Paque te voy a contar Jajaja besos!!!!!

    1. Quizas muchos tengamos ese lado asocial que dices, pero basta buscar la ocasión para volver a juntarse aunque sea un ratito…sienta de maravilla y gusta ver como cambia todo el mundo en este viaje.

      Te mando un besazo para tí y tus niñas, tengo ganas de volver a veros!

      1. Ya sabes que si venís pa la tierra hay que verse! Yo las vacaciones hasta el 7 de septiembre…. Ojuuuu que lejos están!!!!

      2. Ya mismito llegan, ya lo verás.
        Si piso tu tierra no dudes que te llamaré y no me extrañaría ya que siempre acabo donde vives tú…jejeje.

        Besitos.

Te escucho...

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