Encuentro

 

Aparqué el coche, me calcé las botas y cogí los bastones.

Sonreí al ver la distancia que aún ponía pies a nuestro encuentro.

Alcé la vista, arriba muy arriba.

Habíamos quedado en un lugar extraordinario, lejos de toda monotonía social.

Ella solía decirme que era su café favorito, pues carecía de puertas y ventanas que acotasen el espacio.

El aire que allí se respiraba era el vértigo de la libertad, no había humos de cigarrillos ni cargamentos de humanidad que almidonasen los corazones. Mientras, en las trasparentes paredes, los cuadros lucían en forma de nubes caprichosas y su arrebol moteado.

Caminaba como tiempo atrás pero con el desazón de abrazarla. La iba sintiendo…lejana, sumisa y a la vez tan cambiante. El sol de las cuatro me abrigaba el corazón y las ganas.

Cogí los bastones y empecé a batallar con el suelo de guijarros. De pronto recordé un pasado: los mismos instrumentos ventajosos pueden ser contraproducentes. Eso lo había aprendido bien. Lo que se curte bajo la piel es difícilmente perecedero.

Abandoné los utensilios y me arrojé al trémulo fulgor de la verticalidad, el peligro y mi experiencia.

Iba pensando en ella, la tenía todo el tiempo en mi cabeza mientras unos desacostumbrados pies sentían la adrenalina fluyendo hacia la parte más viva de mí.

Descansé en un bosque, bebí, ¡fui tan humana durante unos minutos!…hasta mi pelo -caprichoso redentor de la cadencia del viento- hablaba de mi presencia.

La tierra empezaba a intercambiar colores, los pájaros trinaban el Bliss de Muse, algún ciclista exhausto regresaba ya a casa buscando el beso de su amada.

Casi cuando creí haber llegado, la naturaleza (o mi despiste) jugaron a engañarme. Encontré un pequeño oasis laberíntico. Filas interminables de pinos, como personajes dantescos me absorbían hacia la noche caustica…escuché voces extrañas, miré la nada sin mirar, vi volar los primeros bichos de la madrugada, sentí el miedo como un ciervo, corretear por entre mis piernas.

Temí, perdí los ojos, llamé al instinto…

En ese momento, sumida en el desconcierto de la duda, merodeé por otro pasado: cuando tengas miedo, no te pares pero tampoco corras. Y eso fue lo que hice.

Aquel oasis desolador no iba a vencerme, así que crujiendo la madera de  los bástagos secos bajo mis zancadas avancé hasta que pude vislumbrar el color del día. ¡Y la hora en el cielo!. Se tornaba de un azul noche luminoso, brillaban estrellas inimaginables cuando al fondo, en un pequeño rescoldo, la vi: esperándome.

Tenía los ojos como la tierra y me miraba, tan misteriosa como la conocí. Yo llegaba empachada de sudor y desasosiego, que al saberla, una paz insólita anido mi espíritu.

Corrí, corrí todo lo que mis fuerzas restaban para abrazarla. Y lo hice como únicamente se: desgarrando mis sentidos a través de la pasión del instante.

Tras el abrazo de naturalezas furtivas, nos sentamos a contemplar la vida a través de la luz. Miles de pequeñas bombillas nos hablaban de lo insignificantes que éramos a miles de metros de altura.

Ella me regaló silencios que me dejaron helada, yo le dejé monólogos extraviados en cumbres borrascosas.

Quise creer que nos reímos, ella y yo a solas, en nuestro café favorito.

 

 

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6 comentarios en “Encuentro

    1. Me gusta que cada uno imagine.
      Cuando construí el relato hablaba de mi encuentro con la montaña, con la cual mantengo una relación de amor desde hace años, pero a la que tenía un poco abandonada.
      Sí, tenía muchas ganas de volver a mis rutas…en cierta parte, hacerlo a solas, es abrazar a la soledad y a un montón de emociones más que te inundan.
      Es vital.

      Besos, Toro.

Te escucho...

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